39. Compensando la falta de azúcar
COMPENSANDO LA FALTA
DE AZÚCAR
P ersi pasó aquella noche aovillada entre cólicos.
El cansancio consumió la rabia y dejó paso a pensamientos sombríos, pero, con la llegada del amanecer, también estos se extinguieron y solo quedó una calma hueca.
La Diosa de los Sueños la acogió en su seno y, como nadie fue a despertarla, la sumió en las profundidades mismas de Onyria.
Despertó desorientada. Le costó ubicarse, recordar dónde estaba, qué había ocurrido. ¿Trabajaba o era fin de semana? La luz se filtraba entre las cortinas. Cortinas, no estores. Desbloqueó el teléfono para ver la hora.
¿Se puede saber dónde estás?
El mensaje de Rob la devolvió a la realidad.
Perséfone, deja de comportarte como una cría.
Y después, enviado más tarde de la hora a la que debería haberse casado:
Estás con Sabatier, ¿no? Te ha sobrado tiempo para meterte en su cama.
No le faltaba razón; la cama era de Hades. Cerró la conversación. Había dormido más de doce horas, pero seguía sin estar lista para enfrentarse a Rob o a las llamadas de Kara. Respondería más tarde. Quizá en una semana, o en un mes. O en un año. O nunca.
Se levantó y se atrevió a descorrer la cortina.
El verdadero color del jardín le había pasado desapercibido la noche anterior: gris, por las piedrecitas del camino; rosa, por los magnolios en flor; verde, por el césped y los setos que bordeaban la casa.
Era un bonito lugar para ocultarse de por vida.
Quizá Hades se lo permitiese por un módico alquiler.
Encontró al dueño de la casa en el salón, dibujando en cuclillas una runa en la base de la chimenea.
Raido resplandeció en el centro y, al instante, la lumbre chispeó encendida.
Iba vestido de manera más relajada que de costumbre, con un pantalón de lino y una camiseta blanca.
Al verla, la estudió con una mirada que logró hacerla sonrojar.
—Buenos días.
—Buenos… —Persi se interrumpió. Cerca de la chimenea, había varias cajas de las que sobresalían guirnaldas y, entre ellas, un árbol: un árbol de deseos—. ¿Ibas a decorarlo?
—Ayer, antes de que Izan y los demás me sacasen de casa por la fuerza.
—¿Puedo ayudarte?
Él pareció recordar la conversación que habían tenido semanas atrás y sonrió. Dejó que se entretuviera con los adornos y fue a la cocina a por una taza de café.
—¿Está demasiado caliente? —preguntó, al ver que Persi la dejaba a un lado.
—¿Mmm?
—El café. Puedo echarle un poco de leche fría, si quieres.
—No, está perfecto, pero... Tengo que confesarte algo. —Hades puso cara de curiosidad. Ella se mordió el labio y recuperó la taza—. Nunca me lo bebo.
—¿El café?
—El que me traes por las mañanas.
—¿Ah, no?
—No. No es que no me fíe de ti. Es que...
—«Es que no me fío de nadie. Es que nunca bebo nada que haya perdido de vista después de que lo sirvan en un establecimiento.
Ni siquiera bebo alcohol o cualquier sustancia que pueda dejarme indefensa.
Es que, una vez, perdí de vista la bebida unos segundos, y lo siguiente que recuerdo es despertarme maniatada bajo tierra.
Y resulta que la única persona en la que he confiado en los últimos tres años decidió que también era buena idea echarme algo en el vaso»—. No lo hago y ya.
Hades se acercó. Le quitó la taza de las manos y se la llevó a los labios.
—¿Ves? No lo he envenenado. Puedes beber tranquila.
—A lo mejor tienes el antídoto —sugirió Persi—. O te has vuelto tolerante al veneno, tomando pequeñas dosis cada día. Es lo que haría un villano.
—Me has pillado —dijo, acariciándole la mejilla con la voz y los dedos—. He escondido el antídoto, pero, si me lo pidieses con buenas maneras, estaría dispuesto a dártelo. Eres mi empleada favorita.
—Pienso decírselo a Izan —contestó Persi y luego admitió—: No pareces intoxicado.
—Gracias, me lo dicen mucho.
—Y supongo que, si quisieras matarme, podrías haberlo hecho mientras dormía.
—Podría —dijo él con voz suave; tierna, incluso—, pero habría sido un desperdicio.
Persi recuperó la taza y dio un sorbo pequeñísimo.
—Has caído en mi trampa. —Hades esbozó una expresión malévola.
Ella lo pellizcó. Él soltó un «Au», aunque seguro que ni le había dolido.
—Así no te vas a ganar el antídoto —la amenazó.
Ella le dedicó una mirada torva y dio otro sorbito, a lo que él sonrió. Estaba buenísimo. Y... estaba bebiendo, confiando en otra persona.
—Reconocerás que soy un villano majísimo —dijo Hades, colgando uno de los adornos que Persi había seleccionado—, cumpliendo el último deseo de una moribunda.
Ella tomó una bola y se la lanzó a la cabeza. Él la atrapó al vuelo y la colocó también.
—Buen lanzamiento.
Persi se terminó el café, esperando a que se agachara para recoger una guirnalda del suelo, y le lanzó otra bola. Le atinó en el trasero, rebotó y cayó al suelo con un tintineo.
Lo siguiente que vio Persi fue el techo de la habitación.
—Repite eso —la retó Hades, tumbándola entre las guirnaldas con la expresión de un ángel vengativo.
Persi rio.
—Oh, no, parece que sí que necesito el antídoto. —Después cerró los ojos, haciéndose la muerta. Una estrategia cobarde, sí, pero no conseguiría nada forcejeando.
Tras unos segundos, notó un levísimo roce en la mejilla, tenue como una pluma. Abrió los ojos y vio a Hades alejándose con gesto grave. Persi se llevó una mano a la cara.
—¿Me has dado un beso?
—Y has abierto los ojos —dijo él, levantándose—. Parece que el antídoto ha funcionado.
Le pidió el siguiente adorno. Persi se lo dio. Pasaron así la tarde, entre juegos. Al terminar de decorar el árbol, ninguno escribió deseos.
—No sabría qué pedir —reconoció Persi. Apenas sabía ya lo que quería.
—Tienes hasta finales de mes para averiguarlo.
Hades insistió en que comieran y ella accedió, con la condición de hacerlo junto al árbol. Se sentaron con un plato sobre las rodillas.
—Creo que soy feliz ahora mismo —declaró con una sonrisa.
Él le echó un vistazo, tomando un bocado de su plato.
—A mi madre también le gusta. Las Noches Tranquilas, los deseos, esas cosas.
—¿Dónde está?
—Vive en el sur, en Orthilia. Mi padre le dejó una fortuna para vivir sin preocupaciones.
Orthilia era el hogar de las hijas de Uruz: nereidas y sirenas.
Persi la había visitado durante su etapa universitaria.
Recordaba el bullicio, los mercados flotantes abarrotados de forasteros que recorrían los puestos en embarcaciones y los edificios que se alzaban entre rocas y arrecifes, adentrándose más allá de la costa.
Pero era bajo las aguas donde latía el auténtico corazón de la ciudad; era la única en donde la Ascendente nacía del lecho marino.
Las burbujas de esencia iluminaban la ciudad submarina en su ascenso hacia la superficie, donde se transformaban en una lluvia propiamente dicha.
Persi no había tenido ocasión de disfrutar de ninguna de las visitas organizadas para castas terrestres durante su estancia, pero sabía, por vídeos en las redes sociales, que era un espectáculo precioso.
Sí que había disfrutado de sus playas en unas vacaciones junto a Enaire, años atrás.
Era fácil imaginar una infancia envuelta en la brisa salina y el arrullo constante de las olas.
—¿No la echas de menos? —preguntó.
Le extrañaba que Hades prefiriera vivir solo en Embra, que era conocida por su cielo encapotado, sus calles de piedra y su aire melancólico... «Vale, pensándolo bien, le pega.»
Él terminó el plato y lo dejó a un lado.
—Los visito a menudo, pero siento… No lo sé. Creo que le recuerdo demasiado a mi padre, a la vida que tuvo con él. Ahora ha vuelto a casarse y tiene una hija de siete años.
—Ya, y decidió pasar de ti, típico —murmuró Persi con amargura, clavando el tenedor en su siguiente bocado con más saña de la necesaria.
—Mi madre me quiere, Persi —replicó Hades con calma—. Hablamos a menudo. Se preocupa por mí. Lleva fatal lo de Lauren y aún le cuesta creer que estemos cerca de la cura. Pero le importamos, los dos.
—Pero decidió formar otra familia, una en la que no tuvisteis lugar.
—Está más que encantada de que la visite. Sabe que, para mí, es mejor que no lo haga tanto como le gustaría, y yo me alegro de que tenga personas que la quieran a su alrededor.
Persi calló, avergonzada. Había asumido que la madre de Hades era como Celandia y, por un instante, se había alegrado de que él se sintiera igual de abandonado. Y eso, de entre todo lo que había hecho los últimos días, la hizo sentir una persona horrible.
—Tienes suerte —dijo solamente.
~ ~ ~
—¿No estarás olvidando que va a venir el decorador? —preguntó Persi más tarde, mientras devolvían la vajilla a la cocina.
—¿Qué decorador? —preguntó Hades, mientras ponía a funcionar el lavaplatos.
Persi contuvo una sonrisa, tomando asiento sobre la encimera.
—No me hagas caso —dijo, y le preguntó—: ¿Qué celebrabas ayer?
—¿Ayer?
—En el aeropuerto me dijiste que habías salido. Y hace un rato mencionaste que Izan y los demás te sacaron de casa. Pregunto que si estabais celebrando algo.
—Ah, sí.
Madre mía, a ese hombre había que sacárselo todo con calzador. Lo miró, elocuente.
—Estaba en un cumpleaños —admitió él al fin.
—¿De quién?
—El mío. —Se cruzó de brazos ante el lavaplatos.
Persi alzó las cejas.
—¿Te marchaste de tu propia fiesta de cumpleaños para ir a recogerme?
—¿Habrías preferido que te dejara allí?
—Podías haber enviado a cualquiera. O llamar a un taxi. Eres literalmente millonario.
—¿Y eso me impide ir a buscarte si me apetece?
—Muy normal no es.
—Tampoco es para que te enfades.
—No estoy enfadada.
—A mí me pareces enfadada.
—No es enfado, es su mejor amiga, la incredulidad, y su hermana gemela, estoy flipando en colores. Es un error muy común. Al menos esperarías a la tarta.
Él no respondió.
—¿Cómo puedes haberte ido de tu propio cumpleaños? —insistió, rozando la indignación.
—Habló la que se casaba hoy —replicó él.
«Auch.»
—Lo siento —añadió de inmediato—, no debería haberlo dicho así.
—Me lo he buscado —concedió Persi con una mueca.
—No, en serio. Ha sonado peor que en mi mente.
Y era esa, supuso, la conversación que se había cernido sobre ellos desde que se había levantado. Una que ella no quería afrontar, así que dijo:
—Tienes razón. Los dos somos lo peor. Deberíamos compensarlo ahora mismo.
Él la miró con cautela.
—¿Y cómo propones hacerlo?
—Comprando una tarta, claro.
~ ~ ~
Al final, decidieron buscar una receta y hacerla ellos mismos.
Hades se había preparado para la llegada de Persi, pero ingredientes de tartas no habían estado entre sus previsiones (decepcionante).
Fueron a comprar lo que faltaba al supermercado, aprovechando el mal tiempo para enfundarse en sendos chubasqueros que los hacían irreconocibles.
El supermercado más próximo se encontraba en una callejuela a las afueras de Embra.
Era un establecimiento modesto, atendido por una humana que consultaba su teléfono con aire aburrido.
Saludó a Hades por su nombre y le lanzó a Persi una mirada curiosa mientras recorrían los pasillos en busca de los ingredientes.
A pesar de su tamaño, la tienda estaba bien surtida, y a aquellas horas, desierta a excepción de ellos dos.
Los advirtió después de pagar, justo cuando se disponían a salir por la puerta.
—Yo de vosotros me iría directa a casa. Se avecina una buena.
Y tenía razón porque, cuando llegaron a la casa, los magnolios ya se agitaban con violencia.
Hades le entregó las llaves a Persi para que entrara con la compra mientras él aparcaba.
Apareció con el pelo húmedo al cabo de unos minutos, justo cuando ella terminaba de sacar los ingredientes de la bolsa y los disponía sobre la encimera. Sacó el móvil y envió un audio.
—Izan y los demás iban a venir hoy —explicó, remangándose el jersey para lavarse las manos en el fregadero—. Les he dicho que no se molesten; ha empezado a nevar.
—¿Dónde viven?
—Dio vive cerca, en un pueblo de aquí al lado. E Izan tiene un piso en el centro de Embra. Jess es la única que vive en Irisada, aunque su familia es de aquí.
—Parecen llevarse todos muy bien.
—Es complicado —aseguró él, sorprendiéndola.
Decidió reservar las preguntas para otro momento; Hades ya le mostraba la receta.
—¿De dónde Prismas la has sacado? —Persi le frunció el ceño a la pantalla del teléfono.
—¿De la Prismared?
—¿Y no había una menos complicada?
—Fue el primer resultado.
—¿Qué es ese aparato del paso cuatro? ¿Tienes eso?
Hades amplió la pantalla.
—A lo mejor podemos utilizar un tenedor.
—A lo mejor, si por tenedor te refieres a un tridente capaz de controlar los mares.
Él le dedicó una mirada curiosa.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan graciosilla?
—Desde que tengo falta de azúcar. Venga, dame la harina.
Cocinar la tarta supuso todo un ejercicio de confianza: en la receta, en ellos mismos y en los utensilios de cocina de Hades.
Él seguía las instrucciones con precisión robótica; Persi se sentía ligera ayudándolo, a pesar del día anterior.
Un descuido cubrió la encimera de harina, y una mancha de chocolate acabó en la mejilla de Hades.
El repiqueteo de la aguanieve contra la ventana ofreció un dulce contrapunto al aroma de la vainilla y el cacao.
—Mierda, me he olvidado de precalentar el horno —maldijo Hades, dejando de golpe lo que estaba haciendo y corriendo hacia el electrodoméstico.
—Hades, concéntrate de una puñetera vez —contestó Persi, haciendo referencia a la lista de reproducción, lo que hizo que este soltase una carcajada mientras programaba la temperatura.
Sirvieron la mezcla en un molde. Persi visualizó la transición de la masa entrando en el horno y saliendo convertida en un bizcocho. Eso, junto a la decoración de la cocina, acogedora a pesar del desorden, le provocó un acceso que llevaba semanas sin sentir.
—¡Debería estar grabando esto! —exclamó, y echó mano a su teléfono. Se detuvo de pronto, recordando quién era Hades, quién era ella y cuál era el contenido que esperaban sus seguidores: el de la boda—. Oh, a lo mejor… —dijo, con la voz estrangulada.
—A lo mejor no es buena idea —completó Hades, con el cuenco de la masa en una mano y una espátula en la otra.
—No, a lo mejor no.
Persi dejó el teléfono a un lado y lo ayudó a recoger el desorden en silencio mientras esperaban que el horno alcanzara la temperatura adecuada.