Noche púrpura 32. A través de la noche púrpura
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32. A través de la noche púrpura

A TRAVÉS DE LA NOCHE PÚRPURA

N o era una buena noche. Tendría que haber salido a patrullar, pero el interrogatorio de la noche anterior había resultado...

agotador. No tenso ni complicado; el chico era demasiado cobarde para presentar una verdadera amenaza, pero, al salir de dejar a Persi en casa, Hades había sentido que la oscuridad se le venía encima.

¿A quién quería engañar? Dejar a Persi en casa con su vestido de novia era lo que le había provocado ese estado de ánimo taciturno.

O a lo mejor era porque era la madrugada de Ansuz, la noche más oscura de las siete.

Había salido vestido de Jinete con intención de patrullar, pero no había tardado en abandonar las calles.

Luego, en lugar de dirigirse al hotel, había ido a las oficinas de Infra, a su despacho.

Había arrojado el casco al interior del armario.

Se había sacado la chaqueta y también la camiseta, sudada.

Había abierto la puerta oculta tras la librería y se había dejado caer en uno de los pufs, desnudo de cintura para arriba, contemplando el resplandor casi inexistente de la Ascendente.

Qué oscura era. Tal vez por eso había querido pasarla en Infra: se sentía más en casa que en ningún otro sitio de Irisada.

Izan insistía en que debería comprar un apartamento. Podría hacerlo en el edificio de la corporación, incluso; tenían plantas para viviendas de empleados.

Pero no le gustaba. La ciudad no le gustaba.

Era demasiado grande, demasiado ruidosa, demasiado... altari. Quería volver a su casa, a Embra. Por eso prefería los alojamientos temporales. No quería acomodarse. Quería que las estancias fueran breves, aunque esta última se estuviera alargando.

Hades sabía que el motivo tenía nombre y apellido.

La puerta del despacho se abrió en la habitación contigua. Hades contuvo la respiración. A lo mejor no entraba en la sala, a lo mejor... La estantería hizo un ruido sordo al arrastrarse y abrirse por completo.

Los pasos livianos se detuvieron abruptamente. Se oyó un jadeo de sorpresa, casi un grito.

—No sabía que estarías aquí —dijo Persi.

—Ya.

—Esto... puedo marcharme.

—Quédate.

Un silencio incómodo.

—Vale.

Él no dijo nada más, como si fuera lo más natural del mundo que ella arrastrase otro de los pufs hacia la ventana y se tendiese junto a él. Ella, por su parte, tampoco comentó nada sobre qué hacía él allí, sin camiseta.

—Has venido andando —la acusó Hades.

Sus constructos despertados por nigromancia, los que había dejado vigilando el apartamento de Persi aquella noche, lo habían advertido al verla abandonar el edificio.

También le habían informado de que se dirigía hacia Infra, aunque Hades no podía adivinar con qué intención.

Realmente le apetecía estar solo, pero, por extraño que pareciera, aquel sentimiento se había evaporado en cuanto la había oído entrar.

—¿Me espías?

—No en persona. —No esa noche, al menos. Se le estaban pegando sus medias verdades.

—¿Por qué sonríes?

—Por nada. ¿Qué haces aquí a estas horas?

La oyó encogerse en el puf.

—No me apetecía estar en casa.

Observaron la Lluvia Ascendente en silencio. Era como contemplar las estrellas: las gotitas de esencia brillaban, pero no con la suficiente intensidad para que la noche dejara de ser oscura. Un cielo de estrellas violáceas en ascenso.

—Es como si nosotros estuviéramos cayendo —comentó Persi, como si hubiera seguido su mismo hilo de pensamiento.

Sí, era como si estuvieran cayendo. Llevaban ya años cayendo.

Notó una caricia en el brazo, unos centímetros por debajo del codo.

—¿Y estas marcas? —preguntó ella en un susurro.

Deslizó un dedo sobre el contorno. Hades se estremeció y la piel se le puso de gallina.

—Runotecnia —dijo, vago, y con la voz un tanto ronca—. Cada marca tiene su función.

—Ya. Jess dijo que me lo explicaría —susurró ella, tumbándose de lado para mirarlo.

—No hay mucho que contar. Ya te explicó que la runotecnia se hacía con esencia y runas.

La tinta de los tatuajes se mezcla con la esencia necesaria y se impregna en la piel.

Esta de aquí lleva esencia de Fehu. Es runotecnia de recuperación.

Si sufro algún daño, me curará. Esta otra tiene el mismo efecto —prosiguió, moviéndole el dedo hasta situarlo sobre las líneas.

—Esta es diferente. El geis —dijo ella—. ¿Cómo es?

Hades meditó la respuesta.

—No duele —respondió al fin—. No como una herida, al menos. Solo si intentas romperla o ignorarla.

—Pero también puedes hacer un geis usando runotecnia.

No sonó como una pregunta, pero Hades respondió de todas formas.

—Sí, el geis se escribe en papel, como un contrato, y se utiliza esencia de Wunju. Las runas sustituyen las palabras que las hadas solo tienen que pronunciar en voz alta. Al terminar, las palabras se plasman sobre la piel, de la misma manera.

Persi acarició las líneas, pensativa. Hades podía imaginarla sin dificultad, a pesar de la penumbra.

El pelo castaño, varios tonos más oscuro que el suyo, que le caía suelto, con ondas suaves, sobre los hombros; los ojos avellana, que parecían violetas a la luz de la Ascendente; la mirada despierta, viva, con un brillo único, curioso e inquisitivo; la forma suave de los labios, con el arco de Cupido apenas insinuado.

Cuando sonreía, no se comprometían del todo.

A veces apenas se curvaban, como si hubiera algo que no estaba diciendo.

Hades pensaba en ellos a menudo, en cómo se sentirían contra los suyos.

—Hay un fauno, Calix. Dijo que habías usado un geis contra él. —Persi había detenido la caricia y le sostenía la mirada.

Hades estuvo a punto de caerse del puf al escuchar el nombre.

—Desconocía que tuvieras asuntos con él.

—Es un buen amigo de Rob. Y trabaja en Fugaz, podría decirse que somos compañeros.

—Ah. —No quería sonar seco, pero no pudo evitarlo.

—¿Estás molesto?

—Contigo, no —dijo él.

—Entonces es cierto; lo del geis .

—Sí —admitió—. Tenía mis motivos.

No quería hablar de Calix. Y menos si, como parecía, lo apreciaba. Ella tardó en contestar. Hades supo que estaba buscando las palabras, que iba a contarle una media verdad.

—Dijo que no aprobabas su relación con tu hermana.

Soltó un bufido. Eso era verdad del todo.

—Sí. Intenté que lo dejara varias veces.

—¿Por qué?

No percibió crítica en el tono, solo curiosidad.

Hades tuvo la sensación de que no eran del todo ellos esa noche, como si allí arriba, suspendidos entre las gotas púrpuras, se hubieran quitado todas las capas que solían vestir durante el día.

Los prejuicios de ella, la culpa de él, los secretos de ambos.

Pensándolo bien, quizá eso los hiciera más ellos que nunca.

—No me gustaba. Si bien mi padre lo apreciaba, y Lauren, que es solo un año menor que él, lo admiraba, en mí despertaba… sentimientos muy distintos. Me parecía que su actitud cambiaba cuando no estaban presentes. Además, creo que nunca la quiso. A Lauren, quiero decir. Se lo dije varias veces.

—¿Le prohibiste casarse con él?

Eso lo hizo reír. Y no fue una risa amarga.

—¿Yo, prohibirle algo a Lauren? Cómo se nota que no tienes una hermana mayor.

—¿Entonces?

—Entonces Lauren lo dejó. No compartió sus motivos, pero, si mi opinión sobre él tuvo algo que ver, no me arrepiento.

—¿Por eso lo echaste de Infra?

—Fue decisión suya. La situación se había vuelto tensa desde que yo había asumido el puesto de mi padre. Sospecho que no estaba a gusto con que alguien que no era un altari puro dirigiese la corporación.

Pero no había sido la única razón, claro.

—Yo soy mestiza y siempre ha sido muy agradable conmigo —lo defendió ella.

«También eres la hija de su jefa», pensó.

—En ese caso, me alegro.

Durante unos segundos, ninguno dijo nada.

El repiqueteo de la Ascendente contra el cristal llenaba el silencio.

Estaban cerca, lo suficiente para que él percibiera el olor de Persi.

Era un aroma envolvente, hipnótico, que le evocaba los paseos nocturnos entre flores de jazmín y se entrelazaba con algo más tibio: ámbar, suave y resinoso como la piel después del sol.

Lo hacía más consciente de su propio olor, a sudor y gasolina.

—¿Cuál es la cura? —preguntó ella.

—¿Mmm?

—La cura para el Descolor —aclaró—. Solo me has contado que estáis cerca y que tiene que ver con la runomancia.

Él tardó tanto en reaccionar que, cuando se movió, Persi se sobresaltó. Sacó una fuente de esencia del bolsillo de sus pantalones cargo. Dibujó una runa en el suelo entre ambos.

—Jess no me ha enseñado esa runa. Es muy compleja —dijo ella—. No se parece a ninguna de las runas diarias. ¿Qué representa?

—Apenas hemos encontrado textos en los que se utilice. Al principio creíamos que servía para designar a los Dioses, a ambos a un tiempo. Al parecer, representa más que eso: representa al Prisma al completo.

—El Acervo está seguro de que el Prisma es quien envía el Descolor —comprendió ella enseguida—. Usando el poder del Prisma mediante runomancia... ¿Se puede despertar a las víctimas del Descolor?

Hades señaló la runa, que había hecho un amago de iluminarse antes de desaparecer.

—Si consiguiéramos usar la runa, lo sabríamos. El problema es que no tenemos claro con qué esencia alimentarla. Hemos probado a combinar las siete, con el resultado que acabas de ver.

—¿Habéis probado luz de Prisma?

Asintió.

—Funcionó un poco mejor. En uno de esos experimentos, estuvimos a punto de conseguir que Lauren despertara. Todo indicaba que estaba muy cerca de la consciencia, pero vuelve a caer dormida en cuanto la runa se desvanece. Es como si faltase algo, pero vamos por buen camino.

Persi le pidió que le enseñara a trazar la runa. Estuvo un rato intentando imitar los trazos, hasta que se acercó al resultado y logró que se iluminase unos instantes.

Fuera, la lluvia comenzaba a extinguirse y la noche se volvió incluso más oscura. El amanecer estaba cerca y, paradójicamente, era el momento en que más lejano parecía. Las luces parpadearon una vez, como si quisieran volver a encenderse.

—Debería irme —dijo Persi.

—Sí.

Ninguno se movió.

—¿Alguna vez —empezó ella— has tenido la sensación de que estabas en el lugar incorrecto, en la vida incorrecta? Como si... como si estuvieras soñando y esperases despertarte en otra vida en la que todo tiene sentido.

«Sí, cada vez que te miro —pensó él—. Si pienso en ti, siento que en otra vida lo tenemos todo; que lo que ahora es un sueño, allí es realidad... y esto, la pesadilla.»

—No he pensado mucho en ello —dijo en cambio.

La Ascendente cesó. Estaban completamente a oscuras.

—No sé si quiero casarme —confesó ella, tan bajito que podría haber sido el viento.

Hades sintió que el corazón le latía con fuerza, lo sintió dentro del cráneo.

Se mordió la lengua cuando oyó un clic en la puerta del despacho, y luego pasos. Las luces de la ciudad se iluminaron, e, instantes después, la lámpara de la sala de reuniones parpadeó al tiempo que Izan entraba en la habitación, tarareando para sí con los auriculares puestos.

Pegó un brinco al verlos junto a la ventana.

—¡¿Qué narices estáis haciendo ahí?! —chilló—. ¿Y por qué estás desnudo?

Acompañaron a Persi hasta la planta baja. Fue incómodo, sobre todo porque el ascensor los dejó atrapados diez minutos entre dos plantas, hasta que los sistemas de luz se restablecieron definitivamente. Izan no dejaba de mirarlos.

—¿Os estabais enrollando? —preguntó por tercera vez, justo cuando el ascensor reanudaba la marcha.

—¡Que no!