34. Hasta que tus colmillos nos separen
HASTA QUE TUS COLMILLOS
NOS SEPAREN
E l trayecto al apartamento le pareció un sueño: uno fraguado en el Inframundo y amenizado por los gritos agónicos de los condenados. Recordaba oír a Rob maldiciendo junto a las plataformas de aparcamiento, mientras esperaban a que llegase la limusina.
Había hecho salir al conductor de malas maneras y le había pedido las llaves.
No recordaba si habían hablado durante el viaje, pensaba que no, pero sí haberse aferrado con fuerza, debido a la brusquedad con la que Rob había conducido, y también haber pegado la cara a la frialdad de la ventanilla para contrarrestar el mareo.
Había vomitado otra vez, todavía sentía la quemazón en la garganta.
—¿Quieres agua? —La pregunta la devolvió a la realidad.
Estaba tumbada en el dormitorio. Se había desplomado al llegar, aunque tampoco lo recordaba.
Se incorporó, más despejada, y pasó las piernas sobre el borde de la cama.
Seguía vestida, aunque ya no llevaba los tacones vomitados.
Palpó el colchón con ansiedad, buscando el teléfono móvil, pero se relajó al verlo sobre la mesilla de noche.
Rob estaba sentado sobre la mecedora. Tenía las piernas cruzadas y su lenguaje corporal era la antítesis de cuando le había ofrecido adelantar el compromiso.
—No quería que acabase así. —La voz de Rob le sonó extraña, como venida de lejos.
«Ya está, lo he dejado en ridículo delante de la gente que quiere impresionar. Este es el fin», pensó Persi, y se dio cuenta de que la angustia no llegaba. Solo un poco de alivio.
—¿Qué pensabas? ¿Que no me daría cuenta? —Sonaba dolido.
Persi se encogió sobre sí misma. Sentía frío en los brazos.
Él se levantó y cogió un sobre de encima del tocador que Persi no había visto antes.
Lo tiró sobre la cama, a su lado. Se cruzó de brazos y se apoyó contra el cristal de la ventana mientras aguardaba a que comprobase el contenido. Ella lo hizo con dedos temblorosos.
En el interior había un pequeño montón de fotos.
Habría unas dos docenas. Debería haberse dado cuenta de que ocultaban algún peligro, pero lo único que pensó fue: «Hace siglos que no veo fotos impresas».
No se paró a pensar por qué Rob se había molestado en imprimirlas, ni por qué parecía tan furioso.
Frunció el ceño al ver la primera. Era ella, entrando en Infra. La foto parecía haber sido sacada desde lejos, con un teleobjetivo. La dejó a un lado y miró a Rob, confusa.
—La siguiente —exigió él.
La siguiente la mostraba hablando con Izan dentro, en una de las plantas intermedias de Infra. Habían sacado la foto a través de la ventana, de nuevo, desde una gran distancia, probablemente desde algún otro edificio.
Tragó saliva y siguió pasando las fotos.
En todas ellas se la veía entrando y saliendo de Infra, relacionándose con varias personas en el interior.
Eran fotos hechas a lo largo de varios días, pues Persi iba vestida diferente.
Pero ¿por qué Rob estaba tan molesto? Él sabía que trabajaba en Infra, no le había ocultado eso.
¿Era porque no quería que salieran a la luz?
¿Algún paparazzi lo estaba extorsionando?
Sintió otra náusea, más pacífica que las que había sentido en la fiesta.
—¿Quién te ha dado estas fotos? —preguntó. La única persona que conocía capaz de controlarla de aquella manera era su madre, pero Celandia sería la última interesada en difundir que su hija trabajaba para la corporación.
Rob dio un paso, separándose de la ventana.
—La siguiente —ordenó.
Persi obedeció. La siguiente foto la mostraba a ella en las escaleras del centro comercial, charlando con Hades mientras llevaba su gorra puesta.
Con un nudo en el estómago, vio las siguientes: ella riendo a carcajadas ante algo que Hades le estaba diciendo, Hades enseñándole algo en su teléfono mientras comían juntos, Hades llevándola de la mano hacia el interior de una cafetería…
El corazón se le estrujó en el pecho. Y no fue por lo sencillo que era malinterpretar aquellas imágenes ni por lo imposible que iba a resultar explicárselas a Rob, sino por el contenido de la foto.
Persi tenía la vista baja y decía algo, probablemente una protesta.
Hades estaba vuelto hacia ella, mirándola por encima del hombro.
Y la forma en la que sonreía… Persi se había perdido esa sonrisa.
Pero allí estaba, marcándole un hoyuelo e iluminándole la mirada.
Era la primera vez que alguien la miraba de aquella manera.
Una lágrima le resbaló hasta la mejilla.
Se la limpió con brusquedad y dejó la foto a un lado, ya sin prestar atención a Rob.
La siguiente estaba arrugada, como si alguien la hubiera apretado en un puño.
Era ella sentada en el asiento de copiloto del coche de Hades, frente a la tienda de vestidos de novia.
No se los veía con claridad; el retrovisor y el brazo extendido de Hades, inclinado hacia ella, estaban en medio.
Persi reconoció el momento: estaba ayudándola a colocarse los pendientes.
Pero lo que parecía era… Bueno, parecía que estuvieran besándose.
Cerró los ojos y contuvo un estremecimiento. Luego alzó la vista a cámara lenta.
—¿De dónde has sacado esas fotos?
—Me parece que soy yo el que merece una explicación.
Una parte de ella sabía que debería estar desmintiéndolo. Gritando, si era necesario, que no había besado a Hades. No podía mentir, era la única ventaja que tenía a su favor.
Y, sin embargo…
Y, sin embargo, no dijo nada. Se quedó allí, mirando a su prometido con una expresión de estupor. ¿En qué momento se había torcido todo tanto?
Algo seguía sin cuadrar, y se dio cuenta de qué era: las fotos. La pregunta no era de dónde las había sacado, sino desde cuándo las tenía.
«Desde el principio —pensó de pronto—, estaba raro desde que salimos de casa.»
Pero ¿por qué no la había enfrentado entonces? Hizo un esfuerzo por ordenar todo aquello. Rob no se había separado de ella en la fiesta.
«Me estaba poniendo a prueba —comprendió—. Quería ver qué hacía.»
Y lo que Persi había hecho había sido intentar acercarse a Hades.
Se puso en pie.
—Rob, es un malentendido. Sabes que no puedo mentirte…
El vampiro se apartó de ella, asqueado. Persi tragó saliva.
Se sentía sucia. Lo estaba. Todavía tenía restos de vómito en el vestido y en los pies descalzos.
Los zapatos, tirados en una esquina, apestaban.
Seguía mareada. Las arcadas habían remitido, pero aquello no había sido una simple náusea.
Algo debía de haberle sentado mal. Pero ¿el qué?
Solo había tomado una copa y se había quedado inconsciente durante horas.
Y Rob, en vez de preocuparse, no había tardado ni diez segundos en imcreparla una vez había despertado.
Se acercó a la ventana, apartó el estor, que se inclinó y tiró una planta que había en la estantería. La Ascendente estaba terminando. Llevaba inconsciente más de lo que creía. Y Rob no la había llevado al médico, no se había preocupado en absoluto, porque…
Y fue en ese instante.
En ese preciso instante .
—¿Me has echado algo en la bebida? —La voz se le rompió antes de llegar al final.
Rob no respondió. Persi sintió que la voz no era lo único que se rompía dentro de ella: también lo hacía su corazón, su confianza, su alma.
El labio le temblaba cuando encaró a su prometido.
—¿Me has echado algo en la bebida? —repitió la pregunta.
Rob no lo negó. Y Persi notó que empezaba a tiritar, que los hombros se le sacudían con espasmos descontrolados. No había vuelto a perder de vista una bebida desde hacía años. Rob sabía lo paranoica que era. No se fiaba de absolutamente nadie, excepto de él.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó, como si nada—. Tienes mejor aspecto.
—Rob, ¿me has puesto algo en la bebida? ¿Para que me encontrase mal?
Él se acercó a ella y le puso una mano fría como la muerte en la frente.
—Lo has hecho —lo acusó, golpeándolo en el pecho para alejarlo.
«Lo has hecho. Lo has hecho.» Era incapaz de pensar en ninguna otra cosa.
—Se te habrá indigestado la culpa —discutió él—. Un poco tarde para sentir escrúpulos, ¿no, Persi ? —pronunció el diminutivo con burla; que ella recordara, era la primera vez que la llamaba así.
Persi no dijo nada. Ni siquiera sabía cómo sentirse. ¿Asustada? ¿Decepcionada? ¿Enfadada? Era otra cosa lo que le atenazaba el pecho. Nunca había sentido algo como aquello: era espantoso y punzante. Ella la había cagado. Pero Rob…
Rob acababa de destrozarlo todo. Acababa de destrozarla a ella.
«Huye. Huye. Huye.» Repetía la palabra en la cabeza como un mantra.
—No sabes lo que me has hecho, Perséfone. No sé si podré soportarlo.
«¿Soportar el qué?», pensó, pero no le salía la voz.
—Por favor, dime que no ha pasado nada. Dime que no os habéis acostado. No sé cómo podré mirarte en la boda si no.
—¿En la boda? —acertó a decir. Para hacerlo consciente de la magnitud del error que cometía, se obligó a decir—: No me he acostado con Hades. No lo he besado. Esas fotos… No sé de dónde las has sacado, pero no son lo que crees.
Él soltó el aire. La cogió de las mejillas y la miró a los ojos. Persi notó el influjo vampírico que estaba ejerciendo sobre ella. Se dio cuenta de que lo había utilizado también durante la fiesta, para hacerla sentir culpable y asustada y…
—Júramelo. Júrame que no ha habido nada.
—Ya te lo he jurado, Rob. Soy un hada, cada palabra que pronuncio es un juramento.
Si me lo hubieras preguntado directamente en la fiesta, el malentendido no habría ido a más.
—Pero en lugar de eso la había avergonzado en público…
le había manipulado la bebida—. Rob, no va a haber boda. No puedo casarme contigo.
Él se quedó en shock . Le soltó la cara y las manos le cayeron inertes a los costados.
—No lo dices en serio.
—Lo digo totalmente en serio. —La voz le sonó, para su sorpresa, firme—. Quiero que te vayas. No quiero verte ahora mismo.
Él no se marchó. Se la quedó mirando con una expresión indescifrable.
—También es mi casa —dijo, dando un paso hacia ella.
—Pues me iré yo.
—No…
Persi cogió un florero que había sobre la mesilla de noche y lo levantó a modo de amenaza. Rob se lo quitó de la mano tan rápido que no se dio cuenta.
Ella empezó a temblar y a sollozar.
—Vamos a casarnos en dos días —usó un tono suave, hablándole como si fuera una niña pequeña, pero sonó a amenaza.
Le apartó el pelo enredado de la cara. Le rozó la clavícula con el pulgar. Persi cerró los ojos con fuerza y se estremeció.
—No.
Llevó los labios solo un poco más arriba de donde tenía el pulgar.
—Tranquila, solo quiero enseñártelo.
—¿Enseñarme el qué?
—Cuánto te quiero todavía.
Le clavó los colmillos con furia. Persi se resistió, pero el dolor empeoró en cuanto se agitó.
Un ardor le inundó las venas, recorriéndole el brazo y el torso como un calambrazo desde la punción.
La habitación se oscureció a su alrededor como si la hubieran sumergido en un lago.
Persi reconoció aquella sensación de ligereza, pero, por primera vez, en lugar de rendirse a ella, luchó por regresar a la superficie.
El fondo era oscuro y desconocido, como aquel Rob que la aferraba, y no sabía lo que podía aguardarla en él.
—Suéltame —exigió. Cada palabra era un esfuerzo—. Rob, suéltame.
Él no la oía. Solo succionaba con fuerza, hundiéndola hacia las profundidades con una saña que la ahogaba.
Y aunque Persi gritó y pataleó, no había forma de que pudiera apartarlo.
Tanteó la mesilla con desespero, en busca de cualquier cosa con la que defenderse.
Rozó su bolso, desparramando el contenido, y dio con un objeto plano y alargado.
Era lo bastante sólido para que decidiese aferrarlo y, al hacerlo, notó una energía que procedía de él.
Esencia. Era la fuente que Izan había conseguido meterle en el bolso.
Dejó de asir el hombro de Rob, donde había clavado las uñas en un intento inútil por alejarlo.
Dejó caer el brazo (como si no le quedaran fuerzas, como si se estuviera rindiendo) hasta la abertura de la falda del vestido.
Sin dejar de aferrar la fuente en la otra mano, dibujó una runa.
Fueron trazos rápidos que le arañaron la piel de la pierna; sabía que le quedaba poco tiempo, que estaba a punto de tocar el fondo.
Berkana. Licántropos. Fuerza. Aquí y ahora.
—¡SUÉLTAME, PEDAZO DE CAbrÓN!
Persi lo empujó, usando codos y rodillas, clavándole la manicura en los ojos con todas sus fuerzas amplificadas por la runomancia. Rob mantuvo los colmillos hundidos en su garganta, sin retraerlos, dispuesto a hundirla hasta el final.
Logró arrancárselo de encima. Emergió. Se tocó la garganta. Una húmeda calidez le fluyó entre los dedos, donde los colmillos le habían desgarrado la piel al extirparlos a la fuerza. Retiró la mano y la halló cubierta de sangre. La contempló anonadada, como preguntándose qué hacía allí.
Rob reaccionó y se arrodilló junto a ella. Parecía ansioso, asustado, y por un momento le recordó al chico con el que había accedido a salir tantos meses atrás. Pero la sangre que aún le resbalaba de las comisuras de la boca, la sangre de ella, arruinó el parecido.
—Sabes que no lo he hecho a propósito —empezó.
«No, no lo sé», pensó ella. Pero no se atrevió a decir las palabras en voz alta.
—No quería que ocurriera esto. Te lo he advertido muchas veces; mientras me estoy alimentando… —Un zumbido creciente en los oídos le impidió entender lo que le decía.
—Vete —dijo con aspereza.
—Perséfone. —Rob retrocedió como si lo hubiera herido.
—Lo único que quiero es que te vayas, joder.
Por fin, Rob obedeció. Salió de la habitación. Segundos después, la puerta del apartamento se cerró con un chasquido.