48. Protagonizo un reality sin saberlo
PROTAGONIZO UN «REALITY»
SIN SABERLO
V olaron a Meridol en un avión privado. Nadie pidió a Persi ninguna identificación. Desde allí llegaron enseguida al hospital, donde una enfermera la rodeó en un abrazo y la acompañó a la habitación de su padre.
Persi le pidió a Hades que regresase a Embra.
Allí tenía el apartamento de su padre, donde había crecido, así que no necesitaba alojamiento.
Le dijo que se quedaría mientras Julen estuviera consciente y prometió llamarlo cuando decidiese qué hacer después, pero Hades no creía que fuese a hacerlo.
Y, desde luego, no pensaba marcharse, no sabiendo que cierto grupo llevaba semanas esperando que el hada se quedara a solas.
Hasta entonces, Hades había fracasado en adivinar qué buscaban. Ahora tenía una teoría.
Tomó un taxi de vuelta al aeropuerto: nunca viajaba sin su equipación a bordo y necesitaba volver a ser el Jinete.
Persi estaría segura mientras permaneciese en el hospital; los Asfódelos se cuidaban de no llamar la atención de las Unidades Especiales, y no había forma de que el hada abandonase a su padre en las próximas horas.
Pocas horas después, estuvo de vuelta, enfundado en negro. Para cualquier viandante, era solo una moto estacionada. No veían al hombre apoyado en ella, con un casco puesto.
— Sigue dentro —le confirmó Dio a través de los auriculares del casco—. He estado controlando las cámaras de la entrada. ¿Seguro que no quieres nada más ?
—Nada por ahora. Te avisaré si te necesito. Ah, e informa a Jess e Izan de la situación. —De camino al aeropuerto, Hades lo había puesto al día.
Suspiró con la vista puesta en las luces de las ventanas del hospital. Tomó unos comprimidos, runotecnia de Kaunaz, que le permitirían permanecer en vela toda la noche como un vampiro. Se cruzó de brazos y se acomodó en el asiento para su guardia.
Persi le había pedido a Sabatier, el líder de Infra, que se marchase. Pero a él, al Jinete, no le había pedido nada.
~ ~ ~
El hada se marchó del hospital cuando la enfermera insistió en que su padre seguiría consciente al día siguiente. Privarlo de horas de sueño, le dijo, solo lo haría volver antes al sopor.
Durante el vuelo, había decidido ocultarle los comentarios de odio para ahorrarle el mal trago.
La cancelación de la boda no lo inquietaría, pero temía que los rumores sobre Hades y ella lo disgustaran.
Por desgracia, cuando llegó al hospital, su padre ya tenía su teléfono con él.
Había leído los mensajes de Persi, desde las fotos de su graduación hasta las del vestido de novia y, al revisar las redes, había descubierto los mensajes hacia su hija.
Persi le resumió su versión de los hechos: ella ya no quería casarse, su madre le había retirado la ciudadanía y Hades la había acogido. Era la verdad, aunque no toda.
—Sé perfectamente la hija que tengo —había dicho él solamente.
Después, hasta le había preguntado si podía conocer a Hades. Persi lamentó haberle insistido en que volviera a Embra. Quería saber su opinión; había acertado con Robian.
Llegó al apartamento en el que había crecido, cargada con la pequeña maleta.
A pesar del tiempo que había pasado cerrado, todavía conservaba parte del olor familiar.
Olía —como Persi lo llamaba de niña— a jabón de lujo.
No porque oliese a ningún perfume caro de verdad.
El aroma procedía de uno de esos pedazos de jabón artesanal que vendían al peso en una tienda cercana en la que Persi entraba al volver del colegio.
Aquel jabón la había enamorado, decía que olía a galaxia de flores, y era demasiado caro para llevárselo sin recurrir a la tarjeta de la madre que la había dejado tirada.
Hasta que Julen se lo había regalado por su cumpleaños. Persi había guardado trozos en los muebles y el aroma se había incrustado. Ahora el olor se mezclaba con el del polvo. Al ver la casa en aquel estado, la sacudió una tristeza tan honda que se puso a limpiar.
Fue así como encontró el primer micrófono.
Estaba debajo de la mesa de la cocina, tras una de las patas. Persi contuvo la respiración y continuó limpiando como si no lo hubiera notado, por miedo a que también hubiera cámaras. Usó el plumero como excusa para buscar otros posibles escondites por la casa.
Encontró una cámara sobre un marco de fotos. Apartó la vista, evitando mirar al objetivo. Estaba en problemas. ¿Cómo iba a ponerse a salvo sin alertar al espía?
La alertó un ruido procedente del pasillo exterior. Se acercó a la entrada con el corazón en un puño y echó un vistazo por la mirilla.
El corredor estaba completamente a oscuras. Eso, al menos, significaba que no había nadie o, de lo contrario, los sensores de movimiento habrían encendido las luces. Fuera lo que fuese lo que había oído, debía de proceder de otro piso.
Sin embargo, mantuvo el ojo pegado a la mirilla.
Había algo fuera de lugar, aunque no era capaz de identificarlo.
Hasta que lo hizo. Debería poder ver un pequeño punto rojo al otro lado; una lucecita que estaba siempre encendida para indicar la posición de los interruptores, incluso cuando el pasillo estaba vacío.
Lo que significaba…
Lo que significaba que no podía ver nada porque alguien estaba cubriendo la mirilla.
Se apartó de la puerta justo al tiempo que esta se hacía añicos. Los pedazos cayeron a su alrededor mientras Persi aceleraba por el pasillo, cubriéndose la cabeza para protegerse.
Se metió en la habitación de su padre y se ocultó dentro de un armario. Sacó el móvil para llamar a emergencias, pero, en un estúpido impulso, marcó el número de Hades.
La llamada dio varios tonos sin que nadie contestara.
Oyó pasos en la habitación. Se quedó muy quieta, sin atreverse a respirar. Y, entonces, recordó que el apartamento estaba lleno de cámaras.
La puerta del armario se abrió. Una mano tiró de ella hacia el exterior. Soltó el teléfono, que se perdió en el fondo del armario. Fue arrojada hacia el suelo de la habitación y una mole le cayó encima.
Persi trató de zafarse del agarre del desconocido. Fue inútil. No era rival para la fuerza de aquel altari.
Había otros dos en la habitación, además de su captor. Todos llevaban la misma insignia grisácea en el pecho: los seis pétalos de la flor de asfódelos.
—¿Dónde está la memoria? —exigió el que la tenía sujeta. Un licántropo.
Persi no llevaba ninguna fuente de esencia encima. No sabía luchar. No tenía fuerza altari con la que protegerse; ser una medio hada no ayudaba en estos casos. No podía hacer nada contra el hombre que la sujetaba, menos aún contra la banda completa.
—Que te jodan —escupió.
Una cuarta persona, una sirena, entró con la maleta de Persi y la arrojó frente a ella.
—Registrar tu apartamento en Irisada fue una pérdida de tiempo. Deberíamos haber adivinado que la llevarías encima.
El hombre lobo que la tenía sujeta tiró de ella por la sudadera y la empujó con brusquedad hacia la maleta.
—Ábrela.
Persi obedeció. Usó su huella para desbloquear la cerradura.
El tercer altari, una gárgola, se la arrebató de las manos y vació el contenido.
Su ropa se esparció por el suelo. Había poca, solo la que había comprado para tener algo que ponerse en casa de Hades: un par de pantalones y un puñado de partes de arriba, además de la ropa interior.
También algo que Persi no recordaba haber guardado: un bote de arándanos.
Hades debía de haberlo metido en algún momento.
Las bayas rodaron entre la ropa, tiñéndola con lágrimas violáceas a medida que removían las prendas, buscando la memoria.
El licántropo tardó poco en perder la paciencia.
Sin previo aviso, la alzó por el cuello sin esfuerzo y la arrojó sobre el escritorio de palisandro de su padre.
La madera crujió bajo la fuerza del impacto, astillándose en varios lugares.
Persi ahogó un gemido al tiempo que el aire se le escapaba de los pulmones.
No importaba lo mucho que se esforzara, la fuerza que empleara: era incapaz de apartarlo.
El licántropo cambió parcialmente, lo que lo volvió aún más corpulento.
Persi sintió la fuerza de las garras alrededor de la garganta, notó la otra mano —zarpa— por todo el cuerpo, buscando sin pudor la memoria en los bolsillos de la sudadera, en los vaqueros, hurgando también bajo las prendas.
—¿Dónde la tienes? —A pesar de la brutalidad con la que la trataba, la pregunta tenía un tono frío y controlado. No estaba alterado, no iba a matarla. Al menos, no por accidente.
Persi quiso contestar, pero se asfixiaba y solo pudo mover los labios. Él se dio cuenta y aflojó la presa. Jadeó, inhalando unas bocanadas de aire que le supieron a gloria a pesar de tener a un licántropo resollando a escasos centímetros.
—La memoria, ¿dónde? —repitió.
La memoria de Enaire: todo lo que le quedaba de ella. Su amiga habría querido que no se arriesgara y se la diera. Pero ¿qué habría hecho ella para proteger la memoria de Persi si hubiera sido al revés?
Apretó los dientes.
—Hueles a perro mojado.
El hombre lobo ladró una risa. Después cogió una mano de Persi y se la puso delante de la cara, de forma que pudo ver el esmalte rosado de sus propias uñas.
Luego le partió un dedo.
Persi gritó. Se arqueó de dolor, pero la mano herida no se movió ni un milímetro, sujeta por la fuerza del altari.
—La memoria —repitió—. Todavía te quedan nueve dedos.
Persi comenzó a sollozar.
El llanto se volvió desgarrado cuando él sujetó el dedo anular, junto al meñique, que ya se doblaba hacia ella en un ángulo incorrecto.
Otro dedo; otro grito.
El licántropo repitió la pregunta. Persi apenas lo oyó a través del zumbido agudo que le taladraba los oídos, ensordeciendo cualquier otro sonido. Gimoteó una súplica desesperada al notar que le sujetaba el dedo corazón.
Estaba cerca de perder el conocimiento. Lo percibía. Se mareaba rápido con el dolor, no podía evitarlo.
Las luces parpadearon y se apagaron, dejándolos a oscuras. La luminosidad de la Ascendente se coló en la habitación y tiñó de amarillo los rasgos del hombre lobo.
Una canción pop, alegre y pegadiza, sonó en la habitación: su tono de llamada. Persi lloró con más fuerza al ver que el licántropo la dejaba para acercarse al armario.
—No —gimió.
Trató de levantarse. Un pinchazo a la altura de las costillas la tumbó de nuevo.
—¿Es esto lo que no querías que encontrara? —preguntó con una sonrisa lobuna.
Le mostró la pantalla del teléfono. Persi leyó «Jefe Infra» en la llamada entrante. Veía las letras borrosas a través de las lágrimas.
Enaire estaba muerta.
Y esos cabrones iban a llevarse lo único que le quedaba de ella. Iban a robar de su memoria la información en la que había estado trabajando hasta su muerte.
El rugido de un motor en la distancia veló momentáneamente la canción. Una moto sin jinete entró en la habitación atravesando la ventana. El cristal estalló. La rueda delantera aterrizó sobre la cabeza del licántropo, desfigurándolo al aplastarlo contra el suelo.
Persi logró incorporarse, sobreponiéndose al dolor.
La moto aceleró, girando en la pequeña habitación, y se llevó a otro de los captores por delante. Los otros dos se arrojaron sobre el vehículo y derribaron al Jinete, a pesar de que no podían verlo.
Persi fue testigo de la pelea más extraña que había presenciado en su vida.
El altari sirena fue lanzado hacia atrás, embestido y arrojado contra la pared por una fuerza incorpórea. Persi vio cómo el otro, la gárgola, recibía un puñetazo invisible tras otro y caía sobre la cama, convertido en obsidiana para evitar daños mayores.
Persi se arrastró hasta alcanzar el teléfono, que milagrosamente seguía de una pieza tras haber caído sobre el contenido mullido de la maleta.
Cortó la llamada entrante, que no había dejado de sonar, y se lo metió en el bolsillo de la sudadera.
Cuando se levantó, había un hombre vestido de negro alzándose frente a ella.
—¿Estás bien? —preguntó aquella voz grave y distorsionada que ella habría reconocido incluso al otro lado del Río, despojada de su memoria.
No estaba segura de por qué sonaba tan preocupado ni de por qué le sujetaba la cara entre los guantes como si fuera lo más preciado que existía, pero no iba a quejarse.
La gárgola se incorporó en la cama, deshaciendo la petrificación. El Jinete levantó la pistola a una velocidad imposible y disparó, apuntando sin mirar. El altari recibió un disparo en la frente y cayó hacia atrás, inerte.
—Vamos, no tardarán en recuperarse.
Persi sabía que tenía razón: la curación de algunos altari era impresionante.
Renqueó hacia la moto, apoyándose en el Jinete.
Este sacó un objeto cilíndrico del bolsillo de la chaqueta y apuñaló a Persi con él en el hombro.
Persi gruñó de dolor ante el pinchazo, pero el Jinete ya tiraba de ella hacia el vehículo.
—¿Qué me has hecho? —aulló, asustada.
Una ola de calor se extendía por su cuerpo desde la zona donde la había pinchado.
—Recuperación demoniaca. Wunju. Ya te lo explicaré.
El Jinete la montó en la moto y se subió al tiempo que una oleada de balas les llegaba desde la puerta, por la que un cuarto altari acababa de aparecer. Raido se iluminó sobre el cuadro de instrumentos y una barrera protegió a la moto y a sus ocupantes de la munición.
—Pero ¿cuántos nos siguen? —chilló Persi por encima del estruendo de los disparos.
—Demasiados —contestó él, acelerando y precipitándose por el agujero de la ventana.