Noche púrpura 8. Cuando digo que odio las sorpresas, me refiero a estas
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8. Cuando digo que odio las sorpresas, me refiero a estas

CUANDO DIGO

QUE ODIO LAS SORPRESAS,

ME REFIERO A ESTAS

P erséfone Alcaris detestaba los fines de semana en Irisada.

Había usado el primero para ponerse al día con sus redes sociales (regrabando contenido, porque su maleta seguía sin aparecer).

El segundo había cenado con Rob en otro lugar exclusivo del que ya no recordaba el nombre.

Pero, a partir de entonces, se habían convertido en los días más aburridos de la semana.

No era que prefiriese trabajar. Tras un mes en Irisada, solo había participado en la revista con un pequeño pie de foto sobre las tendencias en la última gala de cine.

Sus propuestas habían sido rechazadas por otras más «interesantes».

¿A quién le importaba que a la actriz vestida por Amanda Bernilla, una joven diseñadora independiente, se le hubieran reventado las costuras de la falda durante la presentación de su nueva película?

A mucha gente, a juzgar por el espacio que a ese artículo sí le habían dado en portada.

No, no tenía prisa por volver al trabajo, pero esa mañana Rob se había ido con sus amigos y ella se había quedado sola en el apartamento, sin nada que hacer. No se levantó de la cama hasta que una llamada la obligó: Enaire.

Contestó en manos libres, buscando a oscuras el cargador.

Otro problema de ser mestiza era que sus dispositivos se descargaban enseguida.

Los altari emitían esencia, que se filtraba a la tierra y ascendía hacia el Prisma durante las noches en forma de Lluvia Ascendente.

Allí se fusionaba en la luz blanca que alimentaba los sistemas de luz de las ciudades.

La madrugada de Kaunaz, el primer día de la semana, era el turno de vampiros y lamias; al día siguiente, Raido, les tocaba a fénix y gárgolas; después venía Wunju, y las castas ángeles (o demonios) y hadas; en Fehu, dríadas y faunos; en Uruz, sirenas y nereidas; en Berkana, licántropos y kitsunes; y, finalmente, espectros y nigromantes cerraban el ciclo en Ansuz.

Los humanos, en cambio, no tenían casta y carecían de magia que donar al Prisma.

Además, sus cuerpos absorbían parte de la luz de Prisma que usaban los dispositivos.

Incluso ella, siendo solo medio humana, necesitaba cargarlos con más frecuencia.

Por ello, muchos los consideraban parásitos merecedores de servir a los altari.

Pisó algo duro, una plancha del pelo, y soltó un «Au». Su teléfono emitió un lastimoso pitido de advertencia, amenazando con apagarse.

— ¿Persi? ¿Qué es ese ruido? ¿Esta vez te has escondido en una batidora ?

—Muy graciosa —refunfuñó.

Se acercó a la ventana para descorrer las cortinas y esbozó una mueca cuando el sol le dio en la cara. Encontró el cargador bajo la pila de ropa que se había probado el día anterior para grabar. La recogería antes de que Rob volviera. O no, para lo que usaba la habitación…

— ¿Cuándo ibas a contármelo ?

Persi conectó el móvil, que dejó de amenazarla con apagarse. Se acomodó en el suelo junto al enchufe con las piernas cruzadas.

—¿Contarte el qué?

— Que haya tenido que enterarme por una revista... ya me dirás. Creía que éramos amigas, Perséfone .

Ah. El número de la revista en el que había participado salía esa mañana. Tendría un ejemplar físico esperándola en el buzón, pero no le apetecía ir a por él. Enaire habría visto la versión digital en su correo electrónico; Persi le había dado acceso a sus cuentas.

—Apenas me han dejado participar. Les parecía más interesante que la falda de Amanda Bernilla…

— ¿A quién le importa la estúpida falda de Amanda Bernilla ? —la cortó su amiga—. No estoy hablando de lo que has escrito tú, sino de lo que han escrito sobre ti en la cubierta .

—¿Salgo en la cubierta?

Se estiró hasta alcanzar su portátil. Se frotó un ojo mientras lo encendía y se manchó la mano; había olvidado desmaquillarse la noche anterior. Genial. Estaba segura de que le saldrían granitos blancos en la nariz para celebrarlo.

— Ya lo creo que sales. Vamos a reírnos años con esto —le aseguró Enaire.

Persi no contestó. La revista por fin se había abierto en la pantalla de su portátil.

Contempló su propio rostro, que le devolvía la mirada desde la cubierta con una expresión extremadamente parecida a la de Celandia.

Fresca como una fruta, desde un trono de flores.

¿En la cubierta? No era eso en lo que habían quedado.

Y el titular: «Perséphonia, la Diosa de la Creación, da la bienvenida a la primavera con un estilo inaccesible a los simples mortales».

—No puede ser —musitó.

Nombrar a la Diosa para una campaña publicitaria de moda debía de rozar lo blasfemo; sin embargo, a Persi, que no era especialmente devota del Acervo, le preocupaban más las otras implicaciones de la imagen.

Llevaba años defendiendo en sus redes que los humanos pudieran «acceder» a los mismos lugares que los altari.

A sus seguidores no les gustaría que fuera la cara visible de una campaña que presumía de dejarlos al margen.

Eran pocos los que aún usaban el término «mortal» para referirse a los humanos, pero todo el mundo haría la relación.

Tenía que hablar con Kara.

— Oh, sí puede ser. Y, en serio, como tu mejor amiga, me indigna haberme enterado de la fecha de tu boda por una revista de pacotilla —añadió, aunque la revista Fugaz era de todo menos de pacotilla en el mundo de la moda.

—¿Qué boda?

Persi lo vio entonces, en la esquina inferior de la portada. Un par de fotos de Rob y ella saliendo del restaurante tras la cena. El pie de foto rezaba: «Perséfone, prometida. Todos los rumores sobre su compromiso con el joven diseñador».

— Por los Dioses, Persi, no te daba ni tres semanas hasta que huyeses de Irisada y de tu vida de prometida. Y ahora vas a casarte… ¿en seis meses ?

No trató de convencer a su amiga de que no planeaba escaparse a ninguna parte.

Sospechaba que no sonaría muy convincente, después del pinchazo de ansiedad que le habían provocado las palabras «seis meses».

Rob y ella todavía no habían hablado de la fecha.

Tenía que ser cosa de la entrometida de Celandia.

— Estoy flipando —seguía diciendo Enaire—. Tu padre estará flipan …

—Tengo que colgar.

Volvió a ver las fotos y leyó la disección que se hacía de su intimidad en la página treinta y siete.

Estaba acostumbrada a las elucubraciones sobre su vida privada: se exponía a ello al compartirla en Prismanet.

Pero esta vez no eran personas anónimas en un hilo de comentarios hablando sobre su última publicación.

Esto era Fugaz ; crimen organizado y subvencionado por su madre.

Dejó el portátil sobre el suelo como si quemase.

Llamó a Kara. Se suponía que su trabajo consistía en enterarse de estas cosas y comunicárselas antes de que los daños fueran irreversibles, ¿no? Respondió al primer tono:

— Ya has visto la revista, ¿no ?

~ ~ ~

Persi entró en el gimnasio con decisión y una bolsa de deportes recién comprada sobre el hombro. Necesitaba despejarse. El ejercicio le iría bien.

Kara le había prometido que pediría explicaciones a Celandia y pensaría en cómo reparar su imagen.

En cuanto al anuncio de su boda… el daño ya estaba hecho.

Y a Rob le había parecido bien. Lo mejor era que ella misma se hiciera eco de la noticia, fingiendo que no la pillaba por sorpresa.

Con un poco de suerte, sus seguidores se emocionarían con el compromiso y olvidarían la portada de Fugaz .

Una portada en la que Persi, en lugar de querer mejorar las condiciones de los humanos en Onyria, parecía querer esclavizarlos.

Metió la mochila en la taquilla de un empujón y se dirigió a la sala de máquinas.

Se subió a la cinta, pero, antes de ponerla en marcha, accedió a su perfil y fotografió el anillo de compromiso de su mano derecha. «Siento que nunca había sido tan feliz #FaltanSeisMeses», escribió en el pie de foto, y le dio a publicar. Perfecto, otro asunto resuelto.

—Hostia.

Alzó la cabeza al oír la palabrota. Y allí, dos cintas a la derecha, estaba Sabatier con el teléfono en la mano, mirándola fijamente con la boca entreabierta.

Llevaba el pelo recogido sobre la frente con una goma de una forma muy poco glamurosa y el sudor le pegaba la camiseta al cuerpo.

Estaba claro que hacía ejercicio con más constancia que ella. Persi apartó la vista con reticencia.

Lo que le faltaba, encontrarse a aquel tipo en el gimnasio.

Se colocó los auriculares y comenzó a correr.

~ ~ ~

Una hora más tarde, estaba demasiado concentrada en no ahogarse en su propio sudor como para acordarse del directivo.

Terminó la serie y se llevó la botella de agua a los labios.

Sacó el teléfono para consultar el próximo ejercicio en el plan que le había hecho la monitora. No podían quedarle muchos, ¿no?

Escuchó un carraspeo.

—¿Has terminado con la máquina? —Sabatier estaba detrás de ella. Persi frunció el ceño al reconocerlo. Trató de no mostrarse intimidada, aunque lo cierto era que lo estaba.

Se levantó del banco y lo encaró. Era alto, pero Persi había heredado una altura considerable de su madre, así que no le sacaba mucha ventaja.

—Ya te he dicho que no estoy interesada en tu oferta —espetó.

Sabatier no pareció sorprendido.

—Vale. ¿Has terminado o no? —se limitó a preguntar el dueño y señor de Infra.

Persi entornó los ojos. Seguía sin entender cómo a Enaire podía parecerle guapo.

Reconocía que el sudor, la camiseta de algodón desgastada de Infra (¿en serio usaba propaganda de su propia empresa para ir al gimnasio?) y el pelo mal recogido le daban un aspecto diferente al del directivo estirado que aparecía en los carteles...

pero diferente no significaba atractivo .

Como mucho, podía concederle un atractivo sencillo. Estándar, mediocre y fácil de olvidar en cuanto te cruzabas con él por la calle. Persi lo tenía más que controlado.