10. Yo y mis estúpidas decisiones, otra vez
YO Y MIS ESTÚPIDAS DECISIONES,
OTRA VEZ
- P or los novios! —brindó Luana.
La sirena era la esposa de Fern, uno de los amigos de Rob. Persi dio un largo trago a su copa de champán cuando su prometido la sujetó por la cintura. Calix se situó entre ellos:
—Yo también quiero una foto con la pareja del año.
Esa noche llevaba las puntas teñidas de fucsia y la vestimenta era tan llamativa como de costumbre, con un esmoquin de terciopelo verde y un pañuelo tornasolado, que brillaba de todos los colores posibles, como la superficie de una burbuja.
Persi forzó la sonrisa ante las fotos. El evento era enorme, tanto que su pequeña celebración de pedida de mano pasaba desapercibida entre los cientos de invitados.
Celandia era la anfitriona y ninguna persona importante en Irisada había querido perderse la subasta benéfica, cuyos fondos se destinarían a…
ya no lo recordaba. Alguna causa social que dejaba de lado a los humanos, para variar.
Tampoco era como si a los invitados les importase la caridad.
La asistencia menguaba ahora que la subasta había acabado.
Persi recorrió la sala con la mirada. Había recibido un nuevo mensaje del número desconocido esa mañana: «¿Irás al evento de Celandia de esta noche?
». «¿Quién eres?», había respondido ella.
Y de nuevo aquella frase: «Alguien que quiere ayudarte».
¿Sería el Jinete? Se preguntaba si lo reconocería si lo viese en la fiesta. Tenía el recuerdo de aquella noche más borroso de lo que le gustaría.
Calix se acercó a ellos.
—Me voy a la parte divertida. ¿Alguien viene? —La miró esperanzado—. ¿Persi?
Persi miró a Rob, que negó con vehemencia, crispando la mano sobre su cintura.
—Déjala en paz.
—Venga, tampoco te pongas así. A Persi le apetece. Está claro que está aburrida.
«Aburridísima, de hecho.» Y Calix le caía bien, era simpático y sus conversaciones le alegraban las tardes en Fugaz. Pero Rob lo apartó de un empujón y le mostró los colmillos.
—Rob, cálmate —pidió Persi, nerviosa—. Es solo Calix.
Pero no se calmó. La había mordido antes de salir y eso lo dejaba algo tenso las horas siguientes.
Instintos vampíricos para proteger a sus fuentes favoritas de amenazas, según le había dicho.
Tenía los ojos clavados en la yugular del fauno y una expresión salvaje que no se parecía en nada a la habitual del altari con quien se había prometido.
—Deja a Persi fuera. Si vuelves a dirigirle la palabra, te dejaré seco —advirtió al fauno.
—¡Rob! —estalló Persi. Eso había sido demasiado, vampiro o no.
Él se volvió hacia ella.
—Perséfone —gruñó en una voz a duras penas contenida—, ve a dar una vuelta.
—No me voy a ir a ninguna parte.
—¡Que salgas! —bramó.
Persi sintió un nudo en la garganta. Rob tendía a levantar la voz cuando se enfadaba, pero era la primera vez que lo hacía delante de otra gente. Recogió el bolso y la bebida, y se marchó, avergonzada. Rob no le prestó atención.
Se dirigió al exterior y vació la copa en uno de los helechos de la entrada: la había perdido de vista durante la discusión. Ya encontraría otra.
—Espero que te guste el champán —le murmuró a la planta.
—No creo que tenga edad legal para beber.
Dio un respingo. Sabatier estaba allí con el teléfono en la mano (cómo no), como si hubiera salido a hacer una llamada.
Debía de llevar un rato fuera, porque lucía un pesado abrigo negro entallado, largo hasta las rodillas.
Debajo, se adivinaba el cuello de una camisa cárdena, una corbata perfectamente anudada y un chaleco.
El viento le despeinaba el cabello claro, desordenándolo a pesar de la fijación.
Persi puso los ojos en blanco y pasó a su lado en un movimiento brusco, obligándolo a apartarse. «Muy maduro por tu parte, Persi. Te enfadas con tu novio y lo pagas con la primera persona que encuentras», se dijo. Aunque seguro que Sabatier se lo merecía.
Él ni siquiera se inmutó. La siguió. La alcanzó en la plataforma previa a la escalinata principal, frente al patio de acceso donde algunos invitados esperaban a que los coches los recogieran para volver a sus casas.
—¿Te marchas ya?
—Ahórrate el interrogatorio. No respondo preguntas de empresarios corruptos.
—Entiendo —dijo, pero no pareció entenderlo, porque preguntó—: ¿Y tu prometido?
—Vampireando por ahí.
Sabatier puso una cara rara, como si contuviese una sonrisa... o se le hubiera quedado algo pegado contra el paladar. Ojalá fuera lo segundo.
—Puedo acercarte a casa, si quieres.
«Pero ¿qué le pasa a este tío? ¿Tiene complejo de taxista o qué?»
—Solo he salido a tomar el aire. Y no estoy sola, pero me gustaría.
Caminó hacia uno de los bancos de mármol que había cerca de la entrada y el mundo se le vino encima. Se le nubló la vista. Se tambaleó, perdió el equilibrio y apoyó mal el tacón. Un brazo la sujetó con firmeza, salvándola de torcerse el tobillo.
—¿Estás bien? —preguntó Sabatier, recorriéndole el rostro con la mirada.
—No es asunto tuyo.
—Tienes mal aspecto. Te has quedado blanca.
Era culpa de Rob, lo sabía: esa semana había tomado demasiada sangre. Y, encima, esa mañana le había bajado la regla. Así que… no, no estaba bien. Seguro que los tres glóbulos rojos que le quedaban estaban sufriendo para transportar el oxígeno.
Sabatier la ayudó a llegar hasta el banco y se sentó a su lado.
—¿Fumas? —le preguntó de pronto, rompiendo el silencio.
Y dale con las preguntitas.
—No.
—Ah. Como salías a tomar el aire…
—Pero si el humo aleja a los acosadores, me estoy planteando empezar —le aseguró.
Él volvió a poner aquella cara rara. ¿Le hacía gracia?
—No te lo recomiendo. Es malo para la piel.
—¿Y a ti desde cuándo te preocupa mi piel?
—Desde que veo tus consejos de cuidado facial. Si fumases, me sentiría engañado.
Sabatier estaba… ¿bromeando?
—¿De verdad te has comprado el sérum?
—Claro. ¿Por qué? ¿Se me notan los resultados?
Madre mía. Era insufrible.
—No voy a trabajar para ti.
Él se encogió de hombros.
—Ya lo veremos.
—Deja de decir eso. No me gusta —protestó.
—Y a mí no me gusta que borres mis correos sin leerlos.
—Sabatier…
—Por favor, llámame Hades —la corrigió con amabilidad.
—Voy a volver adentro —decidió ella, levantándose.
«Ya tardabas en escapar.»
—Ha sido un placer. —Sabatier se puso en pie con ella y le ofreció la mano.
—No por mi parte —respondió Persi sin estrechársela.
Él se mordió el interior de la mejilla, como debatiéndose sobre si añadir algo, pero entonces le vibró el teléfono. Le cambió la cara al ver el número.
—Tengo que contestar —se disculpó.
Persi le hizo un gesto con la mano que dejaba claro que por ella podía marcharse.
—¿Diga? Sí, soy yo —contestó, adoptando un tono repentinamente serio. Parecía conmocionado—. Estoy de camino, dile que en nada estaré allí…
Se alejó, bajando los peldaños del vestíbulo exterior a trompicones. Persi dejó de escuchar lo que decía. Lo vio desaparecer por la parte trasera de un coche que se detuvo para él y arrancó al instante. ¿Qué mosca lo había picado?
Se balanceó sobre los talones, indecisa.
No le apetecía volver. No por Rob; su prometido habría olvidado ya el enfado y estaría hablando del compromiso y su nuevo trabajo.
Pero estaba cansada. Era un fastidio que Celandia hubiera escogido aquella finca para el evento.
En Irisada, donde los edificios superaban la veintena de plantas, eso requería alejarse al extrarradio, por lo que volver a pie no era una opción.
Y un taxi le saldría por un buen pellizco.
Recibió un mensaje del número desconocido.
Me alegro de que hayas asistido. ¿Has visto a Sabatier?
¿A Sabatier? Las uñas repiquetearon contra el cristal por la celeridad con la que tecleó la respuesta.
Sí, lo he visto. Ha hablado conmigo.
Se retorció un mechón de pelo y añadió:
Quiero ayudarte, en lo que sea que estés haciendo.
Esperó la respuesta. «Si es el Jinete, no responderá —se dijo—. Sabe que eres una cobarde que lleva años refugiándose en una vida segura.»
Se dirigió al aparcamiento con la intención de esperar dentro del coche.
Habían aparcado cerca de la entrada —privilegios de ser hija de la anfitriona—, por lo que no tuvo que caminar demasiado antes de dar con él.
Rebuscó las llaves en el bolso. Tuvo suerte de que, para Rob, dárselas al aparcacoches fuera una pérdida de tiempo (esperar por cualquiera que se moviera más lento que un vampiro lo era) y también de que opinase que los bolsillos marcaran unas arrugas del todo incompatibles con la moda.
El coche encendió las luces al abrirse. Sobre la calzada empezaba a formarse una neblina morada; pasaba de la medianoche y la Lluvia Ascendente de Ansuz, el último día de la semana, estaba a punto de comenzar.
Era la noche más oscura de las siete, quizá porque la esencia violácea provenía de espectros y nigromantes, las dos castas más lúgubres.
Había empezado a coger frío. Recordó que tenía la gabardina en el asiento trasero y abrió la puerta para ponérsela sobre el fino vestido, dispuesta a refugiarse en el asiento del copiloto hasta que Rob se acordase de su existencia y la llevase a casa.
El desconocido respondió.
Sí, en realidad hay algo que me gustaría que hicieses por mí.
¿Estás en la fiesta? ¿Podemos vernos?
La otra persona seguía en línea. No respondió. Persi añadió:
¿En qué puedo ayudarte?
Necesito que te acerques a Sabatier. Nos veremos, pero a solas, no quiero testigos.
Persi tecleó rápidamente:
Estoy en el aparcamiento. No hay nadie conmigo.
Iba a cerrar la puerta de atrás cuando vio el maletín de Rob, el que contenía sus diseños importantísimos, escondido debajo del asiento delantero.
Se puso tan nerviosa que se le cayeron las llaves de la mano.
Rob le había pedido que lo sacara del coche.
Ella había respondido que lo haría mientras veía una serie y se había olvidado.
Era un milagro que no lo hubiera visto de camino a la subasta.
Mejor sería guardarlo en el maletero, así no lo vería a la vuelta y Persi podría llevarlo al despacho antes de que lo echase en falta.
En serio, ¿qué les pasaba a los diseñadores, que creían que todo el mundo estaba esperando la oportunidad para robarles sus diseños? Oyendo a Rob, Persi había comenzado a imaginarse a los demás diseñadores como una especie de villanos de la noche, siempre al acecho. Archidiseñadores.
Cogió el maletín y rodeó el vehículo. Abrió el maletero.
—¿Ves? —le dijo al maletín—. Estás a salvo. Ningún archidiseñador ha intentado robarte.
Y, entonces, una figura vestida de negro se abalanzó sobre ella y se lo arrebató.