47. Se me ha metido el pasado en el ojo
SE ME HA METIDO EL PASADO
EN EL OJO
P ersi subió al coche, todavía pensando en la madre de Jacinto, y buscó el móvil de Hades para escoger una de las listas de reproducción, como empezaba a ser costumbre. Sin embargo, el teléfono no estaba donde solía dejarlo cuando conducía.
—¿Puedo poner música?
Él no le respondió de inmediato. Puso el intermitente, miró por el retrovisor y se incorporó a la carretera.
—Tengo el teléfono en el bolsillo.
Persi dirigió la mano hacia su pantalón para cogerlo. Él la atrapó y la apartó con suavidad. Ella se murió de la vergüenza. ¿Se había pasado de la raya? Él le preguntó cómo le había ido en el gimnasio. No parecía molesto.
«Pero está actuando diferente —se dijo—, demasiado cauteloso.»
Respondió sin quitarle el ojo de encima. Hicieron el resto del trayecto en silencio. Él no hizo ademán de sacar el móvil, así que tampoco los acompañó la música.
A lo mejor era solo que las cosas seguían raras entre ellos. Todavía no habían vuelto a hablar de la proposición. Cuando había intentado sacar el tema, él le había dicho que no se preocupara, que encontrarían otra manera con la que se sintiera cómoda.
Iba tan absorta en aquellos pensamientos que no advirtió que habían llegado hasta que el coche se detuvo frente a la casa. Se disponía a bajar cuando se dio cuenta de que Hades no hacía lo propio; ni siquiera se había desabrochado el cinturón.
El teléfono de Persi sonó en el bolso, pero, como no esperaba ninguna llamada, lo silenció y centró su atención en Hades.
—¿Qué pasa?
—He estado hablando con Izan, mientras estabas en el gimnasio.
Aunque la noticia no tenía nada de inusual, el tono que utilizó hizo que Persi se tensase.
—¿Ha pasado algo? ¿Tu hermana...?
—Lauren está bien.
—¿Entonces?
Él respiró hondo, no la miraba.
—¿Cuándo hablaste con tu amiga por última vez?
Ella ladeó la cabeza, confundida, ¿qué tenía que ver eso con la llamada de Izan?
—Ayer por la noche. Aunque hoy hemos intercambiado algún mensaje. ¿Por qué…?
—Hace unos días le pedí a Izan que visitara el Inframundo.
—¿La parte de Infra?
—No, los Jardines Dormidos.
—Ah. ¿Para visitar a algún fallecido o…?
—Sí. Le pedí que visitase la estela de Enaire.
El móvil de Persi volvió a vibrar con una llamada. Ella no se movió. No dijo nada, se limitó a observar a Hades impávida durante varios segundos.
—Izan y los demás creían que me ocultabas con quién hablabas, que no dabas nombres ni datos concisos de forma premeditada, y desconfiaban.
Dio descubrió que Enaire había sido tu única compañera de piso.
Envié a Izan a los Jardines Dormidos porque pensé que quizá ella sabría decirme quién era la amiga con la que hablabas.
Aunque las memorias no siempre son fiables en según qué asuntos, creí que merecía la pena probar.
Habiendo crecido juntas, era probable que Enaire hubiera coincidido con tus otras amistades.
—Hades la miró atentamente y continuó—: Sé lo mucho que ella significaba para ti, aunque no hablases nunca de lo que le ocurrió en redes.
No se dieron detalles en la prensa, pero sé que la secuestraron.
Sé que te marchaste a Meridol para ir a su funeral cuando estudiábamos en la UAE y que no volviste a clase ese cuatrimestre, ni siquiera para presentarte a los exámenes —dijo con suavidad, como si así pudiera evitar que ella saliera corriendo—.
Pero tardé en atar los cabos. Cuando Izan me llamó hace un rato para decirme que no había ninguna memoria de luz en su estela, no le di importancia de inmediato.
No siempre se recupera a tiempo. A veces los accidentes ocurren y las memorias se malogran.
Persi ni siquiera se molestó en preguntarle qué más sabía de Enaire; en la investigación inicial que Infra había llevado a cabo sobre ella, seguro que había información acerca de su amiga. No les faltaban recursos.
Se giró en el asiento y tiró de la manilla. La puerta no se abrió.
—Abre.
Hades negó en silencio.
—Esta vez no vas a salir corriendo. Es hora de que lo afrontes.
Persi gruñó y tiró de la manilla otra vez. Y otra.
—Abre. —Y después—: No puedes encerrarme.
Recordó dónde estaba el seguro de la puerta y quiso desactivarlo, pero Hades se lo impidió, tapando el botón con la mano. Ella lo miró furibunda.
—Había algo que no me cuadraba —prosiguió con la voz inalterada, como si Persi no estuviera clavándole las uñas en el brazo, intentando apartarlo del seguro con todas sus fuerzas—.
Empecé a darle vueltas a la conversación que había oído entre vosotras, buscando cualquier dato que pudiera ser una pista sobre su identidad.
Sabía que era humana, pero casi todas las personas con las que te relacionabas en Meridol lo eran…
Y entonces recordé lo que había dicho sobre ser tu única amiga.
Fue la primera vez que se me ocurrió que la amiga con la que hablabas y Enaire pudieran ser la misma persona.
»¿Y si no había memoria porque Enaire no había muerto?
¿Y si había logrado que la diesen por muerta y seguía viva en alguna parte?
¿Y si no me ocultabas cosas para engañarme, sino para protegerla?
Era la única explicación que se me ocurría, y explicaba por qué no intentaste visitar su estela cuando estuvimos en los Jardines, por qué no me decías claramente dónde vivía, por qué no podías ir a visitarla con facilidad o por qué ella no podía venir a verte.
Le pedí a Izan que investigase más el asunto.
Persi había dejado de forcejear. Se hizo un ovillo en el asiento, enterrando las manos entre el pelo.
—Al parecer, la memoria no llegó nunca a los Jardines Dormidos.
Según la investigación oficial ya la habían extraído cuando levantaron el cadáver: alguien la había robado.
No se descubrió quién fue. Mi hipótesis seguía sin encajar.
¿Era posible que alguien hubiera sobornado a las UE para que escribieran esa versión en el registro si ella seguía viva?
No parecía probable. Y se me ocurrió… —Tenía la garganta seca y tuvo que tragar saliva antes de poder continuar—.
Se me ocurrió que había otra posibilidad, una que era mucho más sencilla y en la que no hacía falta falsificar nada.
Persi se tapó los oídos, incapaz de soportarlo más. Pero Hades sabía que aún lo oía.
—Estuviste aquella noche con ella —dijo, ya sin que le importase que ella sospechase cómo había adivinado esa última parte.
Llegados a aquel punto estaba dispuesto a revelar sus secretos si era necesario, con tal de confrontarla con la realidad.
Si su teoría era correcta, Persi había llevado aquello demasiado lejos—.
Tu nombre no aparece en ningún informe porque alguien te sacó de allí antes de que llegasen las UE.
Por eso no sospecharon que habías sido tú quien robó la memoria de luz.
La robaste y la transferiste a tu teléfono.
Llevas tres años fingiendo que Enaire sigue viva —se le quebró la voz, aventurando esa última parte—.
Persi, tienes que dejarla ir. Tienes que aceptar… ¡Persi!
Hades la sujetó. Se estaba tirando del pelo con tal fuerza que iba a arrancárselo. Ella gritó, sollozando de manera incontrolable.
—Persi, ¡para! Te estás haciendo daño. —Estaba asustado.
—Déjame. Salir. Del coche.
Hades desbloqueó la puerta.
Persi la abrió, empujándola sin fuerzas.
Se bajó y se tambaleó en dirección a la casa.
Solo se detuvo en el porche el tiempo suficiente para que Hades introdujese la llave y abriese la puerta.
Entró y siguió andando hasta llegar a la habitación y sentarse en la cama. No se molestó en cerrar la puerta.
—Persi.
Hades entró y se arrodilló frente a ella, nervioso. Una parte de él sentía que debería marcharse; la otra, que no podía dejarla sola.
—Dime algo.
—Todo lo que has dicho es verdad.
Se había aferrado a la memoria de luz de Enaire como si le fuera la vida en ello. Como si siguiera existiendo.
Se llevó las manos a la cara y estalló en llanto.
~ ~ ~
Hades hizo todo cuanto pudo por consolarla.
Se arrepentía de haberla enfrentado así.
Había sido bruto y desconsiderado. Debería haber pensado mejor lo que supondría para ella antes de encararla como lo había hecho.
Solo la dejó cuando estuvo seguro de que estaba más tranquila.
Bajó a la cocina para prepararle una infusión caliente.
Se encontró con ella de frente al subir las escaleras. Estuvieron a punto de chocarse y parte del líquido se derramó sobre la alfombra del pasillo.
—Lo siento, pero tengo que marcharme. —Persi estuvo a punto de pasarle por encima.
Se había puesto el abrigo y llevaba el teléfono en una mano y los zapatos en la otra. Al ver lo pálida que estaba, más que hacía unos minutos, Hades se asustó.
—Tengo que coger un vuelo a Meridol —insistió ella.
Hades dejó la taza sobre el pasamanos. Había supuesto que huiría desde que había tomado la decisión de hacerle frente en el coche.
Sabía que querría alejarse de él en cuanto supiera que conocía su secreto para poder seguir fingiendo.
Había tenido la esperanza de que tardara más de diez minutos en decidirlo.
—Si quieres marcharte no voy a impedirlo, pero no puedes irte así. No estás en condiciones de viajar y no te dejarán embarcar en el aeropuerto sin un permiso en regla.
—Acaban de llamarme del hospital. Tenía varias llamadas perdidas —explicó ella atropelladamente—. Mi padre se ha despertado. Si no salgo ya, es posible que no llegue a tiempo para verlo antes de que vuelva a quedarse inconsciente.
Hades tardó un segundo en reaccionar. Echó a correr hacia su habitación, cogió una maleta de viaje y la llevó a la habitación de Persi.
—¿Qué estás haciendo?
Estaba tan nerviosa que no dejaba de caminar de un lado al otro, así que él comenzó a hacerle el equipaje, sacando de los cajones las prendas que había comprado durante su estancia en la casa.
—Guarda lo que vayas a necesitar. Salimos en diez minutos.