12. El último de la lista
EL ÚLTIMO DE LA LISTA
P ersi nunca había estado dentro de un contenedor de basura antes. Apestaba. Tanto que se le saltaban las lágrimas.
Se asomó por el agujero de introducir la basura y observó el coche salir del garaje. Era el del ladrón, el que ella había seguido en taxi. Se agazapó en el interior del contenedor y se quedó muy quieta. Elevó una plegaria a los Dioses para que la ocultasen. Si la descubrían…
El vehículo pasó de largo.
Respiró aliviada y arrugó la nariz. Prismas, realmente olía que enfermaba.
Fuera del contenedor, la lluvia ascendía con fuerza. El ruido de las gotas era constante contra el fondo de aquel vertedero. Tenía que regresar antes de que Rob la echara en falta, pero no se atrevía a poner un pie en la calle.
La realidad de lo que había hecho, de dónde estaba, la golpeó.
No podía llamar a otro taxi. Lo más probable era que ni siquiera quisieran recogerla en esa zona, pero, en caso de que lo hicieran…
Un taxista llamaría a la policía en cuanto la viese...
, o al hospital psiquiátrico. La identificarían.
Venía de una subasta en la que traficaban con seres humanos.
¿Y si las UE decidían interrogarla? ¿Y si llamaba la atención de ellos ?
No podía arriesgarse. Pensó en llamar a Kara, pero estaba segura de que esta avisaría a Celandia. Y Persi prefería acabar entre rejas antes de explicarle aquella noche a su madre. Otra idea surgió en su mente: recurrir a Rob. Le temblaron las manos. No, llamar a Rob no era una opción.
Se arriesgaría con el taxi. Rebuscó en el bolsillo de la gabardina, en busca del teléfono.
«Maldita sea, Persi, céntrate. Nunca has solucionado nada llorando.»
Rozó un pedazo de papel duro con los dedos. Lo sacó extrañada y lo iluminó con la linterna del móvil. Era una tarjeta negra, desgastada en los bordes: la que Sabatier le había ofrecido en el aeropuerto. Las letras plateadas centellearon a la luz de la linterna.
Hades Sabatier.
Quizá él estuviera ya en el edificio. Había visto personas con mejor reputación allí dentro. Sí, seguro que estaba. Y él no podría juzgarla.
Estaba tan nerviosa que tardó varios intentos en marcar el número.
— Diga . —La voz de Sabatier sonó fría y muy despierta a pesar de la hora.
Persi se retorció la punta de un mechón de pelo. Dioses.
—Soy yo. —«Vale, genial. Sé más específica»—. Persi… Perséfone.
El otro lado de la línea se quedó en silencio unos segundos.
— Perséfone .
—Dijiste que podía llamarte si tenía algún problema.
— ¿Qué ocurre ? —preguntó con un deje de urgencia.
«Ocurre que eres la última opción de mi lista… pero no es una lista muy larga.»
—Hay un montón de personas reunidas en la planta setenta y tres de un edificio en algún lugar de Irisada, subastando cosas que no deberían subastarse.
Esperaba que supieras dónde es. Es decir, no que lo esperase en el sentido de que me pareciese bien…
—Persi habló cada vez más rápido y más nerviosa.
— Sé dónde es .
—Vale —se calló. Por supuesto que lo sabía—. Y... ¿estás ahí?
Un bufido.
—¿Eso qué es? —presionó.
— No . —Vaya. Eso lo complicaba—. ¿ Llamabas por algo más o solo esperabas arrancarme una confesión de culpabilidad ?
Se estrujó la punta del mechón entre los dedos, haciéndose daño en la raíz del pelo.
—Necesito volver a casa y no sabía a quién llamar.
— ¿Sigues en la fiesta ?
Ah. Había olvidado decirle que ella…
—No, hace rato que me he ido.
— ¿Y dónde estás ?
Persi cogió aire y se arrepintió en el acto. No había manera de acostumbrarse al hedor.
—En un contenedor de basura —respondió con un hilo de voz.
— ¿Qué ?
—Junto al edificio de la subasta.
Sabatier soltó una maldición.
—Voy a por ti.