Noche púrpura 41. Cuando la vida baraja
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41. Cuando la vida baraja

CUANDO LA VIDA BARAJA

I zan fue el primero en reaccionar al ver a Persi aparecer en el umbral del salón.

—¿Qué ven mis ojos? —Se giró hacia Hades en el sofá—. ¿La has obligado a vestir así?

—Me pongo chándal muchas veces —replicó ella, acercándose. Izan puso cara de no creérselo para nada—. En el gimnasio…

—Tu conjunto de gimnasio difícilmente puede considerarse un chándal —la contradijo Izan—. ¿Qué? He visto fotos.

—La primera vez que coincidimos creí que había entrado por error en una pasarela de Fugaz —lo apoyó Hades.

Persi lo miró, alzando las cejas.

—Así que esto es una conspiración. ¿La planeasteis mientras no bajaba?

—Algunos estamos intentando ver la película —se quejó Dio. El fénix volvía a tener un cuerpo de adulto funcional y estaba repantigado en su propio sofá.

—Te sienta bien no aparentar trece años —replicó Persi.

Jess le chocó los cinco y la invitó a tomar asiento a su lado. Izan le quitó a Dio el cuenco de palomitas y se las ofreció. Persi cogió un puñado y subió los pies al sofá.

—¿Y qué ha pasado con la boda? —preguntó Dio, recuperando el bol—. No me miréis así, vosotros también queríais saberlo y Hades no suelta prenda.

—Dio —lo advirtió este.

—Ah, sí, perdona. Soy Dio, encantado. —Se estiró apoyando una mano en el suelo y le estrechó la otra—. ¿Nos conocemos ya lo suficiente para las preguntas privadas?

—No va a haber boda —explicó Persi—. Él quería que fuese cosas que no soy. Y supongo que yo también quería que él fuese diferente. Es mejor así.

Dio le sostuvo la mirada unos segundos antes de apartar la vista y devolver su atención a la película.

«¿Qué Prismas?» Las imágenes de la pantalla cambiaron sin que Persi les prestase atención.

No había respondido a Rob ni a Kara. Le dio vueltas al asunto, hasta que tuvo un mechón de pelo tirante entre los dedos.

Tenía que tranquilizarse. Siguió un consejo de Enaire y buscó tres sonidos diferentes: el audio de la película, el viento en el exterior, la mano de Dio rebuscando entre las palomitas.

Tres texturas diferentes: la tela rugosa del sofá, el elástico de los calcetines que le había dejado Hades, la suela de goma de las zapatillas.

Sintió que funcionaba; dejó de pensar y regresó al presente.

Buscó tres detalles de la habitación: la planta colgante que había sobre la mesita, el anillo que Dio llevaba al cuello, los golpecitos que daba Izan en el brazo de Hades… Se detuvo en ese último detalle.

Hades puso cara de resignación y le ofreció el brazo.

—Un minuto —advirtió, despreocupado.

Persi dio un respingo al ver que Izan le clavaba los colmillos. Se tocó la herida de la clavícula. Notó que Hades la miraba y devolvió la vista a la pantalla.

—Ya está bien —protestó Hades poco después.

Y, a continuación, hizo lo peor que podía hacerse cuando un vampiro se estaba alimentando: apartó el brazo de golpe.

—¡No! —Persi se levantó de un brinco para evitar lo inevitable.

Pero el brazo de Hades estaba en perfectas condiciones: de las dos pequeñas punciones apenas sobresalía una gotita de sangre. El único incidente eran las palomitas que se esparcían por la alfombra; Dio había soltado el cuenco, asustado por el grito de Persi.

—Es que pensaba… —balbuceó, al ver tres miradas sobresaltadas clavadas en ella. Miró el brazo de Hades y se dejó caer en el asiento—. Estás bien. No te ha hecho daño.

Él asintió, aún con los ojos abiertos por el asombro.

—¿Por qué Prismas iba a hacerle daño? —saltó Izan.

—Porque los vampiros no podéis controlaros mientras os alimentáis.

—Los vampiros aprendemos a controlarnos de niños, a no ser que estemos cerca de la inanición o… —Se calló al ver la expresión de Persi—. O que seamos unos capullos.

Persi se achicó contra el respaldo del sofá. Jess le puso una mano sobre la pierna. En la pantalla aparecieron los créditos, pero ninguno protestó por haberse perdido el final.

—¿Alguien quiere algo de beber? —preguntó Jess.

Todos se mostraron de acuerdo.

~ ~ ~

—Es muy fácil —empezó Dio, repartiendo las cartas entre los cinco—. A la de tres, giramos una carta al mismo tiempo y, si coincide en número o color con la de otra persona, decís algo que tengáis en común con ella. Si os equivocáis o no decís nada, bebéis. ¿Listos?

—Siento que estoy en desventaja —protestó Persi. Parecían conocerse bien entre ellos.

—Tonterías —dijo Dio—. Nosotros también estamos en desventaja contra ti.

—Excepto Hades —apuntó Izan—. Que se pone sus vídeos para cenar.

—Desprenden buenas vibras —replicó él con naturalidad.

—¿Qué más da? Seguro que solo cuenta mentiras, estará más perdido que nosotros —apostilló el fénix.

—Todo lo que cuento es verdad —se defendió Persi. Miró de reojo a Hades y se preguntó si realmente creería conocerla. Era un error frecuente que cometían sus seguidores—. Pero solo comparto una parte pequeña de mi vida, la que es interesante.

—Otra forma de decir lo mismo. —Dio acabó de repartir las cartas—. Tres, dos, uno…

Le dieron la vuelta a la carta. Persi buscó coincidencias. Su carta era del mismo color que la de Dio. Él ya se había dado cuenta y la miraba con una sonrisa maliciosa.

Persi suspiró y bebió del vaso, rindiéndose antes de intentarlo. No se había servido alcohol, pero nadie puso objeciones.

—No se me ocurre nada. Eres a quien menos conozco —se excusó.

Dio no tocó el suyo.

—Ambos tenemos mala suerte en el amor.

—¿Y cómo sé que no te lo estás inventando? —protestó Persi.

—¿Crees que pasaría la noche con estos perdedores si tuviera a alguien?

A Persi no le pasó desapercibida la mirada, entre tensa y consternada, que le dedicaron los demás. Definitivamente, aquel grupo compartía historias que se le escapaban. Las siguientes cartas en coincidir fueron las de Jess y Hades.

—Nosotros de verdad sabemos conducir —dijo él.

Jess sonrió ante el halago. Con los ojos chispeantes, dijo:

—Los dos hemos besado a alguien de esta habitación.

Hades le sostuvo la mirada.

—Incorrecto. Bebe.

Jess agitó la cabeza como decepcionada. ¿A qué venía aquello? Izan miraba a Persi. ¿Se habría dado cuenta de lo mucho que le había interesado la respuesta de Hades? De nuevo, se sintió desubicada.

En las rondas siguientes, al hada solo le tocó jugar una vez.

Coincidió con Hades: ella dijo que ambos tenían un progenitor humano y Hades, que los dos habían vestido la sudadera que Persi llevaba puesta.

Descubrió que a Jess y a Izan les gustaban los puzles y que Dio y Jess habían vomitado en el asiento trasero del coche de Hades.

A menudo utilizaban las rondas para hacer suposiciones.

Así, por ejemplo, Persi descubrió que Hades no había recibido nunca un tiro en el culo («¿qué clase de pregunta es esa?

») y que Dio llevaba tres años sin acostarse con nadie (aunque no por voluntad propia).

A pesar de estar sobria, Persi permitió que Dio pusiera su canal de vídeos de fondo, contagiada por el ambiente. Mientras en la pantalla se reproducía un vídeo en el que Persi puntuaba las series que había visto, las cartas de Izan y Dio mostraron el mismo número.

El fénix se quedó mirando la suya con mala cara. Era evidente que había bebido más de la cuenta y su actitud, bromista hasta entonces, se evaporó.

—Ambos… —comenzó, con la voz rasposa— nos arrepentimos de algo del pasado.

Izan asintió, sin apartar la vista de la carta.

—Y ambos fuimos unos idiotas.

Persi percibió un cambio en el ambiente. Se acercó a Hades discretamente.

—¿De qué iba eso? —preguntó en voz baja.

—Es complicado. Tiene que ver con alguien que ambos… que no está.

Ella asintió, sin atreverse a preguntar por más detalles. Había tropezado con una historia ajena. No se sentía una intrusa, solo una invitada tímida. Permaneció en silencio, consciente de lo poco que sabía sobre esas personas y, por primera vez en mucho tiempo, deseando conocerlas más.

En la pantalla comenzó el siguiente vídeo.

Persi lo reconoció de inmediato. Lo había grabado con Enaire cinco años atrás.

Reían juntas comiendo helado mientras hacían un reto que había sido tendencia aquel verano.

Escogían los detalles para la boda de sus sueños: el vestido, el lugar, la tarta…

Al verse, Persi apenas se reconoció. Sintió una punzada en el corazón.

No había nadie en aquella habitación que pudiera entender las emociones que la embargaban. Nadie en el mundo podía.

Notó un roce suave en la mano. Hades. Fue casi como si estuviera tratando de consolarla.

Persi se preguntó si sabría algo: el directivo nunca se había molestado en ocultar que la había hecho investigar.

La prensa había cubierto el incidente, aunque no le había dedicado demasiada atención, como solía pasar con los ataques que tenían a humanos por víctimas.

Tampoco habían publicado datos personales.

Entrelazó los dedos con los de él, y buscó su mirada, tratando de leer algo en su expresión.

Como de costumbre, le resultó imposible.

Ante la orden de Dio, voltearon la siguiente carta. Coincidieron tres: la de Izan, Persi y Hades.

—¿Y ahora? —preguntó Persi. Era la primera vez que ocurría.

—Es lo mismo, pero jugamos los tres —explicó Izan—. Algo que tengamos en común.

La Persi del vídeo elegía vestido en aquel momento.

Era idéntico al que Hades le había sugerido.

Se quedó mirándolo, sorprendida. Había reconocido ver sus vídeos, pero la idea de que Hades, con su apariencia distante, hubiera recordado algo así tanto tiempo la dejó sin palabras.

Él apartó la vista de la pantalla, su expresión era difícil de leer.

—Ya tenías claro cuál buscabas, solo lo habías olvidado —susurró.

Persi bajó la mirada hacia sus manos, todavía en contacto.

—Los tres pensamos que a Persi le queda el chándal mejor que a Hades —dijo Izan.

Ninguno le dijo que bebiese e Izan sonrió triunfal.

—Propongo invalidar los comentarios sobre el chándal de Persi —protestó Dio.

— Mi chándal —corrigió Hades—. Los tres trabajamos en Infra.

Recibió abucheos por parte de sus amigos; había sido bastante cobarde.

—¿Qué tal si hacéis alguna suposición interesante antes de que nos durmamos? —propuso Dio, mirando a Persi.

Ella hizo un esfuerzo por pensar.

—¿Los tres nos hemos acostado con alguien en el último mes?

Hades recogió el vaso de Persi de la mesa y se lo acercó a los labios.

—Anda, bebe.

—A lo mejor también habría que invalidar que Persi beba agua —siguió protestando Dio—. No está arriesgando nada en este juego.

Persi cogió el vaso, pero no bebió.

—En los últimos seis meses —dijo.

—Pregúntamelo en la próxima carta, mariposa.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué me has llamado así?

Hades se limitó a señalar las zapatillas de mariposas que llevaba puestas y a recordarle que tenía que beber. Persi bebió y le dio la vuelta a la siguiente carta. Hades suspiró al ver que habían vuelto a coincidir.

—¿Y esa carta? —preguntó. Era el Prisma y no tenía color.

—Es el comodín —explicó Dio—. Hacéis suposiciones hasta que los dos hayáis fallado.

—Nos hemos acostado con alguien en el último año. —Sonrió victoriosa.

—Tenemos padres obsesionados con los Dioses —dijo él, sirviéndole otro vaso.

Persi no pudo objetar nada. Celandia no era especialmente religiosa, pero la había llamado Perséfone. Cogió la siguiente carta.

—Te sigue tocando —le advirtió Hades—. Yo todavía no he perdido.

Persi lo miró.

—En los últimos tres años.

—Tienes sed, ¿no? Venga, bebe. —Vaciló unos instantes, pensando la siguiente—. A veces practicamos lo que vamos a decir antes de llamar por teléfono.

—¿Cómo sabes eso?

—Era una suposición. Ya te he dicho que aprendo rápido. Te toca.

Persi se planteó seguir interrogándolo sobre su vida sexual, pero en lugar de eso dijo:

—Ambos tenemos pendiente una tarta.

Hades sonrió y no le dijo que bebiera.

—Nos alegramos de habernos conocido —dijo él.

—Nos alegra que me haya ido de Irisada. —Una suposición y también una pregunta.

Hades no la mandó beber. Una tensión distinta surgió entre ellos; una mezcla de expectación y algo nuevo que se parecía al vértigo.

—Nos hemos reído más hoy de lo que lo hemos hecho en semanas.

Persi sintió que se le aceleraba el corazón. Porque era cierto: debería haberse pasado el día llorando, pero se sentía más ligera de lo que se había sentido en mucho tiempo.

—Ambos hemos pensado en besarnos en algún momento durante esta ronda —intervino Dio, con una pobre imitación de la voz de Persi.

Ella notó el calor subirle por las mejillas.

La sensación de ligereza se extinguió como una vela bajo un jarro de agua fría.

Se sintió abochornada, culpable. ¿Esa mañana había dejado plantado a su prometido en el altar y ahora estaba flirteando con el hombre del que él había sentido celos?

Le estaba dando la razón. Era una persona horrible.

Tomó el vaso y bebió, aunque era Dio el que había hecho la suposición.

Mintió con ese gesto lo que no podía negar con palabras, porque, en lo que a ella respectaba, había acertado de lleno.

La nuez de Hades tembló, como si fuera a hablar, pero Persi miró a Jess.

Y esta, alabada fuese, captó la expresión de socorro.

—Empiezo a aburrirme de este juego. ¿No tenéis hambre?

—Voy a por la tarta —se mostró de acuerdo Persi.

Tan impaciente estaba por huir que se golpeó la rodilla contra la mesita del centro al levantarse y cayó al suelo. Se sujetó la pierna, maldiciendo.

—Vale, empezaba a acostumbrarme al chándal, a las zapatillas de mariposas y a la falta de maquillaje. Pero verte rodando por el suelo acaba de ser demasiado —dijo Izan—. Es como si te hubieras vuelto medio humana.

— Soy medio humana —gruñó, cojeando—. Soy la más humana, junto con Hades.

—Salvo porque Hades es el doble de humano que tú —replicó Dio.