Noche púrpura 9. Mal, Irisada, recibes a un extranjero
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9. Mal, Irisada, recibes a un extranjero

MAL, IRISADA, RECIBES

A UN EXTRANJERO

L a Lluvia Ascendente arreciaba.

El golpeteo contra las pasarelas que conectaban los edificios en las alturas apenas alcanzaba las profundidades del callejón, donde la luz de la esencia de Uruz lo impregnaba todo de un resplandor cian.

El Jinete se deslizó como una perturbación invisible entre las gotas, más espectro que hombre.

Los sensores de su casco rastreaban las firmas térmicas que se desplazaban bajo tierra y se las mostraban en el visor.

Eran dos Asfódelos. Uno era grande, quizá un licántropo o una gárgola, el otro podría ser un hada.

Iban armados. Sus movimientos delataban instrucción militar.

Los vio detenerse frente a lo que el minimapa de la Infraciudad de su visor señalaba como una compuerta.

Tardaron unos minutos en forzar la cerradura.

Al otro lado detectó al grupo: seis personas, aterradas.

Humanos ilegales, recién entrados en Irisada por entre las grietas del control fronterizo: el Inframundo era tan laberíntico y tenía tantos túneles que era imposible vigilar todas las entradas.

Eran invisibles para el sistema. Víctimas perfectas para los Asfódelos, que pretendían hacerlos desaparecer.

Uno de los Asfódelos susurró algo al otro. El Jinete lo oyó a través del micrófono direccional.

—Vivos hasta el Punto Delta. Si se mueren, que sea después.

Punto Delta. ¿Un laboratorio? ¿Un almacén?

— A lo mejor deberíamos dejar que los capturen —sugirió su compañero en su oído—. Si los seguimos, podemos descubrir adónde los llevan .

Era una posibilidad. Una posibilidad astuta. Y, sin embargo...

—No.

— Si queremos conseguir la cura para que Lauren despierte ...

—No sabemos qué pretenden —gruñó él. La voz salió distorsionada a través del casco—. Si esperamos, podríamos llegar demasiado tarde para ayudarlos.

— Aquello no fue culpa tuya .

El Jinete cerró los ojos e, inevitablemente, la imagen le vino a la mente.

Otra noche. Otros túneles. Otras víctimas.

La chica tendida sobre la camilla, Descolorida por completo.

Había esperado para intervenir entonces y una inocente lo había pagado con su vida.

«Ya no me queda nada que perder.»

El Jinete levantó una de las alcantarillas de la calle.

La runa de Berkana se iluminó en su cazadora durante unos segundos cuando incrementó su fuerza.

Saltó al interior de la cloaca. Una vez dentro, descendió un poco más, a través de un conducto lateral.

Se deslizó hasta el nivel del Inframundo y cayó sobre la pasarela de acero justo detrás de ellos.

Tong . Los altari se giraron por instinto. Pero no fueron lo bastante rápidos.

Crac .

Un codazo seco en la tráquea derribó al primero. El segundo, el licántropo, transformó las manos en un par de garras afiladas y se lanzó sobre él. Trató de alcanzarlo con un tajo ascendente, pero el Jinete ya había desaparecido.

Bendita invisibilidad de Ansuz.

Un movimiento a su izquierda. Un rodillazo en el estómago y otro en la mandíbula. El golpe contundente de un cabezazo con el casco fue lo que lo envió al suelo definitivamente.

—¿Quién os manda? —gruñó el Jinete, pisándole el brazo hasta que le crujieron los huesos.

El hombre escupió sangre. Tenía la nariz rota, pero no respondió. Sospechaba que no lo harían. Los Asfódelos preferían arrancarse la lengua a revelar información.

—Envía esta ubicación a las UE —pidió a su asistente.

Se volvió hacia el grupo de humanos, que temblaban en el fondo del pasillo.

Un niño se escondía detrás de su madre. Tiritaba como si tuviera fiebre.

No podía evitar pensar en Persi, en la situación tan parecida en la que la había encontrado a ella años atrás, en su amiga, a la que no había podido salvar.

El Jinete hizo un gesto hacia un túnel lateral, ordenándoles que lo siguiesen. Tras unos instantes de duda, lo hicieron.

Y el Jinete los guio hasta un lugar seguro.