25. Demasiada osadía para un corazón tan frágil
DEMASIADA OSADÍA PARA
UN CORAZÓN TAN FRÁGIL
L a primera noche después de que le dieran el alta, Persi despertó con el resplandor de la Lluvia Ascendente.
No encontró a Rob, ni en su despacho ni en ninguna otra parte del apartamento.
Se metió en la ducha bajo agua helada, incapaz de conciliar el sueño.
La frialdad la hizo sentir dolorosamente viva, en contraste con la sensación exánime que le provocaba aquel apartamento, aquella ciudad, aquella vida.
Perdió la noción del tiempo que permaneció debajo.
Algunos días, pensó horas después en Infra, mientras contemplaba los restos del café que Sabatier le había dejado en la mesa deslizarse por el desagüe del baño, era como si el Prisma le absorbiera el calor, dejándola sin fuerzas.
Tiró el vaso a la papelera y regresó a la oficina. Debería contarle a Sabatier que no se lo bebía. Pero no quería que dejase de traérselo. Le gustaba rodear el vaso con las manos y respirar el aroma. Era cálido, al contrario que sus días.
Pasó su mesa de largo y se detuvo frente al despacho de Hades.
No lo había visto desde antes de la explosión, aunque Rob le había contado que Izan y él la habían visitado mientras estaba inconsciente.
Ellos lo habían avisado de lo ocurrido. Robian estaba bastante indignado, pero Persi... se sentía agradecida.
Se limpió el sudor de las manos contra la chaqueta y llamó.
Uf. ¿Por qué estaba tan nerviosa? ¿Era solo porque el Jinete le había dicho que confiara en él?
Tardó unos segundos en reaccionar y abrir la puerta después de escuchar el «adelante».
Él la observó entrar desde detrás del escritorio.
Vestía un jersey oscuro de cuello alto que llevaba remangado por encima de los codos, lo que acentuaba la posición de sus manos entrelazadas.
Llevaba anillos en los dedos índice y corazón.
Persi se preguntó si alguno sería una alianza.
Sospechaba que no. Si estuviera comprometido, Jess lo habría mencionado.
Se sonrojó al recordar la conversación que habían mantenido sobre él.
Era incapaz de imaginarse a Sabatier enamorado; requeriría demasiada emoción por su parte.
Si alguna vez se casaba, Persi imaginaba que cenaría en el extremo opuesto a su esposa en una mesa de varios metros de largo y que le hablaría sobre las acciones de Infra.
«Al menos, él cenaría con su mujer», dijo una voz en su cabeza. Se sintió mal de inmediato. Rob se había disculpado con ella mientras volvían del hospital. Le había prometido que pasarían más tiempo juntos. El accidente, al parecer, le había abierto los ojos.
Se sentó frente a él y advirtió otro detalle: Sabatier había seguido su consejo y cambiado el producto que usaba para el cabello.
Lo llevaba fijado de manera más natural y el color parecía más claro al deshacerse del efecto mojado.
Allí donde le daba la luz, adquiría un tono dorado cálido que no había notado antes.
Tuvo que reconocer, a regañadientes, que le sentaba bien.
Sabatier, aun con esos ojos que ella había calificado de un castaño anodino, era mucho menos mediocre de lo que le había concedido.
Casi podía entender por qué a Enaire le parecía atractivo. Aunque estaba segura de que era gracias al nuevo peinado y, quizá, al jersey, que parecía escogido para recordarle a Persi que él estaba yendo al gimnasio con mucha más frecuencia que ella.
—¿Cómo estás?
Se obligó a dejar de devorar a su jefe con la mirada y responder.
—Bastante mal, ¿y tú?
—Tampoco estoy para tirar cohetes —dijo, curvando una comisura hacia arriba.
—Y, entonces, ¿por qué sonríes?
El gesto difícilmente entraba en la categoría de sonrisa, pero Persi había aprendido a reconocerlo como el equivalente en Sabatier.
—Porque tu sinceridad siempre me pilla desprevenido.
Aquel amago de sonrisa otra vez. Persi era ya una crack en detectarlo. ¿O puede que sí hubiera sido una sonrisa más amplia? A lo mejor era él, que estaba mejorando. Debería seguir practicando, no le quedaba mal.
Prismas. ¿Por qué estaba pensando esas cosas?
Probablemente porque los dos se habían vuelto a quedar en silencio, y no ayudaba que él actuara como si no hubiera nada fuera de lo común en que ella entrara en su despacho y se sentase frente a él sin decir nada.
—Oye, sobre la explosión… —empezó—. ¿Habéis averiguado algo?
Él se puso serio. O sea, serio-serio.
—Creemos que Alexios descubrió que lo seguíais. Desde lo de la explosión se ha rodeado de guardaespaldas, lo que lo hace sospechoso. Va a ser difícil que sigamos investigándolo.
—Tal vez haya una manera de abordarlo directamente.
Sabatier la miró con interés y… ¿sorpresa?
—Ayer estuve trabajando desde casa —explicó ella.
Sí, era una sorpresa, sin duda. Persi sintió una gran satisfacción al sacarse el teléfono del bolsillo de la chaqueta y entrar en su cuenta.
Le enseñó la última foto que había subido.
Era de ella unas semanas atrás, posando con un conjunto de lencería y una camisola abierta.
La había sacado de una de las sesiones de Fugaz.
La fotógrafa la había catalogado de «muy sugerente».
Sabatier se la quedó mirando unos segundos, como embobado. Luego se echó para atrás en el asiento y la fulminó con la mirada.
—¿Qué tengo que ver?
—Fíjate en los «me gusta» —le dijo, sosteniendo ante él la pantalla.
—@AthanAle. —Tuvo un momento de comprensión y se echó hacia delante, acercándose más a la pantalla—. ¿Es…?
—Nuestro querido Alexios Athanasiou.
Él se tensó.
—¿Crees que lo ha hecho como una especie de amenaza?
Persi soltó una carcajada.
—Qué va.
Abrió los mensajes directos. Notó cómo Sabatier contenía el aliento con la vista fija en la pantalla.
—¿Has recibido mensajes de toda esa gente desde…?
—Ayer por la tarde —contestó ella. Deslizó hasta encontrar la conversación que buscaba—.
Entré en su perfil y comprobé las veces que había interactuado con mis fotos…
Descubrí que llevaba haciéndolo desde antes de que empezáramos a investigarlo.
Alexios volvió a reaccionar a mi contenido, así que decidí ir un poco más allá; le tendí una trampa.
—Una trampa.
De pronto, Sabatier la miraba receloso, como si Persi fuera un proyecto cuyos riesgos tenía que evaluar de nuevo.
—La foto —explicó ella—. Se me ocurrió que podría estar dispuesto a hablar conmigo. ¿Y sabes qué?
Él solo la miró. Ella sonrió, encantada con su silencio expectante.
—Pues que tenía razón. ¿Y quieres saber cómo lo sé?
Sabatier se pellizcó el puente de la nariz.
—No estoy seguro.
—Pues porque le contesté a los fueguitos y se lo pregunté.
—A los fueguitos.
—Sip. —Persi le mostró la colección de emoticonos en forma de llama que había recibido del chico: una media de dos a la semana desde su llegada a Irisada—.
Es increíble cómo el hecho de que no le funcionara las cuatro primeras veces no lo desmotivó, pero ese no es el punto.
La cuestión es que hablé con él un rato y averigüé dónde va a estar el fin de semana que viene: en el Club Nebulosa.
Saldrá la noche de Uruz. Y adivina a quién quiere llevar como acompañante.
Los ojos de Sabatier se encendieron. Caray, estaba tenso de veras.
—Los cojones.
—Ya tenemos el lugar y la fecha para abordarlo —lo ignoró Persi—, y tengo la sensación de que no llevará demasiados guardaespaldas.
Sabatier la miró con una expresión tan incrédula que a ella se le escapó una sonrisa. Le producía una extraña satisfacción lo rígido que se había puesto. Bloqueó el teléfono y se lo guardó.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan aplicada? —preguntó él con suspicacia.
«Desde que la persona que me salvó la vida me dijo que confiase en ti.»
—Alexios ha intentado hacerme saltar por los aires, Sabatier, ahora es personal.
—Podrías empezar a llamarme Hades. Hablamos a diario.
—Podría —admitió ella—. Entonces, ¿te parece bien?
Él frunció el ceño.
—¿Qué tal se te da ya la runomancia? ¿Has estado practicando con Jess?
—Bien. Jess dice que es momento de que ponga a prueba lo aprendido.
Sabatier la evaluó. Ella le sostuvo la mirada.
—Vale, irás. Pero no quiero que te arriesgues. Si en algún momento sientes que corres peligro…
—No tienes que convencerme para que ponga mi culo a salvo.
Era lo que mejor se le daba.
~ ~ ~
Persi pasó el resto de la mañana memorizando las últimas runas que Jess le había enseñado. Se sorprendió al levantar la vista y encontrar a Sabatier de pie junto a su mesa. Maldita costumbre de aparecerse.
—Pensé que ya te habrías ido a casa —le dijo él.
—Estaba a punto de hacerlo. —Como él no se marchó de inmediato, preguntó—: ¿También te marchas?
—Solo iba a comer —dijo. Se mordió el interior de la mejilla con aire pensativo—. ¿Quieres que comamos juntos?
Persi levantó la mirada. La tentación de reírse era casi irresistible. Porque, atención, Hades Sabatier parecía nervioso mientras esperaba a que ella respondiera a si quería comer con él en su pausa de mediodía. Estuvo tentada de decir que sí. Muy tentada.
—Hoy no puedo.
—Vale.
—No, en serio. Esta vez no te estoy evitando.
—Lo entiendo.
—Es que he quedado con Rob para poner el árbol de los deseos. —Había cedido, tras el accidente. Persi apenas había tenido que insistir.
Sabatier enarcó una ceja.
—Faltan dos meses para las Noches Tranquilas. Vaya excusa más mala.
Persi sonrió de oreja a oreja.
—Pero es mi época favorita del año. —Él parecía sentir curiosidad, así que siguió hablando—: En realidad, es culpa de mi padre.
—La última palabra le salió un poco constreñida, pero siguió adelante—: Todos los años decorábamos juntos el árbol y escribíamos los deseos juntos.
A él le encantaba y supongo que me lo pegó.
Este es el primero en el que no va a poder acompañarme y Rob se ha ofrecido a que lo montemos juntos.
Se dio cuenta de que se le había escapado una lágrima y se frotó la mejilla para limpiársela, esperando que Sabatier no lo notase.
—Qué envidia. Espero que os lo paséis bien mientras yo trabajo —dijo Sabatier.