43. Ser cancelada también es de guapas
SER CANCELADA TAMBIÉN
ES DE GUAPAS
P ersi se sentó entre la mesita y el sofá. Apenas se movía, apenas respiraba. Había apagado las notificaciones, pero aún le parecía oír el sonido en su cabeza. Por muy fuerte que cerrara los ojos, no dejaba de ver los comentarios:
@marianeeecloset: Nunca me ha caído bien, me daba malas vibras.
@alexogimm: ¿Podéis recordarme cuál era su casta? ¿Mitad hada y mitad zorra?
@markitos_37: Los más ridículos sois los pringados de los humanos, que os decepcionáis de que salga con Sabatier. ¿En serio os pensabais que le importabais una mierda?
@marta.palmer: @markitos_37 Soy humana, pero estoy de acuerdo. Todas las chicas altari, ricas y mimadas, son iguales.
—¿Has encontrado algo? —preguntó Hades.
Dio negó, inclinado sobre el portátil.
—Quien lo haya hecho ha cubierto bien las huellas: tenía acceso no solo a su cuenta, sino también a su correo electrónico. ¿Compartiste tus contraseñas? ¿Tal vez con Kara?
No era la primera vez que se lo preguntaba, así que Persi no sintió la necesidad de responder.
La única persona que tenía acceso a sus cuentas era Enaire y si de algo estaba segura Persi es de que era completamente imposible que ella la traicionara.
Era incapaz de hacerlo. Y, si el fénix volvía a preguntarle si se había dado de alta en páginas sospechosas, subiría al tejado y saltaría de cabeza, decidió.
Por suerte, Dio solo siguió tecleando en el portátil.
Jess le acercó una porción de tarta a Persi. La dejó frente a ella, sobre la mesita.
—No has cenado —le recordó.
Persi agradeció el gesto, pero no tenía hambre.
La foto de la publicación seguía en el televisor; Dio había compartido la pantalla para analizarla en busca de responsables.
Eran las fotos que Rob le había enseñado: imágenes de Hades y ella juntos en el centro comercial, capturadas en el peor momento posible, donde la química entre ambos era innegable.
La descripción dejaba claro a cualquiera que no era Persi quien las había publicado: «Alguien tenía que casarse hoy, pero ha decidido ser una chica mala».
Jess le apretó el hombro con cariño. Apagó la pantalla y se reunió con los demás.
—Debe de haber sido alguien del círculo de su ex. El cabrón está intentando vengarse.
—Puede, o puede que no —repuso Izan, críptico—. Tal vez estén yendo a por Hades.
La nereida dejó escapar un jadeo incrédulo.
—Claro, la reputación de Hades está dañadísima ahora mismo. ¿Qué dicen de él? ¿El directivo multimillonario de Infra se lleva a la cama al bellezón del momento?
—Puede que no buscaran dañar su reputación, sino golpearlo personalmente yendo a por las personas de su entorno —insistió él.
Hades se paró en seco y se volvió hacia Izan con el rostro serio, considerándolo.
—Lo primero es resolver la situación. —Se dirigió a Dio—. ¿Puedes arreglarlo?
—Tío, esto lleva publicado más de quince minutos. Lo ha visto medio planeta. He recuperado las cuentas, puedo borrar la publicación, pero no creo que eso…
—Borrarlo no servirá de nada —confirmó Persi con voz constreñida, poniéndose en pie—. Ya habrá cientos de capturas de pantalla circulando. Si lo borro, otros lo republicarán.
Y los comentarios de odio se duplicarían.
—Podemos cerrar las cuentas hasta que la gente recuerde tener una vida —propuso Izan.
Ella meneó la cabeza. Había gente que malgastaba su tiempo en leer y escribir críticas sobre otros.
El odio colectivo era un pozo sin escapatoria.
La memoria de la Prismared era infinita y las herramientas para combatir el acoso, escasas.
Disculparse rara vez funcionaba. Y lo peor era que, al contrario que en otros tipos de acoso, los responsables creían estar actuando bien.
Ellos eran los justos, los que señalaban las malas conductas y exponían a quienes lo merecían.
En el juicio rápido de las masas no había leyes, no había defensa ni pruebas, solo verdugos; y Persi ya había sido declarada culpable antes de testificar.
—¿Rob ha subido algo? —La última vez que ella había entrado en la aplicación, su teléfono había colapsado por el número de menciones. No se había atrevido a reintentarlo.
—Ha comentado que abrir los ojos es doloroso pero importante para sanar —dijo Izan.
Hades soltó un resoplido y Jess puso los ojos en blanco. Lo que sintió Persi fue diferente, más acre: entendía que estuviera dolido, pero él sabía la verdad, la había escuchado de ella, y había decidido ignorarla para posicionarse como única víctima.
—Ha publicado algo —confirmó Dio, tras un par de clics.
Persi se acercó temblorosa. Era una foto de las alianzas, acompañada de un texto.
—No me lo creo. —Izan sacudió la cabeza.
—«A veces, lo que más duele no es perder el futuro que habías imaginado con alguien, sino darte cuenta de que nunca fue tuyo para empezar.» —Jess leyó en voz alta la descripción de la foto—. Bueno, si lo de diseñador no le va bien, puede meterse a dramaturgo.
—No ofendas a la literatura, Jess —resopló Hades.
Las opiniones en los comentarios podían categorizarse en tres grupos: estaban los que se limitaban a insultar a Persi, los que aprovechaban para insinuarse a Rob y los que proponían sabotear a Fugaz para que echaran a Persi de la campaña.
—«Quizá mi mayor error fue creer que mi amor sería suficiente.» —Izan leyó la respuesta de Rob a uno de los comentarios—. Me está dando una vergüenza ajena pertenecer a la misma casta que este espécimen...
Persi se sentó, incapaz de sostener su propio peso. Todo el mundo apoyaba a Rob. A nadie le importaba lo que realmente había ocurrido. Ya habían asumido que era la traidora, la responsable de que el compromiso se hubiera roto. Eso último, supuso, era cierto.
Dio cerró la ventana del navegador con una expresión dura y calculadora. Persi apenas notaba la mano de Jess sobre el hombro, o la furia contenida en los movimientos de Hades. Fue este, finalmente, quien rompió el silencio.
—¿Quieres que diga algo al respecto? —preguntó.
Ella levantó la vista para encontrarse una mirada determinada. Consideró lo que le estaba ofreciendo: una declaración pública, negando el contenido de las imágenes.
—Creo que no deberías pronunciarte por ahora —murmuró, consciente de que cualquier movimiento podría tener consecuencias imprevisibles—. La Ascendente comenzará pronto y las redes sociales quedarán en silencio hasta que regrese la energía.
La mirada de Hades se suavizó, mostrando una preocupación genuina por ella.
—No permitiremos que te destruya. Lo que sea que necesites, solo pídelo.
Asintió, agradecida de haber dejado Irisada. Sospechaba que aquella tormenta la habría sacudido sin importar dónde se hubiera ocultado. Al menos en Embra no estaba sola.
Su teléfono comenzó a sonar. Era una llamada. Leyó el nombre del contacto en la pantalla y dio un respingo.
—¿Quién es? —preguntó Hades, tenso.
Se llevó el teléfono al oído, consciente de que todos los ojos de la habitación estaban pendientes de ella.
No dijo una palabra, para consternación de todos, más ansiosos a cada segundo que pasaba.
Cuando terminó la llamada, se había quedado pálida como el mármol de la chimenea.
Dejó el teléfono sobre la mesa; las manos le temblaban.
Hades parecía dispuesto a cogerlo para hablar él mismo con quien la hubiera llamado, si no soltaba prenda.
Izan, en cambio, la observaba como si esperase que fuera a derrumbarse.
Era el único con el oído lo bastante fino para haber captado la conversación.
Persi tragó saliva.
—Era mi madre —dijo con voz trémula—. Me ha retirado la ciudadanía.