23. Todo secreto acaba por estallar
TODO SECRETO
ACABA POR ESTALLAR
A l día siguiente, la vigilancia las llevó hasta el hotel Índigo.
Aquel cambio en la rutina que venían observando hizo que Persi devolviera la libreta en la que practicaba las runas a la guantera.
Alexios había entrado en el hotel sin equipaje, por lo que no parecía que pretendiese quedarse.
Tal vez se hubiera citado con alguien de fuera de Irisada.
Pero ¿con quién? Y más extraño aún: ¿por qué su coche se había marchado sin esperarlo, como hacía siempre?
Jess llamó a Dio por teléfono y lo puso en manos libres.
— Pero si es mi nereida favorita. ¿Me echabas de menos ? —preguntó con un gallo en la voz. La última vez que Persi lo había visto, aparentaba catorce años y tenía atisbos de bigote. Debía de sentirse orgulloso de los escasos pelos, ya que no se los había afeitado.
—Dio —lo saludó Jess, cortándolo sin rodeos—. ¿Tienes acceso al Índigo?
— Dame un minuto .
—¿Cómo que acceso? —preguntó Persi en un susurro.
—¿ Es esa Persi? ¿Está contigo ?
A Persi no dejaba de fascinarla la rapidez con la que el círculo de Hades había adoptado su diminutivo. Incluso Dio, a quien seguía sin caerle en gracia, lo utilizaba.
—Sí, soy yo.
— Estoy dentro, ¿qué necesitas, Jess ? —preguntó, ignorándola deliberadamente.
A medida que recuperaba su aspecto adulto, el fénix estaba, si cabía, más insoportable.
—¿Cómo que dentro? —Persi no entendía nada.
—Comprueba la lista de clientes —le pidió Jess—. Alexios está reuniéndose con alguien.
— Con una amante, lo más seguro —respondió Dio, quitándole importancia. No obstante, por el silencio posterior, parecía haber atendido la petición de Jess.
—Un momento —dijo Persi, que empezaba a figurarse lo que sucedía—. ¿Dio puede comprobar la lista de clientes del hotel? Eso es impresionante. ¿A qué se dedica?
— A ser el puto amo, entre otras cosas —contestó él, en un tono petulante.
Jess hizo un gesto hacia Persi, dando a entender que se lo explicaría más tarde—.
Listo. Te he enviado la lista al correo.
Hay tres personas en el hotel que coinciden con altari que Hades ha señalado como sospechosos.
Te los he marcado en rojo, pero revisa también los otros nombres, tal vez se trate de alguien que aún no hemos identificado .
—Hecho. Ah, dile a Hades que no iremos mañana a Infra. Llevamos siguiendo a Alexios todo el día. Nos hemos ganado un descanso —añadió, guiñándole un ojo a Persi. Esta cayó en la cuenta de que era casi hora de cenar.
— Vale, pero dadle un beso de mi parte cuando lo veáis por la oficina —pidió él—. Si puede dárselo Persi, mejor. Lleva unas noches de un humor insoportable .
Jess contuvo una risa y colgó la llamada. Al encontrarse con que Persi le fruncía el ceño, tragó saliva.
—¿Por qué ha dicho eso?
Ella fingió no escucharla, tecleando en el teléfono.
—¿Te apetece cenar? Conozco un sitio cerca.
—¿Por qué ha dicho eso? —insistió Persi.
La nereida levantó la vista del teléfono, despacio.
—Es una broma que tenemos entre nosotros.
—¿Por qué?
Jess suspiró.
—Será mejor que hablemos de esto con el estómago lleno.
—Levantó el móvil y envió una nota de voz—.
Dio, nos vamos a cenar. ¿Te encargas de vigilar a Athanasiou?
Gracias. —Bloqueó el teléfono sin esperar la aprobación del chico y miró a Persi, girando la llave en el contacto—.
Hay varias cámaras en la zona en las que puede colarse y vigilar las salidas del hotel.
Nos avisará de cualquier movimiento. ¿Vamos?
Persi accedió, un tanto confusa. ¿A qué venía tanto misterio? Atrapó el teléfono que Jess le lanzó sin apartar la vista de la carretera. La respuesta de Dio llegó al rato. Persi la reprodujo, siguiendo las órdenes de su compañera.
— Por supuesto. Dio se encarga de todo. ¿Qué es una cámara más a la que prestar atención? Total, soy un desgraciado que no tiene nada mejor que hacer mientras cenáis .
El chico, sin duda, tenía un máster en pasivo-agresividad.
—Mándale el emoji del besito —zanjó Jess.
~ ~ ~
Pasaron por el apartamento de Jess antes de ir al restaurante.
Era encantador. Menos céntrico, pero sin nada que envidiar en amplitud ni en modernidad al que ella compartía con Rob.
Tenía plantas en cada estantería y las paredes, pintadas en tonos pastel, rezumaban alegría.
A Rob, amante del minimalismo y de los cuadros de arte geométrico, le habría parecido carente de gusto, pero a Persi le recordaba a la casa de muñecas que su padre le había regalado a los diez años, lo que solo tenía connotaciones positivas.
Persi esperó mientras Jess se cambiaba y luego la observó retocarse el maquillaje en el baño, sentada sobre el inodoro.
En Infra, la nereida vestía de forma corporativa: pantalones de traje, camisas y el repertorio de chaquetas más amplio que Persi había visto.
Verla en vaqueros rasgados y un top asimétrico era descubrir una nueva versión de Jess.
Se sentía extraña; hacía mucho tiempo que no se encontraba en una situación como aquella.
Desde que no quedaba con Enaire, básicamente.
—¿Por qué es tan difícil que el rabillo derecho quede igual que el izquierdo? —masculló, limpiándose por tercera vez el delineador del ojo con un disco de algodón—. En serio, ¿cómo lo haces para que siempre te quede perfecto?
Aquello consiguió que Persi se acercara. Había aprendido a hacerse el delineado a los dieciséis años y, desde entonces, consideraba un deber sagrado evitar que sus conocidas salieran a la calle con el maquillaje hecho un desastre. A menos, claro, que les deseara el mal.
—Vale, voy a contarte el secreto —anunció, usando uno de los discos para retirarse su propio maquillaje.
Le arrebató el delineador de la mano a Jess—.
Es un secreto de guapas y, una vez que lo sepas, no podrás llevar la raya mal hecha nunca más.
Es como unirte a una secta superexclusiva, ¿entiendes? Una vez entras, ya no hay vuelta atrás.
Jess asintió con solemnidad. Persi apoyó el codo en el lavabo para estabilizar el pulso.
—Este es el secreto: el delineador es como una nereida; puede oler el miedo. Si dudas, estás perdida. Expulsa el aire y pinta la línea. Con confianza. ¿Ves?
Le tendió el delineador a Jess, que lo tomó casi con reverencia.
—Una línea, sin vacilar —le recordó.
Jess contempló su propio reflejo con una gravedad que hizo sonreír a Persi. Soltó el aire que había estado conteniendo.
Dibujó la línea.
El trazo le salió perfecto. Se volvió hacia Persi con los ojos abiertos de par en par.
—¿Podemos ser mejores amigas?
~ ~ ~
El restaurante era uno de esos establecimientos de ambientación temática, donde los platos tenían nombres que daba vergüenza pronunciar en voz alta.
Estaba próximo al Índigo, por si Dio las avisaba de que salieran pitando en persecución.
Habían dejado el coche cerca del hotel, casi en el mismo lugar que antes.
En cuanto pidieron, Persi se encargó de sacar el tema que Jess le había prometido.
—¿Te acuerdas de cómo conociste a Hades? —le preguntó esta.
—Fue en el aeropuerto.
—Esa no fue la primera vez que os visteis. Pero, ya que eres incapaz de mentir, aceptaré que de verdad no te acuerdas.
—¿De qué hablas?
—Os conocisteis en Embra, cuando estabas de intercambio en la UAE. Fue en tu clase.
Persi se esforzó por recordar a sus compañeros. ¿Era posible que Sabatier hubiera compartido aula con ella en alguna asignatura y que no lo recordase? Supuso que sí, en aquel entonces él aún no había asumido el liderazgo de Infra y no tenía un perfil público.
—La verdad es que no pienso mucho en esa época —confesó.
Era cierto. Evitaba pensar en aquel semestre. Era como si su mente, en su incapacidad por compartimentar y aislar los recuerdos específicos que le producían dolor, optase por bloquearlos todos.
Jess se retorció la coleta y la dejó caer de nuevo sobre el hombro.
—Si le cuentas a Hades lo que voy a decirte, es probable que me despida.
Aquello logró que Persi regresara mentalmente a la conversación.
—¿Y por qué me lo cuentas?
—Pues no lo sé. Porque en el coche parecías a punto de arrancarme la cabeza si no lo hacía, porque Dio es un bocazas y acabará soltándolo en el peor momento, porque soy una cotilla de la leche y no me aguanto las ganas de airear los secretos vergonzosos de Hades. ¿Te vale?
—Me vale.
La camarera llegó con la cena y Jess hizo una pausa mientras las servían.
—Hicisteis un trabajo de clase juntos —dijo cuando se hubo marchado, atrapando una patata frita—.
La primera semana, me parece. No me preguntes sobre qué.
Erais cinco o seis personas e hicisteis vuestras respectivas partes por separado.
Solo quedasteis un día para juntarlo todo.
Pero, chica, qué quieres que te diga, nos aburrió con el tema hasta que nos salió por las orejas.
Persi la miró fijamente.
—Me estás vacilando. Estás grabando la conversación para pasársela a Dio. Vais a reíros de mí en la próxima reunión.
Jess soltó una risotada.
—Ojalá. No sé qué hiciste esa tarde, Persi, qué dijiste o qué colonia te echaste, pero el chico estuvo obsesionado el resto del semestre.
Hablaba de ti hasta cuando bebía. De hecho, puede que lo hiciese sobre todo cuando bebía.
—Hizo una pausa, como si estuviera recordando más detalles de esa época, pero al final decidiese guardárselos—. Se le acabó pasando, claro, pero…
—¿Pero cuando Dio se dio cuenta de que yo era la persona que había contratado no pudo aguantarse las ganas de vacilarlo? —preguntó Persi, uniendo las piezas del puzle.
Era una anécdota inocente. Una broma entre ellos, como había explicado Jess. Una que podría haber en cualquier grupo de amigos que habían estudiado juntos.
Jess tardó un momento en asentir.
—Me cuesta creerlo —admitió Persi—. ¿Por qué no me dijo nada?
—Mira, no sé qué decirte. Fueron unos meses y es un tipo reservado. Más bien parco en palabras. Dio e Izan estuvieron retándolo todo el semestre para que te invitara a salir y no lo hizo. Y luego, después de… —Se mordió la lengua.
—¿Después de que me marchase de la UAE?
La nereida asintió.
—Acabó dejando el tema. Le pasaron muchas cosas. Lo de Lauren, la muerte de su padre, el nuevo puesto… Cambió. Para bien, en ciertas cosas, y para... diferente, en otras.
—Jess —empezó. No quería preguntarlo, pero, al mismo tiempo, no podía no hacerlo.
Ella se removió incómoda en el asiento.
—Persi, por favor. Me caes muy bien, pero…
no me hagas más preguntas sobre los sentimientos de mi jefe.
Ya te he contado más de lo que debería. No sé qué siente al respecto ni quiero saberlo.
Sabe que estás con Rob, que vas a casarte.
Es plenamente consciente. No se metería en medio de una relación por diversión, no es esa clase de persona —respondió del tirón.
—Entiendo. ¿Qué era Lauren para ti? —preguntó en cambio.
Jess le sostuvo la mirada.
— Es mi mejor amiga en el mundo.
Una vez en la calle, caminaron por la acera en dirección al coche, que estaba aparcado diez vehículos más adelante. A Jess le sonó el teléfono.
—Es Dio, ya me extrañaba tanta paz —bromeó. Luego maldijo, mostrándole a Persi el teléfono sin dejar de caminar—. Mierda, tengo tres llamadas perdidas. —Descolgó la llamada—. Ha salido ya, ¿verdad? Estábamos…
— No os acerquéis al coche . —El tono de Dio era tan estridente que Persi lo oyó a pesar de que Jess no había activado el manos libres.
—¿Qué? —Jess puso cara de no entender nada, pero extendió un brazo para evitar que Persi siguiera caminando.
Ella clavó la vista en Jess y luego en el coche que las esperaba a menos de tres metros.
— Jess. Maldita sea, alejaos de…
El vehículo se convirtió en una bola de fuego.