Noche púrpura 21. Puedes sacar a la chica del lío, pero no al lío de la chica
35%

21. Puedes sacar a la chica del lío, pero no al lío de la chica

PUEDES SACAR A LA CHICA DEL LÍO,

PERO NO AL LÍO DE LA CHICA

-E stás de coña.

—Empiezas la semana que viene —le anunció Izan como respuesta, dejando la carpeta transparente sobre su mesa. En su interior había un par de manuales y una lista de horarios.

—No voy a sacarme el carné —se cerró en banda.

—Lo vas a necesitar. Hades se ha fijado en que suelen acercarte Rob o Kara.

—Cogeré un taxi.

—No queremos que Athanasiou se entere de que estás siguiendo a su hijo.

Persi no lo contradijo, aunque en su experiencia reciente los taxistas habían sido de fiar.

—Jess viene conmigo. Ella puede conducir.

—Y lo hará, mientras estudias para sacarte el carné —le aseguró, dando el tema por zanjado—. Aprovecha: los gastos corren a cargo de Hades.

—Dile a Hades que puede comprarse algo bonito con ellos.

—¿Alguna recomendación? —preguntó este desde detrás de ella.

Persi estuvo a punto de caerse de la silla. En serio, tenía que dejar de asustarla así. Esa mañana, había vuelto a dejarle un latte sobre la mesa, de camino a su despacho. Persi aún no había tenido corazón para decirle que lo tiraba por el desagüe.

—¿Vamos? —preguntó, antes de que Persi pensara una respuesta, haciendo un gesto hacia su despacho.

Jess, que acababa de llegar, se apresuró a seguirlo, al igual que Izan. Persi permaneció en su escritorio, pensando en cómo deshacerse de la carpeta de la autoescuela.

—¿Persi? —Izan estaba esperándola en la puerta del despacho—. ¿No vienes?

~ ~ ~

Salió de la reunión con su horario para las próximas semanas claro. Iría a la autoescuela a primera hora —ese punto no era discutible después de que Dio hubiera puesto en duda sus capacidades— y después formaría equipo con Jess para investigar a Alexios.

No tardó en acostumbrarse a aquel ritmo de vida: a llegar a Infra sudada y con la espalda rígida de los nervios que le provocaban las prácticas; a los cafés de Sabatier por la mañana, que no se bebía, pero de cuyo aroma disfrutaba hasta que se enfriaba; a los turnos de rastreo con Jess.

Y… también a los robos. Desde aquel mensaje del Jinete, sacaba runotecnia de los almacenes usando su tarjeta sin que nadie sospechara, a pesar de que, cuando superaba el límite permitido, no le quedaba más remedio que llevársela sin registrar.

Luego la dejaba en un punto que el Jinete le indicaba por mensaje, aunque nunca llegaba a ver quién la recogía.

Nunca le pedía nada que un altari no pudiera comprar, por lo que a veces sentía que solo la estaba poniendo a prueba.

Aquello la confundía y más de una vez se preguntó si el Jinete sería humano.

Por las tardes, iba a Fugaz. Celandia la había asignado como creadora de contenido en las redes sociales de la firma. Solo tenía que escribir un mensaje que propiciase la interacción de vez en cuando. No le llevaba mucho, ya que recibía las fotos que debía mostrar.

Por eso, no solía quedarse hasta tarde. Excepto los días en que, como aquel, Celandia la llamaba para alguna sesión de fotos y esta se eternizaba.

Cuando salió, la noche era ya húmeda y el aire olía a esencia.

Persi aceleró el paso hacia la parada de bus más cercana, lamentándose por primera vez por no haberse sacado aún el carné.

Las luces de neón parpadearon y amenazaron con apagarse por el inminente Ascenso.

Abrió la conversación con Robian para enviarle un mensaje antes de que la Prismared dejase de funcionar.

Hacía tres días del último mensaje. ¿Llevaban tanto sin hablar?

Se lo quedó mirando, lo había enviado ella: una foto de un árbol artificial adornado con cintas de colores.

Era tradición decorarlos durante las Noches Tranquilas, la semana festiva dedicada a los Dioses de la Memoria y el Olvido.

Según la leyenda, era la única semana del año en la que despertaban y podían reencontrarse, motivo por el que el Prisma detenía su actividad y no había Lluvia Ascendente durante siete días.

El árbol se colocaba hasta un mes antes, y durante ese tiempo se escribían deseos en las cintas y se colgaban de las ramas.

Persi lo decoraba con su padre cada año, antes de que cayera enfermo.

Se lo había enviado a Rob con la esperanza de compartir también con él la tradición, aunque faltaban todavía más de dos meses. Él la había dejado en visto.

Con un suspiro escribió un nuevo mensaje.

Estoy volviendo a casa. ¿Te veo al llegar?

Su prometido no tardó en responder.

Estaré fuera hasta el fin de semana.

Seguía escribiendo. Unos segundos después le llegó una respuesta a la foto del árbol.

Soy alérgico.

Es de PLÁSTICO.

Está bien. Contrataré a un decorador para que lo lleve al piso.

Qué.

¡La gracia está en montarlo juntos!

Como no volvió a contestarle y la Prismared aún funcionaba, abrió la cuenta de Fugaz para entretenerse de camino a la parada. Publicó un mensaje pendiente:

«Me he pasado los últimos 30 minutos probándome botas nuevas para salir esta noche, ¿en caramelo o en lavanda? SOLO PODÉIS ESCOGER UNA».

Luego se puso a revisar los comentarios que llegaban:

@marianeeecloset: ¡me encantaaaaaan! ME LLEVO LAS DOS.

@Fugaz_oficial: @marianeeecloset ¡corre, que se agotan!

@moda_adicta25: ¡¡Prefería las de color bizcocho!! ¿Por qué las quitaron? ¿Podéis reponerlas?

@Fugaz_oficial: @moda_adicta25 las color bizcocho están disponibles en la colección pasada

@chica_critica999: Cada día estoy más decepcionada con la calidad de Fugaz. ¡¡¡Ayer una fénix estornudó sobre mis botas y las incineró completamente!!! No han quedado ni las cenizas. ¿Cómo puedo solicitar la devolución?

@Fugaz_oficial: @chica_critica999 Hola, sin producto no puedes solicitar la devolución

Refrescó la pantalla y la Prismared falló. A su alrededor, las luces se apagaron. Una bruma esmeralda comenzó a ascender desde la calzada, el color de esencia de Fehu.

El ataque fue repentino.

Una figura salió de entre dos edificios y la empujó contra un escaparate. El impacto le arrancó el aliento. Antes de que pudiera gritar, el atacante ya estaba tirándole del bolso. Ella se lo dio sin oposición.

—El teléfono también —gruñó el altari.

Una lamia, lo delataban los colmillos, el rostro hermoso y cruel.

Persi gimoteó y se pegó a la pared tratando de alejarse de sus incisivos.

Si la mordía, además de alimentarse de ella, podría envenenarle la sangre.

A pesar del miedo, mantuvo el teléfono que todavía llevaba en la mano oculto tras la espalda, entre la fachada del edificio y su gabardina.

—Lo necesito para pagar el billete a casa —se resistió, como si le fuera la vida en ello.

—Cuánta audacia para una hadita que pasea sola por la noche —dijo la lamia, aferrándola del cuello y levantándola contra la pared.

La esencia esmeralda se reflejaba en sus ojos. El resplandor iluminó también seis pétalos bordados en la hombrera. Asfódelos.

—¡Quítame las manos de encima! —gritó alto, esperando que alguien la oyera.

Pero la calzada estaba vacía y silenciosa, a excepción del tráfico que pasaba por la calle adyacente.

—Ayuda —intentó gritar, pero el miedo hizo que el sonido se le ahogase en la garganta.

El altari se inclinó sobre ella, apresándola con manos férreas. El aliento le apestaba a sangre y ponzoña. Persi vio un destello de colmillos.

Antes de que pudiera procesarlo, algo — alguien — se interpuso entre ellos. Su atacante salió despedido hacia atrás y Persi, al verse liberada, cayó al suelo, jadeando. Recuperó el bolso, que se había caído cerca, todavía en shock .

Buscó con la mirada a su salvador... y no lo vio. No había nadie más que la lamia, que rodó sobre el pavimento con una convulsión, como si hubiera recibido una patada.

Lo vio entonces, vagamente. Su figura resultaba invisible, apenas la ilusión de una silueta entre gotas de esencia.

La lamia dejó de moverse y Persi se quedó plantada en el callejón, con la esencia empapándola.

—¿Eres tú? —le susurró a la oscuridad.

No hubo respuesta, pero Persi lo sabía; en su corazón, lo sabía.

Hubo un pequeño movimiento, una presencia delante de ella. Notaba el calor que desprendía; el aroma a gasolina, a cuero y a sándalo. Extendió la mano y la frialdad de un guante de cuero le rozó la punta de los dedos.

Fue como si una corriente la sacudiera de pies a cabeza.

Jadeó con brusquedad y avanzó un paso, tratando de aferrarlo, pero su mano se cerró en el aire. La lluvia se agitó a su alrededor, arrastrada por el movimiento de aquella sombra.

«No te marches así. No me dejes sin más.»

—Sé que estás ahí —susurró.

Solo le respondió el golpeteo del Ascenso.

—Eres un cobarde.

Una voz distorsionada le susurró al oído:

—Y tú eres preciosa.

~ ~ ~

La luz cálida del restaurante se reflejaba en los cubiertos y en las copas de sangre.

Rob hablaba con entusiasmo, acompañando el relato con las manos, pero las palabras apenas la alcanzaban.

Habían pasado tres días y seguía sin quitarse al Jinete de la cabeza.

Cada vez que cerraba los ojos revivía el roce del guante; el momento en que había desaparecido, como si nunca hubiera estado allí; aquella voz, aquella frase.

—Perséfone, ¿estás escuchando?

—¿Eh? Sí, claro. —A partir de ese momento—. Decías algo sobre… ¿corbatas?

Rob suspiró, dejando la copa sobre la mesa con un ligero golpe.

—Vale, ¿qué pasa? Has estado rara toda la noche.

—Solo… —Se detuvo.

No podía explicarle lo del Jinete. Rob no lo entendería, porque nunca le había hablado de lo que había pasado hacía casi tres años.

—¿Solo qué? —insistió él.

—Estoy cansada —improvisó, dando un sorbo de su copa para distraerse. Lo estaba.

El vampiro la evaluó con la mirada, decidiendo si la creía. Al final, retomó la conversación. La mente de Persi no tardó en regresar a la moto vacía y al extraño nudo en el pecho del que no lograba deshacerse.

Ya en casa, a solas en el dormitorio, se dejó caer sobre la cama y revivió la única frase que el Jinete le había dirigido. Dejó que su mente reconstruyese el encuentro y soñase con lo que habría pasado si, en lugar de marcharse, hubiera consentido que le aferrase la mano.

Era un «y si» cada noche.

En su sueño, él se volvía visible y ella veía de nuevo aquella mirada oculta detrás del visor del casco.

Se fijaba en el color de los ojos, en la forma en que la miraba y, esta vez, lo memorizaba todo.

Así, cuando él levantara la vista y sus ojos se encontraran con los de ella por la calle, podría reconocerlo.

Era un sueño extraño, absurdo, pero, en la soledad de su cuarto, era solo suyo.