Noche púrpura 11. Lo que no te mata te hunde en un contenedor de basura #2
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11. Lo que no te mata te hunde en un contenedor de basura #2

Alcanzó el móvil para sacarle una foto. Si la enviaba de forma anónima a las UE, tal vez estuvieran a tiempo de encontrarla. A lo mejor ya habían denunciado la desaparición.

—Disculpe. Los dispositivos están prohibidos en esta sala. Normas de seguridad. Por discreción, ya sabe. —Dio un respingo al escuchar la voz tras ella. No era un tono amable.

El segurata era una gárgola, vestía un esmoquin negro y parecía armado bajo la chaqueta.

Había varios altari vestidos como él repartidos por la sala.

Más gárgolas; a pesar de que no todas llevaban alas negras a la vista, su complexión alta y fuerte las delataba.

Eran la casta preferida para trabajos como aquel; las gárgolas podían conjurar a voluntad unas garras temibles y, cuando adoptaban su forma pétrea, su piel se endurecía hasta adquirir un aspecto oscuro y reluciente como la obsidiana que las volvía indestructibles.

—Claro, disculpe. —Se guardó el teléfono y pasó el retrato al siguiente candidato. Se tranquilizó al ver que la gárgola regresaba a su puesto.

—Lo tenía ella, lo juro. No sé por qué está lleno de papeles con garabatos. —Era el ladrón del maletín el que hablaba.

El de la máscara no respondió. Para entonces, Persi había deducido que él debía de ser el auténtico archidiseñador y el ladrón del maletín, solo su esbirro.

Devolvió los diseños al maletín y lo dejó en el suelo.

Apenas levantó la voz, pero percibió que el tono era incisivo y revestido de autoridad.

Persi se inclinó hacia delante para escuchar lo que decía...

El segurata la estaba mirando con fijeza. Prismas .

Fingió que se había inclinado para recolocarse la tira de la sandalia. Contó hasta diez y alzó la vista con cuidado. La gárgola había dejado de vigilarla y charlaba con un compañero. Persi echó un vistazo al maletín. No le prestaban atención. Era el momento.

Se levantó, asió el maletín y se dio la vuelta para marcharse. Los ladrones estaban centrados en la discusión y no percibieron el movimiento. Bien. Tenía que alejarse antes de que lo echasen en falta.

Avanzó entre las butacas, tratando de no llamar la atención. Solo una vez en el pasillo que dividía el pequeño público se atrevió a acelerar el paso. No iba a correr. Todavía no. El «pip» de su teléfono la sobresaltó. El número del Jinete.

Esta noche estoy ocupado. Si demuestras que puedo confiar en ti, podremos vernos pronto.

Había escogido el peor momento para contestar. Echó una mirada hacia el segurata. Estaba diciéndole algo a su compañero y la señalaba.

Persi hizo lo que mejor se le daba: huyó.

Se alejó a toda prisa hacia la pista y se mezcló entre la multitud. Se abrió paso hacia la salida. Un empujón la hizo trastabillar sobre los tacones.

—Preciosa. —El responsable era el doble de ancho de hombros que ella y a Persi le pareció el triple de alto. Se inclinó sobre ella. Olía a néctar, a vino y a perro mojado—: ¿Cuánto por la noche?

Persi volvió la vista atrás. Los seguratas estaban abriéndose paso en su dirección. El licántropo la sujetó por el brazo, tambaleándose por la embriaguez.

—Puedo pagar, humana. ¿Con quién tengo que hablar?

Ella liberó su Brillo y él se apartó con una maldición. Aprovechó la confusión para clavarle la aguja del tacón y echó a correr. No la enorgullecía recurrir al Brillo, ser altari no debería ofrecerle más protección que ser humana… pero lo hacía, y tenía que salir de allí.

Llegó hasta los ascensores. Uno de ellos estaba en movimiento; el otro, en el piso veintidós. No había forma de que llegase antes de que la atraparan.

Empujó la puerta de la salida de emergencia y bajó las escaleras. Los tacones repiquetearon contra el suelo de chapa metálica. Se los sacó, y uno se le coló por el hueco de las escaleras. Se deshizo también del otro soltando un improperio.

Estaba en el piso setenta y tres. Setenta y tres .

Estaba jodida.

Bajó un piso. Dos. Tres. La puerta de emergencias por la que había salido se abrió más arriba.

Abrió la del piso en el que estaba y entró en un pasillo con ascensores idéntico al anterior. Se escondió detrás de una jardinera. Sacó el móvil, lo silenció y lo sujetó con fuerza.

Uno de los ascensores seguía en la planta veintidós, pero el otro… Se detuvo allí.

Una pareja salió del ascensor y se alejó por el pasillo. Apenas unos segundos después, la puerta que daba a las escaleras se abrió y entraron los seguratas. Echaron un vistazo al ascensor vacío y tomaron la misma dirección que la pareja.

Persi esperó a que se alejaran y se metió corriendo en el ascensor. Pulsó repetidamente el botón de cerrar las puertas.

—Buenas noches. ¿Ya se marcha?

Qué susto. Se había olvidado del botones.

—Sí.

—¿A qué piso va?

Persi dudó. No tenía ni idea de cuál era la mejor vía de escape. Era común que algunos pisos estuvieran conectados a otros edificios, pero desconocía cuáles.

—Al garaje, por favor.

Se preguntó a qué estaría acostumbrado aquel botones, porque no hizo comentarios sobre el aspecto lamentable que ofrecía, descalza y abrazada al maletín de Rob.

Una vez abajo, salió a la callejuela por el hueco de los vehículos.

La Lluvia Ascendente la caló. La calle era tan tétrica como la recordaba.

Divisó en la distancia los contenedores detrás de los que había aparcado Marvin.

Aceleró el paso. La suciedad de la acera, mezclada con la humedad violácea que ascendía de la tierra, le manchó los pies descalzos.

Por favor, que siga ahí. Por favor .

El taxi no estaba.

Era evidente a metros de distancia, pero Persi no se detuvo hasta llegar a los contenedores, solo para quedarse observando de cerca el hueco vacío en la carretera. Las gotas le golpeaban la barbilla. La había jodido. La había jodido, pero bien. No la jodía tanto desde…

El ruido de un motor la hizo dar un respingo. Observó horrorizada cómo la luz de unos faros iluminaba la rampa del garaje. Alguien salía. ¿Y si estaban buscándola?

Miró a su alrededor, desesperada, buscando un sitio en donde ocultarse, y supo que su noche estaba a punto de empeorar todavía más.