33. De lo malo se aprende, pero preferiría no haberlo aprendido #2
«Y lo dice como si fuera sencillo», se lamentó Persi.
Aun así, lo intentó. Puso a prueba distintas estrategias durante media hora.
Quiso quedarse un rato contemplando un cuadro cercano; fingió haber perdido una pulsera para regresar poco después; incluso entabló una conversación con un par de desconocidos sin razón aparente, todo con la esperanza de que su prometido se aburriera y la dejase sola.
Pero no lo hizo. Por primera vez en su historia prematrimonial, Rob parecía dispuesto a pasar la velada con ella.
Cualquier otra noche, lo habría considerado una buena señal.
En ese momento, le resultaba desesperante.
Finalmente, lo envió a por bebidas. Rob era quizá la única persona en la que confiaba lo suficiente para beber algo que le ofreciera.
Aprovechó el instante de privacidad para contestar a Dio, que no dejaba de darle órdenes imposibles a las que ella ni siquiera podía replicar.
—Rob volverá enseguida. ¿Dónde está Hades? No lo veo por ninguna parte.
— Tú quédate donde estás —le dijo. Persi no contestó, porque Rob ya regresaba con las bebidas. Maldita velocidad vampírica.
Se disponía a poner otra excusa cuando advirtió un brillo molesto en los ojos de Robian. Cerró la boca. A lo mejor empezaba a ser demasiado evidente que estaba intentando librarse de él, aunque… No, aquel brillo no se dirigía a ella.
—¿Qué haces tú aquí? —gruñó, mostrando los colmillos.
—Solo quería saludar a Persi.
Ella sonrió ante la voz. ¡Izan! Se fijó en que Hades se encontraba cerca, justo detrás, hablando con tres personas, dos hombres y una mujer. En el grupo se respiraba un ambiente más cercano a los negocios que a la fiesta.
Persi tomó la copa que le tendía Rob y le dio un largo trago.
—¡Trae para acá! —Izan se la arrebató antes de que la vaciara.
—Pero ¿qué cojones haces? —lo apartó Rob, agarrándolo por la chaqueta.
Izan parpadeó, turbado, con la copa en la mano.
Parecía haberse sorprendido a sí mismo. Hasta Hades se había vuelto hacia él, perdiendo un poco la compostura.
Persi era la única que adivinó de qué iba aquello.
Izan había supuesto que el refresco llevaba alcohol, y había reaccionado así por su posible estado.
El vampiro no tenía forma de saber que no bebía alcohol desde hacía años.
Negó con la cabeza, rogando para sus adentros que la entendiera: aún no le había contado nada a Rob.
Izan titubeó y, dejando boquiabiertos a los presentes, vació la copa de un trago.
—Me estaba muriendo de sed —improvisó.
—¡Pero si eres un vampiro! —exclamó Persi, sin poder evitarlo.
El líquido atravesaría el sistema digestivo del vampiro sin que fuera capaz de digerirlo y saldría de él como había entrado. Era, en palabras de Rob, como hacerse una lavativa.
Su prometido lo miró asqueado y dejó que se quedara la copa.
—Largo de aquí —le espetó.
—Rob, no…
— No te entrometas. Esta es la distracción. —La voz de Dio le inundó la cabeza. «¿La distracción? ¿Para qué?»—. Perdona por esto, vamos a sacarlo un poco de sus casillas .
—¿Qué?
— Tranquila, el único que peligra aquí es Izan. Aunque reconozco que lo de la copa tampoco me lo vi venir —añadió.
—No, no es buena idea —respondió en voz alta, arriesgándose a que la escucharan.
Rob ni siquiera pareció percatarse, concentrado como estaba en Izan.
— Va a intentar sacarlo de la sala .
Persi le lanzó una mirada desesperada a Izan.
Tenía que detenerse. En ese preciso instante.
Izan se limitó a guiñarle un ojo, como si tuviera el asunto controlado.
Pero no lo tenía. En absoluto. No conocían a Rob.
No sabían la clase de persona en la que se convertía cuando lo presionaban más de la cuenta.
Se retorció un mechón entre los dedos, ansiosa.
Hades la observó, notando su preocupación.
Y, de pronto, de la forma más inesperada, la noche se convirtió en una pesadilla, porque a su lado, superando en tamaño a cualquiera de los presentes, apareció Alexios Athanasiou. Reconoció a Persi y se acercó, esbozando una sonrisa.
—Perséfone —la saludó el recién llegado, como si acabase de interrumpir una conversación amistosa, en lugar de lo que había estado a punto de convertirse en una contienda durante la fiesta de aniversario de su madre—. No sabía que ibas a venir.
Hasta Rob tuvo el buen juicio de guardarse los colmillos ante el hijo del anfitrión.
Tenía gracia que le salvara el culo el tío que le había enviado proposiciones que rozaban el acoso.
El tío al que ella había conducido a un interrogatorio.
Salvo que en realidad no, no tenía ninguna gracia. Era un auténtico desastre.
«Tranquila, no puede decir nada de lo que sucedió la otra noche. Tiene un geis », se recordó. Pero se obligó a sonreír.
—Es un placer.
—Bonitos pendientes. ¿De dónde son?
—¿Cómo? —preguntó, como atontada, al no ocurrírsele cómo sortear la pregunta.
Él la repitió. Persi tragó saliva.
—Fue un regalo —dijo con cautela.
—¿Quién te los regaló?
Guardó silencio. Su prometido la mataría si descubría que eran un regalo de Hades.
—¿Por qué no respondes, Perséfone? —Rob la miraba como si se hubiera encontrado una serpiente en el cajón de los calcetines.
—Rob. —Le tembló la voz.
Izan tuvo la discreción de apartarse. Persi estaba sola en aquello, como de costumbre.
— Izan acaba de meterte la fuente de esencia en el bolso. Puedes ... —Dio dijo algo más, pero no pudo centrarse en las palabras.
Rob la agarró por el brazo. A su lado, Hades se tensó. Persi sabía, por lo cerca que estaba, que los estaba escuchando. Dejó de fingir estar inmerso en la conversación. Se adelantó con una tormenta desatándose en sus ojos castaños e intervino:
—Yo se los regalé.
Lo dijo como si no tuviera la menor importancia, como si no acabara de arrojar una bomba a la vida de Persi.
—¿En serio, Perséfone? —Rob mostró los colmillos—. ¿Cómo puedes ser tan tonta? ¿Es que no te das cuenta de que lo hace para joderme a mí ?
«No. Por favor, aquí no.»
Una extraña incomodidad se apoderó de ella, como si la hubieran embutido en un vestido que no era de su talla.
Que le hablase de aquella manera cuando perdía los papeles le dolía; que lo hiciese delante de tantas personas la avergonzaba; pero que Hades lo presenciara, de algún modo, la horrorizaba.
No quería que supiera que su prometido la trataba así.
A lo mejor era porque con él se había sentido respetada; en ocasiones, hasta admirada.
Por eso le había sido tan sencillo mostrarse resuelta e ingeniosa delante de él.
Había podido ser normal, ser ella , gracias a que no conocía aquel lado bochornoso.
Verse obligada a interpretar aquel papel, aplacando a su prometido, disculpándose con él sin defenderse… Hizo que sintiese vergüenza de sí misma. Y ese fue el peor sentimiento de todos.
—… y pretendes que espere como un gilipollas mientras entablas conversación con la calaña que trabaja para él —decía Rob.
«Y aquí vamos otra vez», pensó Persi. No era enfado lo que sentía, ni indignación ni tristeza, sino resignación. Era siempre el mismo baile con Rob: uno que contenía la suficiente pólvora para incendiarla y dejarla hecha pedazos.
—Rob, hablemos en otra parte —le rogó.
—Que me oigan. —Chasqueó la lengua—. Quítate los pendientes.
Persi se limitó a sostenerle la mirada. El azul de los ojos de Rob se había enfriado hasta volverse del tono del hielo; un témpano que amenazaba con cortarla.
—Los pendientes. Dámelos —insistió.
Ella retrocedió un paso. Sintió una náusea.
—No.
Él la zarandeó con una brusquedad que la hizo bailar sobre los tacones. Le sacó los pendientes de las orejas con un movimiento rápido que se las dejó doloridas y se los tendió al directivo.
—Guárdate tus puñeteros regalos. Persi no los quiere.
Hades ni siquiera los miró. Estaba quieto como una montaña.
—Como vuelvas a ponerle la mano encima —dijo, en un tono enfadado-enfadado que no le pegaba nada—, haré de tu vida la experiencia más miserable que puedas imaginar.
—Hades, para —pidió Persi. Para defenderlo a él, se dio cuenta, no a Rob.
Este la miró con tal decepción que le supo a vino picado.
Otra náusea la sacudió y cerró los ojos, mareada, anticipándose a lo que vendría.
Cuando se percató de que no escuchaba gritos, ni golpes ni gente huyendo al tropel para apartarse de un vampiro que hundía los colmillos sin piedad en la garganta de otro invitado, volvió a abrirlos.
La habitación se había movido. Se cubrió la boca, a punto de vomitar.
¿Qué Prismas le pasaba? ¿Era una señal? No estaba muy informada sobre el tema, pero en las series las embarazadas vomitaban.
¿O era solo por las mañanas? Mientras la abordaban incoherencias como aquellas, le sobrevino una fuerte sensación de mareo, como si acabara de bajarse de una cinta de correr demasiado rápido.
Trastabilló, agarrándose al brazo de un desconocido.
Y a otro. A través de una incipiente negrura, vio que Hades se apresuraba hacia ella, pero Rob llegó primero y la sostuvo sin esfuerzo.
—Mi prometida se encuentra indispuesta —anunció—. Será mejor que la lleve a casa.
El tono aterciopelado de Rob sonó como la brisa que transitaba un cementerio: serena y llena de promesas ineludibles. Y a Persi no le cabía duda de que serían igual de funestas.
No se atrevió a mirarlo. Todavía menos a Hades, después de haberlo fastidiado todo. Le pareció que la llevaba por el aire, como un globo atado a un cordel.
Consiguió dar un paso.
Otro.
Se detuvo y, todavía cogida de la mano de Rob, vació con violencia el contenido del estómago en la carísima alfombra de Athanasiou.