26. Complejo de taxista
COMPLEJO DE TAXISTA
P ersi pasaba cada vez más tiempo en Infra.
Alargaba las tareas como un chicle, se entretenía con naderías.
En el fondo, buscaba cualquier pretexto para evitar el apartamento, donde las habitaciones le parecían cada vez más pequeñas; el árbol de los deseos, menos entrañable; y Rob…
Rob seguía siendo Rob. Y ella seguía siendo Persi, pero cada día tenía menos fuerzas para ser Perséfone.
Aquel fin de semana se dijo que solo se acercaría a la oficina a por una fuente de esencia con la que practicar runomancia.
Una vez en la familiaridad de su mesa, sin embargo, se dejó atrapar por las notas que tenía en el escritorio: runas que había practicado la tarde anterior.
Ya era capaz de trazar la mayoría con los ojos cerrados.
Practicó hasta el mediodía. Usó Ansuz para volver invisible su escritorio; Uruz, para remover el agua de un vaso sin tocarla...
Evitó combinar Raido con la runa de fénix. Le habían prohibido practicarla sin supervisión después de que incendiase una grapadora y la hiciese cruzar la oficina como un meteoro en una ocasión. Gracias al incidente, la pizarra de la sala de reuniones tenía una nueva norma:
«Persi no practicará sin supervisión runomancia que pueda causar daños personales».
Sabatier había añadido:
«O materiales».
Pasaba ya de la hora de comer cuando Kara la llamó. Persi puso el móvil en modo ocupado. Poco después, Rob le envió un mensaje: «¿Dónde estás?».
Persi lamentó haberlo abierto. Rob seguía en línea, por lo que ya habría visto que ella también lo estaba. Lo que significaba que si tardaba demasiado en contestar…
Rob la estaba llamando.
Persi arrugó la nariz con disgusto. Ya no estaban enfadados; no lo habían arreglado, pero tampoco habían vuelto a discutirlo.
De hecho, no habían hablado del tema en absoluto.
Pero se habían acostado un par de veces y Rob actuaba como si nada hubiera sucedido.
Era lo más parecido a arreglar las cosas a lo que podía aspirar.
— ¿Por qué has tardado tanto en responder ?
—Estaba ocupada.
Una risa.
— ¿Con uno de tus vídeos ?
Ella miró de reojo la pantalla de su portátil, donde, de hecho, entre runa y runa, había empezado a editar uno de los vídeos que publicaría la semana siguiente. Odiaba darle la razón. Pero, si le preguntaba aquello, es que daba por sentado que estaba en casa. No tenía por qué decirle que…
— ¿Estás en casa ?
Prismas.
—¿Por? ¿Quieres que vaya a alguna parte?
— Pues la verdad es que sí. ¿Puedes explicarme por qué Kara me ha llamado para decirme que no le contestas al teléfono? Dice que te ha llamado cinco veces .
¿Tantas? Qué exagerada. Persi alejó el móvil de la cara para comprobarlo. Bueno, igual sí que habían sido cinco, pero tampoco hacía falta chivarse a su prometido.
—Me entretuve un poco —bromeó, intentando quitarle hierro—. Ahora la llamo.
El tono de Rob al otro lado del teléfono fue gélido cuando dijo:
— Sí, ya lo creo que la vas a llamar. Y más te vale hacerle caso. ¿Qué es eso de que no has querido probarte ningún vestido? Sabes que nos casamos en unos meses, ¿verdad ?
Mierda. Mierda. Mierda.
—Esto… Es que no tengo claro lo que quiero.
— Ya. Eso me parece. Aunque tengo mis dudas de que sea sobre el vestido .
—¿Qué quieres decir? —La pregunta le salió como un balbuceo, lo que atrajo algunas miradas curiosas entre el par de personas que estaban limpiando la oficina.
Se puso en pie con intención de salir al pasillo. O al baño. A alguna parte en la que nadie la viese llorar en caso de que…
— Todavía no me has dicho dónde estás .
Persi tragó saliva. No, no iba a darle tiempo.
Echó un vistazo a la puerta que había detrás de su mesa y entró.
El despacho de Sabatier estaba desierto, como esperaba; después de todo, los fines de semana, Berkana y Ansuz, las oficinas se vaciaban.
Se acercó al ventanal que había tras el escritorio.
Las agujas de cristal de los rascacielos de la ciudad refulgían bajo la luz del mediodía.
— ¿Perséfone ?
—Estoy en Infra.
Rob gruñó al otro lado del teléfono.
— ¿Qué cojones haces en Infra ?
—Vine a por unas cosas y…
— ¿Está él ahí ? —la interrumpió.
Persi apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos. Conocía ese tono. No era uno dispuesto a escuchar explicaciones, así que optó por no darlas.
—¿Quién?
— Ya sabes quién .
—Sabatier no está.
— Me refiero al vampiro .
«Ah.»
—¿Izan?
— Me la pela cómo se llame .
—No lo he visto.
Hubo una pausa. Persi sabía que estaba estudiando cómo podría estarle mintiendo.
— Está bien. Respóndele a Kara. Y vete a casa .
—Déjame adivinar. Tú no vas a estar en todo el fin de semana.
— No vamos a discutir eso otra vez. Sabes lo ocupado que estoy .
—¡Y a lo mejor yo también estoy ocupada!
— ¿Eso es que piensas quedarte ? —preguntó con incredulidad.
—Volveré a casa cuando me apetezca —aseguró con firmeza y colgó el teléfono.
Soltó un gruñido exasperado contra sí misma. ¿Por qué había tenido que decir eso? Eran casi las tres, tendría que irse a casa más pronto que tarde. Observó su reflejo en el cristal. Notó que las lágrimas se le agolpaban tras los ojos.
—Eres insufrible —se dijo—. Insufrible.
—Vaya, ahora entiendo muchas cosas.
Persi se sobresaltó. Sabatier estaba de pie junto a la estantería que ocultaba la puerta a la sala de reuniones.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Él ignoró la pregunta.
—No puedes mentirles a los demás, pero a ti misma te mientes de lo lindo, ¿verdad?
—Era una conversación privada.
—Eso me parecía —respondió él. Llevaba una camiseta negra con un par de botones abiertos sobre el pecho—. Ha sido una mala decisión por tu parte tenerla delante de mí.
—Estaba vacío cuando entré y…
Se calló: la verdad era que se había colado en el despacho de Sabatier como si tal cosa. Bastante suerte tenía con que no pareciese enfadado. Él recogió la chaqueta que tenía doblada sobre el respaldo de la silla, otro detalle en el que Persi no se había fijado al entrar.
—¿Te marchas ya?
—Ajá. —Se detuvo—. ¿Quieres que te acerque a alguna parte?
Y ahí estaba de nuevo, el complejo de taxista.
—¿No vas a decirme nada?
—¿Sobre qué?
«Sobre lo que acabas de oír. Sobre que estuviera a punto de llorar al hablar con el tío con el que estoy a punto de casarme.»
—Es que siempre siento que estoy a un error de que me deje —se justificó, aunque él no se lo había pedido.
Sabatier se la quedó mirando con una mano sobre el pomo de la puerta, como si esperase a ver si ya había terminado de hablar para marcharse.
Persi le dedicó una mirada furiosa—. Se supone que ahora es cuando dices: «Pues yo creo que son los nervios típicos de antes de la boda, no deberías preocuparte» o cualquier otra chorrada que se te venga a la cabeza.
—Pero es que no es eso lo que creo.
Persi se cruzó de brazos.
—¿Y qué es?
—Que tienes tanto miedo a que te deje que ni siquiera te has planteado si quieres quedarte.
Ella lo miró boquiabierta. Sabatier hizo un gesto hacia la puerta.
—¿Vienes o te quedas?
Y, quizá por la amabilidad con la que lo preguntó, Persi tuvo una revelación inesperada: estaba en el despacho del mandamás de Infra.
Se había colado . La última vez que había entrado en el despacho de Rob sin permiso, él había puesto el grito en el cielo.
Seguro que la grapadora de Sabatier estaba más cerca de ser material clasificado que cualquier diseño de su prometido, y, aun así, él parecía perfectamente cómodo con que se colase para derramar lagrimones. La ironía la hizo soltar una carcajada.
Sabatier arrugó el ceño, como si, ahora que se reía en lugar de llorar, sí que empezara a preocuparse. Persi se sosegó.
—Sí, voy.
A él se le iluminó la mirada y sostuvo la puerta para dejarla pasar.
~ ~ ~
Sabatier condujo a través de la ciudad. El piso de Persi no estaba exactamente en el centro, aunque sí bien ubicado.
Atravesaron calles oscuras, encajonadas entre edificios.
Era curioso cómo algunas zonas de Irisada estaban menos iluminadas a pleno día que por la noche, debido al resplandor de los Ascensos.
El coche se detuvo en un semáforo. Persi se dio cuenta de que había estado a punto de quedarse dormida.
Otra vez . Algo en la forma de conducir de Sabatier la relajaba.
Abrió la boca para excusarse, pero él tenía la mirada perdida y daba golpecitos distraídos con el índice sobre el volante, al ritmo de una música de volumen bajo.
—¿Tienes hambre? —le preguntó al sorprenderla mirándolo.
—¿Mmm?
—Son casi las cuatro. ¿Has comido algo?
Ella confesó que no.
—Yo tampoco. ¿Quieres que paremos a comer?
Al mencionarlo, las tripas de Persi gruñeron en acto de presencia.
—Vale.
Sabatier tomó un desvío. Persi vio que se dirigían hacia un centro comercial.
—¿Quieres parar aquí?
—¿Algún problema?
—No era lo que esperaba.
—¿Qué esperabas?
Alguno de esos restaurantes extradistinguidos a los que iba con Rob.
Su prometido tenía demasiada clase para restaurantes de centro comercial, por no hablar de sus tiendas de ropa; para él, la moda rápida era la peor creación de la altaridad después del vino en cartón.
Y eso que ni siquiera bebía vino si no llevaba sangre mezclada.
—Algo más de directivo, supongo —dejó correr el tema.
Ya en el interior del aparcamiento, dudó antes de bajarse del coche.
—A lo mejor esto no ha sido la mejor idea.
—¿Y eso por qué?
—Alguien podría reconocerte.
—¿Y?
—Bueno, a lo mejor es raro que nos vean juntos.
—¿Porque eres una celebridad en las redes? —preguntó Sabatier, sin rastro de sorna en la voz—. ¿Cuántos seguidores tienes ya? ¿Doscientos mil?
—Estoy a veinte mil de eso —aclaró. Había ganado popularidad desde que había llegado a Irisada, a raíz de la portada de Fugaz —. Pero obviamente no estoy hablando de mí. —La última vez que le había cotilleado las redes, el directivo superaba los tres millones.
Él sacó las llaves del contacto y se desabrochó el cinturón de seguridad para volverse hacia ella en el asiento.
—¿No?
—No, señor «hay carteles con mi cara por toda la ciudad».
Sabatier esbozó una sonrisilla.
—Bah, pero apenas me parezco a esa foto.
Persi se lo quedó mirando. Tenía razón: no se parecía.
A lo mejor por eso había tardado en reconocerlo en el aeropuerto.
O a lo mejor era por esa expresión que tenía ahora, casi socarrona (era Sabatier, tampoco se le podía pedir mucha expresividad), y que desentonaba con la apariencia de directivo frío que mostraban las imágenes corporativas.
Él se estiró para alcanzar una sudadera en el asiento trasero y se la puso evitando el volante con torpeza.
Persi lo miró de hito en hito. No sabía qué era más extraño, si verlo vestir una sudadera gris con una franja verde en la que ponía «Montaña Nevada – Parque natural» o lo revuelto que le había quedado el pelo al pasarla por la cabeza.
Sabatier notó su expresión.
—¿Te han sorprendido mis habilidades de camuflaje?
Persi abrió los ojos de par en par y se alejó.
—¿Quién eres y qué haces en el coche de mi jefe?
Entonces, Sabatier hizo una cosa todavía más extraña que las dos anteriores: echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.