24. Creo en el odio a primera vista
CREO EN EL ODIO
A PRIMERA VISTA
C uando el Jinete llegó, la acera estaba en llamas.
Descendió de la moto. La runa de Raido se iluminó con un resplandor tenue en la parte trasera de la cazadora al activarse la protección ignífuga a medida que se acercaba al fuego.
Los restos del vehículo eran poco más que un esqueleto calcinado de metal retorcido.
La voz de Jess le llegó desde el otro lado de las llamas. Él las atravesó sin perder el tiempo en buscar una ruta alternativa. Después de todo, ya llegaba tarde.
—La protección se activó a tiempo —se apresuró a tranquilizarlo la nereida, mostrándole el brazalete de runotecnia que llevaba puesto.
La batería de esencia estaba agotada, se había consumido al desplegar la barrera que las había salvado de la explosión.
Se acercó a Persi con ansiedad. Estaba de una pieza, apoyada en el hombro de Jess, y rozando la inconsciencia. Había inhalado humo durante la explosión. Jess, como nereida, podía aguantar la respiración durante largos periodos de tiempo, pero Persi…
La tomó en brazos. El hada se removió contra su pecho y cerró los ojos.
Notó sus pestañas contra la piel del cuello, leves como el aleteo de una mariposa.
Debía verla un médico. Cuanto antes. Pero, en ese estado, no podía llevarla en la moto.
Apenas se mantenía consciente, dudaba que pudiera sujetarse.
Izan apareció junto a ellos en un borrón.
—Yo la llevaré. He traído el coche.
Él se la entregó de mala gana. No quería separarse de ella, pero era la manera más rápida de llevarla al hospital de Infra, donde la atenderían sin llamar la atención de las autoridades.
—Nos vemos allí.
~ ~ ~
La siguiente vez que vio a Persi, estaba dormida en una habitación del hospital.
Le habían limpiado el hollín de la cara, pero seguía teniendo mal aspecto, con el pelo pegado a la frente y el rostro pálido y deslucido.
Respiraba oxígeno a través de una máscara que le cubría la nariz y la boca.
Cerró la puerta de la sala, pero no se quitó el casco ni se levantó la visera; había cometido un descuido durante los robos a Infra.
Había permitido que las cámaras lo grabasen y su imagen se filtrase a la prensa.
Debía tener mucho cuidado, no podía dejar que lo descubrieran otra vez visitando a Persi.
Al oírlo, Izan se levantó del asiento que ocupaba junto a la cama.
—Está estable. El médico ha dicho que la intoxicación es leve, le darán el alta mañana.
Le dio las gracias a su amigo, aliviado, y se sentó junto a ella en la silla que este había dejado libre. La tomó de la mano, todavía con los guantes puestos.
—Puedo hacerlo yo —dijo el vampiro desde la puerta.
Sabía a qué se refería: alguien tenía que informar al prometido de Persi. Ya tendría que haberlo hecho, pero allí estaba, sujetándole la mano mientras dormía; completamente asustado, irremediablemente embelesado.
El miedo lo hacía egoísta, no podía evitarlo. Quería quedarse un poco más. Habría pagado una fortuna por un minuto, se habría arrodillado por una hora. La parte más mezquina de su ser soñaba con permanecer hasta que despertara. No tenía ningún derecho.
Dejó que Izan hiciera la llamada. Había sacado el tema para avisarlo, no porque de verdad esperara que se prestase voluntario.
Con todo, una parte de él quería ser quien advirtiera a Robian.
¿Era un idiota que buscaba torturarse al escuchar la voz del hombre que poseía lo que él más quería?
Tal vez. Quizá una parte retorcida de él anhelara sentir el pánico en la voz de Robian cuando mencionara la explosión, deseando que, por un segundo, experimentara el miedo a perderla en el que él vivía cada día.
Solo que no podía perderla, ya que nunca había sido suya.
Sin embargo, no fue pavor lo que oyó en la voz del vampiro cuando contestó la llamada, sino...
¿ira? Izan apartó el teléfono del oído unos centímetros para mirar la pantalla, como si quisiera asegurarse de que había marcado el número correcto.
¿Era ese el tío con el que iba a casarse Persi?
Por los berridos, parecía más bien una cabra montesa.
Izan bajó el teléfono, silenciándose, para susurrarle una explicación.
—Sabe que soy un vampiro. Está diciéndome todas las cosas que hará con mi cabeza después de arrancarla si se me ocurre chuparle la sangre.
—Ah.
Volvió a llevarse el móvil a la oreja. Informó a Robian con tono profesional de cuál era el estado de Persi, aunque todavía no lo había preguntado, preocupado como estaba por sus colmillos.
Persi se removió en sueños. Hades dejó de prestar atención a la conversación al darse cuenta de que seguía dándole la mano.
La voz insegura de Izan lo devolvió a la realidad poco después.
—Entonces… ¿no vas a venir? A lo mejor ella… No, no se la dan hasta mañana. Ya. —Articulando sin sonido las palabras lejos del teléfono añadió—: Dice que no viene.
—Insiste.
Izan lo hizo.
—Dice que vendrá mañana por la mañana a por ella —le informó a Hades, acompañando la palabra «mañana» con un giro del índice.
—Trae. —Soltó la mano de Persi y extendió la mano hacia el teléfono. Izan se lo acercó a velocidad vampírica. Apagó el distorsionador que tenía el casco—. Sí, soy Sabatier. Sí, estoy con tu novia.
Compuso un rictus ante la voz de Robian, que amenazaba con prohibir que Persi volviera a pisar Infra.
—Escucha, me traen sin cuidado los acuerdos a los que llegues con tu prometida cuando le den el alta. Tienes diez minutos para venir. ¿O si no? —¿En serio le estaba rebatiendo? Debería estar ya allí, sosteniéndole la mano a Persi—. Si no, le diré a Izan que le dé un trago.
Era un farol, pero funcionó. La línea quedó en silencio. Le devolvió el teléfono a Izan.
—Será mejor que nos vayamos antes de que llegue. No parecía muy contento.
Izan desapareció en un borrón. Hades se levantó para seguirlo, pero un ruido a su espalda lo inmovilizó. Persi se removía en sueños.
¿Y... si se quedaba? Con el casco, pasaría desapercibido. Solo hasta que Persi despertara. Sabía que no debía. Se dejó caer en la silla, indeciso. Se sentía superado. Los Asfódelos eran más escurridizos que nunca gracias a la runotecnia robada.
Se levantó la visera para frotarse los ojos, cansado. Fue solo un segundo de descuido, pero bastó para delatarlo. Una mano le rozó los guantes, todavía apoyados en el casco: Persi acababa de despertarse. Se incorporó, todavía con la mascarilla puesta.
—Eres tú.
Sabatier sintió que algo en su interior cedía como cera caliente ante aquel tono afectuoso, tan diferente al que solía dedicarle en Infra. Persi bajó de la cama. La observó acercarse, descalza. Hades no estaba preparado para aquella cercanía. No se atrevía a moverse.
—Hasta que saliste en las noticias no sabía si… Creía que las UE te habían atrapado. Te busqué. Llevo casi tres años preguntándome qué ha sido de ti.
El Jinete reaccionó al fin, dando un paso atrás.
Persi se tomó un momento para contemplar los detalles: el casco y la cazadora oscura.
Contempló los ojos castaños, que la miraban muy abiertos desde el interior de la visera.
Eran los que había intentado recordar en vano, los que desaparecían de su memoria como un sueño cada vez que trataba de revivirlos.
Todavía mareada, dio otro paso hacia él y notó el tirón del tubo de la mascarilla. Se la quitó. Las preguntas se le acumulaban detrás de la lengua, pero fue incapaz de decidirse por ninguna. «¿Dónde has estado estos años? ¿Por qué necesitas que robe a Sabatier? ¿He probado ser digna de confianza?»
«Yo pensé en ti cada día. ¿Pensaste tú en mí alguna vez?»
Él retrocedió para marcharse. Se llevó una mano a la visera.
—No te vayas —pidió, rompiendo la distancia que los separaba y agarrándolo de la chaqueta—. No quería rendirme. Hice... lo que debía para sobrevivir. Pero ya no sé qué hacer. Ya no sé cómo seguir.
Sobrevivir hacía ya mucho que había dejado de ser suficiente.
Vivir se sentía una traición cada vez que pensaba en la investigación que había dejado a medias.
Pero ¿qué podía hacer ella? Enaire había sido siempre la más brillante de las dos, la que sostenía los muros cuando todo amenazaba con venirse abajo.
Pero no estaba con ella y no sabía cómo enfrentarlo sola.
El Jinete se volvió hacia el pasillo, sobresaltado. La apartó con delicadeza y se llevó la mano a la visera.
—Confía en Sabatier —le dijo—. Es un buen amigo.
Desapareció.
—No.
Corrió detrás de él sin verlo. Ambos habían estado allí aquella noche. Aquello los conectaba, aquel desconocido era la única persona en el mundo que la conocía, que sabía lo rota que estaba. Había sufrido tres años de aquella ausencia, no se veía capaz de soportarlo ni uno más.
En cuanto salió al pasillo, la sacudió un acceso de tos que la dobló por la mitad.
Unas manos fuertes la sostuvieron. Levantó la vista, esperanzada, y, al reconocer a su prometido, le entraron ganas de echarse a llorar.
Rob llamó a voces a los médicos, que salieron al pasillo y, al ver a Persi, se apresuraron hacia ellos.
Rob la alzó sin esfuerzo y la devolvió a la habitación, donde una enfermera le colocó la mascarilla.
—Estás a salvo —le prometió Rob, tomando asiento a su lado.
Persi supo, por la expresión furibunda que le deformaba los rasgos, que se quedaría toda la noche, velando por que nadie se le acercase.
Le tomó la mano, borrando el recuerdo del cuero que se la había sostenido unos momentos antes.
No articuló palabra porque, ahora que el Jinete se había marchado, sabía que nada la haría sentirse a salvo.