Noche púrpura 5. Los secretos te persiguen… y no eres más rápido
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5. Los secretos te persiguen… y no eres más rápido

LOS SECRETOS TE PERSIGUEN...

Y NO ERES MÁS RÁPIDO

P erséfone Alcaris no sonrió ante el flash de las cámaras.

No por elección propia; según la fotógrafa, en la campaña de primavera de ese año no tenían cabida las sonrisas.

Fingía balancearse en un columpio decorado con jazmines, gladiolos y rosas mientras un asistente dejaba caer pétalos a su alrededor.

Representaba a Perséphonia, la Diosa de los Sueños y la Creación y, por algún motivo, eso significaba que debía mostrarse melancólica.

Compuso una mueca de hastío: su primera tarde no estaba siendo muy estimulante.

—¡Espléndido! Esa es la expresión —la elogió la fotógrafa—. Vale, esta ha sido buena. Ve a cambiarte.

Pero no para marcharse. No, aún quedaban una docena de prendas en el perchero por fotografiar.

Cuando regresó ante las cámaras habían cambiado el decorado.

La pieza central era un trono engalanado con flores de colores vivos.

Se sentó en él y adoptó la postura regia que le indicaba la fotógrafa.

El asistente había dejado los pétalos y se afanó en entrelazar flores de almendro en el pelo avellana de Persi.

—Eres una diosa —le recordó la fotógrafa—. Eres inalcanzable. Mírame como si no fuera más que una molesta abeja entre las flores.

Persi ignoró el comentario por el bien de todos. Tenía pánico a las abejas y dudaba que agazaparse chillando sobre el respaldo del trono fuese la imagen de diosa que buscaban. Imitó el semblante con el que Celandia solía mirarla a ella.

—¡Ah, espléndido! —exclamó la fotógrafa, mirándola a través del objetivo—. Más colorete. Y necesitamos más frescor en esas plantas. Pulveriza también a la modelo.

Persi se volvió hacia el asistente con confusión, al tiempo que un pulverizador le empapaba la cara.

—Espléndido —alabó la fotógrafa—. Cariño, esa cara. La abeja, acuérdate.

Persi inspiró y volvió a pensar en Celandia. La fotógrafa presionó el obturador.

~ ~ ~

Tardó una hora más en regresar a la seguridad de los colores neutros de su propia ropa: al vestido ceñido y a las sandalias de largas tiras que le ascendían hasta las rodillas, uno de los regalos de Celandia que la propia Persi había escogido.

Le habían regalado el vestuario que había usado durante la sesión y Kara estaba ocupándose de que lo hicieran llegar a su apartamento. Enaire se reiría un mes cuando la viese en la siguiente entrega de la revista Fugaz . No era para menos.

Sonrió para sí. Tal vez podría enviarle las prendas a su amiga: la mejor venganza era la que se preparaba de antemano…

Un escalofrío le recorrió la columna y detuvo en seco el pensamiento.

No, no se las enviaría a Enaire. Hablar con ella estaba bien, pero no debía ir más allá.

Era peligroso. Tenía que poner límites a las mentiras que se contaba a sí misma o perdería la noción de la realidad.

Las sortearía. Sí, le pediría a Kara que preparase el paquete y haría un sorteo en sus redes sociales.

Estaba en la decimosexta planta, rodeada de paredes acristaladas que ofrecían vistas limitadas; en el centro de Irisada era imposible ver más que el edificio de enfrente por debajo de una planta treinta.

Había marcos en las paredes que mostraban fotos de pasarela y diseños con la firma de su madre.

Caminó entre las oficinas, con el tacón de sus sandalias repiqueteando contra las baldosas de cristal tintado, tan espejadas que parecían diseñadas para que la plantilla de Fugaz descubriera el color de la lencería ajena.

Así era como un arquitecto se ganaba un puesto en el Inframundo.

Todavía le faltaba una hora para irse a casa y no le habían asignado nuevas tareas tras la sesión de fotos.

Necesitaba un café. Localizó una máquina junto a los ascensores y aceleró el paso.

Estaba encajonada entre dos macetas de plantas artificiales.

Persi se preguntó si también las rociarían para que pareciesen frescas o si lo reservaban solo para las modelos.

Seleccionó un latte en la pantalla. ¿Dónde se pagaba?

—Te veo algo perdida.

Se volvió para ver al joven risueño que acababa de llegar.

Parecía mayor que ella, quizá de la edad de Rob; unos veintiséis o veintisiete años.

Tenía el pelo revuelto alrededor de los pequeños cuernos y teñido de azul en las puntas.

Las pecas se le apretujaban en la nariz al sonreír. Le tendió la mano.

—Perséfone, ¿verdad?

Persi estrechó la mano del fauno con una sonrisa vacilante. No le sonaba de nada. El joven soltó una carcajada, adivinando su inquietud.

—No te preocupes, no nos conocemos. Soy un amigo de Rob, me ha dicho que empezabas hoy a trabajar aquí. Me llamo Calix, seguro que te ha hablado de mí.

No, no le había hablado de él. No podía decirle eso, claro; pero tampoco podía mentir, su parte hada se lo impedía.

—¿Diseñador? —aventuró.

Solo alguien que compartiese oficio con su prometido vestiría una camisa como aquella. Persi estaba segura de que la había diseñado él mismo y de que se había inspirado en un pavo real.

Los ojos claros de Calix se iluminaron.

—Ah, así que sí te ha hablado de mí. Qué curioso.

—¿Por qué es curioso?

Se encogió de hombros.

—Conozco a Rob desde la universidad. Ya sabes cómo es con sus chicas, sobre todo si también son sus donantes —explicó, formulando la última frase como una pregunta.

Persi no quería hablar de las anteriores «chicas de Rob» y, desde luego, no quería contarle al fauno la clase de cosas que hacía en privado con su prometido. Devolvió la atención a la máquina.

—Estaba intentando sacar un café, quizá podrías ayudarme.

—¡Desde luego! Necesitas tu tarjeta, ¿ves? —la instruyó, acercando la tarjeta que llevaba colgada al cuello y seleccionando un cappuccino .

Un vaso salió de la máquina y comenzó a rellenarse. El olor a café flotó en el pasillo. Calix lo recogió y le cedió el puesto frente a la máquina con un guiño. Si existía algún fauno que no fuese encantador y servicial, Persi todavía no lo había conocido.

—No tengo ninguna tarjeta. —En cuanto regresase Kara, le preguntaría por qué.

—Hay una cafetería en la planta veintisiete donde puedes pagar con créditos. Pero no hace falta que te molestes. Yo invito —dijo, acercando la tarjeta a la máquina.

Calix la dejó escoger la bebida y Persi tocó la imagen del latte . Habría preferido la cafetería, ahora que sabía de su existencia, pero una invitación era una invitación, y no quería ofender a un amigo de Rob. El vaso se llenó enseguida.

El fauno la guio hasta una mesa redonda alta que estaba junto a una de las paredes acristaladas y se sentó en uno de los taburetes.

Cruzó las piernas, dejando a la vista sus patas de cabra rematadas en pezuñas pulidas.

El pantalón, diseñado para su anatomía, cubría el pelaje claro y meticulosamente recortado del fauno.

Ella se acomodó enfrente. Removió el café, mirando distraída los vehículos que se apiñaban más abajo a través de la ventana.

Un ángel sobrevolaba la calle con las alas desplegadas.

Una habilidad útil para desplazarse por la gran ciudad.

«No, un demonio —se corrigió—, a juzgar por el color de las plumas.

» Demonios y ángeles eran, en esencia, la misma casta.

Las diferencias físicas, esas alas negras en lugar de las blancas y los cuernos, en el caso de los demonios, no eran más notables que las que existían entre diferentes hadas, pero habían dado pie a aquella distinción popular entre ambos.

Persi deseó poder volar. Las hadas de sangre pura eran capaces de invocar alas, pero, hasta donde sabía, ella no había heredado tal poder.

«Prismas, ya estás pensando en nuevas formas de huir.»

—Así que el directivo de Infra te ha asaltado.

Estuvo a punto de escupir el café.

—¿Te lo ha contado Rob? —preguntó en un susurro. Luego, solo para sentirse un poco menos cría, agregó en tono normal—: Tampoco fue un asalto. Coincidimos en el aeropuerto y nada más. Quería hacerme una propuesta.

Calix le dedicó una mirada de circunstancias.

—Mira, Persi… Perséfone —se corrigió—. ¿Puedo llamarte Persi?

Ella esbozó una sonrisa. Echaba de menos el diminutivo. Rob prefería usar su nombre completo porque le resultaba más elegante.

—La verdad es que lo prefiero.

—Genial, Persi. —Pronunció su nombre con calidez, devolviéndole la sonrisa.

Luego adoptó una expresión seria—. No le conté esto a Robian porque no quiero que entre en una de sus oleadas de furia vampírica protectora y se meta en problemas.

—Entornó los ojos y Persi sonrió, estaba claro que Calix conocía a su prometido—.

Pero… Sabatier no es trigo limpio. Con él no existen las coincidencias.

Persi se estremeció. Había atribuido el encuentro únicamente a su habitual mala suerte.

No obstante, Sabatier sabía que era su cumpleaños porque le había cotilleado las redes sociales, él mismo lo había admitido.

Podía haber averiguado que estaría en el aeropuerto de la misma manera… o de cualquier otra.

Calix asintió, leyendo, tal vez, la sospecha en el rostro de Persi. Las hadas sí podían mentir con sus expresiones, así que, si a veces Persi era tan transparente, solo podía culpar a su carácter.

—Ten cuidado. Sabatier es un tipo carismático, es bueno convenciendo a la gente.

—No me ha convencido de nada.

Y no creía que fuera a insistir más por lo pronto.

Persi había visto las noticias de camino a Fugaz: la compañía de Sabatier había sufrido robos millonarios en varios de sus almacenes de runotecnia.

Sospechaba que el empresario estaría demasiado ocupado los próximos meses como para molestarla.

No sabía qué la alegraba más: eso, o volver a tener noticias del Jinete después de casi tres años.

Había querido encontrarlo desde aquella noche, agradecerle que le hubiera salvado la vida, entender quién era, qué se proponía...

Pero nunca se dejaba ver. Hasta esas grabaciones.