29. ¿Por quién doblan las campanas nupciales?
¿POR QUIÉN DOBLAN LAS
CAMPANAS NUPCIALES?
I zan llegó antes de la hora estimada. Se sentó en la mesa frente a él y lo observó con aquellos ojos suyos, pálidos y silenciosos.
Hades le acercó un vaso a su amigo.
—Deberías dejar de beber. —Miró el vaso.
—Dame un motivo —gruñó Hades.
—Son las dos de la madrugada.
Soltó una risa seca.
—Como si los vampiros tuvieseis hora.
Izan cogió el vaso entre los dedos con reticencia. No tocó la botella.
—¿Quieres hablar de ello?
Hades negó.
—¿Quieres saltar por la ventana?
—Izan, sabía que iba a llegar este día desde que pisó Irisada. Que la haya visto vestida de novia no cambia nada.
Su amigo no le llevó la contraria, pero pudo ver en sus ojos que no lo creía.
«Que piense lo que quiera», se dijo, sirviéndose otro vaso.
Los demás no lo entendían. No entendían que pudieras querer a alguien lo suficiente como para dejarlo ir.
Hades había tenido la mala suerte de perder a mucha gente antes de tiempo: a su padre real, un hombre que su madre había descrito como inteligente y cariñoso y que a él le habría encantado tener a su lado para que lo guiara; a su padre adoptivo, con quien nunca había congeniado, pero a quien había respetado, pues le había enseñado todo lo que necesitaba para desenvolverse en aquel mundo; a su hermana, su otra mitad hasta que el Prisma se la había arrebatado.
—¿Por qué no la llevas contigo alguna noche? ¿Por qué no le has hablado sobre ese lado de ti?
Hades frunció el ceño.
—Le prometí que la mantendría a salvo.
Izan sacudió la cabeza.
—¿Has visto la publicación?
Se sirvió otro vaso.
—Sí.
—Le has hablado de Lauren.
—Sí.
—Y de la runomancia.
Como única respuesta, Hades dejó el vaso vacío sobre la mesa.
—¿Qué vas a hacer para evitar que huya y ventile nuestros secretos?
—Nada. Me ha dado su palabra.
Izan lo miró como si no diera crédito a lo que le decía. Su amigo lo tenía por más listo de lo que era. Siempre daba por supuesto que tenía otro as en la manga. Bueno, pues no en lo relativo a Persi.
—Hablo en serio, Izan. Confío en ella.
—Pues si tanto confías en ella podrías haberle hablado de tu otra identidad. De lo que has hecho por ella estos años.
—No.
Izan se sirvió un vaso y vació en él un sobre con la runa de Kaunaz: los polvos que lo convertirían en digerible para su organismo vampírico. Se lo bebió en silencio. Movió la silla para quedar a su lado, frente a la ventana, y dejó vagar la vista hacia las luces de la ciudad.
—No creo que Rob la quiera —dijo el vampiro, inesperadamente. Llevaban ya un rato en silencio—. En nuestro encuentro en el hospital me pareció gilipollas.
—Es Persi quien lo ha escogido para casarse con él, no nosotros.
Su amigo entornó los ojos.
—Pues a mí tampoco me parece que ella lo quiera. El otro día estuve espiándola mientras hablaba por el móvil. Se envían tres mensajes a la semana, con suerte.
Hades puso los ojos en blanco.
—Eres un pedazo de chismoso.
—¿Qué le voy a hacer? Me gusta el chisme, y mis supersentidos vampíricos ayudan.
Otro silencio. Afuera las luces parpadearon y se apagaron. El cielo se tiñó de gotas violáceas que se perdían en el firmamento. La noche púrpura: la más oscura de todas.
—Hay otro tema. No te lo he comentado antes porque no estaba seguro. —El tono del vampiro era tenso.
—¿De qué se trata?
—Las cuentas no cuadran. Al principio no estaba seguro, pero... han estado desapareciendo productos del almacén. Nadie ha registrado su salida.
—¿Ya has revisado las cámaras?
Izan asintió.
—Quien lo haya hecho tiene experiencia en no llamar la atención. Ha sido difícil detectar el momento del robo en la cinta.
—¿De quién se trata?
—Ese es el problema. No lo sé. El ladrón era invisible.
Hades arrugó el entrecejo.
—¿Un espectro?
—Quizá. Pero también podría ser otro altari. En el atraco a los laboratorios, los Asfódelos se llevaron runotecnia capaz de hacerlos invisibles.
El Jinete, pero versión directivo, se frotó los ojos.
No era una capacidad que comercializaran al público general, pero uno de los laboratorios en los que habían entrado había estado haciendo pruebas para fabricar un nuevo casco, uno como el suyo.
Extendió la mano hacia su vaso, pero lo encontró vacío. Tampoco quedaba nada en la botella.
—¿Crees que Persi de verdad puede hacerlo? —preguntó Izan al cabo.
—¿Casarse?
—Ayudarnos a descubrir qué buscan los Asfódelos.
Hades vaciló antes de responder.
—Ya sabemos qué buscan: a ella. Solo tenemos que averiguar por qué.