30. La mejor venganza se sirve con un cóctel frío
LA MEJOR VENGANZA SE SIRVE
CON UN CÓCTEL FRÍO
P ersi no vio a Sabatier durante la semana siguiente. No era extraño, ya que el directivo solía pasar días enteros encerrado en su despacho. Lo raro era que ni siquiera se molestara en aparecer por la oficina; la prueba era la ausencia del latte habitual en la mesa de Persi a primera hora.
—Está bien —le aseguró Jess—. Solo ocupado.
A pesar de no contar con experiencia personal, Persi había convivido lo bastante rodeada de no hadas para reconocer una mentira cuando era tan flagrante. Crecer con Enaire había ayudado: era muy buena mentirosa; Jess, en cambio, resultaba pésima.
Terminó de dibujar las runas que le había pedido. Wunju, ángeles, viento.
El avión de papel que había sobre la mesa salió propulsado por una ráfaga. Terminó clavado en una maceta junto al dispensador de agua. Algunos ángeles podían controlar los vientos a su favor.
Jess asintió con aprobación.
—¿Por qué preguntabas por él? —inquirió justo después.
Sentía que le debía una explicación por haber adelantado la boda. ¿Le parecería raro? Habían pasado todo el día juntos y ella no lo había mencionado. Además, adelantaba mucho la fecha que les había dado a sus tías, que iban a hacer modificaciones en el vestido para ajustárselo.
—Me preocupaba que no estuviera para el fin de semana —explicó, buscando otra razón para justificar que lo echaba en falta. Había quedado con Alexios.
—Estará. No te preocupes por eso.
~ ~ ~
Estaba terminando de arreglarse cuando llamaron al timbre.
—Ya voy yo —dijo Rob desde el pasillo.
Persi dejó el cepillo sobre el tocador y salió a echar un vistazo. Rob estaba dándole las gracias a un repartidor. Esperó a que cerrase la puerta y se acercó. Se fijó en la caja blanca que llevaba en brazos su prometido: larga y plana, estampada con letras doradas.
—¿Qué es eso?
—Tu otro vestido de novia —respondió como si tal cosa, llevando la caja al armario.
—¿Cómo que mi otro vestido?
—Claro, por si el que has comprado no está a tiempo para la nueva fecha —explicó—. No vamos a arriesgarnos.
—No me lo he probado.
Él le dedicó una sonrisa, guardando la caja.
—Vamos, corazón, conozco tus medidas a la perfección. Te quedará bien. Además, Kara lo ha escogido pensando en las fotos, irá a juego con el decorado.
La espectro podía meterse el decorado por donde le cupiese. O mejor, por donde le cupiese a Celandia, que era el cerebro ejecutor de todas aquellas atrocidades.
Persi siguió a Rob, que había desaparecido hacia la entrada y se ataba los zapatos.
—Pero… me gusta el vestido que escogí.
—Será una fiesta larga, tendrás tiempo de sobra para llevar los dos si llega a tiempo. —Terminó de calzarse y se puso el abrigo. Había quedado con Fern esa noche—. ¿Seguro que no quieres que te deje en casa de Luana? Podríais hacer algo juntas.
Persi sacudió la cabeza, dejando el tema del vestido por el momento. Esa noche tenía cosas importantes que hacer, no le convenía enfadar a Rob. Se obligó a poner una cara que no evidenciase que era la peor oferta que había escuchado jamás.
—Es que ya he quedado con Jess. Estará abajo en nada.
—Ah, la nereida, cierto. ¿Adónde decías que ibais?
Persi aún no lo había dicho.
—Al Club Nebulosa. A tomar algo y bailar un rato. Volveré temprano.
—Cierto. —El Club Nebulosa tenía el caché suficiente para contentar a Rob, no en vano era el lugar que frecuentaba el hijo del gobernador—. ¿Vas a llevar el abrigo que te regalé?
—Claro.
—Si te preguntan…
—Me aseguraré de que sepan que es un diseño tuyo —prometió.
Él sonrió y la besó en la mejilla, con cuidado de no estropearle el maquillaje.
—Esa es mi chica.
~ ~ ~
—¿Qué llevas puesto? —preguntó Jess en cuanto se subió al coche.
—Rob —explicó, metiendo con dificultad la larga cola del abrigo en el asiento del copiloto—. Por favor, arranca y no preguntes más.
—Vale —aceptó, pero no había pasado ni medio minuto cuando volvió a preguntar—: ¿Los botones son repollos negros?
Persi rio por la nariz.
—Se supone que son rosas. Pero creo que ahora me gusta un poco más.
Jess la miró de reojo y siguió conduciendo.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó la nereida un rato después, mientras entraban en el club. Se refería a Alexios, claro.
Persi se desabrochó el abrigo en cuanto cruzaron la puerta. El cuello envolvente comenzaba a agobiarla y el terciopelo negro, que resplandecía con destellos carmesí al movimiento, atraía demasiado la atención. Se lo quitó y lo sujetó en la mano; no se quedaría mucho rato.
—Le he dicho que lo esperaría cerca de la barra.
Pidieron un par de bebidas y esperaron. Persi no tocó la suya.
—Vaya —dijo una voz a su espalda, inesperada y ligeramente sugerente—. Esperaba invitarte, pero veo que he llegado tarde.
—Uy, me encanta esta canción —se excusó Jess con una sonrisa rápida antes de dirigirse hacia la pista.
Al pasar junto a Alexios, lo rozó de manera intencionada.
A Persi no le pasó desapercibido cómo la mirada del hada fluctuaba.
Jess había usado runomancia para estimularle las emociones con los poderes típicos de las sirenas.
Y no le quedaron dudas de cuáles eran cuando Alexios se acercó más a ella y le preguntó con la voz enronquecida:
—¿Te gustaría acompañarme a un sitio más íntimo?
Persi sonrió.
—Me encantaría.
La guio hacia un reservado. La música de la pista quedó amortiguada en cuanto cerró la puerta. La condujo hacia uno de los sofás de cuero de la estancia.
—¿No te has traído más amigos? —preguntó ella, recorriendo la habitación con la mirada para asegurarse de que estaban solos.
—He pensado que estaría bien tener algo de privacidad para conocernos —contestó él.
Le ajustó el tirante del vestido, deteniéndose más de lo necesario en el gesto. Se dejó caer sobre el sofá y dio unas palmadas sobre el cuero negro, invitándola a sentarse junto a él.
—¿Tienes algo mejor para beber? —preguntó Persi, moviendo su copa llena en el aire.
Él rio y se levantó para acercarse a un minibar. Persi aprovechó para ponerse en cuclillas y dibujar unos trazos rápidos en el suelo.
Wunju. Ángeles. Sonido. Anular. Por una hora.
—¿Querida? ¿Qué haces en el suelo?
Persi se llevó una mano a la cabeza al levantarse.
—Ay, qué mareo. Ya sabía que no era buena idea empezar a beber antes de salir de casa. —«Por eso no lo hice.»
—Así que sabes cómo divertirte —rio él, encantado.
Llenó una copa de un líquido oscuro. Persi inspiró y se acercó a él.
—Me gusta tu camisa —le dijo, acariciando el material sobre su espalda.
Raido. Gárgolas. Inmovilidad. Aquí y ahora.
—Ah, ¿sí? —preguntó él, socarrón. Removía la bebida.
—Sí. Por cierto, creo que tenemos una amiga en común.
—¿Una amiga? —preguntó él, extrañado.
Persi retrocedió un par de pasos. «Por favor, funciona, por favor.»
—Llevo unas semanas buscándola. Se llama Fianne.
Él la miró por encima del hombro.
—Fianne... —repitió con aire confundido—. ¿Debería sonarme?
Una pregunta. Persi conocía bien esa manera de evitar dar una respuesta; era de sus favoritas. Porque claro que le sonaba, no podía negarlo.
—Sí, porque fuiste la última persona con la que quedó antes de que la mataran.
Alexios avanzó hacia ella. O lo intentó, porque no consiguió despegar los pies.
—Pero ¿qué…?
—No ha sido un placer conocerte —le sonrió. Recogió el abrigo del sofá y se dirigió hacia la puerta—. Una pena tener que irme, pero hay unos amigos que quieren hablar contigo.
—¿Qué Prismas me has hecho?
Ella abrió la puerta del reservado.
—Ah, y no te molestes en gritar —dijo por encima del hombro—. Nadie va a oírte fuera.
Se apartó para dejar paso a Hades, Jess y dos acompañantes. Tenían aquel color enfermizo, como el de los vigilantes que había visto en la Infraciudad custodiando el centro donde Lauren estaba hospitalizada. Eran constructos.
—Buen trabajo. —Hades le rozó la mano con los nudillos al pasar.
Persi ignoró el escalofrío electrizante que la recorrió con el contacto y caminó hacia la salida. No le había mentido a Rob: realmente pensaba volver temprano.