37. Esconderte tras el silencio nunca te protegerá
ESCONDERTE TRAS EL SILENCIO
NUNCA TE PROTEGERÁ
E l interior de la casa estaba decorado con materiales y colores cálidos.
Persi se había imaginado un ambiente suntuoso, de mesas con patas de madera retorcida, sillas tapizadas y candelabros, o tal vez una decoración de corte industrial, con alguna pared de ladrillo vivo y estanterías metálicas como las del almacén de Infra.
No había nada de eso. Se dio cuenta de que, en realidad, no tenía ni idea de qué le gustaba a Hades.
—¿Tienes hambre? ¿Quieres que prepare algo?
Persi negó.
—Vale, ¿quieres acostarte? Te enseñaré tu habitación.
Volvió a negar; si no hubiera estado tan cansada, le habría hecho gracia tanta disposición.
—Me gustaría ir al baño —dijo en cambio.
—Claro, por aquí. —Pasaron por delante de un amplio salón. Con la luz apagada, Persi no distinguió muchos detalles más allá de una chimenea de piedra al fondo—. Querrás darte una ducha. Si quieres, puedo echar lo que llevas puesto para lavar. Te dejaré algo para dormir.
—Eso me gustaría —reconoció ella, siguiéndolo al piso de arriba por unas escaleras de madera.
Entraron en la que supuso que sería la habitación de Hades.
Se quedó junto a la puerta, un tanto cohibida, mientras él rebuscaba en el armario algo que pudiera servirle.
Echó un vistazo discreto a los muebles: a la enorme cama, vestida de textiles en tonos terrosos; al escritorio de madera, situado bajo un ventanal en arco; a la butaca verde junto a una lámpara de pie, y a la mesita al lado de esta, sobre la que estaban apoyadas un par de novelas.
Unos minutos después estaba a solas en el baño, con un puñado de ropa de tío y varias toallas.
Esperó a que la bañera se llenara, intentando no sentirse intimidada por estar en un aseo tan grande como la cocina de su apartamento: ella no tenía la culpa de lo prohibitivos que se estaban volviendo los precios en Irisada.
Se metió en la bañera y se relajó en el agua caliente. Hades le había dicho que podía usar lo que quisiera y se sorprendió al encontrar uno de sus champús y mascarillas favoritos. Tras terminar, se quedó un rato más en el agua, hasta que comenzó a sangrar. El agua adquirió un tono ambarino.
—Prismas —masculló. Y, acto seguido, lo repitió como una exclamación, de alivio y alegría. ¡No estaba embarazada!
Se puso en pie, con intención de darse un agua y salir de la bañera, pero un cólico la hizo encogerse.
Se sumergió, con la esperanza de que la calidez del agua le ofreciera alivio.
Tras un retraso tan prolongado, había anticipado las molestias, pero el consuelo de no estar embarazada le ayudaba a sobrellevarlas.
Con el paso de los minutos, el agua adoptó un pálido tono rosado.
—Persi, ¿va todo bien? —La voz de Hades llegó amortiguada desde la puerta.
—Sí… —respondió, aunque la voz le salió constreñida.
—¿Qué ocurre? ¿Puedo entrar? —Sintió que tocaba el pestillo.
—¡No! —advirtió, hundiéndose más en el agua.
—Vale.
Pudo sentirlo esperando fuera. Sintió otro cólico y soltó un gruñido.
—¿Persi?
Se las apañó para salir de la bañera.
—¿Me das permiso para manchar una de tus toallas de sangre?
—¿Segura de que no quieres que entre? —preguntó él, un tanto alarmado.
—Muy segura —gruñó ella otra vez, rebuscando en los cajones. Encontró un kit de afeitado muy variado.
Al final, se envolvió en la toalla de ducha y abrió la puerta unos centímetros.
—¿Tienes toallas pequeñas? —preguntó bajito.
Hades estaba sentado en una esquina de la cama, enfrente de la puerta del baño.
Al verla, puso cara de horror y se levantó de un salto.
Persi creyó que se había asustado al ver el color del agua en la bañera, pero luego se dio cuenta de qué era lo que lo había sobrecogido: la herida que tenía en la clavícula.
Se había quitado el apósito y tenía peor aspecto que por la mañana, porque había empezado a amoratarse.
Persi retrocedió y entornó la puerta hasta dejar solo una rendija entre ellos.
—¿Qué te ha pasado? —La voz de Hades era grave y queda, cargada de inquietud y de algo más sombrío.
Empujó la puerta hasta abrirla.
—No te he dado permiso para entrar —protestó ella débilmente.
—Persi —dijo él, con la voz entrecortada—. ¿Qué ha pasado?
Ella negó con la cabeza y le dio la espalda para apoyarse en el lavabo.
En un instante él estuvo a su lado. La sujetó suavemente por la barbilla, acunándole la mejilla para obligarla a mirarlo.
Rozó el contorno del cardenal con el pulgar de la otra mano.
La ira le encendió la mirada. Persi intentó apartarse, pero él la mantuvo sujeta con una delicada firmeza que le impidió huir sin lastimarla.
—¿Quién ha sido?
La determinación de Persi se derrumbó.
—Seguro que te lo imaginas —susurró.
Hades inspiró hondo, con los ojos todavía fijos en la herida, y Persi casi pudo oírlo contar hasta diez.
Registró el momento exacto en el que reconocía el origen de los desgarrones, las dos pequeñas punciones; el momento en que encontraba en su piel la confirmación de quién había sido el culpable.
Las fosas nasales se le ensancharon. Apretó la mandíbula.
Persi cerró los ojos; no quería ni oír el nombre que Hades estaba a punto de maldecir.
Pero no maldijo, no emitió sonido alguno.
La estrechó entre sus brazos, atrayéndola hacia él con torpeza.
Persi apretó la mejilla contra su camiseta e inhaló el reconfortante aroma a cuero y sándalo.
Observó su reflejo en el espejo empañado, donde Hades alzaba una mirada desarmada hacia el vapor que se acumulaba en la parte superior del cuarto de baño, con el mentón apoyado en la coronilla de Persi.
Permanecieron así unos segundos, hasta que ella se estremeció de dolor. Él se apartó en el acto, observando la herida con ansiedad.
—Tiene mal aspecto.
—No es la herida. Es… —Persi se agachó, doblándose por la cintura por el dolor.
Él hizo un sonido estrangulado cuando al fin reparó en el color del agua en la bañera.
—Persi, ¿qué...? Aguanta, llamaré a emergencias. —Se agachó junto a ella.
Ya se estaba sacando el teléfono de la chaqueta cuando Persi lo detuvo, sujetándolo del brazo.
—No voy a morirme. Solo necesito…
Él pareció recordar qué era lo que le había pedido momentos atrás. Se le iluminó el rostro con comprensión.
—¿Son compresas lo que necesitas? —preguntó, sobreponiéndose.
—Si no tienes, por ahora me las apaño con alguna toalla pequeña a la que no le tengas cariño.
—Vale, vengo ahora.
Persi se vistió y esperó sentada sobre la taza del inodoro. Poco después la puerta se abrió lo justo para que Hades depositase un paquete de compresas en el suelo. Y luego, dos más, antes de volver a cerrar.
Vale, a veces su previsión era rayana en lo absurdo.
Ella se cambió y vació la bañera.
—¿Tienes un supermercado de productos de higiene femenina en alguna parte de la casa? —preguntó, saliendo del baño.
Él la miró como si lo hubiera pillado haciendo algo indebido.
Persi se llevó una mano a los labios.
—Ay, madre. No me digas que estás casado.
Él resopló.
—Solo con mi trabajo. No sabía qué podrías necesitar ni cuánto tiempo te quedarías, así que compré un poco de todo. —Echó una mirada a sus propios calcetines, ahora en los pies de Persi, y añadió—: ¿Quieres unas zapatillas?
Ella empezó a reír, pero pronto esbozó una mueca de dolor.
—La verdad es que prefiero un analgésico.
~ ~ ~
Persi acabó en la cocina, sentada en un taburete junto a la isla central, con una taza de una infusión humeante en las manos, un par de pastillas analgésicas y también unas zapatillas con estampado de mariposas.
Tenía unas pintas peculiares, vestida con unos pantalones cortos de deporte y calcetines que le llegaban hasta la mitad de la pantorrilla.
—Si necesitas hablar de algo estoy aquí, lo sabes, ¿no? —comentó Hades, sentado también ante su propia infusión.
Ella se encogió de hombros con aire evasivo.
—Solo estoy un poco cansada, ya sabes... estrés, hormonas, lo típico —repuso, como si no tuviera importancia.
—No tienes por qué hacer eso.
—¿El qué?
—Ya sabes el qué: engañarme, desviar la conversación como si no fuera a darme cuenta.
Persi se quedó muy quieta. Era justo lo que estaba haciendo, pero ¿cómo lo había notado?
Estaba acostumbrada a salirse con la suya.
Como las hadas no podían mentir, la gente tendía a creer lo que decían.
Solo aquellos muy habituados a tratar con ellas a menudo comprendían lo engañosas que podían ser.
Hades dejó algo sobre la mesa: una caja pequeña.
—Estaba en tu sudadera. No tienes que explicarme nada si no quieres, pero me pareció justo que supieras que lo había encontrado antes de que siguieras fingiendo.
Persi ahogó un jadeo al reconocer el envase: la prueba de embarazo.
—¿Me has registrado la ropa? —espetó, abochornada.
—Tengo la costumbre de revisar los bolsillos antes de meter la ropa en la lavadora.
Ella entornó los ojos, en parte debido al resentimiento y en parte al malestar.
—¿Rob sabía de tus sospechas? —preguntó él.
—No quiero hablar de ello.
—¿Lo sabía cuando te hizo eso? —Persi no necesitó preguntar a qué eso se refería.
Suspiró.
—No, no lo sabía. ¿Hay alguna diferencia?
Hades lo consideró.
—No.