Noche púrpura 18. En lo más profundo
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18. En lo más profundo

EN LO MÁS PROFUNDO

L os pasillos de la Infraciudad desprendían un aura inquietante.

Puede que se debiera a su diseño industrial y aséptico, o al aire viciado característico de estar bajo tierra.

A lo mejor era solo que le traía malos recuerdos.

En cualquier caso, Persi se mantuvo pegada a Sabatier mientras avanzaban bajo las luces ambarinas.

Durante el Ascenso, las luces de reserva adoptaban el color de la esencia en Ascensión.

Sabatier colocó el brazo tras su espalda sin llegar a tocarla, como si al percibir su malestar hubiera pensado en reconfortarla y se hubiese arrepentido en el último instante.

—Espero que no me estés llevando a las Prisiones Incoloras —dijo Persi con un hilo de voz.

Era un intento de broma, para aliviar la tensión, pero los nervios y el tétrico silencio del pasillo convirtieron la frase en un ruego. Según Calix, Sabatier tenía cierto control sobre esas celdas y bien podría estar llevándola junto a su hermana… para dejarla bajo tierra con ella.

Había tenido la precaución de programar un correo a Kara y a Rob antes de que la batería de su móvil se agotase. Si no los cancelaba antes de la mañana siguiente, sabrían quién era el culpable de su desaparición. Eso la hacía sentirse solo un poco más segura.

—Puedes estar tranquila. Este sector y las Prisiones Incoloras ni siquiera forman parte del mismo entramado de túneles. Hace tiempo que las entradas que los conectaban se sellaron.

—¿Es cierto que pertenecían a tu familia?

Sabatier permaneció en silencio unos segundos, guiándolos a través de los túneles. Persi desconocía la manera en la que se orientaba. Ella no percibía ninguna diferencia visible entre un túnel y el siguiente.

—Todo el Inframundo pertenecía a mi familia.

Eran los encargados de custodiarlo. Desde los Jardines Dormidos hasta las Prisiones Incoloras.

El de mi padre era un linaje de nigromantes, velaban por que las almas de los muertos cruzasen el Río y custodiaban las memorias de luz que quedaban a este lado en celdas seguras.

—¿Cómo terminaron convertidas en una prisión para altari?

—Resultaron ser apropiadas. Cuando pasan suficiente tiempo bajo tierra, las castas dejan de tener acceso a sus poderes. Cuando el Gobierno expropió los túneles, llevó las memorias a los Jardines, separó los pasadizos y usó las celdas como prisión.

—¿Y a tu familia le pareció bien?

—Recibieron un pago adecuado y se les permitió conservar algunos de los túneles —explicó, señalando el pasillo por el que caminaban—.

Los nigromantes tienen una salud débil y vigilar el Inframundo es un trabajo desgastante.

Con el paso de las generaciones, eran tan pocos que apenas podían permitirse su custodia.

Después de que el Gobierno los liberara de esa función, adoptaron un modelo más corporativo que solo conservó sus orígenes en el nombre: Infra.

También crearon el primer artilugio de runotecnia, al combinar una inteligencia artificial con el poder de la runa de Ansuz.

Eso fue el principio de... bueno, Infra tal y como la conoces.

—Te refieres a las estelas que permiten hablar con las memorias de los difuntos. —Una excepción a la prohibición de que los humanos usaran runotecnia que el Acervo permitía.

Sabatier asintió.

—¿Y qué quieres decir con que las combinaron con el poder de la runa? —preguntó Persi.

Sabía que Ansuz, al igual que los demás días de la semana, podía escribirse con una runa.

Estas conformaban un alfabeto antiguo, en el que cada símbolo representaba una palabra o un concepto.

En el caso de los días, las runas también designaban la esencia que ascendía la jornada que les daba nombre y el par de castas afines.

Así, la runa de Ansuz simbolizaba el séptimo día de la semana, pero también la esencia violácea: el poder procedente de nigromantes y espectros.

No obstante, lo habitual era ver las runas solo en templos, ya que únicamente los sacerdotes aprendían a escribirlas.

El resto utilizaba el alfabeto común, en que cada símbolo se correspondía con un fonema, y solo reconocían las runas más comunes, como las de los días de la semana, por sus visitas a los templos.

Persi reconocía alguna más gracias a Enaire, y, ahora que lo pensaba, había visto algunas en artículos de runotecnia.

Por ejemplo, las pastillas que Rob compraba para anular su vulnerabilidad vampírica a la luz solar llevaban impresa la runa de Kaunaz.

Había supuesto que era una manera visual de orientar a los clientes sobre sus efectos.

—Tiene que ver con la manera en la que se fabrica la runotecnia —explicó Hades, escueto—. Ya hablaremos de ello otro día.

Persi lo dejó correr, aunque dudaba que Sabatier estuviera dispuesto a revelarle el mayor secreto de Infra, confiara o no en ella.

—Entonces, ¿no es cierto que tengáis influencia en quién ingresa en las Prisiones Incoloras?

Sabatier negó con la cabeza, como si la idea se le antojase absurda.

—Créeme; si la tuviera, habría personas que no seguirían en la superficie —respondió en un tono que helaba la sangre.

A Persi no le quedaron ganas de indagar más después de aquel punto y Sabatier, a quien el silencio nunca parecía molestarle, tampoco compartió más información.

Se detuvieron frente a una puerta diferente a las demás al final del túnel.

Parecía más robusta y había un guardia a cada lado.

Persi los miró de reojo, había algo en ellos que resultaba…

inquietante. Sabatier los saludó y se acercó a la puerta, donde se iluminó la runa de Wunju mientras un escáner le examinaba la cara. Les concedió el acceso.

—¿Qué les sucede a los guardias? —susurró Persi, siguiéndolo a través de la puerta.

—¿Por qué lo dices?

—Tenían mal color. —Era quedarse corta, pero no se le ocurría mejor forma de explicarlo.

—Son constructos. Muertos vivientes —explicó Sabatier, tan tranquilo—. Cadáveres levantados con nigromancia con la consigna de servirme.

Persi dio un respingo al oírlo, y se alegró de haberlos dejado atrás.

Cierto, Sabatier era mitad nigromante. Le costaba recordarlo, porque, a pesar de que solía vestir de negro y esa noche estaba bastante ojeroso, no tenía la mirada hueca que compartían nigromantes y espectros.

Quizá su madre había pertenecido a alguna casta con mayor vitalidad, como las de Berkana o Fehu.

El interior de la estancia se parecía a un centro médico. Había enfermeros hablando en el pasillo y un pequeño mostrador para recibir visitantes. Persi se fijó en que todos ellos eran constructos. Sabatier se acercó y saludó a la mujer que había detrás.

—¿Alguna novedad?

—Tan tranquilo como de costumbre. ¿Vas a querer hablar con la doctora?

—No, no la molestes. Solo quería visitarla.

Persi no tuvo tiempo de teorizar demasiado antes de que Sabatier la guiase hacia una de las habitaciones.

Soltó una exclamación ahogada al ver a la chica inconsciente de la camilla.

Tenía electrodos pegados a la piel para monitorearle las funciones vitales.

Había perdido el color; el cabello y la piel eran de un blanco como el de las sábanas.

Con todo, el parecido era innegable. La forma de los labios y la nariz era la misma.

—Te presento a Lauren, mi hermana.

Persi clavó la vista en la joven inconsciente. Calix tenía razón: la hermana de Sabatier no había desaparecido, él la tenía oculta bajo tierra y la había… Bueno, no estaba muerta. Se detuvo en la piel blanquecina. No era una simple palidez, sino… falta de color.

—Es una Descolorida —dijo.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

—Unos cinco años.

Le vinieron a la cabeza todas las consideraciones que la gente repetía en esas situaciones: «Lo siento» o «Te acompaño en el sentimiento» o «El Prisma nos pone pruebas difíciles de comprender». En vez de caer en eso, preguntó:

—¿Cuándo fue la última vez que despertó?

Era algo que poca gente sabía, a no ser que tuviera a alguien cercano en esa situación: las víctimas del Descolor tenían periodos breves de lucidez. Eran más frecuentes cuanto más joven era el paciente. Aquella chica parecía poco mayor que Sabatier o ella, así que al menos…

—Hace unos días —dijo—. Despertó la noche de la subasta de Celandia, por eso tuve que marcharme tan de repente.

Con razón había enviado a Jess e Izan a recogerla en vez de hacerlo él en persona.

—Es una mierda —dijo.

Sabatier asintió. Se sentó en una butaca al lado de la cama y entrelazó los dedos con los de su hermana. Persi se sentó en una silla al otro lado, observando aquel gesto de cariño con un nudo en el estómago.

—¿Quién es en tu caso? —preguntó entonces Sabatier.

Persi alzó la vista hacia él.

—¿Cómo?

—Pareces familiarizada con la enfermedad. Supuse que conocerías a alguien.

—Ah. —Persi tragó saliva—. Sí, mi padre.

—No lo sabía —le dijo Sabatier. Parecía verdaderamente confundido.

—No es algo que suela contar.

—No, me refiero… Dio dijo que tu padre había muerto cuando estabas en el instituto. —No parecía avergonzado por reconocer que la había hecho investigar.

—A Celandia le gusta más esa versión. Dedicó muchos esfuerzos a ocultarlo.

El Acervo predicaba que el Descolor era enviado por el mismo Prisma, así que en muchas familias seguía siendo un hecho vergonzoso tener a un miembro afectado. Por suerte para los altari, el Descolor solo afectaba a humanos. Por desgracia para Celandia, ella se había casado con uno en su juventud.

—No dejes que te afecte; mientras pague las cuotas de los cuidados…

—No lo hace. ¿Por qué iba a pagarlas? Ya no es su marido.

—Es muy costoso.

—Ya. —Lo era. A Persi apenas le daba para cubrir los gastos con lo que ganaba por redes, de ahí que tuviera que depender del dinero de su madre para todo lo demás. Antes de tener esa fuente de ingresos, se las había apañado como había podido.

—Eras apenas una niña.

La conmoción de Sabatier era tan evidente que Persi apartó la mirada hacia sus uñas, incómoda. No pretendía darle pena, pero se sentía penosa.

—No era tan pequeña, tenía quince años.

Él frunció los labios en una fina línea que no parecía compartir aquella opinión.

—¿Y cuándo fue la última vez que lo viste? —preguntó, contenido.

—Antes del verano. Estuvo consciente casi dos semanas y pude presentarle a Rob. No ha vuelto a despertar desde entonces. Al principio le tomaba solo unos meses, pero…

—Pero ahora le lleva más.

Era así; cuanto más avanzaba el Descolor, más se tardaba en despertar.

—Sí.

—Al menos pudiste presentarle a tu prometido.

Persi esbozó una mueca.

—Más o menos. Rob y yo todavía no estábamos prometidos, solo nos estábamos conociendo —confesó.

Aquello lo pilló por sorpresa. Persi no se lo tuvo en cuenta, la gente asumía que llevaban más tiempo saliendo. Ya que... bueno, iban a casarse.

—Seguro que se alegra por ti —dijo, y Persi le admiró el intento de diplomacia.

—Gracias, pero en realidad a mi padre no le cayó muy bien. Aunque dudo que le hubiese caído bien ningún altari.

Sabatier se la quedó mirando y le preguntó algo, pero Persi no lo escuchó. Acababa de darse cuenta de una cosa. Algo que, de no haber estado tan afectada, tendría que haberla desconcertado nada más entrar en la habitación.

—¿Por qué a tu hermana le afecta el Descolor?

—Ya sabes cómo va. Causa aleatoria, nadie sabe cómo ni a quién infectará.

—No, quiero decir, el Descolor solo afecta a los humanos.

—Ah, ya. —Le acarició la mano a Lauren—. Persi, mi hermana es humana.

—¿Cómo es posible?

—Mi madre era humana. Lauren ya había nacido cuando se casó con mi padre.

—Tu hermana es completamente humana —repitió Persi.

—Lo es.

Y Hades… era un mestizo, como ella.

—Nadie sabe lo tuyo.

—Incorrecto. Mi madre y mi hermana lo saben; Jess, Dio e Izan lo saben; el funcionario que registró mi nacimiento, y el médico…

—Ya, lo pillo. Me refiero a públicamente.

—Lo sé —dijo. Esbozó otra de aquellas sonrisas sutiles—. Es mejor así.

Aquello cambiaba las cosas. Sabatier estaba en la misma situación que ella.

Persi le había echado en cara sus motivaciones, pero estas no tenían por qué ser tan distintas a las suyas.

Ojalá pudiera hablarle a Calix de aquello.

Decirle que Sabatier no era tan cruel como él asumía, que quizá pudiera ser ambicioso y calculador como para haberse quedado Infra solo para él, pero que no le había hecho daño a su hermana.

Que su querida Lauren seguía viva... Pero había prometido que no lo compartiría con nadie.

Permanecieron unos minutos más junto a Lauren. Luego, Sabatier se despidió de su hermana con un beso suave en la sien.

—Estas son mis razones —le confirmó cuando salieron de la habitación—.

El motivo por el que hago todo esto. Sí, las ganancias de mi empresa aumentarían si se vendiese runotecnia a humanos.

Pero el motivo por el que insisto, el que hace que no tire la toalla, es ella.

Infra está trabajando en una cura para el Descolor.

Estamos cerca, pero no puede hacerse sin runotecnia.

Si no conseguimos que su uso se autorice en humanos, no habrá servido de nada.

La gente tendrá que elegir entre dejar que sus familiares sigan enfermos o salvarlos y enviarlos a prisión.

—Por eso fingisteis su desaparición en vez de decir lo que le había pasado. Para poder curarla en caso de que la ley no cambie.

—Sí. Preferiría que se legalizara para que no tuviera que ocultarse, pero la curaría de todas maneras.

Una cura. Para el Descolor. A Persi le costaba pensar en nada más.

—¿Quién más lo sabe? —preguntó mientras Sabatier firmaba un registro de visita en la recepción.

—Solo quien necesita saberlo. Los trabajadores implicados en el proyecto han firmado un acuerdo de confidencialidad. Jess, Izan y Dio conocen el proyecto, pero no están al tanto de en qué punto están los resultados. Cuanta menos gente lo sepa, mejor.

—Pero me lo estás contando.

—Ajá.

—¿Por qué?

—Porque me diste tu palabra.

Las miradas de Sabatier y Persi se cruzaron y ambos se sonrojaron sin remedio.

No era la respuesta que ella había esperado.

Sentía que la confianza que le dedicaba era genuina, y le costaba imaginar detrás las malas intenciones de las que le habían advertido.

Ya de vuelta en el coche, estaba tan confundida que solo se dio cuenta de que el móvil le había vibrado por la mirada de soslayo que le dedicó el directivo.

Era el Jinete: «He oído que has aceptado un puesto en Infra.

Buen trabajo. Necesito que robes algo para mí».