Noche púrpura 11. Lo que no te mata te hunde en un contenedor de basura
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11. Lo que no te mata te hunde en un contenedor de basura

LO QUE NO TE MATA

TE HUNDE EN UN CONTENEDOR

DE BASURA

P ersi no supo explicar cuál fue el instinto que la llevó a echar a correr detrás del ladrón, pero, cuando quiso darse cuenta, estaba subida al asiento trasero de un taxi diciendo una frase que hasta ese momento había creído que no diría nunca:

—Siga a ese coche.

El conductor tardó en reaccionar, algo comprensible dadas las circunstancias, pero obedeció, saliendo del aparcamiento y siguiendo al coche de vuelta al centro de Irisada.

Una vez en la carretera se atrevió a enviarle un mensaje a Rob.

Estoy cansada. He cogido un taxi. Pásatelo bien.

¿Y las llaves?

Las he dejado en el coche.

Ok.

Afortunadamente, Rob no era tan protector con su coche como lo era con sus diseños.

Persi se dejó caer contra el respaldo del asiento.

¿Qué Prismas estaba haciendo? Sabía lo que debía hacer.

Sacar el teléfono del bolsillo de la chaqueta, llamar a su prometido y contarle la verdad: «Hola, cariño.

Verás, no me estoy yendo a casa. La verdad es que he dejado que un archidiseñador robe tus diseños y lo estoy persiguiendo ahora mismo».

Y entonces Rob… No diría nada. Entraría en una oleada de furia vampírica y dejaría seco al susodicho para recuperar sus queridos diseños.

El problema era que luego querría saber qué hacía Persi paseando por el aparcamiento con un maletín que debería estar en su despacho, y entonces la dejaría seca a ella.

Vale, no. No lo haría. Casi seguro que no.

Pero suspendería la boda, dejándola en una situación todavía más desesperada.

Entraron en la ciudad; a esa hora no había mucho tráfico. El archidiseñador parecía dirigirse al extremo opuesto de Irisada. Persi tuvo tiempo de sacar las toallitas desmaquillantes del bolso y limpiarse la cara.

Una ventaja de ir siempre maquillada —además de verse increíble— era que a la gente le costaba reconocerla cuando no lo estaba.

Su rostro al natural no era nada excepcional comparado con el de otras hadas; no tenía un color de ojos llamativo ni rasgos memorables.

«Una simple margarita de campo», en palabras de Celandia.

De vez en cuando, el conductor le dedicaba miradas extrañadas por el retrovisor. Era humano, como casi todos los taxistas y transportistas de la ciudad, y tenía una coronilla sin pelo que lo hacía parecer mayor de lo que probablemente era.

—Disculpe, ¿podría seguirle desde más lejos? —le pidió Persi, soltándose el cabello. Esa noche lo había llevado recogido, pero cuanto menos se le viera la cara, mejor.

El conductor la miró otra vez. Persi maldijo al darse cuenta de lo sospechosa que había sonado la pregunta. Buscó una excusa, pero no encontró ninguna, así que permaneció callada.

—¿No sabe que le sigue? —preguntó el conductor al final.

—Verá, es que…

—No se preocupe, señorita…

—Elara —completó Persi automáticamente. No era una mentira; no le había preguntado su nombre.

—Marvin —se presentó—. No se preocupe, mi anterior marido también me engañaba.

—No, si no es…

—Agárrese.

El coche al que seguían aceleró y se introdujo por una calle perpendicular (¿qué les pasaba a todos en aquella maldita ciudad, que conducían como desquiciados?) y Persi tuvo que sujetarse a la puerta cuando Marvin lo siguió con una peligrosa maniobra bastante ilegal, apagando los faros de forma —también— bastante ilegal.

Parecía emocionado con la perspectiva de seguir a un adúltero en potencia.

El archidiseñador se detuvo en un callejón escasamente iluminado.

Marvin —que o bien tenía práctica en seguir adúlteros con complejo de pilotos profesionales, o bien había visto muchas películas de persecuciones— detuvo el taxi al inicio de la calle, detrás de unos contenedores.

Persi lo agradeció, porque la calle estaba vacía. El coche entró en un garaje.

Pagó la carrera (y una propina cuantiosa) y esperó cinco minutos para abrir la puerta. El taxista carraspeó:

—¿Está segura de que quiere bajarse? No es una buena zona.

Eso estaba claro. El angosto callejón, encajonado entre rascacielos, seguramente fuese lóbrego incluso durante el día.

A esa hora, las escasas farolas parpadeaban y se apagaban, debido al Ascenso, y solo el resplandor tenue de las diminutas gotas violáceas lo iluminaba.

Las paredes estaban cubiertas de grafitis, recientes y antiguos.

Era una callejuela perdida entre el centenar que componía los suburbios; muchos edificios se conectaban entre sí a través de puentes en los pisos superiores, por lo que había zonas de la ciudad que apenas se transitaban a pie: al menos, si no querías problemas.

—Sí, gracias. Me hago cargo. —Una vez en la calle dudó—. ¿Podría esperar a que regrese?

—Si su marido frecuenta esta zona, yo le recomendaría que diese sus peores sospechas por confirmadas y volviese a casa —le advirtió él.

—No es mi… —Persi sacudió la cabeza—. ¿Puede esperar?

—Quince minutos. No más. Y me iré si alguien se acerca al taxi. No le prometo más.

—Gracias.

Persi cerró la puerta. Llevaba un par de pasos, cuando Marvin bajó la ventanilla:

—Ah, y Elara… —la llamó.

—¿Sí?

—Tenga cuidado ahí dentro.

~ ~ ~

El interior era un hervidero de depravación. Se movió entre la multitud de cuerpos iluminados a intervalos por las luces estroboscópicas que destellaban al ritmo de una música ensordecedora. Todavía no sabía dónde se metía, pero ya sabía que no le gustaba.

Había entrado a través del garaje. En el ascensor, un botones la había dejado pasar sin reparos cuando Persi —Elara de nuevo— le indicó que iba al piso setenta y tres (el último en el que se había detenido mientras ella esperaba).

Se mezcló entre la gente para pasar desapercibida.

Estaba asustada, pero sabía cómo moverse por aquella clase de sitios.

Algunas cosas no se olvidaban. Se concentró en su Brillo y lo redujo.

Cuando contenía la magia de hada en su interior, pasaba con facilidad por humana.

El Brillo no le cambiaba los rasgos ni los hacía más atractivos, era solo eso: un brillo bajo la piel que atraía miradas.

«Como moscas a una vela», en palabras de Ena, quien siempre la acusaba de «hacer trampas» con su magia «seductora» cuando salían.

No era trampa. Era una parte tan natural en ella como el color de su pelo —más, considerando los reflejos que se había hecho la semana pasada— y reprimirlo era tan molesto como aguantar la respiración.

Vio a un vampiro acorralando a una humana contra la pared.

Era más joven que Persi, puede que menor de edad, y sus forcejeos resultaban inútiles contra la tenacidad de su agresor.

El vampiro le clavó los dientes en el cuello sin delicadeza, succionándole la sangre contra su voluntad.

Con toda seguridad, era una fuente de alquiler: un trabajo horrible y mal pagado, pero legal.

Con suerte esa chica solo habría firmado por esa noche. Con suerte.

Persi reprimió las lágrimas y pasó de largo. Si interrumpía al vampiro, solo conseguiría que la mordiese también. Encontraría el maletín, se lo llevaría y saldría de allí cuanto antes.

Localizó al ladrón subiendo unos escalones hacia una zona apartada.

En aquella parte había asientos dispuestos alrededor de una tarima y la música llegaba amortiguada.

Parecía… una subasta, aunque Persi dudaba que fuese benéfica.

Vaciló solo un instante antes de sentarse entre los últimos asientos, justo detrás del hombre del maletín.

El tirón de adrenalina le era familiar: aquello no era distinto a lo que había hecho en el pasado con Enaire para conseguir información sobre el Descolor.

Habían hecho preguntas difíciles. Se habían colado donde no debían en busca de textos a los que no tenían acceso.

Se les daba bien. Siempre les había salido bien. Excepto una vez. La última vez.

Se obligó a apartar esos pensamientos y a concentrarse en la situación.

El archidiseñador le tendió el maletín a una figura menuda sentada al lado.

Vestía una túnica larga y negra, como las que usaban los sacerdotes en los funerales.

Llevaba la capucha puesta, y Persi no pudo verle la cara porque llevaba calada una máscara de porcelana agrietada en varios puntos.

Los artefactos de la subasta se fueron pasando entre los asistentes para que los examinaran.

Persi fingió observarlos cuando llegaba su turno.

Eran artículos ilegales de diversos usos.

Algunos trataban de imitar la runotecnia, sin mucho éxito.

La fabricación era uno de los secretos empresariales más codiciados de Infra y, hasta entonces, ninguna otra compañía había conseguido replicarla.

Aunque, desde el robo a los almacenes de Sabatier, había también runotecnia real circulando por aquel tipo de subastas.

De hecho, no solo había piezas comunes, sino también prototipos experimentales cuya venta al público estaba prohibida.

Y es que la Corporación Infra no podía comercializar ningún tipo de runotecnia sin la aprobación del Gobierno, que regulaba qué usos eran aceptables.

Así, se vetaba su venta a humanos, pero también la venta de runotecnia capaz de alterar ciertas condiciones de las castas, como la imposibilidad de las hadas de mentir: su palabra tenía valor legal.

También estaba prohibida la runotecnia con fines armamentísticos, aunque Infra la produjera para las fuerzas de seguridad.

Se decía que las UE disponían de sueros que obligaban a decir la verdad en los interrogatorios, reproduciendo la limitación natural de las hadas.

Y ahora aquella runotecnia, y quién sabe qué otros peligrosos prototipos, podía estar en manos de gente como la que asistía a aquella subasta.

Gente como los Asfódelos, como los que habían hecho daño a Enaire.

El espectro sentado a su lado le pasó el siguiente artículo: un pequeño trozo de papel. Persi tardó un rato en reconocer lo que era. ¿Estaban... subastando la foto de una chica? Enseguida cayó en la cuenta: no era el retrato lo que subastaban.