Noche púrpura 7. El Jinete que soñaba entre estertores de muerte
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7. El Jinete que soñaba entre estertores de muerte

EL JINETE QUE SOÑABA

ENTRE ESTERTORES DE MUERTE

N o lo vio llegar. No lo vio en absoluto hasta que se subió la visera del casco.

—No, por favor. Siempre recurrían a los modales tarde: cuando el Jinete estaba frente a ellos, apuntándolos con un arma de fuego a bocajarro.

—No sé nada. No he robado nada —gimió el altari. Empezó a vaciarse los bolsillos, pero se detuvo en seco al escuchar el chasquido del arma al amartillarse y tragó saliva. Levantó las manos temblorosas frente a él—. Tengo familia. Me está esperando en casa.

El Jinete respiró hondo. No le gustaba esa parte, pero no bajó el arma. Se recordó que el grupo al que pertenecía aquel altari había hecho cosas horribles. Merecía esto. Merecía cosas peores.

Recordó que a él nadie lo esperaba por culpa de ese preciso grupo: los Asfódelos.

— Un minuto para que los tengas encima —dijo la voz de su compañero en su oído.

Dioses, detestaba esa parte.

El Jinete se bajó la visera y apretó el gatillo. La sangre salpicó el policarbonato traslúcido de la pantalla de su casco, cubriéndole parcialmente la visión.

La bala le quedó incrustada en la frente como una garrapata.

La runa de Raido brilló en la parte sobresaliente del plomo.

Una rigidez pétrea se extendió por el cuerpo del altari.

No lo mataría; una bala, incluso alojada en el cráneo como estaba, no bastaba para acabar con un altari.

No obstante, la runotecnia que contenía lo mantendría encerrado en aquel material indestructible del que se rodeaban las gárgolas hasta que un cirujano la retirase de su frente.

El Jinete se volvió invisible al tiempo que las UE derribaban la puerta de la azotea. Dejaría que se encargasen del altari. Esperaba que se tomasen su tiempo para interrogarlo. Cuando despertase en una celda de la Prisión Incolora desearía que el balazo lo hubiera matado.

— Tenía que hacerse .

Sí, tenía que hacerse. Solo que era una mierda que tuviera que hacerlo él.

Solo le quedaba el otro. Se habían separado tras salir del apartamento de Persi.

Se estaban volviendo más escurridizos y, desde el robo a los almacenes de Infra, contaban con runotecnia propia, lo que los hacía más peligrosos que nunca.

No se le pasaba por alto el hecho de que habían atacado los laboratorios, donde había prototipos nuevos y runotecnia que no estaba, ni estaría, disponible para el público general.

El Jinete todavía no había descubierto quién los había ayudado, pero debía de ser alguien con acceso a los secretos de la compañía.

Encontró al que faltaba poco después gracias a su compañero, que le había seguido la pista a través de las cámaras repartidas por la ciudad, en las que se había infiltrado.

El altari estaba apostado en una ventana de un edificio cercano, vigilando el apartamento de Perséfone a través de unos prismáticos.

El Jinete cayó detrás de él, se los arrebató y le disparó a la pantorrilla.

El altari aulló y trató de materializar un par de alas para huir, pero la runotecnia que contenía la bala había inhabilitado sus poderes.

El Jinete se agachó junto a él. Esperaba que se mostrase más colaborador que su compañero.

—¿Por qué seguís a la chica? ¿Qué queréis de ella?

—Solo lo que nos ha robado.

—¿De qué se trata? —preguntó, agarrándolo por el cuello.

—La quieres. —El varón, una sirena, le dedicó una sonrisa macabra.

Había olido el terror que el Jinete trataba de disimular, así como el amor que aún sentía por ella.

Las sirenas podían sentir las emociones a través del contacto físico.

Al parecer, la runotecnia neutralizante que llevaba la bala no lo había dejado por completo sin poderes.

Tomó nota mental para pedir que aumentasen la dosis en munición futura—.

No te encariñes. Nuestro líder está a punto de perder la paciencia.

Si no encuentra lo que busca pronto, la chica sufrirá las consecuencias.

El Jinete lo empujó contra el suelo, amartilló el arma y lo encañonó.

—¿Qué es lo que buscáis?

El altari tosió. Sonrió, derramando sangre entre los dientes. Los ojos se le salieron de las órbitas antes de apagarse. Estaba muerto. Acababa de suicidarse.

—Mierda —masculló y pateó los prismáticos caídos.

Luego se acercó al fusil de francotirador que había montado.

Tenía el logo del grupo grabado en la parte trasera de la culata, justo sobre la cantonera: seis pétalos blancos con una nervadura en el centro.

Una flor de asfódelo, la única capaz de crecer en el Inframundo.

Florecían en los Jardines Dormidos, donde los humanos enterraban a sus seres queridos.

No había duda de por qué lo habían escogido como emblema: los asfódelos simbolizaban la muerte humana.

Probablemente no había pretendido usar el arma contra Persi, solo cubrir a sus compañeros.

Llevaba ya tiempo protegiéndola y había llegado a la conclusión de que los Asfódelos la necesitaban viva.

Empujó el cañón unos grados con la bota para que dejase de apuntar hacia el apartamento.

Estaba seguro de que las UE no tardarían en encontrarlo también.

Eran unos cabrones eficientes. Prefería no dejar ninguna pista que incriminase a Perséfone.

Se subió a la barandilla y saltó al balcón del piso inferior, y de ahí se deslizó al siguiente. Una vez en la calle se subió a la moto, que había dejado bien oculta.

Antes de arrancar, dirigió una última mirada al edificio residencial al otro lado de la calle.

Desde las profundidades del callejón, le era imposible ver la ventana del piso de Persi a través de la bruma cobalto de la Lluvia Ascendente.

La imaginó en la cama, abrazada a su prometido.

Envidiaba al vampiro, sí, no tenía sentido negarlo.

Se imaginó cómo sería disfrutar de tenerla entre sus brazos toda la noche, sin necesidad de pegar ojo.

Se obligó a sonreír mientras arrancaba el motor. Se sentía estúpido por pensar en Persi, y también un tanto miserable. Dioses, estaba a punto de casarse y él seguía sin quitársela de la cabeza.

Ni siquiera sabía si se acordaría de él. Lo más probable era que hubiera estado demasiado drogada para recordarlo.

Era mejor así. En el fondo lo sabía: vivía con un pie en un mundo que ella no debía conocer.

Esa verdad era la que siempre le había impedido cruzar el aula y confesarle lo que sentía por ella, lo mucho que le encantaría tener la oportunidad de conocerla.

¿Cómo podría, sabiendo que había tantas partes que no podría compartir con ella?

Lo que hacía por las noches. La clase de cosas que había hecho y las que volvería a hacer.

Por cada fibra de él que deseaba conocerla, había otra que temía que ella lo conociera a él.

Nadie podía impedirle que la quisiera. Él mismo había dejado de intentarlo tiempo atrás.

Pero ella merecía a alguien mejor; alguien que le proporcionase una vida tranquila y feliz, que se quedase en casa por las noches y la abrazase, en lugar de recorrer las calles de Irisada como un jinete vengativo.

No, no estaban destinados a estar juntos en aquella vida.

Así que dejaría que ese tal Rob la tuviera. Dejaría que él se encargara de cuidarla y mantenerla feliz, que recibiera el amor que ella tuviera para entregarle.

Mientras tanto, él se aseguraría de mantenerla con vida.