20. No merezco tu atención
NO MEREZCO TU ATENCIÓN
-P rometiste que pasaríamos la noche juntos.
Acababan de aparcar y caminaban cogidos de la mano. Rob no la soltó, pero se detuvo a mirarla con aquellos ojos de un verde océano, así que Persi se paró y lo miró también.
—¿Y acaso no estoy haciendo justamente eso, corazón?
—Cenar en casa de Fern significa que os pasaréis la noche hablando de trabajo, y yo estaré encerrada en la salita con su mujer.
—¿No te cae bien Luana?
Persi contuvo el impulso de alzar la vista hacia el cielo con desesperación. La negrura era absoluta en el angosto espacio que se abría entre las luces de los rascacielos. Todavía faltaban horas para que la Lluvia Ascendente de Wunju lo tiñese de dorado.
—No la conozco de nada.
Rob asintió, comprensivo, como si ya entendiese el problema.
—Seguro que tenéis mucho en común —la tranquilizó, reanudando el paseo.
—Cree que MiEnti es una marca de chicles —protestó ella, haciendo referencia a la red social en la que esa semana había superado los cien mil seguidores.
—No te cae bien Luana —repitió. Esta vez no usó el tono de pregunta.
—El tema no es si me cae bien o no. Es que he quedado contigo. A solas.
—Sigues enfadada con ella por lo del otro día.
—¿Qué?
—Cuando te preguntó si teníamos pensado tener hijos pronto.
—¡No!
Rob le dedicó una sonrisa que parecía decir: «No hace falta que me mientas».
—Dijiste que el comentario te había parecido inapropiado.
—Porque lo fue —se defendió—, pero eso no significa que tenga un problema con ella.
—¿Entonces sí que quieres tener hijos?
El corazón le dio un vuelco de pánico. Bueno, más bien una voltereta con doble tirabuzón. ¿A qué venía eso?
—¿Estás escuchando una palabra de lo que te digo? —se exasperó, negándose a dejar que desviara la conversación—. Esto no tiene que ver con Luana. Lo que me molesta es que prometiste que cenaríamos juntos y ahora resulta que pasarás más tiempo con Fern.
Después de desmayarse esa mañana, Persi había dormido hasta bien entrada la tarde. La había despertado un mensaje de Rob diciendo que pasaría a buscarla. Había esperado que pasaran tiempo juntos, para compensar lo poco que se habían visto los últimos días.
Rob le soltó la mano, claramente irritado.
—¿Y qué quieres hacer? Ya les he dicho que iríamos, no podemos no presentarnos.
Persi vaciló. Cuando Rob se crispaba, lo mejor era aplazar la conversación. Hizo un esfuerzo para seguirle el paso; le había soltado la mano y caminaba un pelín rápido para ella. Problemas de salir con un vampiro.
—No te pido que lo canceles. Es solo que últimamente estás ocupado con tantas cosas… —Suspiró—. Solo quiero sentir que somos una prioridad el uno para el otro.
«Que soy una prioridad para alguien.»
Le dolía reconocer cómo se sentía: como si el mundo pasara por ella, pero ella no pasase por nadie. Pero era un hada, y ello la obligaba a hablar con sinceridad. Además, apenas le quedaba orgullo: Celandia se había ocupado de destruirlo hacía años.
Rob le echó un vistazo, y Persi debía de dar verdadera lástima porque volvió a tomarla de la mano y suavizó el tono:
—Venga, la próxima vez haremos un plan que te guste más. —Era una pequeña victoria. Supuso—. Decías que Calix te caía bien, ¿no? Podemos quedar con él la próxima vez.
Ella lo miró indignada hasta detectar la sonrisita que le bailaba en los labios.
—¡Rob! No es gracioso.
Pero, cuando su prometido soltó una de sus carcajadas melodiosas, uno de los sonidos más bellos que Persi conocía, ella reunió las fuerzas necesarias para devolverle la sonrisa.
—Así me gusta —le dijo él, acercándola a sí—. Estás mucho más guapa cuando sonríes.
Lo que Rob olvidaba era que las hadas sí podían mentir con sus expresiones.
~ ~ ~
Fern sonrió ampliamente al verlos aparecer en la puerta. Luana y él acababan de mudarse al apartamento y tuvieron que esperar a que los invitaran a pasar. Como vampiro, Rob necesitaba una invitación de los propietarios para entrar por primera vez.
La pareja los recibió con tanto entusiasmo que Persi estuvo a punto de sentirse culpable por no haber querido ir.
Pero solo a punto. Sobre todo porque una hora más tarde estaba sentada con Luana en la salita de estar, respondiendo preguntas sobre detalles de su próxima boda de los que no tenía ni idea.
—¿Tienes ya vestido?
—Aún no.
—Es muy difícil escoger —coincidió ella, sirviéndose otra copa de vino. La luz de una lámpara cercana arrancó brillos a las escamas meladas que decoraban la piel expuesta de la sirena—. Seguro que ya has perdido la cuenta de cuántos te has probado.
—Ni te lo imaginas. —Esa cuenta no había empezado.
—¿Dónde será? ¿Tenéis reservado el lugar?
—Para mí será una sorpresa. —Se había esforzado todo lo posible por ignorarlo.
—¡Qué emocionante! —exclamó, entusiasmada. Su cabello dorado se balanceó con el movimiento. Tenía una textura ligera que recordaba a la de las plumas. La sirena mantenía la cola y las alas ocultas, pero Persi sabía que eran de aquel mismo tono áureo.
Tomó su mano sobre el sofá; Persi la apartó enseguida, pero no lo bastante rápido como para evitar que Luana captase su verdadero estado de ánimo.
Como sirena, no solo podía percibir sus emociones al tocarla, sino que podía transferirle otras nuevas o manipular las originales. Por suerte, solo se sorprendió un poco:
—Prismas, sí que estás nerviosa. Iré a por otra botella.
Persi, aliviada, agradeció que su pánico pudiera interpretarse de esa manera. Rob seguía en la cocina, charlando con Fern, pero su oído era lo bastante fino para captar la conversación que mantenían. Si es que tenía interés.
Luana desapareció hacia la cocina a por más vino, a pesar de que Persi no había tocado el suyo. Esta sacó el móvil del bolso y se quejó a Enaire de lo mucho que se aburría:
Debería haberme quedado en casa hablando contigo.
Ya sabes que yo encantada, pero…
¿Pero?
Llevas semanas en Irisada y no has hecho amigos. No quiero que te quedes sola.
Te tengo a ti.
No, Persi. Amigas de verdad, con las que puedas salir. Ya sabes a lo que me refiero.
Lo sabía, pero no quería pensar en ello. Esta vez Enaire había tardado menos en sacar el tema. Eso… no era bueno. Notó la bilis en la garganta y las garras de la culpa aferrándole el vientre. Reinició la conversación desde la última copia de seguridad.
A veces sucedía. Era inevitable que Enaire atase los cabos de vez en cuando.
Oyó las risas de Luana desde la cocina, en respuesta a algo que había dicho Fern. A Persi no le apetecía unirse. Recibió un mensaje de un número que no tenía guardado: era el de Sabatier. Había memorizado las cifras de tanto mirar la tarjeta en el contenedor.
¿Qué haces en línea a estas horas? Mañana trabajas.
Persi contempló el mensaje con la boca abierta. Tecleó una respuesta.
Además de un explotador eres un chismoso, Sabatier.
Iba a preguntarte cómo te encontrabas, pero ya veo que estás bien.
Ella tardó unos instantes vergonzosos en darse cuenta de que se refería al desmayo de la mañana; no estaba acostumbrada a que nadie se preocupara por ella.
Estoy mejor. He salido a cenar con Rob.
Y aun así me contestas, ¿tan mala está siendo tu cita?
Suspiró.
Ni te lo imaginas.
¿Del 1 al 10?
-5, porque no está siendo.
Venga ya, ¿qué estáis haciendo? ¿La lista de la compra?
Qué más quisiera. Se retorció un mechón de pelo, ¿debería seguir hablando con Hades Sabatier? Era raro. Pero también era lo más entretenido que hacer en aquella casa.
Tomando vino con la mujer de un amigo de Rob.
Ah, ahora lo entiendo todo.
¿¿¿???
Tendría que haber imaginado que había alcohol de por medio si me estabas respondiendo.
No estoy borracha .
Solo muy aburrida.
Te dejo con tu planazo. No vaya a ser que se acabe la botella sin ti.
También tenemos queso.
Caray, todo un guateque. ¿Cuántos años tenéis? ¿Cincuenta y tres?
«Me siento como si tuviera sesenta ahora mismo», pensó ella. Pero escribió:
Ja, ja. Muy gracioso.
Anda, no sabía que las hadas pudierais mentir por mensaje de texto.
Persi levantó una ceja. Era observador.
No has tratado con muchas hadas antes, ¿verdad?
De lo contrario, sabría que había muchas excepciones a aquella regla.
La limitación solo ataba las palabras en un sentido literal.
Podían mentir con sus gestos, asintiendo cuando lo sincero habría sido decir que no o señalando el camino equivocado cuando alguien pedía indicaciones.
La ironía, en cambio, se les resistía. Decir lo contrario de lo que se piensa sigue siendo decirlo , y su lengua era incapaz de pronunciar palabras falsas, aunque fuera con un tono burlón.
Quizá las historias fuesen la única excepción: podían no ser reales, pero tampoco eran mentira.
Al fin y al cabo, que algo no haya sucedido no significa que sea falso.
Las hadas podían leer o inventar historias en voz alta; para todo lo demás solo tenían que ser…
más ingeniosas. Y, si no, que se lo preguntaran a Celandia Cerys. Su madre hacía un arte de aquello.
No he tenido el placer, pero estoy dispuesto a salir de mi zona de confort por ti.
Me lo pensaré si no vuelves a decir «guateque» en tu vida.
JAJAJAJA.
Contempló las letras. No se lo imaginaba soltando una carcajada, y menos en mayúsculas. Seguro que lo había escrito completamente serio. El pensamiento la hizo sonreír.
¿Puedo confesarte algo?
Me encantaría.
El vino y el queso me dan asco.
¿Quieres que vuelva a enviar un coche a por ti?
Estaba de broma, claro, pero qué tentador sonaba. Sonrió, tecleando ya la respuesta.
—¿Con quién hablas?
El teléfono estuvo a punto de caérsele. Lo atrapó, bloqueando la pantalla en el proceso, y se volvió hacia su prometido, que estaba apoyado en el respaldo tratando de ver por encima de su hombro.
—¿Me he perdido algo? —preguntó ella, echando un vistazo hacia la cocina.
—Me temo que he vuelto a olvidar que los demás necesitan dormir. Me parece que Fern y Luana quieren irse a la cama. ¿Tú también estás cansada?
Persi admitió que lo estaba. Apenas unos minutos después las luces de la vivienda parpadearon y se apagaron debido al inicio del Ascenso; ya pasaba de la medianoche. Luana encendió las velas de un candelabro para iluminar el recibidor mientras acababan de despedirse.
Persi estaba tan exhausta que se durmió tan pronto estuvo en la cama. Sola.