14. Haciendo el ridículo a tiempo completo
HACIENDO EL RIDÍCULO
A TIEMPO COMPLETO
D os días después, frente al imponente rascacielos de Infra, Persi se preparaba para afrontar su primer día como empleada de Sabatier.
Pasó junto a las motos aparcadas frente a la entrada principal.
Una le llamó la atención, no por el negro mate —idéntico al del coche que la había recogido del contenedor—, sino por las pegatinas.
¿Qué colgado pegaría publicidad de Infra en su moto?
Hizo acopio de valor y cruzó la puerta. Un kitsune atendía el mostrador de la recepción. Le tendió un formulario y, cuando Persi se lo devolvió, descolgó el teléfono:
—Tengo a una chica —leyó del folio que le había entregado—: Usa el seudónimo de Perséfone.
—No es un seudónimo. Es mi nombre real.
Él la miró de reojo.
—Sí, vale. Perfecto. —El kitsune colgó—. Puedes esperar en uno de esos asientos.
Izan apareció poco después. La saludó con más entusiasmo del que era legal a aquellas horas de la mañana y le pidió que lo acompañara.
Persi se fijó en la tarjeta que llevaba al cuello: «Izan Cormel.
Departamento de RR. AA.». ¿Recursos Altari?
Vaya, sí que era un empleado de Sabatier, después de todo.
El vampiro le hizo un recorrido por el complejo.
Fue tan rápida que gran parte ocurrió en el ascensor, mientras subían.
Izan le decía cosas como: «De la planta setenta y ocho a la noventa y seis hay oficinas» o «Hay baño en todas las plantas» o «Si se va la luz por encima de la planta cincuenta, no intentes abrir las puertas del ascensor a mano; están blindadas».
Persi, convencida de que en ese caso solo apretaría el botón de emergencia y esperaría a que la rescatasen mientras se arrancaba los pelos de la cabeza, se limitó a preguntar:
—¿Pasa muy a menudo?
—Qué va —la tranquilizó al bajar en una de las plantas de empaquetado—. Un par de veces a la semana durante el Ascenso.
—Al menos no habrá mucha gente trabajando —aventuró Persi. Durante la Lluvia Ascendente, el suministro de energía se reducía al mínimo; la jornada nocturna no interesaba.
—Depende. Algunas castas prefieren la noche.
Si el puesto lo permite, somos flexibles —explicó.
Persi asintió. Cada ciudad estaba dominada por un par de castas.
Irisada era en origen hogar de hadas, ángeles y demonios, las castas de Wunju, pero con su reciente crecimiento esa distinción se había diluido.
Persi todavía se estaba acostumbrando a los hábitos de todas.
Pensó en Rob, que trabajaba de noche en su despacho y usaba el día para reuniones.
Izan continuó—: Yo, por ejemplo, entro y salgo según convenga, pero prefiero las noches.
Son más tranquilas y así vigilo que Hades no se pase.
—¿En qué sentido?
—Esto... trabajando hasta tarde. Hay que vigilar que duerma. Ya sabes, pertenece a esos seres inferiores que lo necesitan. —Le guiñó un ojo, y Persi sonrió, porque su tono era tan ligero que no la había hecho sentir inferior en absoluto—. Es una costumbre fastidiosa.
—Mi prometido me lo dice mucho.
Izan se detuvo en el sitio.
—¿Te vas a casar?
—En seis meses. —Se preguntó si todas las novias sentían una piedra en el estómago que crecía a medida que se acercaba el día.
—¿Hades lo sabe? —Izan bajó la voz.
—Creo que lo sabe ya todo el mundo. —«Qué pregunta tan extraña»—. ¿Por qué...?
—Por nada. —Izan se apresuró a seguir con la visita.
La planta de empaquetado era ruidosa, con cintas en movimiento y charlas animadas.
—¿Qué mentira le cuentas a la nueva, Cormel? —preguntó una altari que precintaba paquetes.
—Que tu humor de loba es estupendo —replicó él.
Ella le sacó la lengua y se llevó una pila de paquetes como si no pesaran nada.
—Estos montacargas llevan los productos empaquetados al almacén —explicó Izan, encaminándose hacia uno.
Se subieron en él, entre palés repletos de cajas. Los condujo a un almacén atestado.
—Ven, te enseñaré cómo usar tu tarjeta si necesitas algún producto.
La guio a través de hileras de estantes bien organizadas, etiquetadas según la runotecnia que contenían: «ropa y complementos», «tecnología» y «cosmética».
En «fármacos», Izan tomó una caja de píldoras que Persi reconoció: las que Rob utilizaba para inhibir su vulnerabilidad al sol.
Izan acercó su tarjeta a una pantalla cercana y escaneó el producto.
—Hay un límite mensual —explicó—, por si pensabas revenderlas para sacarte un extra.
—Vaya, me has arruinado el plan.
Él sonrió encantado y la condujo de vuelta a los ascensores para empleados. No se detuvieron hasta llegar a la última planta. Allí caminaron hasta un escritorio desocupado.
—Y aquí estamos. Tu puesto de trabajo, ¿te gusta?
Le gustaba: su rincón le permitía ver toda la sala, tenía un ventanal con vistas al cielo y las cimas de los edificios colindantes y, detrás, una pared con una sola puerta.
—¿Está siempre tan vacío? —preguntó. No había muchas mesas.
—Sí, en este piso solo estamos nosotros: Hades, Dio (ya lo conocerás), Jess… —dejó la frase en el aire—, y yo.
Persi se centró en el escritorio; había una caja encima.
—Tu pack de bienvenida, ponte cómoda. Hades te dirá qué hacer cuando llegue.
Izan se marchó y Persi examinó la caja. Lo primero que encontró fue una tarjeta como la del vampiro, solo que esta rezaba: «Perséfone Alcaris.
Departamento de Marketing». Luego, pegatinas como las de la moto de la entrada, una camiseta de su talla, un paraguas plegable con el logo de la empresa (así que de ahí salían), una libreta, dos bolígrafos y, para su sorpresa, un portátil dentro de una funda de tela. Le envió una foto a Ena.
«Escritorio fijo y portátil propio. Primera media hora y ya ha superado a Celandia.»
Una llamada entrante cubrió la pantalla: Enaire la estaba llamando.
—Se supone que estoy trabajando —se adelantó al inminente interrogatorio.
— Seré rápida —prometió—. ¿ Has visto ya a Sabatier ?
—No.
— ¿Estás nerviosa ?
—Un poco —admitió.
— Claro, estoy nerviosa hasta yo. ¿Cómo se lo ha tomado Rob ?
—Mal —reconoció, recordando la discusión.
Hubo unos segundos de silencio a través de la línea.
— ¿Y Celandia ?
—Culpa a Sabatier.
— Prométeme que me lo contarás todo al salir — exigió antes de colgar— . Todo .
—Que sí.
— Hasta cómo tiene el culo Sabatier. Dilo, solo te creeré cuando las palabras salgan de tus labios, hada .
Persi puso los ojos en blanco.
—Te lo contaré todo, hasta cómo tiene el culo Sabatier.
— Muy bien. Tú y yo, Persi, y siempre y todo eso... ¡Chao !
Un carraspeo la hizo volverse. Ver a Sabatier detrás fue como caer a un lago helado.
—¿Estabas escuchando? —preguntó, tan bajito que si Sabatier la había entendido tenía que haberle leído los labios.
Asintió con sequedad.
—Solo desde un poco antes de que mencionaras mi culo.
Persi enterró la cara entre las manos. Ni siquiera podía negarlo: era un hada.
—Has llegado en mal momento, pero no es lo que parece —farfulló, avergonzada.
—Ah. ¿No estabas hablando de mi culo por teléfono? —Se cruzó de brazos.
Mierda. Si seguía repitiendo «mi culo», Persi huiría de la conversación por el ventanal.
—No de la forma que crees.
—Menos mal, ya pensaba que estabas quebrantando las normas en tu primer día.
Ella se atrevió a mirarlo entre los dedos. Llevaba un café en cada mano.
—¿Qué normas?
«Las de acoso laboral, probablemente», se dijo. ¡Ay, Dioses! Lo mejor sería recoger sus cosas y no volver nunca. Huir, esta vez, estaba más que justificado. Echó mano a su bolso.
—«Te lo contaré todo, hasta cómo tiene el culo Sabatier.» Suena a violación del acuerdo de confidencialidad —dijo, dejando un café sobre el escritorio.
Persi lo miró desconcertada. Le pareció… sí, los labios de Sabatier estaban tensos.
—Te estás metiendo conmigo. —No era una acusación, solo la confirmación en voz alta de un descubrimiento que le parecía impensable: Sabatier le había llevado café y había hecho una broma.
—Voy a enviarte la información sobre la chica con la que quiero que hables desde mi despacho. —Señaló la puerta tras ella—. Por si quieres fijarte en mi culo cuando vaya.
A Persi la recorrió una ola de calor.
—Ay, por favor, ¿podemos olvidarnos de esto para siempre?
—Veré qué puedo hacer.
Soltó un gemido de bochorno tan pronto como Sabatier se encerró en el despacho.
Fue al baño, deseando no tener que volver a ver al directivo, y tiró el café por el desagüe.
Era raro que hubiese acertado su favorito.
Regresó a su sitio y se puso las gafas que necesitaba para leer (un defecto heredado de su padre).
Se dio cuenta de que no tenía conexión en el portátil.
Hizo clic en el icono de red: le pidió la clave.
Pues sí que le había durado poco lo de evitar a Sabatier.
~ ~ ~
El director de Infra levantó las manos del teclado cuando la vio entrar.
—¿Tienes un momento? —preguntó Persi desde la puerta, con el portátil en la mano.
—Claro, pasa.
Persi se acercó. Había dejado la chaqueta de traje en el respaldo de la silla. Se había remangado la camisa, dejando a la vista las líneas tatuadas del antebrazo. No eran bandas sólidas, como Persi había pensado al principio, sino un entramado de líneas apretujadas.
—No tengo acceso a Prismanet. Necesito la clave.
La expresión de Sabatier se tornó fúnebre, como si en vez de la contraseña del wifile hubiera pedido a su primogénito.
—Estoy ocupado.
¿Le estaba tomando el pelo?
—Acabas de decirme que tenías un momento. Solo necesito la clave, es un segundo.
Él aceptó el portátil, reticente. Verificó que el texto estaba oculto antes de escribir.
—Decías confiar en mí, pero no me das ni la clave del wifi—bufó Persi—. ¿Lo de que te gustaban mis redes iba en serio o eres de los que dicen que me va bien por mi cara bonita?
Él le lanzó una mirada incómoda. Se pasó la mano por el pelo, que con tanto fijador parecía más oscuro de lo que era.
—Me voy a arrepentir de esto —dijo resignado.
—¿De darme la contraseña?
Para su sorpresa, él asintió.
—Antes de que te alteres, debes saber que la red de este piso es independiente y solo unos pocos usamos esta contraseña.
El hada no sabía adónde quería llegar.
—La contraseña —dijo, e hizo clic en el botón que la volvía visible.
Tardó un segundo en entender el galimatías: «Persi3sgu@ pa1Hadesl0Sab3».
—¿Persi es guapa y Hades lo sabe?
—Izan la cambió para vacilarme y se me olvidó reemplazarla por otra. —Apartó la mirada, abochornado—. Mira, ¿podemos olvidarlo para siempre?