36. Solo soy una chica que necesita mudarse a menudo
SOLO SOY UNA CHICA
QUE NECESITA MUDARSE
A MENUDO
P
ersi aterrizó en Embra al cabo de poco más de una
hora. Restableció la conexión de su teléfono mientras
avanzaba por el pasillo acristalado en dirección a la terminal. En cuanto lo hizo, recibió dos mensajes.
El primero era de Hades y decía:
Cuando llegues a Embra, espérame en la zona de salidas. Iré a recogerte al aeropuerto.
El segundo era un mensaje del remitente anónimo, el que ella identificaba como el Jinete:
Gracias por la fuente. ¿Crees que podrías conseguirme alguna más?
Persi notó un nudo en el estómago. Apenas a unos metros de distancia de la puerta acristalada de salida estaría Hades, a quien llevaba semanas robando.
Cada vez que lo miraba, la culpa la consumía.
¿Estaba bien lo que estaba haciendo? Tal vez.
Tal vez no. Por primera vez, deseó no haber respondido nunca al primer mensaje. Con las manos temblorosas, escribió:
Me he marchado de la ciudad. Necesitaba desaparecer por un tiempo. No preguntes. He confiado en Sabatier, como me pediste. ¿Te estás encariñando con él? Sé honesta. Necesito saber si puedo confiar en ti.
Miró la pantalla, confusa. Borró la conversación y apagó el móvil sin contestar, tragándose la culpa.
Sin embargo, en cuanto cruzó la puerta supo que era demasiado tarde para arrepentirse, porque Hades ya la estaba esperando al otro lado.
Persi se sorprendió: nunca lo había visto sin estar perfectamente afeitado y tenía cara de haber dormido poco.
Consultó la hora en el móvil: pasaban diez minutos de las tres de la mañana.
En cuanto se vieron, caminaron el uno hacia el otro.
Se detuvieron a un escaso metro de una forma un tanto abrupta, como si no supieran si deberían abrazarse o darse la mano.
Persi se fijó en que Hades iba arreglado, aunque no en su línea habitual.
Llevaba unos vaqueros, una camiseta oscura y una cazadora de cuero.
Se imaginó encontrándoselo de fiesta y, por primera vez desde que lo conocía, la imagen no le pareció del todo absurda.
—¿Ibas a salir? —dijo a modo de saludo, sin poder evitarlo.
Él se metió las manos en los bolsillos.
—Estaba saliendo cuando me llamaste.
La realidad la golpeó. Había llamado a ese hombre al que apenas conocía, lo había arrancado de su vida.
—Lo siento —dijo, y lo sentía de veras—, y… gracias.
—No hay de qué. —Se asomó, buscando algo detrás de ella—. ¿No tienes equipaje?
Persi negó y él pareció verla entonces. Verla de verdad, porque dijo:
—Es la primera vez que te veo con sudadera, ¿debería preocuparme?
Ella comenzó a negar. Los ojos se le desbordaron de lágrimas y terminó el gesto de una manera extraña, entre encogerse de hombros y llevarse la mano a la cara. Hades la rodeó por los hombros.
—Ven. Vámonos de aquí.
Lo siguió al aparcamiento y de ahí a su coche.
Cuando entró y se sentó en el asiento del copiloto, se sintió reconfortada.
El coche era diferente al de la otra vez, pero tenía el mismo olor a sándalo.
Hades la escrutó desde el asiento del conductor y ella temió que le preguntase qué había ocurrido, pero por suerte no lo hizo.
Giró la cabeza, metió la llave en el contacto y arrancó.
Ella se inclinó hacia la ventanilla, para que no fuese tan evidente que volvía a estar llorando.
Prismas. Últimamente no hacía otra cosa.
Salieron a la carretera. Hades no la cuestionó. Tampoco intentó darle conversación ni hacerle preguntas. Solo le dijo:
—Ponte cómoda, todavía nos quedan unas horas de viaje.
Persi emitió un sonido de conformidad y se sacó los zapatos. En algún momento, se quedó dormida contra la ventanilla.
Cuando despertó, lo miró de reojo; Hades parecía ensimismado en sus pensamientos.
Aprovechó para fijarse en él mientras atravesaban calles oscuras y vacías y se quedó absorta en su perfil, en la forma de su mandíbula y su nariz; algo en la línea de los ojos le causaba una familiaridad inexplicable.
Sentía que había mirado a aquel hombre a la cara mucho tiempo atrás, como si de niños hubieran pasado las tardes de verano jugando juntos en el desván.
Fue un pensamiento extraño, pero que la hizo sentir a salvo.
—¿Puedo poner música?
A modo de respuesta, él se sacó el teléfono del bolsillo y se lo dio. Debía de haberse dado cuenta de que estaba despierta, porque no parecía sorprendido.
En esa ocasión, Persi no dudó y escogió la lista de reproducción llamada «A través de la noche púrpura»; le pareció adecuada. Conducían en medio de la lluvia de Ansuz.
Hades tenía razón: era realmente oscura. «Es para épocas que se sienten como estar atrapado en esa noche», le había dicho. Persi entendió entonces lo que había querido decir. Su vida se había sentido como esa noche durante los últimos meses. Oscura. Melancólica, como esa lista de reproducción.
«No, durante más tiempo», reconoció. Llevaba viviendo en una noche púrpura perpetua desde hacía tres años.
—Si tienes sed, hay una botella de agua en la guantera, y también algo de comer —le dijo Hades.
Tenía, en efecto, mucha sed. En la guantera encontró un par de botellas pequeñas sin abrir.
Bebió un sorbo y luego le ofreció un trago a Hades.
Esperó a que terminase de beber y echó un vistazo al interior de la bolsa con snacks : barritas energéticas, una bolsa de patatas fritas y una tarrina de arándanos frescos.
Todavía tenía el recibo en el interior; por la fecha, debía de haberlo comprado antes de ir a recogerla.
—¿Qué es esto? ¿Un paquete de salvamento de Persi?
Media sonrisa.
—Algo así.
Persi ya tenía a Hades por un hombre previsor, pero aquello la llevó a pensar que, además, era una de esas personas que ordenaban el cajón de los calcetines.
Abrió la tarrina de arándanos y se metió uno en la boca.
—Cuando vivía con mi mejor amiga, solíamos bromear con que comprar arándanos era un lujo por el que necesitábamos semanas para recuperarnos económicamente.
El recuerdo la hizo sonreír.
—Parece una chica simpática.
—Lo es. Fue la que me preguntó por tu culo. —Se sintió toda una adulta por ser capaz de referirse a la bochornosa anécdota sin sofocarse.
—Ah, ya veo —respondió él con una neutralidad muy madura a su vez—. ¿Vive muy lejos de Irisada?
Persi se puso en guardia.
—¿Por qué?
—Solo me extrañaba que no hubieses preferido quedarte con ella.
—Ah, ya. Es que… bueno, sí que está lejos. Y todavía no le he contado lo de Rob.
—¿Lo de Rob? —Una forma sutil de preguntar sobre lo que había pasado. Viniendo de Hades, aquel pequeño indicio de interés era casi una pregunta abierta.
Le estaba dando a elegir si quería contárselo o no.
—Ya sabes, que me he fugado de la boda y eso —dijo, evasivamente.
Hades elevó una ceja.
—No sabía que te estabas fugando.
—Pues ya ves, eres cómplice de toda una prófuga.
Él deslizó las manos por el volante con suavidad para tomar una curva.
Así eran sus movimientos: eficientes, elegantes, seguros.
Desvió los ojos hacia ella, expectante. Y puede que fuera la necesidad imperiosa de sacarlo, de desahogarse, o a lo mejor fue fruto de que el coche la aislaba de todo y de todos excepto de Hades y de sí misma, pero se oyó decir:
—Lo que más estúpida me hace sentir es que Rob nunca me trató «bien».
A mi padre no le gustaba. Ena... —Se tragó el nombre con una tos.
No podía relajarse en ese sentido, no era seguro compartirlo—.
La amiga de la que te hablaba intentó disuadirme la primera vez que me invitó a salir, durante los meses que estuve en la UAE.
Me preparó unas diapositivas con los motivos y todo.
Y le hice caso, durante un tiempo —admitió—.
Pero volví a encontrármelo un par de años después y mi amiga…
Ella y yo ya no vivíamos juntas y yo no pasaba por mi mejor momento.
Mi padre acababa de perder la consciencia otra vez y me sentía muy sola, muy vulnerable.
—Las palabras adquirieron una cadencia tosca; parecía que tuviera que arrancárselas de la piel.
Se guardó las manos en el interior de las mangas—.
Creo que solo me enamoré de él porque me prestó atención.
Sé que en redes parecen adorarme, pero en la vida real no suelo caerle bien a la gente.
Y Rob era muy intenso al principio. Me llamaba, me hacía regalos, venía a buscarme…
Me gustaba la sensación: que alguien me hubiese escogido a mí entre el resto.
Pero ahora creo que, para él, salir conmigo era solo algo de lo que alardear.
Y creo que yo tampoco me enamoré de él, sino de lo que me hacía sentir ser esa persona para alguien.
Era la verdad. La pura y superficial verdad. Y, siendo un hada, decirlo en voz alta le confirmaba que de verdad lo pensaba. En ese momento sí se sintió… mal, desagradecida por todos los buenos momentos que había pasado con Rob.
No todo había sido malo. Pero ¿acaso alguna vez lo era? Hasta la polilla disfruta de la belleza de la llama antes de arder en ella.
Eso era lo que le había ocurrido la noche pasada: había estado a punto de arder. Prismas, hacía solo... ¿cuánto? ¿Veinticuatro horas desde que había estado con él en aquella habitación?
—Venga, suéltalo —bufó, al ver que Hades callaba—. No voy a ofenderme. Puedes decir lo que pienses, aunque sea: «Erais perfectos el uno para el otro, con todas vuestras frivolidades» —intentó imitar a Hades de forma cómica, pero se ahogó antes de terminar.
Él solo dijo, con la voz un tanto enronquecida:
—Pensaba que eras feliz. Un poco solitaria, a veces, pero feliz.
—No deberías creerte todo lo que ves en redes.
Hades soltó un bufido.
—Supongo que no —admitió.
Parecía… dolido. Tenía la curva de la mandíbula tensa y los ojos empañados. Y aunque lo más probable era que se debiera al sueño, Persi tuvo la absurda alucinación de que se debía a otra cosa. Por eso, más que por defender a Rob, añadió: