Noche púrpura 28. Rota, como el blanco del vestido
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28. Rota, como el blanco del vestido

ROTA, COMO EL BLANCO

DEL VESTIDO

U na vez en el coche, Sabatier desbloqueó el teléfono y se lo dio a Persi para que escogiese la música. A ella aquel exceso de confianza le pareció alienígena; una trampa cuyas intenciones se le escapaban, pero se divirtió cotilleando las listas de reproducción de su jefe.

—¿En serio? —rio—. ¿Solo escuchas música instrumental?

Él la miró de reojo, saliendo del aparcamiento.

—¿Qué pasa? Las letras me distraen durante el trabajo.

—¿Y solo escuchas música trabajando o qué? —Se rio un poco más—. ¿Sabes qué? No me respondas. Me apuesto a que trabajar es lo único que haces, futuro rey del mundo —se burló.

—También acompaño a novias a comprarse vestidos de última hora —se defendió.

—Vale, vale —concedió ella—. ¿Y qué me dices de tener una lista llamada «Fingiendo que puedo hacer que te enamores de mí con una lista de reproducción»? No serás tú un romántico empedernido bajo esa apariencia de directivo exitoso, ¿eh? —lo picó.

—No es solo apariencia.

Ella lo ignoró, cotilleando las demás listas de reproducción con una sonrisa maliciosa.

—¿«Cansado de la vida, pero tampoco nivel quiero-morirme-ya»? Mira, con esa puedo empatizar.

—Pon cualquiera y ya —le pidió sin apartar los ojos de la carretera, en un tono que dejaba claro que se estaba arrepintiendo de haberle prestado el teléfono.

Persi eligió una que se llamaba «A través de la noche púrpura» y que inundó el coche de un sonido tan melancólico como el título.

—¿Por qué es tan triste?

—Porque la noche de Ansuz es la más oscura del ciclo —explicó él. Era cierto, en parte se debía a la esencia violácea que provenía de espectros y nigromantes, que era mucho menos luminosa—. Esa lista... es para días que se sienten como estar atrapado en esa noche.

Persi la cambió por otra, y no dejó de atacarlo por sus gustos musicales durante el recorrido. Su padre siempre le decía que tenía una vena muy payasa y era completamente cierto. Hacía tiempo que no podía sacarla por la salud mental de Rob.

A Hades, sin embargo, no parecía importarle y Persi se preguntó si estaría grabándola con una cámara oculta para tener material con el que extorsionarla si se iba de Infra.

También se preguntó en qué momento de aquel trayecto había empezado a pensar en él como en «Hades» en lugar de «Sabatier».

Seguramente durante las múltiples bromas que había hecho sobre la lista de reproducción «Hades, concéntrate de una puñetera vez».

Así, fue inevitable que tuviese las mejillas doloridas de sonreír cuando aparcaron frente a la tienda.

La guio hacia el interior y ella hizo un esfuerzo por no quedarse embobada. Parecía la típica tienda a la que no la dejarían entrar de no ser por ir en compañía de Hades Sabatier. Tres únicos maniquíes con vestidos de seda y satén la observaban desde un pedestal aterciopelado.

Siguió a Hades cuando él avanzó con soltura hacia las dependientas. Había dos detrás del recibidor y al verlos se apresuraron a llamar a una tercera. Persi tiró de su manga, empezando a arrepentirse.

—¿Adónde me has traído?

Su secuestrador le pasó la mano por la espalda al leerle las intenciones de huir.

—Tranquila, solo estamos viendo —la calmó antes de dirigirse a las dependientas—. Persi, te presento a las dueñas. Láquesis, Cloto y Átropos, mis tías.

Una era ridículamente alta; otra, bajita y regordeta, y la última, tremendamente atlética para tener más de cincuenta años. Persi sintió el peso de las miradas emocionadas de las tres mujeres. Intentó corresponder a la emoción sin mucho éxito.

¿Sus tías? Bueno, eso explicaba la rapidez con la que le habían hecho hueco.

—Perdonad que os haya avisado con tan poco margen —se disculpó Persi—. Se me ha echado el tiempo encima.

—¿Cuándo es la boda, querida?

—En cuatro meses.

Átropos soltó un jadeo indignado. Pareció que Láquesis fuese a desmayarse y Cloto, la más bajita de las tres hermanas, se encogió de hombros.

—Yo ni siquiera trabajaba hoy —le confesó a Persi, haciendo como si no quisiera que la escucharan, pero sin molestarse en bajar la voz—, he venido porque soy una cotilla.

La llevaron a una gran habitación circular con un perchero lleno de vestidos. Hades esperó en una pequeña antecámara independiente con varios sillones. Varios . Para acomodar a los acompañantes de la novia. Y ella solo tenía a su jefe ocupando una de las butacas. No era un sentimiento alegre.

—Vamos a probar algunos, ¿te apetece? —La voz de Cloto la sacó de sus pensamientos.

Asintió y se dejó conducir como un autómata hacia los probadores. Persi se quedó en ropa interior y Láquesis, con el pelo recogido en un moño despeinado, le tomó medidas mientras las otras dos empezaban a rebuscar en los percheros llenos de vestidos.

—¿Qué te parece este? —preguntó, acercándole uno.

Parecía sacado de un cuento. Persi lo observó con desgana. Demasiado blanco, demasiado voluminoso, demasiado… anuncio de Fugaz.

—Es bonito —se limitó a responder, apartando la mirada hacia un espejo donde se reflejaba su imagen cansada.

Se sentía frágil e irreal, como los maniquíes de los escaparates de Fugaz. Había perdido peso y la anemia le había marcado las ojeras. La diferencia se le hizo evidente en ese instante, como si llevara meses sin verse.

Al contrario que su madre, de extremidades largas y cuerpo naturalmente esbelto, la genética de su padre la hacía ganar peso con facilidad.

Durante la universidad, cuando los periodos de estrés la hacían comer más de la cuenta, se sentía obligada a practicar deporte a menudo para compensarlo.

Era una característica por la que Celandia la había hecho odiarse.

Sin embargo, desde que había llegado a Irisada las tornas habían cambiado a pesar de que apenas pisaba ya el gimnasio.

No tenía apetito. Y sí, en ocasiones, cuando no salía con Rob, se saltaba comidas.

Finalmente había alcanzado la talla que Celandia anhelaba.

Era el ejemplo viviente de que tener una apariencia exterior glorificada no siempre era un signo de un interior glorioso.

La siguiente hora se convirtió en un torbellino de encajes, sedas y tules que amenazaron con sepultar a Persi.

Las tres mujeres revoloteaban a su alrededor con cintas métricas colgando al cuello como estetoscopios, sonriendo como si esperasen que en cualquier momento fuese a dar botes y chillar: «Este, este es el vestido».

Pero el hada apenas se fijaba en las vaporosas telas.

Solo pensaba «Rob odiaría este vestido» o «a Enaire le habría encantado este» u «ojalá mi padre estuviera aquí».

¿Dónde estaba la Perséfone que vibraba con la idea de casarse con el hombre de sus sueños?

Bueno, sabía exactamente dónde había muerto.

Decidió probarse otra vez uno de los primeros. No le sentaba mal. La espalda era de tul transparente, excepto por una hilera de pequeños botones en forma de rosa que seguían el contorno de la columna. Podría servir, supuso. Le sacó una foto y se la pasó a Enaire.

«Persi, es precioso. Estás preciosa. A tu padre le encantaría.»

La mención de su padre le atenazó la garganta.

Pensó en él, postrado en la cama del hospital.

Y su mejor amiga, la única con quien habría podido afrontar aquel trance, no estaba allí con ella.

Con ella…, a punto de casarse, sintiéndose más sola que nunca.

Tan sola que se le pasó por la cabeza la idea más estúpida: llamó a Celandia.

Tardó varios tonos en contestar.

—¿Mamá? —titubeó.

— ¿Te has quedado sin dinero ?

—¿Qué? No. Oye, me estoy probando el vestido para la boda y me preguntaba…

— Ya he dado la aprobación a todos los que ha seleccionado Kara .

Persi contuvo el impulso de decirle que podía pasarse su aprobación por las alas, pero ¿acaso no la había llamado precisamente para eso?

—Es que este no lo ha seleccionado Kara.

Al otro lado del teléfono, Celandia soltó un suspiro pesaroso.

— Perséfone, no tengo tiempo ni paciencia para esto. Por eso te asigné a Kara. ¿No está contigo ?

—Preferiría oír tu opinión —evitó la pregunta.

— ¿Por qué ?

La voz de Persi se ensombreció.

— Porque eres mi madre. Y estoy a punto de casarme .

Celandia tardó unos segundos en contestar. Persi pudo imaginársela tamborileando con su manicura perfecta sobre la mesa de cristal de su despacho.

— Muy bien, supongo que no nos interesa que causes ningún destrozo —cedió al fin—. Envíame una foto al correo y la revisaré cuando tenga un momento. ¿Querías algo más ?

Lo que Persi quería era colgar el teléfono y lanzarlo contra el suelo. Sin embargo, dijo:

—Sí, solo una pregunta rápida: ¿alguna vez te sientes mal por las personas a las que has hecho daño a lo largo de tu vida?

La voz de Celandia sonó aburrida al otro lado de la llamada.

— No lo sé. ¿Puedes nombrar alguna? Para que pueda decirte si me siento mal o no .

Persi terminó la llamada.

Era obvio que las tres mujeres habían estado escuchando, pero, cuando vieron que Persi dejaba el teléfono, fingieron afanarse en buscar entre los vestidos.

—Creo que necesito una segunda opinión —dijo Persi.

Se armó de valor y abrió la puerta que daba a la antesala. Hades, que había recuperado la chaqueta del traje, hojeaba un catálogo de vestidos de novia. Al verla, dejó la revista a un lado y la contempló en silencio durante varios segundos.

—¿Demasiado recargado? —preguntó Persi, pasando la mano por el corsé bordado con perlas—. Y demasiado escotado, demasiado romántico, demasiado…

Demasiado todo. Se sentía como un vaso demasiado lleno a punto de desbordarse.

—Estás preciosa. —Hades carraspeó—. Pero no te gusta.

—No, me parece que no.

—Deberías probar con este. —Señaló un diseño sencillo de color marfil del catálogo.

Persi apartó la falda abombada y se acercó para verlo. No era el tipo de vestido que tenía en mente, pero había algo en la caída elegante de la tela y en la ausencia de artificios que la atraía.

—¿Lo tenéis? —Persi se volvió hacia las dueñas de la tienda, interrogante.

Láquesis le arrebató el catálogo a Hades de la mano y miró a Átropos, que se retorcía el collar de perlas del color de la sangre mientras examinaba con atención a su sobrino.

—Pues claro que lo tenemos —bufó al percibir la mirada de su hermana.

Dejó que la ayudaran en la experiencia casi religiosa de ponerse el vestido. Sintió la suavidad de la seda mientras se miraba en el espejo. Era perfecto. No sabía por qué, pero lo era. La imagen que le devolvía el espejo era la que le venía a la mente cuando pensaba en la palabra «novia».

Y no se lo merecía. Aquel vestido era para alguien que no pensase en huir, que contase los días que faltaban para la ceremonia con ilusión en vez de con miedo.

Pero era su vestido, decidió. Era suyo.

Hades entró en la estancia. Alguna de sus tías debía haberlo hecho pasar. Cuando le vio la expresión, dijo:

—Va a llevarse este.

~ ~ ~

Para variar, Rob estaba en el apartamento cuando llegó. Lo encontró sentado sobre la mecedora del dormitorio. Sujetaba el ramo de rosas más grande que Persi había visto, pero no parecía a punto de dárselo. Lo movía sin parar, cambiándolo de una mano a la otra.

—Siento lo de esta mañana —dijo sin mirarla.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella. «¿Qué ha cambiado?» era lo que quería preguntar.

—Estos meses tengo encargos importantes. He estado tenso. Siento haberlo pagado contigo.

Ella asintió. El trabajo era el problema. Tenía sentido. Habían estado genial los meses previos a la mudanza, pero desde que había llegado a Irisada no dejaban de distanciarse.

—Es solo una etapa —susurró Persi. Sonó como una pregunta.

Rob la miró, por fin.

—Sí, es una etapa. Pero, Perséfone, he estado pensando en nuestro compromiso…

Persi se dejó caer sobre la cama. Por supuesto que quería cancelarlo. Para una vez que se había prometido que no huiría, sería otro quien huiría de ella.

—Podemos retrasarlo… No tenemos por qué apresurarnos a tomar una decisión.

Su prometido alzó las cejas. El ramo le quedó inmóvil en las manos.

—¿Retrasarlo? Iba a proponerte que lo adelantásemos.

—¿Adelantarlo?

—Si estuviéramos juntos… Definitivamente, quiero decir. Sería una preocupación menos, no tendría que inquietarme por…

Esperó a que terminase, pero Rob no dijo nada más.

—¿Adelantarlo cuánto?

—No te gusta la idea. —Rob volvió a hundir la cabeza.

—Claro que… —Se le trabó la lengua—. Es que hay mucho que preparar.

—Kara se ocupará. Puede hacerse. Si a ti te parece bien.

Ella se removió ante la posibilidad. Pero ya había dicho que sí, ¿qué importaba que fuera unos meses antes de lo previsto? «Hazlo antes de que intentes volver a huir», se recomendó. Titubeó, incapaz de pronunciar el «sí».

—Vale.

Rob no necesitó más. Dejó las rosas sobre el regazo de Persi. En un segundo, estaba sentado junto a ella, rodeándole la cintura, besándola. Ella contuvo el impulso de apartarse.

—Es maravilloso —le aseguró—. Eres maravillosa.

Antes de que pudiera pensar una respuesta, estaban enredados entre las sábanas. Su ropa en el suelo, el traje de Rob junto a él. Se esforzó por recordarse lo mucho que le gustaba esa parte: el olor de Rob, su cuerpo junto al suyo, los besos, las caricias, las…

Notó el pinchazo cuando los colmillos le atravesaron la piel.

Murmuró una protesta, aunque pronto la ponzoña del vampiro entró en acción, adormeciendo la zona, y dejó de sentirlo.

Se dejó caer. Primero, hacia la sensación que le provocaban las caricias de Rob; y luego, cuando su cuerpo se vio abrumado por el placer y solo quedó la sensación de la sangre abandonándole las venas, hacia la inconsciencia.

No la alcanzó, por desgracia. Y, cuando el momento terminó, Rob permaneció con ella en la habitación. Persi frunció el ceño, extrañada.

—¿Qué ocurre? —Se puso en tensión.

—¿Harías algo por mí?

—¿De qué se trata?

Y entonces Rob — Rob , quien no veía sus redes ni por casualidad— le dijo:

—Me gustaría que compartieses la nueva fecha con tus seguidores.

—¿Por qué?

Él se encogió de hombros, pero lo casual del gesto no conjuntó con el resto de su expresión.

—Siempre dices que te encanta compartir las buenas noticias con ellos. Esto lo es, ¿no?

Persi no respondió, pero alcanzó el teléfono y bajo la mirada de Rob escribió una publicación.