Noche púrpura 8. Cuando digo que odio las sorpresas, me refiero a estas #2
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8. Cuando digo que odio las sorpresas, me refiero a estas #2

—No finjas. Sé a qué has venido. No me chupo el dedo. Y no voy a cambiar de opinión. ¿Y cómo te has enterado de que iba a venir a entrenar aquí? —pronunció la pregunta en un susurro, para compensar que había levantado la voz progresivamente en las frases anteriores.

El rostro del hombre que tenía enfrente era indescifrable mientras metía la mano en el bolsillo del chándal. «Dioses, va a sacar una pistola», se alarmó Persi. Pero no, era un teléfono. Tampoco fue un alivio; iba a dar la orden de que la arrastraran al Inframundo.

En vez de eso, Sabatier le acercó la pantalla a la nariz y Persi tuvo que alejarse un poco para poder enfocar la imagen. Era una rutina de ejercicios.

—¿Ves? Tengo que usar esa máquina. No me lo he inventado. Y no sabía que vendrías. Llevo viniendo a este gimnasio más de un año —añadió, guardándose el teléfono—. Puedes preguntar en la recepción, si no me crees.

—Ah. —Se sintió tremendamente estúpida—. Sí que he terminado.

Buscó con la vista una máquina que estuviera libre. Cualquiera.

—Menos del diez por ciento de las ventas se hacen tras el primer anuncio.

—¿Qué?

Sabatier cruzó los brazos sobre el pecho y se dio unos golpecitos vacilantes sobre el bíceps. «Deberías haber echado un vistazo a su rutina de brazos cuando tuviste oportunidad», se dijo Persi.

—Significa que el noventa por ciento se hacen después. Lo del otro día fue solo el diez por ciento. Aún no he terminado.

Persi vio cómo una máquina que parecía sencilla se desocupaba y se escabulló.

~ ~ ~

Cuando salió del gimnasio, llovía. Lluvia natural, de la que caía del cielo. Esperaba que el delineado que se había aplicado en el vestuario fuera tan resistente al agua como prometía.

Buscó la parada de bus más cercana. Maldijo al reconocer a Sabatier a solo unos metros de la marquesina, apoyado sobre un coche oscuro, hablando por teléfono con actitud relajada.

Persi lo observó de reojo de camino hacia la parada, esperando que no se fijase en ella.

Se había cambiado. Llevaba una camisa oscura con el cuello desabotonado y el pelo, de color castaño claro, le caía en ondas suaves sobre los pómulos en un desorden natural, ya libre de ese recogido que había usado para apartarlo de los ojos en el gimnasio.

Rezumaba una serenidad enigmática, con aquellos labios que parecían no sonreír nunca y aquellos ojos oscuros, que observaban el mundo con una curiosidad distante.

Justo como la observaban a ella en ese preciso instante. Porque acababa de mirar en su dirección en cuanto había alcanzado la marquesina y la había visto. Peor, la había visto mirándolo . Curvó los labios hacia arriba y, Prismas, si aquello no era una sonrisa, era una buena imitación.

Colgó la llamada y la saludó con la mano.

—¿Adónde vas?

Persi se hizo la sorda. Él caminó hacia ella. Se detuvo con los brazos cruzados contra el borde de la marquesina. Tenía el pelo húmedo. Persi contuvo un impulso de meter los dedos dentro y sacudírselo.

—¿Quieres que te acerque a alguna parte?

Ella miró a los lados, preocupada por si alguien se fijaba en que Sabatier acababa de hablarle. Por suerte, no había muchos transeúntes debido a la lluvia.

—No. —«Evidentemente.»

—El próximo autobús no pasa hasta dentro de veinte minutos.

—Te lo estás inventando. —No había forma de que el director de Infra conociese el horario del transporte público.

—Lo pone ahí —dijo él, señalando una pantalla sobre la marquesina.

—Pues espero.

—¿Segura?

Persi miró hacia las nubes grisáceas que se afanaban por oscurecer el reducido espacio entre los rascacielos. Le cayó una gota enorme sobre las pestañas.

—Segurísima.

Sabatier la observó con el móvil aún en la mano con actitud indecisa.

Parecía querer insistir. Persi estaba decidida a negarse otra vez, porque, además de no tener ganas de ser secuestrada, no quería tener que explicárselo a Rob.

Al final, se dio por vencido. Persi observó de reojo cómo regresaba al coche.

Respiró aliviada. La lluvia aumentó de intensidad y suspiró con resignación, recolocándose bajo el diminuto tejado de la parada.

El directivo bajó del coche otra vez y se acercó a zancadas con algo en la mano.

—¿Otra vez tú? Voy a borrarme del gimnasio —empezó a protestar Persi.

—Toma.

Le dio un paraguas negro. No parecía enfadado. Tampoco era un tipo muy expresivo, en cualquier caso. Su voz solo parecía tener dos tonos: relajado-positivo y relajado-seco. Había usado el relajado-seco, así que tal vez sí estuviese molesto.

Persi lo aceptó. Una cosa era negarse a montar en el coche de un desconocido de reputación cuestionable; otra muy distinta, pillar una pulmonía por una cuestión de orgullo.

—Te lo devolveré.

—No hace falta que te tomes la molestia.

—No es molestia. La próxima vez que venga al gimnasio, lo dejaré en el paragüero.

Sabatier dedicó unos momentos a asimilarlo.

—Vale.

Permaneció bajo la lluvia unos segundos más, como si quisiera asegurarse de que no tiraba el paraguas en la papelera más cercana. Perséfone lo abrió y se tapó con él.

—Gracias, Sabatier —dijo, a modo de despedida.

Él volvió al coche y, esta vez sí, se marchó. Solo entonces a Persi se le ocurrió levantar la vista hacia el paraguas. El logo de Infra estaba impreso en tamaño titánico. Era imposible no fijarse.

—Qué hijo de puta.