Noche púrpura 13. Si vas a secuestrarme, que sea en un coche de lujo.
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13. Si vas a secuestrarme, que sea en un coche de lujo.

SI VAS A SECUESTRARME,

QUE SEA EN UN COCHE DE LUJO

E l coche se detuvo unos metros por delante del contenedor con el silencio característico de los vehículos que usaban luz como combustible.

Tenía los cristales tintados y era de un negro mate que parecía absorber las gotas de Ascendente.

Habría pasado desapercibido si Persi no hubiera estado mirando expectante a través de la ranura del contenedor.

El coche apagó los faros. No se bajó nadie.

Pero… sí, ese era el logo de Infra, escrito en letras plateadas sobre la matrícula.

El teléfono le vibró en el abrigo. ¿Sabatier? No, un número desconocido. Rechazó la llamada y salió del contenedor con muy poca elegancia. Entró en el coche por la primera puerta que encontró: la del asiento trasero.

—Por favor, ningún comentario sobre el contenedor —pidió, mientras se abrochaba el cinturón. No le quedaban fuerzas para bromas.

—Pero qué peste —protestó un desconocido desde el asiento de copiloto.

La persona sentada al volante se volvió hacia él, pero tampoco era Sabatier, sino una nereida, a juzgar por las orejas delicadamente aletadas.

—Ahora sabes cómo nos sentimos cada vez que haces tus tablas de ejercicios en la oficina —le respondió, encendiendo el coche.

—¡Los vampiros no sudamos! —protestó el primero.

—Pero sois una peste igual.

—Ah, eres tal y como dicen: a quien de una nereida se fía, buena estaca le clavan cuando se despista —dijo, retorciéndose sobre el asiento para hablarle a Persi.

—Nadie dice eso —rio la conductora, arrancando el coche y alejándolo de la acera.

El vampiro le tendió a Persi una mano sobre el respaldo del asiento y esgrimió una sonrisa que mostraba unos colmillos tan afilados como los de Rob.

—Izan, un placer.

—¿Quiénes sois? —preguntó Persi, buscando el cierre del cinturón de seguridad. Saltar de un coche en marcha era de las pocas cosas que todavía no había hecho esa noche.

El joven, Izan, levantó las cejas y se volvió hacia la conductora.

—Cree que la estamos secuestrando. Huelo su miedo.

La nereida lo ignoró, aunque Persi estaba segura de que ella sí podría oler su miedo. Los de su casta, al contrario que las sirenas, percibían las emociones cercanas sin necesidad de contacto físico.

—Hades está camino de la sede de Infra para recibirte —le explicó.

—¿Y vosotros sois…? —les dijo, sin ocultar la suspicacia de su voz.

Ellos intercambiaron una mirada.

—Empleados.

—Sí, eso; empleados —corroboró Izan.

La conductora dio un volantazo que los introdujo en medio de una circunvalación con siete carriles paralelos; volvían al centro de la ciudad.

—¡Prismas, Jess! Nos vas a matar.

Persi se sintió inclinada a darle la razón al tal Izan.

—Cierra el pico, no voy tan rápido. ¿Dónde están tus habilidades vampíricas?

—A punto de bajarse del coche —le aseguró él.

El coche se detuvo frente a las oficinas de Infra media hora después (y no en una nave abandonada a las afueras, para gran alivio de Persi). El Ascenso había terminado; ya estaba cerca el despunte del alba.

Persi se apeó sobre la acera y avanzó hacia la entrada del edificio de oficinas.

Izan y Jess la acompañaron hasta la puerta acristalada.

Pudo verlos mejor a la luz del día. Jess tenía el pelo de un rosado claro, un tono bastante común entre las nereidas.

Vestía con colores pastel y tenía un estilo bastante formal con la chaqueta, falda recta y unos zapatos de tacón bajo.

Izan, en contraste, llevaba un pantalón ancho y una camiseta holgada bastante desenfadada.

Era pálido, mucho más que Rob, y tenía un aire andrógino, con el pelo platinado despeinado en capas cortas.

Se apartó con un soplido los mechones del flequillo que le caían sueltos sobre los ojos cuando Persi pasó ante él para entrar en el edificio.

Avanzaron por el vestíbulo vacío. Persi liberó su Brillo. Estaba tan asustada que lo había retenido inconscientemente. Sintió que respiraba por primera vez en horas.

—No te pareces a la descripción de Hades —dijo Jess, mirándola de reojo.

Persi se miró los pies, que seguían descalzos y bastante sucios.

—No creo que tuviese la creatividad de imaginarme en una situación tan mala.

—¿Con una cáscara de plátano en el pelo? —respondió Izan, pulsando el botón para llamar al ascensor.

Persi, que, por supuesto, no tenía ninguna cáscara de plátano, lo fulminó con la mirada.

—¿A ti te contrató por gracioso?

Izan alzó las cejas, sorprendido. Luego esbozó una sonrisa.

—Me cae mejor de lo que esperaba —le dijo a Jess, entrando en el ascensor—. Y no, me contrató por mis otros talentos, los chistes son un plus .

—Un bug —corrigió Jess, montándose la última.

Marcó la planta ciento treinta y cinco.

~ ~ ~

El despacho de Sabatier no era el que Persi imaginaba que tendría un villano.

Para empezar, olía bien: a un aroma cálido y amaderado; a libros y a un toque químico y dulce, como a benceno.

Eso la indignó, porque debería oler a alquitrán, azufre y poliuretano.

Ni siquiera sabía a qué olía el poliuretano, pero la palabra le dejaba un regusto extraño en la lengua que le parecía adecuado.

Jess e Izan los dejaron a solas. La puerta del despacho emitió un golpe sordo al cerrarse.

La parte de ella que siempre pensaba en huir se estremeció ante la rotundidad del sonido.

(Porque el ventanal que había detrás del directivo, desde el que podía verse la ciudad desde lo alto, no parecía una buena vía de escape.)

Sabatier la observó desde detrás del escritorio de ébano.

Persi se había adecentado un poco en un baño de la planta.

El espejo le había devuelto una imagen clara de lo que estaba viendo él: el tono enfermizo que le daba el vestido rojo, lo insulsa que se veía sin maquillaje...

y encima, seguía descalza. Se abrazó al maletín de Rob.

Él la invitó a sentarse, pero se quedó de pie.

—Sabes lo que voy a pedirte —le dijo Sabatier.

—Aprovecharte de mi situación te convierte en una persona miserable —replicó ella, sin esperanzas de despertar su compasión.

Él la contempló en silencio. Una vez más, a ella le costó leerlo: no parecía molesto por las acusaciones de Persi. Tampoco divertido.

—No se llega a mi posición sin saber aprovechar las oportunidades.

—Sacó del cajón unos impresos sujetos con un clip y los dejó sobre la mesa—.

Si aceptas, esta noche no ha sucedido; tomaste un taxi al salir de la fiesta de Celandia, pero tuviste un accidente.

Pasaste la noche en el hospital. Todo lo que necesitas para justificar la coartada está aquí.

Persi miró los papeles como si pudieran morderla.

—¿Por qué crees que necesito una coartada?

Sabatier arqueó una ceja, como diciendo: «Ah, quieres jugar a hacernos los tontos».

—¿Cómo terminaste en un contenedor?

Ella rechinó los dientes.

—Abrí la tapa, di un salto y…

Sabatier frunció los labios.

—Me refiero a qué hacías allí.

Había usado un tono serio, pero Persi reconoció aquella mueca que hacía cada vez que contenía una sonrisa. Bajó la vista hacia el maletín: el primer motor inmóvil de la cadena de desgracias de aquella noche.

—Me robaron el maletín y fui detrás para recuperarlo.

—¿Tengo que reírme? Porque... —Se interrumpió, mirándola con atención, y Persi se preguntó si parecería tan nerviosa como estaba—. No llevas puesto el anillo —dijo de pronto—. ¿Perséfone?

—Ah. —Al escuchar su nombre, Persi reaccionó y lo sacó del bolsillo, donde lo había guardado para pasar desapercibida. Sabatier no le quitó ojo mientras volvía a ponérselo.

Le dirigió una mirada críptica que hizo que Persi se preguntase si le resultaría tan difícil interpretarla como le ocurría a ella con él.

—Llevo preguntándome qué hacías allí desde tu llamada. Y ahora me hablas del maletín y desbaratas mis teorías. ¿Qué hay en él que es tan importante para ti?

Ella lo aferró, protectora, aunque Sabatier no había hecho ademán de arrebatárselo.

—Son diseños de Rob. El trabajo de semanas. Y tiene que entregarlos pronto.

Sabatier tamborileó con los dedos sobre la mandíbula. Despacio. Inquisitivo.

—Y no pensaste en... No sé, ¿llamar a la policía?

¿Contarle a tu prometido lo ocurrido con sus dibujos, tal vez?

—Persi esbozó una mueca al imaginarse la cara que pondría Rob si lo oyese calificar sus diseños de «dibujos»—.

Se me ocurrió, ya que no sueles tener muchas ganas de verme, que a lo mejor no querías que nadie se enterara de dónde estabas.

—Estás haciendo una suposición.

—Niégala —lo retó él.

Persi sonrió con los labios y le deseó la peste con los ojos: no podía.

—Eso pensaba —dijo él, complacido—. ¿Por qué no te sientas?

Le dieron ganas de contestarle algo horrible, algo como: «Deberías depilarte las cejas» o «Tienes el pelo del tono más anodino que existe, demasiado claro para ser castaño y muy oscuro para ser rubio.

Un rubio sucio». Pero no le parecía que el ego de Sabatier fuese a mellarse por una crítica a su aspecto físico. Se sentó.

—¿Por qué quieres que trabaje para ti?

—Tienes un buen expediente.

—Como si lo hubieras visto.

Él la contempló en silencio… Y mierda. De hecho, sí que tenía cara de haberlo visto.

—No tengo experiencia.

—Gestionas tus propias redes y has llegado a una gran audiencia en pocos años. He visto cada vídeo que has grabado —aseguró, clavando en ella una mirada penetrante. Persi se fijó en que los ojos no eran de un castaño liso, sino más claros en el centro.

Tenía que estar inventándoselo. Si la necesitaba, sería por alguna razón que no estaba relacionada con sus capacidades; una que la reduciría a una pieza en la partida que jugaba con otras personas, como hacía Celandia. Tamborileó con las uñas de gel sobre la parte de atrás del maletín.

—¿Te gustó cuando hice el reto de hornear galletas? —Hizo un gesto hacia el monitor que había a un lado del escritorio—. ¿Te lo pusiste de fondo mientras despedías a un empleado por no haber rendido lo suficiente esa semana?

Una arruga asomó a un lado de la boca de Sabatier, junto a la comisura.