Noche púrpura 35. Cuando pasas por lo peor sola, deja de importarte estarlo
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35. Cuando pasas por lo peor sola, deja de importarte estarlo

CUANDO PASAS POR LO PEOR SOLA,

DEJA DE IMPORTARTE ESTARLO

Q uince segundos más tarde, Persi comenzó a hiperventilar.

Abrió la ventana para dejar que entrara aire fresco. Se dejó caer, hasta sentarse sobre el suelo de madera. Las lágrimas le resbalaban por las sienes, se le metían entre el pelo.

La soledad la abrumó.

No le quedaba nada. No le quedaba nadie.

Se abrazó las rodillas. Lloró hasta quedarse sin lágrimas.

En algún momento, amaneció. Y la primera luz del día la hizo reaccionar.

«Te tienes a ti misma. Siempre te tendrás a ti misma.»

Fue una rabia primitiva la que habló. Una parte instintiva de su ser que tomaba el mando. Ella había perdido el control, así que esta nueva Persi lo recuperaba.

«Muévete», la obligó a levantarse.

Con un esfuerzo monumental, Persi obedeció. Salió de la habitación, movida por una calma extraña e invisible; fue al baño y se limpió la herida del cuello con gestos mecánicos. El vestido se había echado a perder por la sangre. Se duchó y se cambió de ropa.

No se puso el pijama, a pesar de que necesitaba descansar con urgencia. Se puso unas mallas, una sudadera y unos tenis. Se secó el pelo y se hizo una coleta.

Desinfectó la herida, sin molestarse en esbozar una mueca de dolor.

No porque no lo sintiera. Lo sintió y lo registró con frialdad.

Lo grabó en el alma. Cubrió con un apósito las dos incisiones principales, pero la desgarradura se prolongaba hasta varios centímetros más abajo.

Estaba segura de que no tardaría en salirle un hematoma.

Había sucedido en el pasado, cuando Persi todavía se estaba acostumbrando a que la mordiera y se revolvía por instinto. Aunque nunca como esa vez.

Hirvió agua en la cocina y se sirvió una infusión.

Tenía los brazos helados; todo el cuerpo, en realidad, por haber estado sentada durante tanto tiempo en el suelo de la habitación vestida solo con el traje de la fiesta.

Se dejó resbalar otra vez hasta quedar sentada sobre las baldosas.

Estaba cansada, muy cansada. La infusión le calentó las manos.

Le dio un sorbo y se sintió mejor. Seguía sin lágrimas, pero tenía presente su sabor.

Cuando terminó, dejó la taza a un lado y se abrazó el cuerpo, metiendo las manos por dentro de las mangas. La piel fría bajo la sudadera contrastaba contra los dedos, calientes por la infusión. Se abrazó con más fuerza.

Se dijo en voz alta:

—No pasa nada. Sigo aquí. He cuidado de mí.

Repitió las palabras hasta que las sintió reales.

Esa era la verdad que había aprendido esa noche. Ya solo se tenía a sí misma. Ella era la única que había estado consigo en los momentos más duros. La única que iba a estarlo.

Pero estaría bien, porque iba a cuidar de sí misma.

Miró el reloj.

Eran ya las once de la mañana y Rob todavía no había vuelto. Se calzó y cogió la tarjeta de acceso a Infra.

~ ~ ~

Se acercó a Infra por un acceso trasero, adyacente al complejo.

Izan se lo había mostrado una vez; era por el que introducían los paquetes de mercancía y daba al montacargas.

En aquel momento el callejón se encontraba vacío.

No había ningún furgón descargando y las puertas estaban cerradas.

El hada las abrió con su identificación.

Antes de traspasar el umbral, echó un vistazo atrás, a las alturas, casi esperando ver a algún fotógrafo acechándola.

No vio a nadie y esperó que nadie la viese a ella.

Se había puesto una gorra y había atenuado el Brillo.

Vestida como iba, parecía completamente humana; no llamaría la atención que entrase por el almacén.

Subió en el montacargas. El recinto estaba vacío y las luces, apagadas.

Persi las dejó así. Utilizó la linterna de su móvil para moverse entre las estanterías hasta dar con la sección que buscaba.

La encontró en un estante bajo la runa de Uruz.

Cogió la caja que contenía la prueba de embarazo.

Pensó en pasarla por la máquina lectora, pero descartó la idea.

Después de todo, no era la primera vez que se llevaba productos a hurtadillas.

Y prefería llevarlo con discreción. Si sus sospechas se confirmaban, tendría que tomar una decisión y no quería que otros la condicionaran.

Aquella decisión le pertenecía solo a ella.

~ ~ ~

Buscó el restaurante más cutre de los alrededores.

Un local dirigido por humanos para humanos.

Había frecuentado sitios como aquellos con Enaire y el olor a aceite de freír, café y ambientador floral barato le trajo buenos recuerdos.

Tenía que contarle a su amiga lo que había pasado.

Lo haría más tarde, cuando estuviera a salvo y hubiese dormido.

Lo importante ahora era que a Rob no se le ocurriría buscarla allí.

Tal vez no se le ocurriría buscarla, a secas.

A lo mejor esperaba encontrarla al día siguiente por la mañana en el altar.

Una parte de ella, cruel y egoísta, esperaba que así fuera, que su ausencia lo sorprendiera en la boda, que le causase un dolor tan sordo como el que él le había causado.

Persi planeaba estar muy lejos de Irisada para entonces.

Untó una patata frita en la salsa que le llevó la camarera.

No había comido nada desde la noche anterior y le supo a alta cocina.

Era tarde cuando pagó la cuenta y cogió el metro al aeropuerto con el efectivo que le quedaba. Lo había sacado en un cajero cerca del apartamento; prefería que nadie tuviese acceso a sus movimientos. Siempre era precavida cuando viajaba sola. Y volvía a estarlo.

No se preguntó adónde iría hasta que estuvo a una parada del aeropuerto.

Su plan radicaba en salir de Irisada. Podría ir a Meridol, al apartamento de su padre, u hospedarse en cualquier otra ciudad.

Pero era una mierda de plan. Ya no tenía efectivo para comprar un billete y, si usaba la tarjeta, Celandia sabría dónde buscarla.

Además, no podía simplemente ocultarse en un hotel por…

¿cuánto?, ¿días?, ¿semanas? Y luego, ¿qué?

Pero quizá podría conseguir fondos de otra parte.

Con eso en la cabeza, entró en el aeropuerto y se dirigió a las pantallas para informarse de las próximas salidas.

Conectó su teléfono móvil a una toma de corriente, pues se había quedado sin batería durante el trayecto.

Lo encendió, aunque mantuvo la conexión a la Prismared apagada.

No quería ver notificaciones de sus redes sociales, y desde luego no quería recibir ningún mensaje de Rob.

Llamó a Izan. Le llegó un estruendo de música. Luego la voz achispada del vampiro.

— ¿Persi? ¿Estás mejor? Qué…

Hubo un ruido incomprensible. Luego se oyó el sonido de una puerta cerrándose y la música se amortiguó. Solo escuchó la voz queda de Hades:

—Persi .

—Hades —titubeó ella.

— ¿Qué ocurre ?

—¿Te acuerdas de lo que dijiste cuando nos conocimos? —preguntó ella. ¿Por qué tenía que dar tantos rodeos?

Él pareció confundido, pero decidió seguirle el juego.

— ¿Que trabajases para mí ?

—No, lo otro. Lo de estar en la lista, aunque fuese en el último puesto.

— Ah, sí . —Y luego, como si las palabras cobrasen sentido, añadió—: ¿ Ha pasado algo ?

—Necesito salir de Irisada. —La puerta debió de volver a abrirse porque Persi oyó ruido al otro lado.

Música y voces. Hades se alejó del alboroto para seguir hablando—.

Y… necesito un adelanto. Sé que eché a perder el plan, pero no te fallaré la próxima vez.

Haré lo que sea, el peor trabajo que tengas, pero necesito ganar dinero.

No podré acercarme a Infra, pero Izan puede darme las instrucciones y…

— Persi —la cortó él—, ¿ no has leído mi mensaje? Ya no estamos en Irisada, ¿recuerdas? Nos fuimos ayer, después de la fiesta .

—Ah. —Comenzó a retorcerse un mechón de pelo alrededor del dedo.

— Persi, ¿qué está pasando? Son las ocho de la tarde. Y mañana es tu boda .

—No quiero casarme —respondió atropelladamente.

— ¿Qué ?

—Rob y yo… hemos roto —confesó—. Más o menos.

— ¿Más o menos ?

—Yo más y él menos —aclaró—. Es una larga historia. ¿Puedes ayudarme o no? Solo necesito marcharme. A donde sea que pueda hacer algo de utilidad. Y necesito un billete. No te pido que me lo pagues si no puedes. Izan puede descontármelo de la próxima nómina.

—Puedo pagarte un billete —respondió él, sonando casi divertido.

—Vale. —Persi respiró hondo, calmándose—. Y… bueno, ¿vas a hacerlo?

Hades se debatió al otro lado del teléfono.

— ¿Robian te está buscando ?

—Puede que lo intente —reconoció, con un nudo en la garganta—.

Pero se ha acabado. No quiero volver a verlo.

—Echó un vistazo rápido a la pantalla. Los últimos vuelos salían en las siguientes dos horas; si no cogía alguno, tendría que esperar al día siguiente y pasar la noche en el aeropuerto—. Hades, por favor. Solo quiero irme.

El comunicador quedó en silencio varios segundos. Después:

— ¿Qué te parece Embra ?

—Sí. Sí, perfecto.

— ¿Cuándo quie… ?

—Lo antes posible.

— Dame un minuto . —Persi esperó cerca del control a que volviera con ella—. ¿ Tienes acceso a la Prismared ?

Le dijo que sí y la activó a continuación. Le llegó un correo de Hades junto a decenas de notificaciones de sus redes.

— Acabo de enviarte el billete. ¿Tienes cómo llegar al aeropuerto ?

—Ya estoy aquí.

Minutos más tarde pasaba el control. Fue rápido; solo llevaba encima la documentación y el teléfono, y no tardó en dar con la puerta de embarque.

Una vez en el avión, se preparó para el vuelo en el que pasaría la próxima hora.

Se encogió sobre el asiento. Se sentía mal.

Se sentía mal por no sentirse mal, para ser más precisos.

No sentía nada; ni una tristeza alegre ni una dicha amarga.

Quizá, en el fondo, la sangre de Celandia la hiciese tan fría como ella.

Quizá solo la odiaba porque eran iguales.

No se sentía mal por Rob. La superaría tan pronto su orgullo se lo permitiera.

Tampoco por sí misma; no se sentía víctima ni verdugo.

Había cometido errores y había pagado por ellos con creces, como era habitual en su vida.

Era consciente de que Rob no la quería. Al menos no de la forma en que la gente se quería en las películas que veía, si es que eso existía; no de la forma en que ella anhelaba ser querida.

Y… suponía que ella tampoco le correspondía, porque la constatación de que su prometido no la amaba no le causaba un dolor agudo en el pecho ni un arrebato de lágrimas.

Le hacía sentir... ligera. Libre.

Si Rob hubiera sido un buen compañero, cálido, tierno y comprensivo, en ese momento estaría llorando.

No por ella, sino por él y la mala suerte de haberse acercado a ella: no intentaba engañarse diciéndose que si Rob hubiera sido distinto ella no habría acabado en ese avión, dejando la ciudad a unas horas de la boda.

Porque lo cierto era que, aunque Rob hubiera sido el novio ideal, se habría marchado de todos modos.

Era lo que hacía siempre. Porque una parte de ella, la que se encargaba de amar, se había astillado, y ahora, cada vez que intentaba usarla, esas astillas se le clavaban sin piedad.

Y así, hizo lo que mejor se le daba hacer. Lo único que se le daba bien hacer .

Huir.