Noche púrpura 6. Tan enamorada que podría salir huyendo
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6. Tan enamorada que podría salir huyendo

TAN ENAMORADA

QUE PODRÍA SALIR HUYENDO

L auren Sabatier desaparición.»

Persi introdujo la frase e hizo clic en buscar . Prismanet le devolvió decenas de noticias sobre la empresa, pero solo un par hablaban de lo sucedido con la hermana del directivo. Su vista saltó de una frase a otra:

«Desaparecida durante unos días de descanso junto a su familia», «H. Sabatier no ha querido comparecer ante la prensa», «Sabatier pide que se respete la privacidad de la familia».

Nada sobre la investigación, ni siquiera especulaciones sobre los motivos tras la desaparición. ¿Estaría Calix en lo cierto?

—¿Estás lista?

Cerró el navegador, sobresaltada. No había oído a Rob, como de costumbre.

—Sí, solo estaba…

—¿Buscando inspiración para tus vídeos? ¿Qué tengo que hacer para que me prestes una parte de la atención que le dedicas a tus seguidores? —dramatizó.

Persi cerró el portátil y se levantó. Había terminado de prepararse hacía media hora y, mientras esperaba a Rob, no se había resistido a hacer una búsqueda rápida.

—Bueno —avanzó hacia su prometido, olvidándose del caso Sabatier—, diría que ponerte esmoquin ha sido un buen comienzo.

Se puso de puntillas para besarlo. Rob la detuvo con el índice.

—Aún no hemos salido de casa. Un poco pronto para arruinar el maquillaje, ¿no?

—Estoy dispuesta a arriesgarme —sonrió Persi.

—Yo no. ¿Sabes lo difícil que es conseguir mesa en ese restaurante? —Rob consultó el reloj—. Tenemos una reserva en cuarenta minutos. Es por ti por quien los necesitamos.

No era del todo cierto. Los vampiros poseían una velocidad extraordinaria, sí, pero solo durante breves lapsos. Y Persi estaba segura de que, aunque no fuera el caso, su prometido seguiría usando el coche con tal de no despeinarse ni descolocarse la ropa.

—Aguafiestas —reprochó con un mohín, pero obedeció y se apresuró a cambiarse las zapatillas por unos tacones tan rojos como la chaqueta de Rob.

Tan rojos como su propio vestido.

El vestido.

A Persi le encantaba el vestido que llevaba esa noche, en serio.

La tela satinada era preciosa y la abertura que tenía la falda a la altura del muslo, elegante.

Rob lo había diseñado y pedido que lo confeccionaran con sus medidas por su cumpleaños.

Nada más sacarlo del paquete, había sabido que sería un éxito cuando decidiese presentarlo.

Era una pena que le sentase tan mal.

No era culpa de Rob. Simplemente, a Persi no le sentaba bien el rojo.

Sus colores eran suaves como la primavera: el cabello castaño, las mejillas rosadas, los ojos avellana…

El contraste con el vestido vibrante la apagaba.

Pero un tono tan pálido como para favorecerla habría desentonado en la nueva colección de Rob, «Rojo sangre».

Se disponía a ponerse el abrigo cuando Rob la detuvo.

—Espera, tengo otro regalo para ti.

—Rob. El desayuno, las flores, el vestido… Ha sido maravilloso. No necesito nada más.

Pero él sacó un pequeño paquete del cajón inferior de la mesilla de noche y la guio frente al espejo.

Extrajo una pieza de encaje negro y se la colocó sobre las clavículas, en medio de las mangas abullonadas y el escote corazón.

Una gargantilla. Se la abrochó, haciéndola sentir como una muñeca.

«Pasar tantas horas en Fugaz me está afectando», pensó.

—Es… —se detuvo, incapaz de completar la frase como quería. La piedra roja en el centro, engarzada al negro, hacía que la piel de Persi pareciera macilenta en contraste.

—Magnífico —completó Rob por ella—. Te queda de maravilla.

Persi le sonrió a través del espejo. Y la sonrisa sí le quedó bastante convincente.

~ ~ ~

Tenía que reconocer que el alboroto era merecido: aquel sitio era maravilloso.

No solo por el menú, que incluía manjares para la mayoría de las castas, o por la ubicación, en los cinco últimos pisos del segundo rascacielos más alto de la ciudad; es que, además, la última planta, en la que ellos tenían mesa esa noche, estaba cubierta por una cúpula acristalada que permitía observar el firmamento.

Un muchacho en la recepción comprobó su reserva en la lista y los acompañó al interior.

Les indicó que podían sentarse en cualquiera de las mesas para dos.

Persi señaló la única mesa que no estaba rodeada por una docena de comensales, arrimada a la pared acristalada.

Le gustaba tener controlada la habitación en la que estaba.

—Eres el hada más evasiva que conozco —respondió Rob divertido—. Nos sentaremos en la del centro, junto a la fuente —le dijo a la posible gárgola, que asintió y se retiró con una sonrisa educada.

Persi jugueteó con un mechón de pelo de camino a la mesa. Era un tanto evasiva, no podía negarlo; pero aquello se trataba de precaución. Persi se había criado entre humanos, y los humanos aprendían a sobrevivir.

—¿Insegura compartiendo mesa con un vampiro? —bromeó su prometido, cuando compartió sus inquietudes—. Además, ¿qué sentido tendría esconder un vestido así?

Un camarero les llevó la carta.

—Ah, un hermano de la noche —le sonrió a Rob mostrando sus propios colmillos—. ¿Va a querer alimentarse aquí o en privado?

Persi se tensó. Cuando el restaurante anunciaba un menú apto para todas las castas, realmente se refería a todas .

—No es lo que busco esta noche —respondió Rob.

Ella ocultó su sonrisa tras la carta. Por debajo de la mesa, rozó la pierna de Rob con la punta del zapato. Un agradecimiento silencioso.

La ley permitía que los vampiros se alimentaran de humanos, mientras no los matasen o tomasen demasiada sangre.

Desde la última década, los obligaba también a detenerse si se negaban explícitamente, lo que, en opinión de Persi, era estúpido: con solo establecer contacto visual, un vampiro podía ejercer su influencia para que ninguno se negara.

Pero Rob le había prometido que no atacaría a humanos cuando empezaron a salir. Le complacía averiguar que la promesa incluía a los donantes de los establecimientos.

El camarero alzó las cejas, apuntó el pedido y se marchó sin hacer comentarios.

Durante la cena, Persi descubrió qué era lo que mantenía a Rob tan ocupado esos días, hasta el punto de no haber podido recibirla a su llegada.

—He firmado con Fugaz —anunció, llevándose la copa a los labios.

A esas alturas de la cena era la tercera vez que se llenaba de ese líquido rojizo que sustituía la sangre.

Otro producto que, a su pesar, Persi tenía que agradecerle a Infra—.

Al fin se han decidido a apreciar mi talento.

Si esto sale adelante, usarán mis diseños en la colección de otoño.

¿Te imaginas? Podrías ser una de las modelos.

—Rob.

—¿Si cuelgas que usas el vestido en esa cuenta tuya, tus seguidores se fijarían?

Sí, el top que había llevado en su último vídeo se había agotado en cuestión de horas.

Pero lo último que le apetecía era dar alas a aquellas fantasías.

Rob ya había presentado sus ideas a Fugaz antes, sin éxito.

Resultaba sospechoso que, justo ahora que su madre insistía en que se mudase a Irisada, le ofrecieran un contrato que los mantendría allí otro año.

—Rob —repitió, apartando la copa a un lado para llamar su atención—. No sé si lo veo.

—¿Por qué no? —Las pupilas de él siguieron el movimiento de la copa.

—No me gustaría seguir para la colección de otoño. —Una verdad, aunque, como de costumbre, no toda. No fue capaz de chafarle la ilusión con sus dudas.

—Pensaba que las sesiones estaban yendo bien.

No. Por lo que a ella respectaba, no estaban yendo nada bien.

—Celandia está contenta —buscó la verdad más cercana—. Pero quiero que sea algo temporal, mientras encuentro otra cosa. Es importante para mí.

Miró a Rob. Quería que la entendiera en eso, necesitaba que la entendiera.

—Seguro que Celandia conseguirá que colabores en la revista pronto —vaciló un instante—. ¿Quieres hablar más de ello o…?

Lo cierto era que sí, pero podía esperar.

—Conocí a un diseñador que dijo ser amigo tuyo en Fugaz —dijo en cambio—. Calix.

Rob estuvo a punto de atragantarse con el líquido de la copa.

—¿Fue... agradable? —Parecía sorprendido.

—Sí, fue muy simpático. Me invitó a un café —lo tranquilizó—. ¿Por qué?

—Por nada. Es solo que no me pareces una persona con la que se relacionaría.

Persi le habló del encuentro, aunque omitió la parte sobre Sabatier; estaba segura de que había dado portazo al empresario definitivamente y no quería inquietar a Rob.

Su prometido apenas levantó la vista del teléfono, no paraba de teclear, quizá respondiendo a algo del trabajo.

Persi no veía la pantalla porque la mantenía bajo la mesa.

—¿Rob?

—Sí, te estoy escuchando, continúa.

Ella no continuó, porque el camarero llegó y preguntó si tomarían postre.

—Pide lo que quieras. —Rob se levantó de la mesa—. Tengo que hacer una llamada.

Persi hizo un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Se lo había visto venir. Cuando el camarero le llevó el postre, le dio las gracias y sacó el móvil del bolso, resignada a hacer tiempo hasta que su prometido regresase.

Una notificación destacaba entre las demás: a H.

Sabatier le había gustado su última foto.

Y lo que era peor, le había enviado un mensaje privado.

Persi dudó. No quería que él supiese que lo había abierto, pero la curiosidad la estaba matando.

Entró en la conversación, convencida de que encontraría una nueva oferta, como la decena que había enviado a la papelera.

El verdadero contenido del mensaje la dejó sin palabras:

¿Me recomiendas el «océano ártico» o el «primavera radiante»?

Persi sufrió un cortocircuito. Tuvo que comprobar que estaba en la conversación correcta.

Pero sí, no había duda: ese de la foto de perfil, con jersey de cuello subido y un libro sobre las piernas cruzadas como si quisiera dárselas de intelectual, era el impresentable de Sabatier.

Y le estaba respondiendo a una publicación sobre sus sérums favoritos.

Persi parpadeó. Justo debajo había escrito: