13. Si vas a secuestrarme, que sea en un coche de lujo. #2
—Me gustó más la vez que te probaste dos protectores solares diferentes y terminaste con el lado derecho de la cara más bronceado.
Ese vídeo era de hacía años . Había pasado una semana con Enaire en la playa y habían grabado gran parte de sus vacaciones.
—¿Por qué yo? —insistió.
—Porque cuando hablas, la gente te escucha. El vídeo que publicaste sobre los derechos humanos fue un éxito. He visto campañas similares antes, financiadas y dirigidas por profesionales con más experiencia. Jamás se les prestó atención.
Persi entornó los ojos.
—¿Qué te importan a ti los derechos humanos?
—No puedo darte los detalles hasta que firmes el contrato, pero Jess se ha ocupado de que tengas una idea general —dijo, señalando de nuevo los papeles.
Vamos, que era algo ilegal. Probablemente, criminal. Seguro que implicaba trata de personas, fraude fiscal o delitos contra la salud pública. O algo peor, algo que la mente de Persi ni siquiera era capaz de imaginar, porque ella no era un maldito villano.
Dominada por la curiosidad, acercó los papeles sin mediar palabra y los leyó.
Era tal y como Sabatier decía; su coartada estaba atada hasta el último detalle.
Y en cuanto a lo que quería... Buscó el apartado «Obligaciones del contratado».
Tuvo que leerlo un par de veces para asegurarse de que lo había entendido.
—¿Quieres ir a la cárcel? Vender runotecnia a humanos es ilegal.
—Si todo va acorde a mi plan, eso cambiará pronto.
—¿Y por qué ibas tú a querer algo así?
¿Un villano que utilizaba métodos «buenos» para alcanzar un objetivo maligno? (No le quedaban dudas de que el objetivo final de Sabatier lo sería.) En las películas era siempre al revés. Sabatier era un nuevo tipo de villano. Las horas viendo series no la ayudarían.
Él no contestó de inmediato. Se miró el dorso de las manos apoyadas sobre la mesa en un gesto vacilante.
¿Estaba dudando si confesar sus oscuros planes?
¿O se estaría preguntando algo totalmente diferente?
Algo como: «¿Tiro a esta chica al foso de los cocodrilos o la dejo para la piscina de las pirañas?
». Persi estaba segura de que tendría ambos bajo una trampilla en alguna de las baldosas de ese despacho. Todos los villanos los tenían.
—¿Por qué grabaste tú esos vídeos? —le preguntó al fin.
Vaya una forma absurda de hacerle perder el tiempo.
—He crecido en un barrio humano. Mi padre y mi mejor amiga son humanos.
Yo misma soy medio humana. Solo tengo casta y ciudadanía plena porque Celandia me reconoce como su hija.
—Si su madre decidiese retirarle la ciudadanía, Persi no podría votar, moverse entre ciudades con libertad o evitar el trabajo forzoso que le asignaran—.
Algunos altari desearían que no pudiera dármela y, si algún día me caso con un humano, la perderé y mis hijos no la tendrán —enumeró, aunque eso último no sería un problema si se casaba con Rob.
Cuando se casara con Rob, se dijo—. Ahora, responde tú.
El aludido recuperó la expresión neutra, borrando la extraña sonrisa que se le había empezado a formar mientras hablaba.
—La casta humana supone un treinta y cinco por ciento de la población, casi un cuarenta contando mestizos sin ciudadanía. Mis ingresos se multiplicarían si pudiera venderles runotecnia. Estoy perdiendo dinero.
Perder dinero. Sí, sonaba como algo que Sabatier odiaría.
Eso podía creérselo. Quizá el robo lo había dejado en una situación más delicada de lo que había admitido ante la prensa.
Y si el Jinete estaba realmente detrás de aquellos mensajes anónimos que le llegaban...
Esta podría ser la oportunidad para ganarse su confianza.
—¿Qué tendría que hacer?
—Hablar con alguien. Necesito información y no se fía de mí. En eso os parecéis.
—¿Por qué crees que se fiaría de mí?
—Porque es humana. Y porque la última vez que intenté convencerla me dijo que no hablaría conmigo a no ser que me acompañara la mismísima Perséfone Alcaris.
—¿Por qué? —preguntó con verdadera curiosidad.
Él se encogió de hombros.
—Es una fan, al parecer.
Vale, eso no se lo había visto venir. Persi sopesó sus opciones. Podía acompañarlo a hablar con la chica. No era un mal trato si le ahorraba problemas con Rob.
—Supongamos que accedo. Hay otro problema: dependo de Celandia. —No le gustaba nada admitirlo, pero era verdad—. Si la cabreo, bloqueará mis tarjetas. —«Como mínimo.» Podría hacer más que eso, como cancelar el contrato de Rob en venganza. Siempre la golpeaba donde le dolía.
Esperaba que Sabatier la llamase consentida.
Incluso Rob, que conocía la verdadera relación que tenía con su madre, lo pensaba en ocasiones.
Así que ¿por qué no iba a hacerlo él? Tenía su edad y ya era el director de Infra.
Tenía pinta de ser uno de esos capullos que, habiéndolo heredado todo, echaban en cara a los demás que no se esforzaran lo suficiente.
—Voy a pagarte. Tendrás tus propios ingresos —dijo solamente, para su sorpresa.
Persi comenzó a negar, no porque la idea no la atrajese. La atraía. Mucho. Muchísimo.
—Eso solo serviría para cabrear a Celandia más. No te conviene enemistarte con ella.
Él descansó la barbilla en la mano.
—¿Crees que Celandia Cerys me asusta?
Sí. No. Quizá. No tenía ni idea de lo que lo asustaba. Ni siquiera sabía si lo divertía tenerla a primera hora de la mañana en su despacho o si lo irritaba. Aunque le encantaría averiguarlo, su expresión no le revelaba nada.
—Mira, esto te convencerá de que no. —Y luego, bajo la atónita mirada de Persi, giró la pantalla hacia ella y se puso a hacer clics con el ratón en la pantalla del correo electrónico.
Persi la miró sin saber muy bien qué esperarse.
—¿Qué…? —Era un correo electrónico. Uno que le había enviado Celandia exigiendo que bajo ningún concepto contratase a Persi—. ¿Te envió ese correo a ti en específico?
—Yo apostaría por un spam general a empresarios de Irisada.
¿Por eso no había recibido ninguna oferta?
Aparte de la de Infra, solo había recibido la de su madre, que le había llegado a través de un mensaje.
Uno más en la conversación que mantenían, que se reducía a una lista de exigencias de Celandia sin respuesta por parte de Persi.
¿Para qué molestarse? No era como si estuviera en posición de desobedecerla.
En todos esos años, solo se había negado una vez. «Ven a vivir a Irisada», le había dicho su madre cuando ella tenía trece años. «Nunca», había contestado Persi. Un ejemplo excelente de que las hadas no podían mentir, pero sí podían equivocarse.
Sabatier esperó tranquilamente a que terminase de releer el correo.
—¿Por qué me lo enseñas? —preguntó Persi.
—Pensé que te ayudaría a tomar una decisión en mi favor.
—Pasó unas cuantas páginas del contrato que tenía delante y señaló una sección que Persi aún no había leído—.
Tu coartada para Celandia. Durante tu estancia en el hospital de la propiedad Infra, situado entre las plantas diez y veinticinco de este edificio, contrajiste una deuda con mi compañía.
Por lo que a ella respecta, te habrás visto obligada a trabajar para mí hasta devolverla.
Persi parecería una víctima ingenua. Celandia se lo creería. Le dolía que lo viera claro.
—¿Y si se ofrece a pagar la deuda? —Le encantaría recordarle cuánto dependía de ella.
—Rechazaré cualquier otro método de pago.
—Pensará que solo lo haces para molestarla.
—Eso hará más creíble tu inocencia —apuntó él.
—Entonces, ¿sí que intentas molestarla?
Él se reclinó en el asiento con una sonrisa. «Es fingida», pensó Persi. «Solo le salen sonrisas normales cuando las planea.»
—Molestarla es solo un plus —dijo, expresándose de manera similar a Izan.
Persi no se molestó en fingir indignación; cualquier cosa que fastidiase a Celandia le agradaba a ella. Sonrió y le tendió la mano por encima del maletín.
—¿Qué menos que un apretón de manos para cerrar un negocio truculento?
Esta vez apareció la arruguita. Le había hecho gracia, entonces.
—Truculento. Estoy seguro de que Jess no usó esa palabra en el contrato. —Le estrechó la mano. Persi la notó fuerte y cálida alrededor de la suya—. Bienvenida a Infra.