33. De lo malo se aprende, pero preferiría no haberlo aprendido
DE LO MALO SE APRENDE,
PERO PREFERIRÍA NO HABERLO
APRENDIDO
P ersi atisbó los jardines de la Mansión Athanasiou desde el interior de la limusina.
La mansión del gobernador se alzaba sobre un rascacielos en el centro de Irisada.
Los jardines estaban bordeados por una barandilla acristalada, para evitar que algún invitado sin alas y con demasiado alcohol se precipitase, y eran lo bastante grandes para ubicar un ascensor para limusinas y una calzada hasta la entrada de la mansión.
Aquel ascensor era capaz de subir un vehículo desde la calle a una altura de setecientos metros en menos de un minuto.
Persi, que había encendido discretamente los auriculares de camino, había recibido, por parte de Dio, una larga y detallada explicación sobre el mecanismo de Infra que lo permitía.
Al parecer, usaban runotecnia para ajustar la presión del aire y reducir la molesta sensación en los oídos asociada al cambio de altitud.
A esa altura de la conversación, Persi había decidido apagar el auricular.
La limusina avanzó a través del jardín. Mientras esperaban a que los ocupantes del vehículo anterior se bajasen y cruzasen la alfombra rodeada de fotógrafos que llevaba a la entrada de la mansión, Persi bajó la ventanilla y dejó que entrara aire fresco.
El rumor de las hojas al viento era arrullador y la ayudaba a calmar los nervios.
Rob la escrutaba desde el asiento de enfrente.
Era difícil encontrar adjetivos para lo insatisfecho que estaba esa noche.
«Irritado» era un buen principio, siguiendo por «despechado» y «atormentado».
La palabra «traición», a pesar de ser un sustantivo, también parecía escrita con tinta invisible sobre los labios fruncidos.
Salvo porque era perfectamente visible. Como si Persi hubiera decidido pertrecharse con una serie de complementos favorecedores con la única intención de atentar contra su próxima colección.
Pero no podía fingir que los pendientes eran una elección casual si no los combinaba adecuadamente...
y para eso había tenido que eludir el rojo.
La limusina que tenían delante se dirigió hacia la plataforma de descenso.
Fue su turno de avanzar hacia la entrada alfombrada.
Persi tomó a su prometido de la mano para bajar del vehículo.
Rob se tensó ante el contacto. Fue tan rápido que no supo si se lo había imaginado.
Pensó que estaba proyectando: viendo en él la tensión que ella llevaba dentro.
Todavía no le había mencionado sus sospechas sobre el embarazo. Planeaba hacerlo, claro.
Era solo que necesitaba tiempo para procesarlo y averiguar cómo se sentía al respecto.
Era solo… que esa noche no era el momento adecuado. Necesitaba estar centrada.
Al verlos, los flashes se dispararon, rodeándolos como un enjambre. A Rob le estaba yendo bien, Persi aumentaba en seguidores a diario, y la inminente boda los convertía a ambos en el centro de atención.
La limusina se alejó y fue sustituida por un vehículo blanco de alta gama.
De la puerta de atrás asomaron unas largas piernas calzadas con sandalias doradas.
La marabunta de «clics, clics, clics» de las cámaras opacó la reacción que había suscitado la llegada de la pareja.
Incluso aquellos que los fotografiaban en ese instante les dieron la espalda para capturar una imagen de la recién llegada.
Vestida con una falda de corte ejecutivo y una chaqueta de traje de color crema, Celandia Cerys destacaba por ser de las pocas invitadas que no llevaba un vestido de noche.
Cruzó la alfombra y, ante una sorprendida Persi, le pasó un brazo por la cintura para enfrentar juntas a las cámaras, como si no fuera la primera maldita vez que tenían contacto físico desde hacía una década.
—Perséfone, cariño, haz el favor de sonreír. No es un entierro. —Su madre cambió la postura, volviéndose hacia otro grupo de cámaras.
—Deja que adivine el próximo titular de Fugaz : ¿«Madre e hija podrían ser hermanas»?
Celandia no respondió, pero una sonrisa le iluminó el rostro. Con el cabello dorado y aquellos hoyuelos en las mejillas, tenía la belleza de un ángel combinada con la elegancia pícara de las hadas. Desplegó las alas irisadas a la espalda y las cámaras se volvieron locas.
Tuvieron que avanzar para dejar hueco al siguiente invitado. Persi reconoció el coche negro que absorbía la luz. Retorció el cuello mientras entraban en la mansión para ver a Hades bajarse, pero Rob, a quien ya habían invitado a entrar, tiró de ella hacia el interior.
La decoración era exuberante: altas columnas revestidas de teselas, lámparas de araña, esculturas y fuentes quitaban el aliento a los invitados. Persi lo esperaba. La tarde anterior, Enaire y ella habían buscado fotos en la Prismared.
—Si esto te parece ostentoso, deberías haber visto la casa de los padres de Robian —le había dicho Persi a su amiga, pensando en la villa que había visitado una vez en Tul’Verar. Aún recordaba las cortinas de terciopelo, pesadas como pecados.
— ¿Rob te enseñó el ataúd en el que duerme ? —se había burlado ella.
Persi sonrió ante el recuerdo, preguntándose si tendrían, en efecto, algún sarcófago en el que meterse por las noches.
Los vampiros no pegaban ojo, pero, a veces, necesitaban reposar unas horas alejados de estímulos.
Lo llamaban el Descanso y se ofendían mucho si alguien (Persi) comentaba que, al fin y al cabo, no difería tanto de dormir.
Las conversaciones se detuvieron cuando Athanasiou descendió por la escalinata principal.
Los años no lo habían tratado mal. ¿Cuántos tenía?
Intentó hacer memoria. ¿Sesenta y tres? Era un hombre atractivo, ancho de hombros y mandíbula fuerte.
Aprovechó la distracción para alejarse y buscar los aseos. Una vez dentro, encendió el auricular.
—Algo va mal, Dio —dijo, sin esperar a que este le confirmase que estaba al otro lado.
—¿ Qué quieres decir ?
—Rob sabe que tramo algo. Está actuando de manera extraña.
— Persi, tengo a Rob en una de las cámaras. Parece estar a gusto, pasando un buen rato con sus amigos. Creo que solo necesitas relajarte .
Iba a negarlo, pero ya tenía un mechón enrollado alrededor del índice. Lo soltó.
—Sí, vale. —Tras un momento, añadió—: Hay otro problema. Es Kara, mi... —«niñera, vigilante»— secretaria. No la he visto, pero estoy segura de que me tiene un ojo echado.
— Sabes cómo usar runomancia para volverte invisible cuando lo necesites —le recordó Dio.
Sí, sabía: los robos en Infra daban buena cuenta de ello.
El problema era que estaba sin esencia. Jess le había entregado una fuente, pero el Jinete le había pedido una y no había tenido tiempo de… coger prestada otra. Le dio a entender a Dio que se la había olvidado. Él maldijo al otro lado.
— Dame un momento —pidió.
Persi lo escuchó hablar con otra persona, a un volumen demasiado bajo para que pudiera entenderlo, como si se hubiera alejado del micrófono.
— El caballero oscuro está en ello —le dijo un instante después—. Tendréis que arreglaros para encontraros con disimulo para que pueda darte una .
Ella frunció el ceño.
—¿Quién es el caballero oscuro?
— Eh… Hades. Es un nombre en clave. Una tontería nuestra —le restó importancia y se apresuró a añadir—: He localizado a Kara a través de las cámaras de la mansión.
Está al este de la sala. Y sí, tenías razón, parece estar buscándote.
Mantén los auriculares encendidos, te avisaré cuando sea seguro que Hades y tú os encontréis para el intercambio .
—De acuerdo. Pero Dio…
— Dime .
—Vas a tener que decirme dónde está el este.
Casi pudo sentir la sonrisa del fénix al otro lado del comunicador. La orientó una vez estuvo en la sala. Kara estaba de pie entre dos estatuas, tras una copa de champán. Persi pasó con la mirada de largo, fingiendo fijarse en un enorme cuadro que había un poco más allá antes de volver con Rob.
Su prometido estaba encorvado sobre unos diseños que le mostraba Calix. No levantó la cabeza para mirarla cuando se acercó, pero Persi se dio cuenta de que la esperaba.
—¿Dónde estabas? —le preguntó, suspicaz, cuando llegó a su lado—. Athanasiou ha venido a saludarnos, ha preguntado por ti.
Persi alzó una ceja ante el tono acusador.
—En el baño —dijo, echando un vistazo al diseño antes de que Calix lo devolviera al maletín.
Rob empezó a hablarle de la llegada de Athanasiou.
— El… Hades ya tiene eso —dijo la voz de Dio en su cabeza—. Kara está distraída hablando con Celandia. Acércate al ventanal del otro lado de la sala .
Echó un vistazo en la dirección indicada, pero había demasiada gente para discernir si Hades ya estaba allí. Rob siguió su mirada.
—Te veo distraída, corazón.
El apelativo, más que cariño, le suscitó a Persi la imagen del órgano bombeando sangre. Rob la estudiaba, dando pequeños sorbos al contenido escarlata de su copa.
—Estaba pensando que todavía no he visto la decoración. ¿Te apetece acompañarme?
—Claro, ¿adónde quieres ir?
Persi balbuceó, desconcertada. Había esperado que se negara. Solía dejarla a su aire para hablar con sus amigos.
—Empecemos por aquella parte —propuso, tratando de apartar la incomodidad de su voz.
Dieron un rodeo, y Persi localizó a Hades junto al ventanal.
La vidriera representaba los siete colores de la esencia envolviendo una figura que brillaba como un diamante y representaba el Prisma.
Confió en que hubiera algún lugar discreto en el que Hades pudiera dejar el dispositivo para que ella lo recogiese cuando Rob estuviese distraído.
— Tienes que deshacerte del vampiro —señaló Dio, ajeno a sus planes.