Noche púrpura 38. Era la mejor de las noches, era la peor de las noches
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38. Era la mejor de las noches, era la peor de las noches

ERA LA MEJOR DE LAS NOCHES,

ERA LA PEOR DE LAS NOCHES

H ades permaneció sentado junto a la ventana de su cuarto, que se elevaba sobre los magnolios que rodeaban la casa.

No podía quitarse de la cabeza el cardenal.

Quería sacar la moto negra del garaje y cabalgar los vientos, acelerar entre las gotas de Ascendente, rápido, hasta que el bramido de la carrera ahogara el eco sordo de sus pensamientos.

Por los Dioses que no era la primera vez que veía una herida como aquella; sus salidas nocturnas lo habían acostumbrado a la sangre, a la violencia.

Había infligido y recibido heridas peores en sus propias carnes.

En ese sentido, la de Persi no era alarmante.

Pero, al verla, la impresión lo había paralizado. Durante unos segundos, solo había podido fijarse en el hematoma, en la piel desgarrada y enrojecida, en el contraste brutal que esbozaba contra la tersura de los hombros.

El horror había dado paso a la ira, y de ahí al rencor, a un aborrecimiento tan gélido que lo había entumecido.

Había jurado mantenerla a salvo; había invertido una cantidad ingente de noches en encontrar a los monstruos que la acechaban y en hacerles pagar su merecido.

Pero no había visto al peor de ellos, el que vivía bajo su techo.

No había visto las señales. En Irisada, la había notado alicaída.

Había sido testigo de sus constantes discusiones con Robian, de la falta de…

todo que él mostraba. Y, a pesar de ello, no había sabido verlo.

No lo había querido ver. Porque, si Persi no estaba a salvo, significaba que sus sacrificios no habían valido la pena; si su relación no la hacía feliz, significaba que él no mantenía las distancias por amor, sino por miedo a no ser capaz de atravesarlas.

Dioses, él había insistido en no inmiscuirse.

Se había convencido de que era lo mejor, de que cuanto menos se acostumbrara a tenerla cerca, más fácil sería.

Se había enorgullecido de observarla desde lejos, de actuar como un espíritu guardián.

Ahora veía con claridad lo que realmente había sido: un necio vanidoso.

Y que había perdido tres años.

Tres años de amargura y anhelo en los que podría haber estado en su vida, en lugar de ese capullo.

Tres años desperdiciados, un sacrificio vacío.

Se había creído un héroe abnegado, pero solo había sido un idiota.

Persi no había necesitado un protector; había necesitado no estar sola. Y él la había dejado.

Pegó la frente contra el cristal. ¿Qué pensaría de él? Habría asumido lo peor, como seguramente habría supuesto lo peor cuando la había dejado sin explicaciones en el hospital. La sola idea le dolió.

No obstante, se enfocó en la oportunidad que se le presentaba.

Aún podía ser valiente. Parecía dispuesta a confiar en él, en Hades.

Lo había llamado a él, entre todas las personas.

Solo debía moverse con cautela, sin arruinarlo.

Y, sobre todo, sin permitir que descubriera quién era en realidad: el desconocido que le había fallado aquella noche hacía ya casi tres años.

Salió al pasillo sin encender la luz. Con pasos ligeros, se acercó hasta la puerta del cuarto de Persi y se detuvo, atento a su respiración, que se mezclaba con el latido insistente de su propio corazón. La oyó revolverse entre las sábanas. A pesar del cansancio, seguía sin conciliar el sueño.

Lamentaba lo que le había ocurrido, cómo había roto con su prometido a solo unas horas de la boda. Pero, sobre todo, lamentaba sentirse tan agradecido de tenerla allí, bajo su techo, a salvo, lejos del hombre que le había hecho daño. Y junto a él.

Por eso se afligía por ella y, a la vez, se alegraba tanto que la vergüenza lo consumía. Que el infierno se lo llevase.