Noche púrpura 45. No es falta de compromiso, es que ya sé cómo acaba
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45. No es falta de compromiso, es que ya sé cómo acaba

NO ES FALTA DE COMPROMISO,

ES QUE YA SÉ CÓMO ACABA

P ersi notaba raro a Hades desde la comida.

Llevaba una hora comprando ropa en la Prismared.

Se negaba a ir de tiendas después de cómo había acabado su última visita juntos a un centro comercial.

Hizo clic en el carrito y comprobó el precio.

Tenía dinero gracias al salario de Infra, pero, por generoso que fuera (más de lo que había esperado), no quería malgastar.

Celandia la había retirado de sus tarjetas y los ingresos que obtenía por redes parecían condenados.

Y no iba a permitir que Hades pagara; estaba contrayendo ya demasiadas deudas con el directivo.

Estiró la pierna para tocar la rodilla de Hades con el pie, al otro lado del sofá.

—¿No vas a decirme qué te pasa?

Él levantó la vista del portátil. Llevaba unas gafas que no le había visto. En Irisada había usado lentillas; los altari puros no tenían problemas de visión. A Persi le parecían adorables.

—¿El qué?

—Lo que te ronda la cabeza. ¿Es por lo que ibas a contarme? ¿La solución de Jess?

—No es una solución óptima.

—No creo que la haya. Me sorprende que exista alguna.

—No te va a gustar —dijo Hades, dejando el portátil a un lado.

Persi lo imitó y dejó el teléfono, sospechando que necesitaría toda su atención. Él la contempló por un instante demasiado largo antes de soltar:

—La idea de Jess es que nos casemos.

Persi soltó una carcajada.

—Ay, ¿quieres matarme? Me has pillado desprevenida —contestó, golpeándolo con el pie en el muslo. Se sujetó la tripa, riendo de nuevo—. ¿Y cómo puedes decirlo tan serio?

Él sacudió la cabeza, sonriendo con una mezcla de vergüenza y resignación, pero no se rio. Le sujetó el pie antes de que pudiera golpearlo otra vez.

—Supongo que eso es un no.

La risa de Persi se apagó. Estaba serio, como si aquel disparate fuera de verdad una solución. Y en verdad lo era. Ante la ley, Hades era altari. Casarse con él la elevaría de la misma manera que lo habría hecho el matrimonio con Rob.

—Hablas en serio.

—Sí.

—Estás mal de la cabeza.

—Yo le dije lo mismo a Jess.

Vale, por lo menos estaban en sintonía.

—¿En qué estaba pensando Jess? ¿Y por qué contigo y no con ella o con Izan?

Hades frunció el ceño.

—¿Preferirías casarte con Izan?

Todavía le sujetaba el pie. Recolocó la mano un poco más arriba, justo encima de los calcetines blancos que le había dejado. Le hacía cosquillas, de un tipo muy concreto.

—¿Qué? —acertó a decir.

—Existen filtros para evitar los matrimonios de conveniencia con altari —explicó él—. Casarte con uno justo tras haber perdido la ciudadanía disparará las alertas, pero podría funcionar entre nosotros porque la gente piensa que ya estamos juntos.

Sacudió la cabeza. Era absurdo; tenía muchísimo sentido, pero seguía siendo absurdo.

—Le dije a Jess que estaba dispuesto, pero que tú no querrías.

—¿Qué? —Hades no lo repitió, pero mantuvo el rostro determinado—. ¿Por qué harías algo así?

—Somos amigos, ¿no? —lo dijo con cierta dureza, con cierta tristeza.

Y ¿qué iba a decirle Persi? ¿Que no lo eran?

Cuando él la estaba acogiendo en su casa después de todo el marrón con Rob, cuando habían preparado una tarta juntos la tarde anterior.

Y, sin embargo, «amigos». Qué palabra más extraña para pensar en Hades Sabatier.

Qué grande, qué pequeña, qué inapropiada para lo que sentía por él, para lo que despertaba en ella cada vez que lo miraba.

—Hades, no puedes casarte conmigo.

—Sería solo sobre el papel.

—Tendríamos que fingir en público.

—Pero el resto del tiempo podrás hacer lo que quieras y, después de tres años, la ciudadanía será tuya, aunque nos divorciemos.

«Podrás.» Persi rio, incómoda. Como si no fuera ella la que estuviera robándole el futuro, la posibilidad de casarse con quien de verdad quisiera.

—No puedes hacerlo. ¿Y si conoces a alguien y te enamoras? ¿Y si...?

—Eso no va a pasar.

Lo dijo con tanta convicción que Persi estuvo a punto de creérselo. A lo mejor los villanos no podían enamorarse. Pero eso era justo el problema, ¿verdad? Que ella sí podría enamorarse de él.

—Pues a lo mejor deberías. Eres... De verdad que... —le dijo ella. Se mordió la lengua. Él la observó con paciencia—. Eres un buen tipo, a pesar de ser un villano. Seguro que, si quisieras, podrías salir con alguien genial.

Hades le acarició la pierna, justo encima de la goma del calcetín.

—¿Es el único motivo por el que rechazas la oferta? ¿Porque te sientes mal por mí?

—Pues claro que me siento mal. No deberías casarte con alguien por… —«¿Por qué, para empezar? ¿Por lástima? ¿Compasión?»—. Caridad.

Hades se quedó callado. Y entonces sonrió.

Y, Prismas, de repente vio que Enaire tenía toda la razón en lo que había dicho aquel día en el aeropuerto: tenía una sonrisa perfecta.

Cuando de verdad sonreía, parecía una persona completamente diferente.

Otro Hades Sabatier. Uno que la miraba como en la foto del centro comercial que le había enseñado Rob.

—¿Qué? —preguntó, cuando él se echó a reír.

—Perdona, es que me hace gracia lo colorada que te has puesto.

Persi se llevó las manos a las mejillas y recogió la pierna, antes de que se acostumbrase demasiado a estar en las manos de Hades y no quisiera volver con ella.

—Estaríamos confirmando todo lo que dicen sobre nosotros. Pensarán que he engañado a Rob contigo.

—Ya lo piensan.

—Es una mala idea.

Él asintió, comprensivo, pero dijo:

—No entiendo por qué te lo parece.

«Porque sí», pensó ella. Y se dispuso a enumerar todos los motivos, empezando por que no quería casarse con él. Y sintió pánico, sintió verdadero pánico, cuando abrió la boca y no consiguió pronunciar ninguno de ellos. Las palabras se le atoraron en la garganta, retenidas por su naturaleza de hada.

Bajó la mirada hacia el pantalón corto que quedaba medio oculto bajo la amplia camisa que le había dejado Hades. Cogió aire y se preparó para la verdad, al fin.

—No puedo casarme, no puedo . Huiré. Estaré en un vuelo días antes de la boda.

—No creo, no te darán permiso para volar si no nos casamos.

Qué capullo era.

—Encontraré la forma de escaquearme.

—Le pediré a mis constructos que te lleven a rastras hasta el altar.

Ella levantó la vista y se cruzó de brazos.

—Lo digo en serio: soy incapaz de comprometerme. Y soy un hada, no podría decir «sí, quiero» si no quiero. —Era una excusa. Sí que podría. Podría sortearlo, decir «sí, quiero» a la situación, por ejemplo. Lo tenía planeado para cuando llegara el momento con Rob.

—¿Por qué?

—Por qué, ¿qué?

—¿Por qué eres incapaz de comprometerte?

«Porque soy así, como Celandia; porque soy incapaz de involucrarme con los demás, porque me aparto, me marcho, porque soy demasiado independiente para mi propio bien.

» Era lo que quería decir. Pero no podía, no podía mentir.

Ser un hada era lo peor. Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla de Persi.

—Porque nunca funciona. Lo he intentado, ¿vale?

En el instituto, en la universidad, nunca terminaba de encajar.

Así que me mudaba, volvía a empezar, volvía a intentarlo en otro sitio, con otra gente.

Pero, cuanto más me involucraba, más dolía.

Cuanto más me permitía querer, más vulnerable era.

Todas las personas a las que he querido me han dejado, de una forma u otra.

Mi madre la primera. Pero también mi padre cuando se lo llevó el Descolor, y también...

—Sollozó y la última palabra resultó ininteligible—.

Todas las personas a las que quiero se marchan .

Así que prefiero irme antes de querer a nadie más.

Se encogió sobre sí misma, desapareciendo bajo el cuello de la camisa. Bajo el olor a sándalo y a detergente. Era la verdad, su verdad.

Hades suspiró.

—Persi, ven aquí.

Persi no se movió, pero terminó entre sus brazos igual, porque fue él quien se movió hacia ella. Y resultó asombrosa la manera en que consiguió colocarla, medio sentada, medio tumbada contra su pecho, porque logró que Persi no moqueara una, sino dos camisas suyas al mismo tiempo.

—Y Rob, creí que él no podría hacerme daño, creí que sería distinto porque no llegué a abrirme a él. Y, aun así, lo hizo.

—Rob es un imbécil. No te merecía.

Deslizó la mano sobre la espalda de Persi, en una caricia que pretendía tranquilizarla. Ella se estremeció y escondió la cara contra su cuello, abrazándolo con fuerza.

«Si tuviera que escribir mi deseo ahora —pensó—, le pediría a los Dioses que se olvidaran de mí, que no cambiaran nada, que me dejaran quedarme aquí, tal y como estoy. Que no hace falta que me concedan nada, solo que dejen de llevarse lo que quiero.»

Él la atrajo contra sí y la dejó ser, la dejó llorar, la dejó sentirlo: firme, cálido, real, como alguien que no estuviera a punto de desaparecer.

—Perdona —dijo ella un rato después, apartándose.

Se secó la cara con la manga de la camisa, a la que le había tenido que doblar el puño un par de veces.

—Está bien. Tenías que llorar, todavía no habías llorado nada. Me tenías inquieto.

—¿También te lo ha dicho tu psicóloga?

—Puede. —Le secó las mejillas con los pulgares—. ¿Pensarás en la idea de Jess?

Ella se apartó del contacto.

—No. No, ya lo he pensado, Hades. No vuelvas a preguntármelo más. No puedo.

—Vale. —Volvió a abrazarla—. Descansa.

Y Persi pensó que bien podría haberle ordenado al fuego de la chimenea que dejara de arder. Pero entonces él volvió a acariciarle la espalda y ella descansó la cabeza contra su cuello. Mantuvo la vista en el árbol, del que todavía no colgaba ningún deseo.

Se le cerraron los ojos antes de que se diese cuenta.