27. Actuando con normalidad
ACTUANDO CON NORMALIDAD
-T ampoco hay tanta gente —se tranquilizó Persi mientras ascendían por las escaleras mecánicas.
Sabatier llevaba las manos en los bolsillos de la sudadera. Con el pelo sobre la frente y las gafas de sol de aviador, se parecía tan poco a sí mismo como Persi a las fotos que publicaba Fugaz de ella.
—No suele estar muy lleno.
El único centro comercial en el que había estado Persi era al que Kara la había llevado a su llegada a Irisada. Aquel estaba en el meollo de la ciudad. Este era como un hermano menor: mismo estilo, semejantes tiendas, pero todo a una escala más pequeña.
Sabatier se estiró y bostezó mientras ella le echaba otro vistazo rápido. Nop. Definitivamente, no se parecía nada a sí mismo.
Tomaron el siguiente tramo de escaleras. Los restaurantes estaban en el piso superior. El tejado era abierto, permitiendo la entrada de luz natural. Eso hacía menos sospechosas las gafas de sol de Sabatier y la gorra que Persi no dejaba de calarse sobre los ojos.
—No nos está mirando nadie —la tranquilizó él.
Ella se atrevió a quitarse la gorra de «Aquamentis, el agua más natural de Irisada». Alguien tenía que decirle a ese hombre que tenía dinero suficiente para no acaparar ropa publicitaria con tanto ahínco.
En el restaurante, Persi se adelantó a escoger la mesa más apartada y recóndita del lugar.
Sabatier la siguió sin ningún reparo. Intercambiaron un pequeño diálogo sobre la universidad.
Por lo demás, la comida transcurrió en un silencio cómodo.
Sabatier no era de los que se empeñaban en hablar y Persi lo agradecía.
El teléfono del hada vibró en su bolso cuando salían del restaurante. Sabatier le echó un vistazo curioso. Persi había ignorado varias notificaciones mientras comían: un total de dos llamadas y cuatro mensajes a los que solo había contestado con un escueto «ocupada hasta dentro de una hora».
Sin embargo, el mensaje no era de Kara, sino de un número oculto: el Jinete en potencia.
«Esta vez necesito que consigas algo diferente. Haz lo que te diga y podremos vernos.»
¡Sí! Sus esperanzas se cumplían. Estaba más cerca de él de lo que había estado en años.
«Ahora no, estoy con Sabatier», escribió.
Aunque el Jinete había dicho que podía fiarse de él, Persi llevaba días confundida con aquella incongruencia.
Si de verdad era su amigo, ¿por qué le robaba?
Quizá, si sacaba el tema con cuidado, conseguiría que Sabatier revelase algo.
—¿Alguien nos ha visto? —preguntó este.
Persi dio un respingo al notar la barbilla de él contra la mejilla, mirando por encima del hombro. Había visto la respuesta que Persi había escrito. Bloqueó la pantalla.
—Un amigo de ambos —repuso ella, tanteando el terreno.
—¿Te mensajeas con Izan? —Sabatier parecía descolocado, pero Persi no se lo tragó.
—No es Izan.
—Si Dio te está dando la lata puedo decirle que…
—No es nadie de Infra —lo interrumpió ella con una sonrisa.
Él no se la devolvió.
—No tengo más amigos.
Guau. Sí que era bueno. O quizá había malinterpretado lo que le había dicho el Jinete; debía ir con pies de plomo. Sabatier le atrapó el teléfono de la mano, sin darle tiempo a reaccionar. Ella se impulsó en su hombro intentando recuperarlo.
—Desbloquéalo —le pidió él, enfocándoselo a la cara.
—¿Para qué? —preguntó, al borde de un ataque de pánico.
Estaba empezando a fiarse de Sabatier, pero no estaba dispuesta a prestarle su teléfono. Él debió de notarlo, porque se lo devolvió de mala gana.
—Quiero ver los mensajes que te envía mi supuesto amigo —pidió.
Persi no podía dejarle hacer tal cosa o se la llevarían en un furgón policial.
—No puedo. Pero tengo razones para confiar en él. —Lo miró, esperando ver una chispa de reconocimiento.
—Deberías bloquearlo.
—¿Qué?
—Si no sabes quién es, no deberías fiarte.
Persi sintió que sus esperanzas se marchitaban.
¿Habría malinterpretado al Jinete por completo?
A lo mejor él conocía los planes de Sabatier, pero no al contrario.
Tal vez hubiera descubierto lo que Sabatier pretendía, y quería que ella lo ayudase.
Sí, eso tenía sentido. Abrió la boca, buscando una explicación que darle.
La pantalla se iluminó otra vez, mostrando una llamada entrante: Kara. Persi sintió un pinchazo de ansiedad.
—Ay, no —musitó.
¿Ya había pasado una hora?
—¿Quieres que responda? —preguntó él.
Lo decía en serio; el tema de los números desconocidos lo había dejado intranquilo.
—Es mi... secretaria —lo tranquilizó y acto seguido respondió a la llamada—: ¡Justo tenía el teléfono en la mano! ¡Te has adelantado!
La pseudomentira (pues en sentido literal era cierto) le salió con naturalidad y Sabatier la miró con una expresión entrometida, entre crítico y divertido.
Persi apartó la mirada y caminó hasta la barandilla que se abría al piso inferior.
Escuchó a Kara mientras observaba las cabezas de la gente entrando y saliendo de las tiendas.
—¡Pues claro que no quiero casarme sin vestido! Yaaa… Lo sé. Iré ahora mismo a…
—¿Todavía no tienes vestido? —Sabatier se apoyó a su lado, de espaldas a la barandilla.
Persi le dijo que no con los labios.
—Pero a lo mejor yo no quiero que sea de Fugaz, Kara —le gruñó al teléfono—. ¿Eso no se le ha ocurrido a mi madre?
—Hay una tienda cerca de aquí —le dijo Sabatier.
Ella se acercó el móvil al pecho para que Kara no oyese la conversación.
—¿Cómo de cerca?
—Como a veinte minutos, si te acercase en coche.
Persi intentó que los ojitos no le brillasen demasiado cuando preguntó:
—¿Lo harías?
Él se rascó el cuello.
—Claro.
Gracias al Prisma. Persi quería sacarse de encima el asunto del vestido cuanto antes. Kara la obligaría a pasarse por las decenas de tiendas que tenía programadas, para que se probara cada uno de los vestidos que ya habría seleccionado para ella.
—Voy a ir a una tienda a echar un vistazo por mi cuenta —le dijo a Kara—. Si ninguno me convence, te avisaré para que me recojas. Vale. ¿Sí? Sííí…, te paso la ubicación. —«Cuando ya tenga el vestido»—. ¿Cómo? ¿Una reserva?
Se volvió hacia Sabatier, que tenía la vista perdida en el techo. La curva de su nuez subió y bajó. Persi le dio un toquecito tímido en el brazo para llamar su atención.
—¿Necesito una reserva? —le preguntó, apartando de nuevo el teléfono.
—Yo me encargo —le aseguró él, sacando su propio teléfono del bolsillo trasero.
—Estoy aquí —regresó a la conversación con Kara—. Claro que podré probármelos.
Le costó convencerla. Cuando colgó, Sabatier la observaba con las manos en los bolsillos. Persi se dio cuenta de que había estado caminando en círculos delante de él mientras hablaba. Se soltó el mechón de pelo que tenía alrededor del índice antes de arrancárselo.
—Así que era a ella a quien llevabas evitando todo el día.
—Uy… si solo fuera hoy.
Él alzó las cejas, aunque era evidente que le había hecho gracia.
—¿Llevas ignorándola toda la semana?
—Más bien todo el mes —admitió con una mueca.
Sabatier sacudió la cabeza.
—Vale, admito que me equivoqué de pleno. —Persi lo miró sin comprender—. Antes te dije que solo podías mentirte a ti misma, pero veo que no te faltan recursos para engañar a otros.
Ella se guardó el teléfono en el bolso y se acomodó el pelo.
—No deberías fiarte de nadie, Sabatier —le dijo—. Y de las hadas menos aún. ¿No te enseñaron eso en la escuela de villanos?
—Claro. Venía entre «contratación de esbirros» y «dominación mundial».
Persi rio a su pesar. Él la miró con una sonrisa dibujándosele en la cara, como si le hubiera hecho ilusión hacerla reír.
—Pero tú eres solo medio hada —le recordó—. De vosotras no me hablaron. Vas a tener que explicarme lo básico.
—A lo mejor te arrepientes de preguntar —le advirtió.
—Voy a arriesgarme.
Se acercó a él, con las manos atrás y una sonrisa traviesa. Le pidió que se agachara.
—Es un secreto. No pretenderás que lo diga en voz alta.
Él se inclinó, hasta quedar a su altura. Llevaba la desconfianza escrita en la cara. Ella se aguantaba la risa. Le acercó los labios al oído.
—De mí tampoco deberías fiarte. —Le puso la gorra y le bajó la visera en la cara.
Sabatier la siguió, contagiado por la risa de la chica y por la manera tan errática en la que se había alejado de él, trastabillando sobre los tacones y agarrándose la tripa. Cuando lo escuchó reír con ella, Persi se detuvo. Sabatier tenía una risa agradable.
Se encaminaron de regreso al aparcamiento.
—Venga, para ya de reír —le riñó Persi, clavándole una uña a un lado del abdomen—, al final vas a hacer que se fijen en nosotros.
—Los Dioses no lo quieran.
—A ver, quiero decir…
—Tienes razón, seamos discretos.
Pero, tras decirlo, Sabatier hizo lo opuesto. Sus pasos cambiaron, su forma de moverse se volvió de lo más sospechosa.
—Deja de caminar así.
—Así ¿cómo?
—Raro.
Al pasar ante una de las gruesas columnas del pasillo, Sabatier hizo un giro y se ocultó detrás, al lado de un extintor. Miró a ambos lados antes de salir de detrás de la columna y proseguir. Persi lo alcanzó.
—No te estoy creyendo —le aseguró ella.
—Solo intento ser discreto.
Sabatier la cogió de la mano y tiró de ella hacia el interior de una cafetería.
—¡Ay!, pero ¿qué haces?
—Chist…, tenemos que disimular.
—Te estás comportando muy poco directivo.
—Gracias. Aprendo rápido.