42. Toca enseñar las cartas
TOCA ENSEÑAR LAS CARTAS
H ades maldijo internamente a su amigo al ver que Persi se detenía y se volvía hacia él.
—¿Cómo que el doble?
—¿Qué pasó con lo de sacar la tarta? —preguntó Izan de la nada.
Su amigo le agradeció el intento, aunque no funcionó. Persi todavía lo miraba.
—¿A qué se refiere?
Hades se sintió tentado de fingir que no tenía ni idea. Dio no le dio oportunidad.
—¿Le contaste alguna trola? Uf, tío, suerte con ello.
Sabatier le dedicó una mirada que prometía violencia como no cerrara el pico. No le gustó nada la expresión que vio en la cara de Persi, la manera en la que le dijo:
—Ven, vamos a sacar la tarta.
Esa vez, ninguno dio muestras de querer acompañarlo cuando la siguió.
—No te mentí —le aseguró, cerrando la puerta de la cocina. El chasquido acalló el «¿Creéis que volará algún vaso?» de Dio y el «Eres un puñetero bocazas» de Jess.
—¿Y por qué suenas como si lo hubieras hecho?
Hades no respondió de inmediato. Observó cómo la coleta le caía sobre la espalda de la sudadera que le había dejado mientras ella sacaba la tarta de la nevera y se apoyaba en la encimera para encararlo. Esperó en silencio a que él ofreciese alguna explicación.
—Asumiste que era un mestizo cuando te conté lo de mi hermana.
—Pero ¿la verdad es…?
—Que no lo soy. Lauren es mi hermana del todo.
—¿Cómo?
Él entendió a qué se refería: ¿cómo era posible que un humano ocupase el lugar de un altari puro sin que nadie se diera cuenta?
—El matrimonio de mis padres fue de conveniencia.
—Se pasó una mano por el pelo—. Mi padre biológico era el mayordomo de mi padre adoptivo y una de las pocas personas que le importaban.
Nunca me contó los detalles, pero antes de que mi padre biológico cruzara el Río, mi padre le prometió que se haría cargo de mi madre y de Lauren.
»Mi padre… Era alguien difícil, en muchos sentidos.
No era un buen hombre, pero era uno de palabra.
Y era, sobre todo, pragmático. No le preocupaban las convenciones sociales ni el Acervo.
Después del entierro, llamó a mi madre y le contó la promesa que le había hecho a su marido. Y luego le ofreció matrimonio.
La sorpresa hizo que Persi se irguiera ligeramente.
—¿Y tu madre aceptó?
—Al principio, no —admitió—. Pero era humana, tenía una niña de dos años y estaba embarazada.
No tenía demasiadas opciones. Nunca tuvieron una relación de pareja, que yo sepa.
En cualquier caso, mi padre sabía que no era hijo suyo; era estéril.
Fue idea suya hacerme pasar por su hijo biológico.
Me enseñó a usar la runomancia desde niño, a levantar constructos de forma que nadie dudara de que había heredado sus dotes nigrománticas.
Persi se pasó los dedos por la coleta con gesto absorto, dejando caer el pelo como una cascada sobre el hombro. Hades captó la fragancia del champú, un aroma limpio y dulce.
—Podías habérmelo contado. No te habría juzgado, las mejores personas que conozco son humanas. Si acaso, lo habría tenido por una cualidad.
Hades se acercó a la nevera para servirse un vaso de agua fría. Apenas había bebido durante la partida, pero notaba la cabeza ligeramente amodorrada y quería ser cauteloso escogiendo sus próximas palabras.
—Es un tema delicado. Y tú vivías con Rob y no podías mentir. Pensé que era lo mejor.
Ella lo evaluó.
—¿Y si decidiese volver con Rob? ¿Cómo te asegurarías de que no se lo contase?
—¿Lo harías? Volver con él, me refiero. ¿Lo perdonarías? —La pregunta le había quemado en la garganta desde que había ido a buscarla al aeropuerto.
Ella jugueteó con un mechón suelto. Contuvo el impulso de detenerla para que no se lo arrancase.
—Ya no se trata de perdonarlo o no. No siento lo que debería sentir. Pero responde.
—No haría nada. Confío en ti.
—Eso pensaba. Pensaste que era lo mejor, pero no porque viviese con Rob, sino porque eres incapaz de abrirte, incluso con las personas en las que confías.
Hades no dijo nada.
—¿Alguna vez dejas entrar a alguien en tu vida aparte de las personas del salón?
Ella se acercó y alzó la barbilla. Él se humedeció los labios.
Le costaba no quedarse absorto en sus facciones, no distraerse con el resplandor de los párpados, de las mejillas, de los labios.
Se preguntó cuánto se debía al Brillo y si acaso importaba.
¿Acaso la belleza del Sol se juzgaba sin tener en cuenta su luz?
Y tenía razón. Quizá, si hubiera sido sincero aquel primer día, ella habría confiado antes en él y las cosas habrían sido distintas.
—No lo hago por gusto. Tuve que aprender a utilizar la mala reputación como un arma, a comportarme como si fuera la peor persona de la habitación porque, cuando la gente lo da por hecho, deja de molestarse en ocultar su peor cara.
Me he acostumbrado a esperar lo peor y a actuar en consecuencia.
Es un hábito que me ha vuelto un poco capullo.
Ella lo consideró. Luego, alzó un vaso y lo chocó con suavidad contra el de él.
—En eso somos dos.
Hades sonrió, recordando el juego. Todavía había secretos entre ellos. No le había contado cómo invertía las noches y sabía que ella le ocultaba cosas a su vez.
—Ambos tenemos secretos.
Se acercó el vaso a los labios. Ella se lo apartó. Tenía las manos frías. Había acertado, entonces. Un puente se tendió entre ellos: un instante de conexión. La recorrió con la mirada, cada centímetro de piel, cada curva oculta bajo la ropa masculina de él.
—Cuando Dio se metió en nuestra ronda, diste un trago —soltó sin pensar—. ¿Te importaría decírmelo?
—¿El qué?
—Que no has pensado en besarme ni una sola vez.
—¿Por qué quieres que lo diga?
—Sabes por qué.
La sonrisa se le borró. Se apartó de él.
—No vuelvas a pedírmelo.
Hades fue consciente de lo que acababa de pedirle, después de lo que había vivido.
—Lo siento. Persi, no quería…
La puerta de la cocina se abrió y ambos se giraron para ver entrar a Izan.
—Persi, ¿acabas de publicar algo en redes? —Tenía el rostro desencajado.
Ella apartó los ojos de Hades y negó, desconcertada. Y, en ese momento, el teléfono de Persi comenzó a vibrar con una notificación tras otra.