Noche púrpura 17. Algunos detalles se comentan antes de la primera cita
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17. Algunos detalles se comentan antes de la primera cita

ALGUNOS DETALLES SE COMENTAN

ANTES DE LA PRIMERA CITA

D espertó de madrugada con la vaga impresión de que el móvil llevaba rato sonando. No sabía cuánto había dormido, solo que no lo suficiente. Gruñó y lo buscó a tientas para apagar el despertador. Pero no era la alarma, sino una llamada entrante: Sabatier.

El nombre terminó de despertarla. Se incorporó. El resplandor anaranjado de Raido iluminaba los estores. Eran casi las tres. No la había despertado ninguna de las alarmas.

—Hola —contestó.

— Te has quedado dormida . —No sonaba enfadado, pero tampoco divertido.

—Sí —admitió—. Lo siento.

Se levantó dando tumbos de la cama. Estaba desorientada y notaba las extremidades pesadas. Él solo respondió:

— Estoy esperando abajo .

Entró en el coche veinte minutos después, mojando la tapicería de Sabatier con gotas ámbar de Ascendente.

—¿Qué pasó? —Puso el coche en marcha sin esperar a que contestara.

Persi se arrebujó bajo el abrigo.

—Me quedé dormida —dijo, aunque eso él ya lo sabía.

—Habría llamado antes, pero no sabía si sería un problema.

Podría haberlo sido, si Rob hubiera estado en casa. Pero no estaba. Se había marchado en algún momento de la noche después de morderla.

—No lo fue.

—Si te sentías mal podías haberme avisado, habría buscado otro día —insistió él, despacio.

—No estoy enferma.

Él la miró de reojo, pero calló.

—Estamos saliendo de la ciudad —observó Persi unos minutos después. Había tardado en darse cuenta, porque las gotas de Ascendente ofrecían una visión monótona al otro lado de la ventanilla.

La oscuridad de la autovía no era tan diferente a la de Irisada durante el apagón de los Ascensos. Y, para ser honestos, puede que hubiese dormitado un poco. Era raro en ella; solía estar alerta cuando iba en coche. Pero estaba tan cansada…

—Ya casi estamos —respondió Sabatier, bajando la música. Persi tampoco se había fijado en qué momento la había puesto.

No tuvo que preguntar adónde se dirigían; una luminosidad inconfundible se alzó ante ellos. El Prisma, erguido sobre la cúspide del Gran Templo, no pertenecía a ninguna de las siete ciudades. Arrugó el ceño. Fianne trabajaba en el templo de Elatheia, no allí.

—¿Por qué me has traído a este sitio?

Él la miró como si no estuviera seguro de a qué se refería.

—Es la única entrada a los Jardines Dormidos.

—¿Te han entrado ganas de honrar la memoria de algún familiar o…? —Persi no supo cómo terminar la frase.

Los Jardines Dormidos ocupaban los subterráneos bajo el Templo del Prisma. Eran una parte del Inframundo que albergaba un cementerio, el lugar donde los humanos enterraban a sus muertos para que descansasen en paz.

Sabatier terminó de aparcar antes de mirarla.

—Persi, Fianne está muerta.

—¿Qué?

—Vamos a hablar con su memoria.

—No puede ser.

—Creí que habías leído los documentos.

—Y los leí. Bueno, casi hasta el final. ¿Cómo pudiste no mencionar que estaba muerta? —Se sentía indignada. Se había encariñado con la chica. Con razón llevaba semanas sin publicar nada en redes.

—Había una biografía. Su muerte se mencionaba al final.

—¿Y no se os ocurrió que era una información lo bastante importante como para ponerla al principio, en negrita?

Sabatier se pellizcó el puente de la nariz. También parecía agotado y a Persi se le ocurrió que no se debía de haber acostado antes de ir a buscarla.

—Tienes razón —concedió, para sorpresa de Persi—. Supongo que para nosotros era evidente que había muerto porque ese es el motivo por el que queremos hablar con ella.

~ ~ ~

—Hay mucha luz —comentó Persi una vez hubieron descendido a las profundidades de los Jardines Dormidos.

Caminaban entre los Asfódelos: las flores pálidas, casi traslúcidas, cubrían el suelo en todas las direcciones, extendiéndose sobre una fina capa de niebla helada.

El aire era pesado, dulce, cargado con un aroma de miel y rocío.

No había brisa, pero los pétalos parecían ondular suavemente a su alrededor, respondiendo al eco de sus pisadas.

La única luz procedía de las memorias que coronaban cada una de las tumbas. Y, aunque no se oía ningún sonido natural —ni insectos ni pájaros—, Persi sentía el leve murmullo de una corriente invisible. Un recordatorio del Río que cruzaban las almas humanas al abandonar la vida.

—¿No habías estado antes?

—Una vez.

Había acompañado a su padre a visitar a unos antepasados. Acarició los pétalos de un asfódelo, recordando que también lo había hecho entonces.

—¿Qué pasa con los altari cuando mueren? —le había preguntado a su padre—. ¿Dónde los entierran?

—Los altari son inmortales, Persi, no vuelven a la tierra como nosotros.

Era lo que predicaba el Acervo, Persi se lo había escuchado a los sacerdotes, pero no se lo creía.

—Pero se mueren.

—Cuando les llega su hora regresan al Prisma y se unen a su luz.

Al contrario que los humanos, que enterraban a sus muertos tan profundamente como podían. Por debajo del punto en el que se formaba la Lluvia Ascendente.

—¿Desaparecen?

Él le había revuelto el pelo.

—Algo así.

—Mejor —había dicho Persi—, así cuando se muera Celandia no tendré que venir a visitarla.

Su padre la había mirado con un brillo de tristeza en los ojos, pese a que sabía que Celandia no era precisamente una madre modelo.

—¿Persi? —La voz de Sabatier la devolvió al presente.

—¿Mmm?

—Te has quedado muy callada.

—No me gusta mucho este sitio —admitió, guardándose las manos en los bolsillos para sacudirse la sensación de melancolía.

Sabatier sonrió, un gesto tan sutil que a punto estuvo de pasarle desapercibido.

—Ningún vivo debería sentirse cómodo aquí.

Persi paseó la vista entre las memorias de luz: diminutos prismas resplandecientes, poco más grandes que la uña de su pulgar. Olvidadas, en su mayoría. Vidas pasadas, promesas pasadas. Memorias que un día habían ardido y ahora dormían.

Se detuvieron ante una estela funeraria, apenas diferente del resto, salvo porque las runas grabadas eran más recientes. Los trazos brillaban con una luz tenue que recordaba al último aliento de una vela antes de apagarse. Persi sintió un nudo en el estómago.

—¿Es esta? —preguntó en voz baja, aunque no sabía bien por qué susurraba.

Sabatier asintió, inclinándose para dejar una semilla de asfódelo en la tierra. Era un gesto de respeto: al crecer, el asfódelo se uniría al prado, adornando la estela visitada.

—Me siento fatal viniendo a molestarla —susurró Persi.

—No podemos molestarla. Ya ha cruzado el Río —le recordó Sabatier. Se enderezó y se cruzó de brazos, adoptando una postura tensa—. A este lado solo queda su memoria.

—Ya, pero se siente tan… real.

—Son solo recuerdos. Todo lo demás, las palabras que pronuncie, las emociones que muestre… Es obra de la inteligencia artificial que nos permite comunicarnos con ellos.

El directivo sabía de lo que hablaba, porque era una tecnología desarrollada por Infra.

Persi no necesitó que le explicase que, a pesar de ello, la IA se comportaría tal y como lo habría hecho la persona.

Y eso significaba que no compartiría información con alguien con quien no hubiera querido compartirla estando viva.

—Sé cómo funciona —dijo, y luego, porque Sabatier la miraba con curiosidad, añadió—: Salí unos meses con un informático que trabajaba en esto.

Le había explicado que, antes de llevar las memorias a los Jardines Dormidos, le añadían un contexto a la inteligencia artificial que introducían.

Así las hacían conscientes de que habían muerto y las forzaban a actuar con calma al respecto; de lo contrario, sería una experiencia muy dura para los familiares que las visitasen.

—Ah. —Sabatier no preguntó más al respecto.

—Espera —le pidió Persi cuando vio que se agachaba—, ¿cómo murió?

—A causa de un grupo criminal que se hace llamar los Asfódelos. La secuestraron para llevarla a sus laboratorios y experimentar con ella.

Persi palideció. Permaneció en silencio mientras Sabatier dibujaba la runa de Ansuz en la superficie de la estela.

—Fianne —la llamó, usando el tono grave al que Persi empezaba a acostumbrarse.

La luz de las runas se intensificó. Una figura apareció sobre la losa; un contorno vago y titilante que pronto tomó forma: bucles rubios, cabeza ligeramente ladeada y sonrisa triste.

Esta última se convirtió en un rictus cuando reconoció a Sabatier.

—¿Tú otra vez? —se lamentó—. Te dije que no hablaría contigo.

La voz era tan viva como en los vídeos de Fianne que Persi había visto.

—Tus palabras exactas fueron: «No vuelvas a molestarme a menos que traigas a la mismísima Persi Alcaris del brazo». Pues aquí está —dijo, situando a Persi frente a la estela.

Persi distinguió el momento exacto en el que la IA procesó la imagen y reaccionó basándose en los recuerdos de Fianne. La chica abrió los ojos, revelando el blanco que los rodeaba.

—La has traído. Madre mía, no me lo creo —gimió.

—Fianne —la saludó Persi—, hemos venido para entender quién te hizo daño.

En realidad, Sabatier no le había dicho por qué estaba interesado en la chica. Él no dijo nada, dejando que la conversación fluyera.

—Ay, Dioses. Y sabe mi nombre.

—Claro que lo sabe —dijo Sabatier—. Ha venido porque quiere ayudarte.

Al oír eso, se puso seria.

—Ya no podéis ayudarme.

—Tienes razón —concedió Persi, con una mirada de reproche hacia Sabatier—. Lo cierto es que somos nosotros los que necesitamos tu ayuda. Lo que te ocurrió podría ser la clave para evitar que otros pasen por lo mismo.

—No me gusta hablar de cómo morí —explicó, removiéndose incómoda en la estela—. Pero si de verdad lo necesitas…

Persi asintió, olvidando que estaba allí por Sabatier.

Él no lo sabía, pero tenía su propia cuenta pendiente con aquel grupo, por lo que le habían hecho a ella y a Enaire.

Y ¿por qué? Eso era lo peor, que seguía sin entenderlo.

¿Solo porque habían estado investigando el Descolor?

¿O solo habían tenido mala suerte, como Fianne?

Esa segunda opción, para su sorpresa, la enfurecía más.

Tenía que haber un significado mayor detrás del dolor que le habían provocado.