36. Solo soy una chica que necesita mudarse a menudo #2
—Parte del problema era yo, ¿sabes? Él pasaba mucho tiempo fuera y habría funcionado bien con alguien parecido, que buscase espacio.
Persi había pensado que ella era ese tipo de persona, pero solo porque no se había escuchado a sí misma.
Se había dicho que su manía de huir se debía a su independencia y se lo había creído, cuando en realidad solo se debía a que no había ningún lugar en que se sintiera lo bastante a salvo para quedarse.
—Además, él quería formar una familia —prosiguió—. Discutíamos a menudo por ello. Creía que era lo menos que podía darle, a cambio de lo que él me estaba dando a mí.
—¿Y qué era exactamente lo que él te daba? —replicó él con desdén.
—Ya sabes el qué. —Hades negó. Y ella añadió, entre dientes—: La ciudadanía.
Como mestiza, sin el reconocimiento de Celandia, no la tendría.
Y ella solía amenazarme con retirármela si hacía esto o dejaba de hacer aquello.
Era un punto común en nuestras discusiones.
Pero Rob es un altari puro. Y, al casarme con él, iba a convertirme en ciudadana de pleno derecho.
Mi madre iba a perder una de sus formas favoritas de controlarme.
Hades se frotó el puente de la nariz. Mantuvo la vista en la carretera durante varios segundos con un rostro inescrutable.
—Y el muy cabrón lo sabía, sabía lo mucho que lo necesitabas, y no tuvo reparos en utilizarlo para presionarte.
Definitivamente había un deje amargo en su voz; Persi no se lo estaba imaginando.
—Él… de verdad quería ayudarme.
—A lo mejor —cedió él—, pero todavía quería más ayudarse a sí mismo.
—No es como lo pintas. Su problema era que perdía los papeles, porque el instinto de los vampiros…
—Venga ya, Persi.
—¿Qué?
—Deja de hacer eso. Deja de defenderlo. Izan también es un vampiro y él jamás habría…
—Soltó un bufido, como llegando a la conclusión de que no valía la pena discutirlo, y luego musitó para sí—: Debería haberlo adivinado y haber hecho algo hace tiempo.
De haberlo sabido… Dioses, habría hecho muchas cosas diferentes —aseguró, aunque no especificó cuáles.
—¿Cosas como amenazarlo en la fiesta de Athanasiou? Porque, permite que te lo diga, no fue tu movimiento más inteligente.
Él pareció avergonzado.
—Siento cómo reaccioné. Durante las últimas semanas estaba empezando a darme cuenta de que él…
de que no teníais la mejor relación. Pero cuando lo vi tratarte de aquella manera…
Lo siento de veras, por inmiscuirme como lo hice.
Debería haberte dejado manejar la situación.
No es que no te creyera capaz. Es que no me lo esperaba. Y no lo sé, no pude evitarlo.
Persi negó sin saber qué decir. No había esperado una disculpa.
—Quise seguiros —dijo él entonces—. Me planteé perder el vuelo para comprobar cómo estabas. Izan me convenció de que solo empeoraría las cosas.
Y aunque no era del todo una pregunta, Persi respondió:
—Tenía razón, era una estupidez. Rob acabó el triple de cabreado cuando interviniste.
—Dioses, Persi. Lo siento tanto, yo…
—Me refiero a que era una estupidez para ti —lo interrumpió—. Rob es un vampiro. Te habría dado una paliza. Pero —lo cortó, porque él parecía a punto de replicar— me ayudaste.
—No veo cómo —contestó, irritado consigo mismo.
Persi tardó en contestar, hasta que encontró las palabras.
—A veces necesitamos que alguien nos defienda, no porque no tengamos la capacidad de hacerlo por nosotros mismos, sino porque necesitamos que nos recuerden que nos lo merecemos.
Hades no dijo nada.
Pero era cierto. Eso era lo que había hecho al entrometerse: le había recordado que importaba, que merecía ser salvada.
Entraron en una zona urbana. El tenue resplandor de la Lluvia Ascendente apenas aplacaba la oscuridad del sendero. Las escasas farolas que funcionaban durante el apagón energético iluminaban el interior del vehículo a intervalos púrpuras.
Los Ascensos solo se producían en siete regiones de Onyria que compartían nombre con la ciudad principal que albergaban, como en la región de Irisada.
La luz de Prisma, a su vez, solo llegaba a ellas.
El Acervo dictaba que los altari debían vivir dentro de esos límites: cuando se alejaban demasiado tiempo los aquejaba un malestar creciente; una debilidad que, según los textos sagrados, era la penitencia impuesta por los Dioses a los elevados que rehusaban entregar su esencia al Prisma.
La única excepción era el Templo del Prisma, que no estaba en ninguna región ascendente: a su alrededor solamente vivían los sacerdotes humanos que lo servían.
Después de vivir en Irisada, una megaciudad que abarcaba la práctica totalidad de una de las regiones de Ascenso, Persi casi había olvidado que no todas eran así.
Existían otras mucho menos urbanizadas. En Embra, por ejemplo, la región de Ascenso se extendía más allá de los límites de la ciudad, por lo que aún sobrevivían pequeños pueblos dispersos donde la Lluvia también ascendía y donde la vida transcurría con una calma que en Irisada se había perdido hacía tiempo.
Dejaron atrás las casas. Hades tomó un desvío hacia una carretera que volvía a estar mal iluminada, y con un terreno de peor calidad. De vez en cuando, el coche daba un bote por algún desnivel. Había vegetación alrededor, más de la que Persi estaba acostumbrada a ver.
—¿Adónde vamos?
—Estamos llegando.
Eso no respondía a la pregunta.
Un rato después, Hades se salió de la carretera y detuvo el coche en la cuneta.
—Espera aquí —le dijo. Después, salió del vehículo, cerró la puerta y desapareció de su vista.
Persi echó un vistazo al exterior a través de la ventanilla y los espejos retrovisores, nerviosa.
Las gotas púrpura ascendían por los cristales del coche.
No veía nada más que el pedazo de carretera que iluminaban los focos.
Se desabrochó el cinturón e intentó abrir la puerta, solo para comprobar que tenía puesto el seguro.
A su cabeza le pareció divertido recordarle que nunca había que bajar la guardia.
Chilló cuando la puerta del piloto se abrió. Hades la miró con los ojos agrandados y los labios entreabiertos por la sorpresa.
—Persi.
Ella apretó los labios en un mohín, sintiendo los ojos húmedos de puro miedo.
—Me dejaste encerrada —protestó con un hilo de voz.
No estaba a punto de echarse a llorar. Claro que no.
—No era mi intención —aseguró él, sonando desazonado. Pulsó un botón cerca del volante, desbloqueando las puertas—. Podías quitar el seguro aquí.
—No me dijiste adónde ibas —dijo ella, sintiendo la garganta seca y la lengua pesada.
—Te has asustado —comprendió él, y parecía sentirse sinceramente mal.
—¿Tú qué crees? Estoy en un lugar desconocido, en el coche de un desconocido y sin nadie que pueda venir en mi búsqueda.
—Lo siento. —Si lo de «desconocido» le sentó mal, trató de que no se le notase.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó.
—Fui a abrir el portal —explicó.
Hades arrancó el coche a un ritmo lento, casi al paso de una persona. Tomó una curva cerrada a la derecha, un desvío que Persi no había visto debido a la vegetación, a pesar de estar a solo un par de metros. Daba paso a un enlosado… y a un amplio portal abierto de par en par.
—El motor no funcionaba con el mando, por la Lluvia Ascendente.
Persi pegó la nariz a la ventanilla, ingeniándoselas para distinguir una entrada ajardinada entre el resplandor violáceo de Ansuz.
—¿Este es el hotel donde me voy a quedar?
—No es un hotel. Es mi casa.
—¿Me has traído a tu casa?
Él detuvo el vehículo frente al porche. Las dos pequeñas lámparas junto a la puerta de la entrada lo iluminaban con una luz cálida. Era una luz débil, como era de esperar durante el Ascenso, pero significaba que la casa tenía baterías.
—Bueno, sí. Era tarde y pensé que sería lo más cómodo —se justificó—. Mañana podemos buscarte un hotel, si lo prefieres. Espera aquí.
Bajó y trotó hacia el porche. Allí tiró de una argolla junto al primer escalón para abrir un compartimento.
Del interior salió un rollo de tablas que se desenrolló hasta convertirse en una pequeña pasarela hasta el coche.
Hades caminó por ella, resguardado de la Lluvia Ascendente, y le abrió la puerta a Persi.
—Qué caballeroso —murmuró ella.
—Una cosa es que sea un villano y otra que no tenga modales —replicó él.
Persi caminó hasta llegar a la entrada.
—Entonces, ¿esta es…?
Hades asintió, abriendo la puerta para dejarla pasar.
—Bienvenida a la residencia Sabatier.