25. Demasiada osadía para un corazón tan frágil #2
Aunque, cuando Persi levantó la vista hacia él, vio que la miraba con una sonrisa. Una bastante íntegra, la verdad, aunque algo desganada. Sí que parecía lamentar tener que seguir trabajando por la tarde.
La acompañó hasta el ascensor. Se detuvieron en una de las plantas con restaurante, donde Sabatier planeaba comer, y se despidieron. Persi lo vio encaminarse por el pasillo tan abatido que le dijo:
—Después de poner el árbol tengo que trabajar un rato para Fugaz. —Él se detuvo y la miró. La puerta empezó a cerrarse y se movió hacia la esquina para añadir—: Te lo cuento para que no me tengas tanta envidia.
Vio cómo él resoplaba y sacudía la cabeza.
Lo que no llegó a ver, porque ya bajaba hacia la planta baja, fue cómo Sabatier permanecía durante unos segundos mirando hacia el ascensor. Tampoco lo oyó decir:
—No te la tenía a ti.
~ ~ ~
Persi sacó las llaves del bolso con una sonrisa cuando llegó a la puerta del apartamento. Pensó en Rob, que le había enviado un mensaje hacía media hora para decirle que ya había llegado el árbol. Casi podía ver las cajas de adornos ocupando el salón. A Rob y a ella decorándolo juntos.
Al imaginarlo, sintió algo cercano a la felicidad y llegó a pensar que a lo mejor el miedo que la asaltaba cada vez que pensaba en su matrimonio estaba empezando a disiparse.
Quizá por eso, cuando entró en el piso y vio el árbol ya del todo dispuesto, sintió algo parecido a la indigestión. Era idéntico al de la foto que le había enviado a Rob días atrás. Adornos incluidos.
—¿Rob?
No hubo respuesta.
Le sacó una foto y escuchó el sonido de sus uñas contra la pantalla del teléfono mientras escribía.
¿Qué ha pasado?
Lo que te decía. Ya ha venido el decorador. ¿Te gusta?
Persi bloqueó la pantalla.
¿Era una tonta por dejar que un árbol le importase tanto?
A lo mejor. Pero, esa vez, fue ella quien dejó que la conversación muriese tras la respuesta de Robian.
~ ~ ~
A pesar del incidente con el árbol, esa noche decidieron reescribir los deseos para colgarlos. No era tan horrible. Después de acostumbrarse a verlo toda la tarde, lo sentía un poco menos ajeno, pese a no haberlo decorado juntos.
—¿Estos qué son? ¿Los deseos que venían de muestra con el árbol?
Sobresaltada, levantó la vista de la cinta en la que escribía para mirar a Rob, que la miraba con una de las que había escrito ella en la mano. Se la mostró: «Conseguir un buen trabajo».
—¿Cuál es el problema? —preguntó a la defensiva.
Rob escogió otro: «Viajar».
—Parecen sacados de una lista de ejemplos.
Persi recogió las cintas con actitud protectora. En el fondo… sabía que tenía razón. No eran más que un puñado de propósitos que podría haber compartido con cualquier desconocido. Hizo un esfuerzo y tomó una nueva cinta. Escribió: «Llegar a quinientos mil seguidores».
Su prometido puso los ojos en blanco, fiel a su costumbre de recordarle lo obsesionada que estaba con las redes, pero Persi supo que se había dado por satisfecho.
—A ver, ¿qué has puesto tú? —le preguntó.
Rob le tendió las cintas sin vacilar. Persi tomó la primera, lista para devolverle las burlas, pero al leerla se le desvaneció la sonrisa. La cinta cayó liviana sobre la mesa.
—Ya hemos hablado de esto; no quiero tener hijos.
—¿Y por eso tengo que dejar de desearlo?
Persi agitó la cabeza. No sabía qué responder. Sí. No. A lo mejor.
—Has puesto: «Tener hijos el próximo año» —logró decir, convenciéndose a sí misma de que era la fecha, tan próxima, la que lo complicaba—. Sabes que no estoy preparada.
—¿Y cuándo vas a estarlo? Vamos a casarnos. —No levantó la voz, pero se había puesto a la defensiva.
—Desde luego no el año que viene.
—Ah, no tienes claro cuándo sí, pero al parecer sabes exactamente cuándo no. ¿Y el siguiente? ¿Y dentro de dos? ¿Cuánto tiempo necesitas, Perséfone?
—No lo sé. ¿Es tan difícil de entender?
—Pues sí, me lo pones bastante difícil —espetó con un aspaviento, arrojando varias de las cintas al suelo en el proceso—. Te encantan los niños. Si he accedido a hacer la chorrada esta del árbol es porque me parecía adorable que te gustasen estas cosas, que te harían una madre estupenda.
Persi sacudió la cabeza.
—No has entendido nada —murmuró.
—Pues no, porque a ti no hay quien cojones te entienda.
Ella retrocedió, pero, en el mismo instante, una chispa de ira le incendió el pecho. Desanduvo el paso hacia delante, encarándolo.
—Pues a lo mejor no voy a estar preparada nunca . ¡Así que vete haciendo a la idea!
La cocina se quedó en silencio tras el grito y Persi se lamentó de inmediato por lo que acababa de decir. Ella no era así: no quería ser así. Odiaba los gritos. Siempre los había odiado.
—Perdóname —rectificó enseguida—. Rob, perdóname.
Pero Rob se apartó de ella, dedicándole una mirada cargada de decepción.
—Ve a terapia —le dijo.
La puerta de la entrada dio un golpe al cerrarse.
Persi se quedó sola en la cocina y rompió a llorar.
Se dijo que quizá, si no hubiera estado tan tensa por ese retraso que la tenía en vilo desde hacía días, no habría reaccionado así.
Tal vez habría logrado callarse a tiempo, impedir que el miedo y la frustración se abriesen paso a gritos y sacasen lo peor de ella.
Aunque tal vez esa versión de ella era irremediable.
Tal vez era la única. La única que quedaba.