19. Si me desmayo en tus brazos, es por falta de hierro
SI ME DESMAYO EN TUS brAZOS,
ES POR FALTA DE HIERRO
-N o se os puede dejar solos —protestó Hades, refiriéndose a la pizarra blanca que había en una esquina de la sala de reuniones—. Sois como niños pequeños cuando no se os vigila. Debería bajaros el sueldo.
Jess le sacó la lengua desde donde estaba sentada entre los pufs y se encaminó hacia la mesa. Izan dejó el rotulador en la base de la pizarra y se alejó con las manos detrás de la espalda. Persi aprovechó para echar un vistazo a lo que había escrito:
NORMAS DE CONVIVENCIA:
Izan tiene prohibido dibujar penes en los márgenes de la pizarra.
Jess tiene que dejar de decir «Tengo un plan» si no lo tiene.
Los chistes de Izan están prohibidos (a no ser que sean muy buenos) No.
No burlarse del acné adolescente de Dio. Es un tema sensible y amenaza con prender fuego a quien lo mencione.
Nadie usa «¡Por la fuerza del Prisma!» como grito de guerra. (Sí, Dio, es ridículo.)
Si algo explota, asumimos que fue Hades.
¿Por qué hay galletas en el equipo de primeros auxilios? Jess, explícalo.
Si algo le pasa a Persi, nos cargamos a Dio. Esto es un pacto.
Hades NO vuelve a improvisar (por favor, esta vez en serio).
Dio, tus instrucciones no pueden ser «corre, y ya vemos qué pasa» durante una misión.
Echarle la culpa a Izan NO puede ser el plan B.
Persi, que apenas había tenido tiempo para pasar por su apartamento para cambiarse y prepararse un café, tomó asiento al lado de Jess.
— ¿La has vuelto a traer ? —protestó la voz infantil de Dio desde la pantalla al verla aparecer. Esa mañana llevaba unos auriculares de diadema que le quedaban enormes.
—La he convencido para que siga ayudándonos —corrigió Sabatier, estirándose y caminando hacia la pizarra.
—¿Qué tal con la chica? —preguntó Jess. A pesar del recibimiento bromista, había un ambiente tenso que sugería que llevaban un rato esperando a que llegasen con noticias.
—Fianne estaba tan encantada como siempre de verme —respondió Sabatier.
—¿Y? —preguntó Izan.
—Y Persi ha conseguido que nos dé una pista.
—¿ Soy el único que opina que fiarnos de lo que nos diga una inteligencia artificial es una pésima idea? —protestó Dio—. Vale, reconozco que de primeras el efecto de hablar a partir de las memorias está bastante logrado, pero, cuanto más hablan, menos dicen y lo que no saben, se lo inventan .
—Ya, pero nos habíamos quedado sin hilos de los que tirar —concedió Sabatier—. Y, para variar, ha resultado ser útil.
Sabatier les resumió la conversación que habían tenido con Fianne y Persi les contó que ella había visto al hombre de la máscara rota en la subasta, mientras trataba de recuperar el maletín de Rob.
Jess tomó nota en el portátil a medida que escuchaba y Dio, por su parte, consiguió aguantar toda la conversación sin meterse con Persi.
Cuando Sabatier terminó de hablar, Izan dijo:
—Puedo pedir a algún agente que se acerque a la próxima subasta y averigüe lo que pueda de un hombre así vestido.
—No —dijo Hades—. Es una información demasiado delicada y prefiero no compartirla con nadie aparte de los que estamos aquí —sugirió en relación con el hombre del que les había hablado Fianne.
— Pero la influencer puede escucharla. En fin .
Sabatier destapó uno de los rotuladores apoyados en la base de la pizarra y escribió:
12. Dio debe dejar de referirse a Persi como «la influencer» en todo momento.
—¿Y cuál es el plan? —preguntó Jess.
—Izan acudirá a la próxima subasta.
—Puedo ir con él —se ofreció voluntaria la nereida.
—Dio irá con él. Si Persi va a trabajar con nosotros…
— Lo que no tiene ningún sentido —se quejó Dio.
—… más vale que empiece a familiarizarse con la runomancia. Quiero que le expliques lo básico.
¿Runomancia? Echó un vistazo a Jess, buscando saber qué le parecía a ella el plan. Pero la nereida asintió sin traslucir ninguna emoción.
—¿Qué es la runomancia? —preguntó Persi.
Sabatier la miró, remangándose la camisa.
—Te prometí que te explicaría cómo se creaba la runotecnia, ¿no?
— Como si no tuviéramos cosas más importantes que hacer —bufó Dio.
—Dio, me estás hartando —le advirtió Sabatier.
Persi se removió en el asiento, incómoda.
—A lo mejor Dio tiene razón y no hace falta que perdamos el tiempo enseñándome.
—Tonterías. Está decidido. Y no estaréis perdiendo el tiempo, quiero que hagáis algo mientras practicáis.
Sabatier borró parte de las normas de convivencia y escribió una palabra: «Athanasiou» .
—Madre mía —susurró Jess.
Él asintió y dio unos golpecitos sobre la pizarra.
—Es la única pista sólida que tenemos sobre lo que le pasó a Fianne. El plan es averiguar por qué Alexios la citó y si está implicado de alguna manera con los Asfódelos.
—Eso no es un plan —protestó Izan—. Como máximo es una declaración de intenciones.
— Su único plan consiste en meterse en problemas y dejar que Dio se ocupe de sacarle de ellos —protestó este.
—¿Qué tal si empezamos por hacer una lista de próximos objetivos y posibles contingencias? —propuso Sabatier, ignorándolo abiertamente.
—A mí se me ocurre un riesgo posible: que acabemos todos en la cárcel por acosar al hijo de un gobernador —sugirió Jess.
Persi rio, creyendo que lo decía en broma, pero Sabatier lo apuntó en la pizarra.
—Que el chico no tenga nada que ver y la pista sea un callejón sin salida —aportó Izan—. Habremos perdido un tiempo valioso.
Sabatier lo anotó.
—Que los Asfódelos se den cuenta de que los estamos investigando —dijo Persi, lo que consiguió que todos la miraran—. Podría ser peligroso.
— Define peligroso —pidió Dio con una sonrisa.
—Que sea peligroso no es una contingencia, es lo normal aquí —replicó Jess.
Sabatier les dedicó una mirada de reproche a ambos y anotó el comentario de Persi. Al lado escribió: «Solución: evitar que nos pillen». Poco a poco la pizarra se fue llenando con la lluvia de ideas, hasta que llegó un momento en el que todos parecieron quedarse en blanco y se instaló el silencio.
Persi descubrió a Sabatier mirándola fijamente.
—Suéltalo —le dijo, adivinando que Persi llevaba unos minutos dándole vueltas a algo.
Ella giró un mechón alrededor del índice, buscando las palabras para explicar lo que la había estado preocupando.
—Pongamos que descubrimos que Alexios está relacionado con los Asfódelos. ¿Qué vamos a hacer? Si él está implicado, su padre podría estarlo también.
—Esa es una buena pregunta —reconoció Sabatier, recuperando el aplomo. Dibujó un círculo alrededor de «Athanasiou» remarcándolo varias veces—. ¿Ideas?
— ¿Lo secuestramos y lo amenazamos para que cuente lo que sabe ? —sugirió Dio.
Persi abrió los ojos, esperando que fuese una broma. Sabatier apuntó en la pizarra: «coacción» y luego dibujó una flecha hacia «Riesgo: nos vamos a la cárcel».
—Venga, ¿qué más se os ocurre?
No estuvo muy participativa el resto de la reunión.
En parte, porque todavía estaba desentrañando la dinámica de aquel grupo; en parte, porque le costaba mantenerse despierta.
Pero, sobre todo, porque no dejaba de pensar en el mensaje que había recibido.
¿Robarle a Sabatier? ¿Ella? Era una locura.
Pero el Jinete le había salvado la vida.
Tras mucho deliberar había respondido: «¿De qué se trata? ».
La sesión se alargó una hora más, hasta que Dio anunció que tenía que desconectarse. Decidieron darla por terminada, con la tarea de dar una vuelta a nuevas ideas para el día siguiente.
Jess e Izan salieron de la habitación mientras Sabatier se quedaba atrás borrando la pizarra. Persi quiso ir tras ellos, pero al ponerse en pie se le nubló la vista. Se sujetó al borde de la silla.
—¿Estás bien? —preguntó preocupada Jess, deteniéndose en el umbral.
Fijó la vista en la nereida, pero la vio borrosa. La habitación le daba vueltas.
—¿Persi?
La debilidad se apoderó de sus rodillas. Alguien la sujetó antes de que golpease el suelo.
—Mierda, Jess, ve a… —El pitido que le taladró los oídos le impidió oír nada más.
~ ~ ~
Cuando Persi volvió en sí estaba recostada con las piernas en alto en una butaca en el despacho de Sabatier.
—Perséfone. —Sabatier se acercó a ella en cuanto se removió—. ¿Estás bien?
Ella parpadeó, ubicándose tras el desconcierto en que la había dejado perder la consciencia.
—¿Cuánto…?
—No hace ni un par de minutos. Acabo de tumbarte.
La observaba con fijeza, inquisitivo. La sujetó de la mano. A Persi el gesto se le hizo extraño. Pensó en el apretón con el que habían cerrado la colaboración unos días atrás, en ese mismo despacho. Entonces también había notado la piel de Sabatier cálida contra la suya.
—Estás helada.
Se quitó la chaqueta y se la extendió sobre el vestido. Olía de maravilla, a algo dulce mezclado con sándalo, y también estaba calentita. A Persi le dieron ganas de no sacársela nunca. Tuvo el impulso de inspirar profundamente contra la tela. Se contuvo porque tenía al dueño delante.
Él volvió a tomarle la mano y le acarició el dorso con el pulgar. Con mucha suavidad. Era un contacto inesperado, aunque extrañamente cómodo.
—¿Quieres que llame a alguien? ¿A Robian? —Su voz era tranquila, grave.
Persi negó. Estaba más lúcida, pero aún no se sentía con fuerzas para ponerse en pie.
—¿Dónde están los demás?
—Izan ha ido a por hielo. Te has dado un golpe en el hombro. —En cuanto lo dijo, Persi fue consciente de un dolor persistente en la zona—. Y Jess ha ido a por un médico a las plantas del hospital.
—No hace falta —aseguró ella—. Estoy mejor.
—No lo parece.
—Me pasa con frecuencia. Es que llevo unos días con anemia y…
—¿Tienes anemia a menudo? —Aquel tono tranquilo, contenido, otra vez.
—Procuro evitarlo —bromeó.
Él le sostuvo la mirada.
—Era una broma —explicó ella.
—Ya.
—Como no te has reído…
—No me ha hecho gracia.
Vale. Dioses, ¿tenía que ser tan serio?
—¿Él lo sabe? —le preguntó—. ¿Sabe que te está causando anemia?
Persi aspiró de golpe por la nariz. ¿Tan evidente era? Por la forma en que lo dijo, no le pareció que fuese buena idea admitirlo, pero tampoco podía mentir.
—Se ha despistado un poco con la cantidad, pero ya me estoy recuperando.
—¿Es la primera vez?
Ella apretó los labios. Quería quitarle importancia, pero que Sabatier estuviera acuclillado junto a su asiento, mirándola con aquella expresión preocupada, no ayudaba. Se le humedecieron los ojos y bajó la vista, con un torpe encogimiento de hombros.
—Ya veo.
El tono transmitía una violencia velada. Y esa expresión... Era justo la que tenía en los carteles de Infra, la que Persi había pensado que era fría e insensible y que no se parecía demasiado a él. Al parecer, era solo que no la había usado con ella hasta entonces.
Por fortuna, la puerta del despacho se abrió e Izan entró en la habitación con una bolsa de hielo en la mano.
—Para que no se te hinche el hombro —dijo.
Persi apartó la mano de la del directivo, nerviosa por haber estado tomándola todavía. Sabatier se quedó donde estaba sin perder aquella expresión ceñuda.
El hada se levantó con cuidado y le devolvió la chaqueta. Tomó la bolsa y dejó que el frío le abrasase la piel cuando se la colocó sobre el hombro. Izan intercambió una mirada con su jefe.
—Jess dice que puedes bajar a que te examinen.
—Estoy bien. De verdad.
Miró a Sabatier mientras lo decía, esperando que la contradijese. Él apretó la mandíbula y le sostuvo la mirada, pero no lo hizo.