Noche púrpura 5. Los secretos te persiguen… y no eres más rápido #3
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5. Los secretos te persiguen… y no eres más rápido #3

Había muchos rumores circulando sobre Infra: corrupción, sobornos, contrabando de artículos de runotecnia ilegales… Pero ningún escándalo mencionaba a su hermana.

—Sabe cómo cubrir sus huellas. Tiene más dinero y poder de los que ningún altari de su edad podría soñar.

—¿Sabes… qué es? —Preguntar sobre la casta se consideraba una falta de tacto.

Por suerte, Calix comprendió a qué se refería.

—Sé cosas sobre él que serían un escándalo si se descubriesen, te lo aseguro.

Yo... tengo la convicción de que tarde o temprano saldrá a la luz la verdad.

Pero no seré yo quien hable. La última vez que conversamos, me obligó a guardar silencio sobre ese tema mediante un geis .

—Se levantó la manga y le mostró el antebrazo oscurecido por las líneas del pacto mágico—.

Si hablase, me arrepentiría durante el resto de mi vida.

Persi miró el tatuaje con asombro.

—Sospechaba que era alguien corrupto, como la mayoría de los altari en una posición de tanto poder, pero no me habría imaginado que pudiera tener un fondo tan malo. Obligarte a aceptar un geis ... ¿Cómo pudo convencerte? ¿Y qué hada o demonio le ayudó a cerrarlo?

—Ninguno, esto me lo hizo él mismo con su runotecnia.

Tiene un montón de artefactos poderosos, muchos de los cuales no podría vender, pero los fabrica para uso privado.

Sospecho que también los vende en el mercado negro.

Además, no tuvo que convencerme. No me atrevería a enfrentarme a él ni a hacer nada que lo moleste mientras sospeche que Lauren puede seguir con vida.

El hada no tuvo estómago para replicar, estaba demasiado asombrada ante todo lo que estaba descubriendo.

—¿Sabes? —dijo entonces Calix—. Me alegro del robo que ha sufrido la compañía.

No me gustaría que Infra se desmoronase, porque sé lo que significaba para su padre.

Pero... si es verdad lo que dice la prensa, que ese misterioso Jinete está intentando darle una lección a Hades Sabatier, brindo por ello.

Persi no podía estar más de acuerdo.

En ese momento, las puertas del ascensor de la planta se abrieron y Kara apareció sujetando contra el pecho una tableta gráfica que llevaba consigo a todas partes. Se recogió el pelo corto tras la oreja y se acercó a ellos.

—He preguntado. No esperan que hagas nada más por hoy. ¿Te acerco a casa?

Persi bajó del taburete, asegurándose de que el vestido no se le subía por encima de la cintura en el proceso.

—Pero aún me queda media hora —dijo, consultando la hora en su teléfono—. Y todavía no he visto a mi madre.

No tenía ganas, pero le había prometido un puesto en el departamento de comunicación si accedía a modelar. Estaba dispuesta a recordárselo: necesitaba la experiencia.

—Te conseguiré una reunión con ella para esta semana —le prometió.

Calix bajó de un salto del taburete y las acompañó hacia los ascensores.

—Sería maravilloso que pudieras colaborar en la revista. Haces un trabajo brillante.

—¿Lo has visto?

Había creado su perfil en redes en el instituto, pero no se había hecho verdaderamente conocida hasta que había comenzado a crear contenido sobre moda, un par de años atrás.

Un vídeo suyo maquillándose se había viralizado y le había conseguido una invitación a su primera pasarela.

Tras ser anunciada como participante, su siguiente vídeo sobre el desfile había triplicado las visitas y varias marcas le habían escrito para que las reseñara.

Esa semana la revista Tendencia había publicado una foto de Perséfone en la pasarela y, como consecuencia, su madre se había interesado en ella.

—Claro que sí, Robian…

—No me digas que Rob te los enseñó —le advirtió, divertida—. Mis vídeos le aburren.

—Bien, bien, entonces reconoceré que los he visto por mi cuenta. Ese vídeo que subiste una vez… ¿Cómo se llamaba? El de los humanos que querían ir a la universidad.

—«¿Diez razones por las que es absurdo que el acceso universitario siga vetado a los humanos?» —citó Persi, justo al tiempo que llegaba el ascensor.

Lo había grabado un fin de semana en que se sentía especialmente sola.

Lo hacía a menudo: pasar el día pegada a la cámara, divagando mientras desayunaba, se arreglaba u ordenaba su cuarto.

Le gustaba la sensación de que había alguien acompañándola.

A menudo sentía que era más ella misma con su comunidad que en sus relaciones personales.

Algunos días pensaba que, si no fuera para grabar esos vídeos, no saldría de la cama.

El día que había grabado aquel, la soledad la había hecho pensar en Enaire y en lo injusto que era que no hubiera podido ir a la universidad con ella. Había hablado de ello mientras horneaba galletas y se había generado un amplio debate en redes.

—Ese mismo. Nunca había escuchado algo tan peculiar.

«Peculiar» no era exactamente la reacción que Persi había buscado, pero, viniendo de un altari, era mejor que nada.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—Dale recuerdos a Rob —se despidió el fauno. La sonrisa arrugó las pecas de su nariz.

—Lo haré —prometió Persi, agitando el vaso vacío—. Y gracias por el café.