Noche púrpura 46. Hilos de luz
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46. Hilos de luz

HILOS DE LUZ

P ersi despertó aún en el sofá. Un vistazo rápido a la casa le confirmó que Hades no estaba.

Deambuló por las habitaciones. Era muy diferente a estar sola en su apartamento, donde a menudo se había sentido un fantasma flotando en una casa deshabitada.

Allí, la presencia de Hades estaba en todas partes: en las fotografías, en los libros, en las dos tazas de café usadas en la mesita del salón o en el abrigo colgado en la entrada.

Se sintió lo bastante animada para colgar un deseo del árbol, y luego lo bastante aburrida para preparar cena para dos.

Hizo tiempo hasta la cena con una novelita corta, aunque, si era honesta, solo estaba esperándolo a él.

Pero Hades no regresó a la hora de cenar.

Se dio cuenta de lo tarde que era cuando llegó a la última página.

No sabía qué iba a decirle cuando lo viera.

Él tenía razón: no tenía ningún motivo para rechazar la propuesta, se había cerrado en banda, asustada.

Estaba hecha un lío respecto a lo que sentía por él. Hacía ya tiempo que lo estaba.

Porque esos sentimientos habían surgido antes de llegar a Embra, aunque solo ahora empezaba a aceptarlos.

Porque significaban que lo que decían de ella era verdad: se había enamorado de otro hombre estando prometida.

Y porque le recordaban que seguía viva, que su corazón sanaba, que no se había roto sin remedio tres años atrás. Y eso la carcomía. Tanto que, cuando oyó la puerta de la entrada, en vez de enfrentarse a Hades como se había prometido, se escabulló a su cuarto.

Llamó a Enaire. Su única confidente.

—Entiendes por qué lo he hecho, ¿verdad? Por qué he tenido que rechazarlo.

— Porque estás enamorada de él .

—No puedo permitirme perderlo. Sabes que no. No tengo a nadie más.

— A mí no vas a perderme nunca .

Era verdad. Eso hizo que volviera a llorar.

~ ~ ~

Ninguno volvió a mencionar el tema en los días siguientes.

Hades trabajaba mucho, ya fuera en el despacho de la casa o en la sede de Infra en Embra, aunque cenaban juntos cada noche.

Persi, por su parte, se ventiló la mitad de las novelas románticas de la casa, lo que solo sirvió para que sus hormonas se alteraran al verlo o al percibir su olor cuando se cruzaban.

Tal vez por eso comenzó a pasear por el jardín.

Tras la tormenta de nieve del primer día, el tiempo mejoró: olía a primavera y las flores tenían tanta energía que les daba tiempo a brotar antes de que el jardinero recortara el césped.

Persi había notado que lo hacía dos veces por semana.

Se aburría con frecuencia. Se había desinstalado las redes sociales tras un ataque de nervios por los mensajes que aún circulaban.

Hades llegó a amenazarla con quitarle el teléfono (hacerle de paño de lágrimas no había sofocado su lado mandón).

Fue ese aburrimiento el que llevó a Persi a reconectar con el suelo.

Le sucedió una mañana sentada en las escaleras del porche.

Había estado mirándose los pies y las pequeñas piedras que los rodeaban.

Cuanto más miraba, más detalles percibía: las briznas de hierba que se colaban entre las piedrecitas, una hormiga, otra…

Las observó durante minutos, hasta descubrir de dónde salían.

Y entonces se le ocurrió que llevaba mucho sin mirar el suelo.

A ver, para ser justos, lo miraba a diario mientras caminaba absorta en sus pensamientos.

Pero llevaba años sin verlo . Regresó a su infancia, cuando se había quedado embobada con las hojas del otoño o las motas de polvo flotando en un rayo de sol.

Los vio entonces: unos hilos de luz, tan tenues que apenas parecían reales.

Un recuerdo olvidado. Solo los altari de Wunju los veían, con ellos ataban cada pacto mágico, cada geis .

Ella nunca los había percibido con claridad, debido a su sangre mestiza, y, al crecer, se habían desvanecido como un sueño lejano.

Al parecer, solo había dejado de prestar atención.

Se sintió presente, real ; después de días viviendo en su cabeza, por fin se atrevía a salir. Los mensajes de odio que la perseguían no existían en aquella red. Solo ella, las piedras, las hormigas y los hilos que entrelazaban el mundo.

Era irónico: justo cuando el mundo negaba su naturaleza altari, sus instintos de hada la llevaban a refugiarse en ella.

Se sintió tan bien que esa tarde decidió seguir reconectando. Así la encontró Hades al llegar de trabajar: tendida sobre la hierba con la mirada perdida en el cielo.

—Me estás tapando las nubes —lo saludó. Él frunció el ceño, pero no apartó la cabeza. Persi se incorporó con un resoplido resignado—. ¿Me enseñas a conducir la moto?

Aquello consiguió que Hades frunciese aún más el ceño.

—Jacinto dice que hay un gimnasio cerca. Si me enseñas, podría ir.

—¿Jacinto?

—El jardinero.

Lo del gimnasio le pareció buena idea, pero no parecía convencido con lo de la moto.

—Puedo acercarte siempre que necesites. Y hay un coche en la casa, ya tienes carné.

Persi no insistió. Caminaron juntos hacia la casa. Por el camino le contó lo que había estado haciendo en el jardín. Tras escucharla, Hades decidió que cualquier pasatiempo le vendría bien antes de seguir «reconectando». Al día siguiente empezaron con las clases.

Para cuando llegó el día de ir al gimnasio, Persi ya manejaba el vehículo con soltura, pero, al momento de salir, le temblaban tanto las piernas que Hades optó por llevarla.

—Solo son algunas mujeres del pueblo —la animó—. Nada para un hada acostumbrada a las intrigas de Irisada.

Descubrió que Hades tenía razón. Había poca gente; unas diez mujeres de diversas edades. Se tranquilizó al ver que ninguna la miraba con hostilidad. Aun así, mantuvo el Brillo bajo para evitar llamar la atención. Si alguna la reconoció, no lo mencionó.

Se concentró en seguir la clase. Las demás, a pesar de que varias le doblaban la edad, la dejaron a la altura del betún. Al terminar, se quedó en la ducha hasta que el vestuario se vació. Estaba agotada física y emocionalmente. Cuando salió, Hades aún no había llegado.

Una de sus compañeras de clase aguardaba en la acera. Vio a Persi antes de que esta regresase al interior del gimnasio y la saludó. Ya no podía marcharse sin ser una maleducada. Le devolvió el saludo y esperó a un par de metros.

—Eres esa chica de Irisada de la que habla todo el mundo, ¿verdad?

Murmuró un asentimiento. Se metió las manos en los bolsillos para ocultar el temblor.

—A mi hija le encantan tus vídeos. Está de tu parte, ¿sabes? Ya no sabe cómo defenderte. Creo que lo está pasando peor ella que tú. Ayer tuve que castigarla sin móvil. —Esbozó una sonrisa compasiva—. Bueno, supongo que peor que tú no lo está pasando, ¿verdad?

Persi esbozó una mueca.

—Probablemente no —admitió, rogando por que aquel fuera el fin de la conversación.

Pero la mujer añadió:

—Sabemos que estás quedándote en casa de Hades.

Persi suspiró. Entonces era solo cuestión de tiempo que la información llegara a la Prismared y añadiese combustible a los rumores. Y, sin embargo, la mujer lo había dicho… como si fuese algo bueno, en lugar de malo. Y lo había llamado Hades, no Sabatier.

—No es… No es como lo cuentan. Solo está dejando que me quede unos días.

—Su madre venía a entrenar a este gimnasio, cuando el padre de Hades todavía vivía.

Le teníamos mucho aprecio; a su madre, me refiero, no al padre.

Se preocupaba mucho por Hades, porque su padre solía arrastrarlo con él para prepararlo para el cargo cuando no estaba estudiando y a ella le preocupaba que no tuviera muchos amigos.

Y cuando él murió y Hades tuvo que hacerse cargo de la compañía, se preocupó incluso más.

—No debió de ser fácil para él —reconoció Persi.

—Seguramente no, pero nosotros lo agradecimos.

Desde que lo reemplazó, mejoraron mucho las condiciones.

Aquí en Embra, la mayoría trabajamos en Infra.

Todos los años salen noticias sobre que a nosotros nos paga menos que a los altari, pero la verdad es que es una de las pocas empresas que está dispuesta a contratarnos y nos paga mucho mejor que si trabajásemos en los servicios del Gobierno.

—Pero lo justo sería que cobraseis la misma cantidad que los altari —replicó Persi, que sabía que muchas veces el trabajo que hacían era el mismo, si no más.

—Puede —concedió la mujer—. Pero ¿crees que los altari lo permitirían?

No, no lo harían. Los altari se quejarían si compartiesen salario con un humano.

Se escudarían en las enseñanzas del Acervo; dirían que atentaba contra la predicación de que los humanos debían servir a los altari.

Aquel pragmatismo era muy propio de Hades: aspiraba al cien, pero no rechazaba un veinte si era lo mejor que podía conseguir por el momento.

—No os creéis los rumores que circulan sobre él.

La mujer se encogió de hombros.

—Habrá quien se los crea y habrá quien no. A mí me parece un buen hombre. Y si te está ayudando, tú tampoco debes de ser tan mala como te pintan, ¿no?

—No me conoces.

—No, pero mi hijo me ha hablado bien de ti.

—¿Tu hijo? ¿No tenías una hija? —Persi desconfiaba de todo el mundo.

—Y un hijo. Me dijo que os habíais hecho buenos amigos, trabaja cuidando el jardín de Hades. Por cierto, es ese que viene por ahí, ¿no? —dijo entornando los ojos.

Persi reconoció el coche de Hades. Al verla, lo detuvo cerca de la acera.

—Eres la madre de Jacinto —comprendió con sorpresa.

—¿Es verdad, entonces? Su hermana lleva chinchándolo toda la semana porque no se creía que hubiera hablado contigo. Ya verás cuando llegue a casa y se lo cuente.