4. Cómo gritan esos malditos
CÓMO GRITAN
ESOS MALDITOS
L a última planta de Infra estaba envuelta en la luz grisácea que se filtraba a través de los ventanales panorámicos.
Hades Sabatier, impecable en su traje de corte sobrio, hojeaba una revista de moda con el mismo interés que prestaba a un reporte estratégico.
La dejó a un lado cuando Izan Cormel entró en el despacho.
—Ya están fuera, ¿verdad?
El vampiro asintió con gesto parco. Tenía el pelo de un platinado tan claro que, de no haber sido un nocturno, cualquiera lo hubiera confundido con una víctima del Descolor; la dolencia solo afectaba a los humanos.
—¿Desde cuándo te interesa la moda? —preguntó al ver la revista.
—Estaba evaluando a la competencia —murmuró—. Celandia se beneficiará de lo ocurrido. Estará encantada con el robo; algunas listas ya vuelven a situarla primera en los rankings de patrimonio empresarial.
Izan, apoyado con displicencia en la puerta, lo observaba con una media sonrisa burlona.
—Ya, la competencia. Yo diría que estás más interesado en su legado.
Hades no respondió. Sus ojos se deslizaron hacia la portada, donde había varias fotos en miniatura de Perséfone: una en la ceremonia de graduación, otra bajando de un coche frente a una tienda de Irisada y una tercera sacada de las redes sociales de la chica.
Justo debajo, adelantando la noticia que Hades había estado leyendo en el interior, un titular rezaba así:
«Perséfone Alcaris se instala en Irisada para respaldar a su madre en el negocio familiar».
Guardó la revista en el cajón del escritorio.
—Vamos —dijo, poniéndose el abrigo—. No hagamos esperar a la prensa.
Minutos después, las puertas automáticas de la entrada principal de la Corporación Infra se abrieron.
Sabatier salió a la calle, rodeado de un grupo de escoltas de rostros cenicientos y miradas vacías: constructos, cadáveres devueltos a la vida como sirvientes por medio de la nigromancia.
Porque eso era lo que eran los Sabatier: nigromantes.
Los periodistas se inclinaron sobre los escoltas, apuntándolo con cámaras y micrófonos.
—¡Señor Sabatier! ¿Qué opina del robo sufrido por su compañía?
Las preguntas apenas se distinguían unas de las otras en el enjambre de voces.
—¿Es cierto que el enigmático Jinete podría estar detrás? ¿Tiene alguna noticia?
Ante eso, el millonario se detuvo un instante, con el rostro mudado. Cuando se volvió hacia el periodista su expresión volvía a ser contenida.
—En momentos como este lo importante es confiar en el trabajo de las autoridades y no alimentar especulaciones —respondió, diplomático, con una voz grave que no revelaba nada.
Que no revelaba que este no era el primer intento de robo que sufría la compañía; que, años atrás, su padre había muerto tras detener una tentativa similar que no había conseguido filtrarse a la prensa.
—¿Cree que podría tratarse de una represalia? Hay quienes dicen que el Jinete actúa contra la empresa por sus prácticas poco claras.
—Buenas noches —replicó él.
Los constructos apartaron a la multitud con una eficacia brutal.
Hades se introdujo en el coche blindado, de un negro mate que no reflejaba la luz.
El silencio del interior contrastaba con la tormenta de la calle.
Izan no tardó en ocupar un asiento junto a él y el conductor puso en marcha el vehículo.
Sabatier se acomodó en el asiento y tamborileó con los dedos en el reposabrazos.
—Llama a Dio —le pidió a Izan—. Quiero que me consiga todas las grabaciones en las que aparezca el Jinete.