Noche púrpura 6. Tan enamorada que podría salir huyendo #2
13%

6. Tan enamorada que podría salir huyendo #2

Tengo la piel tirando a seca. El aroma refrescante que combina notas de menta con el frío de un glaciar me llama bastante.

Que te den. No quieres comprarte un puñetero sérum.

La respuesta no tardó en llegar:

Sí, quiero. No sé qué hacer al llegar al paso del sérum durante tus vídeos de «prepárate conmigo».

Venga ya, no haces los «prepárate conmigo» conmigo.

Claro que sí.

Y no tardó en insistir:

Vamos, ¿océano o primavera? Tengo los dos en la cesta y no me decido.

Persi quería responderle una grosería, pero no pensaba darle munición con la que pudiera dejarla en evidencia ante sus seguidores. En un arrebato de maldad, escribió:

El de océano atenúa las líneas de expresión. Te vendrá bien .

Se disponía a enviar una captura de pantalla a Enaire cuando recibió otra notificación. No provenía del directivo; era un mensaje de un número oculto:

Ten cuidado. Saben que la tienes.

Se le erizó el vello de la nuca. En las mesas adyacentes, parejas y grupos de amigos charlaban relajados. «Nadie te está mirando», se dijo. Escribió:

¿Quién eres?

Alguien que quiere ayudarte.

Seguramente, no era más que una broma de mal gusto. Pero aquella despedida…

«Alguien que quiere ayudarte.» Había escuchado una frase muy similar hacía ya más de dos años.

«Alguien que siempre querrá ayudarte», había respondido el Jinete cuando le había preguntado por su identidad.

¿Sería él? La emoción fue tan intensa que estuvo a punto de borrar el miedo.

Lo había buscado durante meses después de aquella noche, pero no había encontrado ni rastro de él.

Era como si la tierra se lo hubiera tragado.

Aun así, le escribió un mensaje a Rob, deseando por enésima vez haber escogido una mesa menos expuesta.

¿Vas a tardar mucho?

~ ~ ~

Al salir del restaurante, tres hadas con alas traslúcidas a la espalda se acercaron a ellos.

—¿Eres Persi? —preguntó un chico con evidente excitación.

—¡Alas, os lo dije! —exclamó una de sus amigas cuando Persi asintió. Llevaba dos trenzas rubias colgando a cada lado de la frente y un montón de gloss en los labios—. Te sigo en todas partes… ¡Desayuno viendo tus vídeos!

Rob se miró el reloj con intención mientras la chica le enseñaba su fondo de pantalla a Persi.

—El vestido que llevas hoy es… diferente a lo que sueles llevar —dijo, nerviosa.

Repentinamente, su prometido se interesó por la conversación.

—El diseño es mío. Será la tendencia del otoño, estad atentas al catálogo de Fugaz.

Las hadas esperaron a que terminase de hablar y volvieron a mirar a Persi.

—¿Podemos sacarnos una foto contigo? —preguntó la tercera. Llevaba el top que Persi había lucido en su último vídeo.

—Claro. Rob nos la hará —les sonrió Persi. Luego le susurró a su prometido—: A lo mejor la cuelgan y más personas ven el vestido.

Eso pareció convencerlo, porque, aunque de mala gana, tomó el teléfono.

~ ~ ~

—No me gusta que envíes mensajes mientras conduces.

Rob deslizaba el pulgar sobre el teclado a una velocidad imposible.

—No tendría que hacerlo si no hubiéramos perdido una hora con esos acosadores tuyos.

Detuvo el coche a centímetros del de delante sin apartar la vista de la pantalla. Cierto, reflejos de vampiro. Persi soltó el aire del alivio de no verse incrustada en el vehículo.

—No podía simplemente ignorarlos.

Rob chasqueó la lengua y dio un volantazo para cambiar de carril y adelantar antes de que el semáforo se pusiera en rojo, sin dejar de teclear. Persi se sujetó al asiento. Sí, probablemente lo tenía controlado, pero… ¿Era necesario que condujese así? La asustaba.

—¿No puedes esperar a llegar a casa para responder? Estamos a cinco minutos.

—Es importante.

—Pues para el coche.

—¿Y conduces tú? Ah, no, que no quieres sacarte el carné porque tuviste una pelea con tu madre cuando eras cría.

A Persi le temblaron las manos de la frustración. Las escondió bajo las piernas, contra el asiento. Entendía que estuviese estresado, pero eso había estado fuera de lugar.

—Pues déjame el teléfono. Te leeré el mensaje y escribiré lo que me digas —ofreció.

Él se limitó a soltar una risa irónica.

—¿Qué? —insistió Persi—. ¿Por qué no?

—Porque no, Perséfone.

~ ~ ~

Entraron en el apartamento y Persi se dirigió a la habitación con intención de ignorar a Rob hasta que se disculpase con ella. Pero él la detuvo, tenso.

—Alguien ha entrado mientras estábamos fuera.

—¿Qué? —El pánico se llevó de un plumazo el enfado de Persi, que se agarró a él.

Pero era cierto. Estaba todo fuera de lugar. Alguien había entrado y registrado el apartamento concienzudamente. Rob desapareció de su lado y recorrió la vivienda a una velocidad que lo hizo ver como un borrón a ojos de Persi.

—No hay nadie —confirmó, reapareciendo a su lado—. Los culpables se han marchado.

Persi no dijo nada. El corazón le latía con fuerza contra las paredes del cráneo.

«Saben que la tienes.»

Tembló de pies a cabeza. ¿De esto la advertía aquel mensaje? Perdida en sus meditaciones, tardó en darse cuenta de que Rob iba hacia la puerta.

—¿Adónde vas?

—A buscar a los culpables. Y a poner una denuncia.

Ella se apresuró a salir detrás, pero él la devolvió al interior del piso.

—Tú te quedas. Puede ser peligroso.

—Prefiero ir contigo que quedarme sola —replicó. Y era cierto, aunque no era el único motivo por el que quería acompañarle.

Si el Jinete se había puesto en contacto con ella por esto… Necesitaba saber más.

—No van a volver. Fuera lo que fuese lo que buscaban, no lo han encontrado —la tranquilizó, con un tono más afable.

La amabilidad terminó ahí, sin embargo, porque, antes de que Persi pudiera replicar, ya se había marchado.

~ ~ ~

Persi se despertó antes del amanecer, sola entre las sábanas.

Al otro lado de la persiana, la Lluvia Ascendente salpicaba la ventana de la habitación de brillantes gotas cobalto.

El color de Berkana, el sexto día de la semana; el turno de licántropos y kitsunes de contribuir al Prisma con parte de su poder.

Cada diminuta gota era parte de la esencia que cedían.

Las luces de emergencia brillaban frágiles en la lluvia. La luz de Prisma no retornaría a los circuitos hasta que el Ascenso concluyese. Pero Persi sabía que Irisada no dormía; no por completo, no con tantas criaturas como Rob, que no cerraban los ojos ante la noche.

Su prometido no había regresado, pero, aunque lo hubiera hecho, no habría estado a su lado.

Pasaba las noches en el despacho, repasando las líneas de sus diseños.

Persi le había envidiado a menudo la capacidad de permanecer productivo las veinticuatro horas.

No lo envidió esa noche. Le pareció una maldición, no poder cerrar los ojos y abandonarse al sueño. Olvidarse de todo por unas horas.

Respiró el perfume de Rob, la única parte de él que perduraba en la habitación, adherido a las sábanas.

Contempló el espacio vacío a su lado, sabiendo que nunca lo ocuparía una noche completa.

Se había acostado disgustada con él; por la discusión del coche, por haberla dejado después.

Pero, como solía pasarle cuando discutían, al enfado lo reemplazó un sentimiento hueco.

Había restos de sangre en la almohada esa mañana. En la oscuridad, el color se confundía con el de los pétalos de las flores que le había regalado. Persi tragó saliva. Estaba convencida de que pronto se acostumbraría a su nueva vida en Irisada, pero a esa parte…

A esa parte tenía miedo de no acostumbrarse nunca.