Noche púrpura 3. Una de sangre y otra de arena
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3. Una de sangre y otra de arena

UNA DE SANGRE

Y OTRA DE ARENA

N o miró la tarjeta hasta que estuvo en el coche con Kara.

Era un rectángulo negro con letras grabadas en un lustroso plateado: los colores de la Corporación Infra.

El nombre de la compañía estaba escrito en el frontal; en el reverso había un email, un teléfono de contacto y un nombre: Hades Sabatier.

¿Hades? ¿Como el Dios del Olvido? Estaba de coña. Aunque, claro, Perséfone no estaba precisamente para hablar de nombres pretenciosos.

—Esperemos que no os hayan visto juntos —dijo Kara, deteniendo el coche en un semáforo. La espectro llevaba el cabello cortado recto sobre los hombros y parecía de cartón piedra; ni un pelo se movía de su sitio—. No es bueno para tu imagen ni…

Se interrumpió, pero el mensaje estaba claro: ni para la de Celandia.

—¿Has logrado contactar con Rob? —cambió de tema Persi, descartando la tarjeta en el bolsillo de la gabardina; ya la tiraría por ahí. Revisaba el móvil cada treinta segundos, pero seguía sin saber nada de su prometido.

—He pasado por su trabajo y he conseguido tu copia de las llaves.

—Kara arrancó de nuevo el vehículo y señaló la guantera.

Persi se guardó las llaves de su nuevo hogar en el bolso, intentando sentirse tan emocionada como lo había estado el día anterior—.

Dijo que te llamaría. Estaba reunido. Parecía importante.

—No sería tan importante si pudiste interrumpirlo por unas llaves.

Estaba intentando ser comprensiva. De verdad, lo estaba intentando. Pero le estaba costando un buen puñado de paciencia.

Kara apartó la vista del volante para mirarla. Sus ojos grises eran tan traslúcidos como el resto de su piel.

—Yo no he dicho que me dejaran —dijo sin emoción.

Genial. Había usado su condición de espectro para atravesar las paredes del edificio e irrumpir en una reunión privada. No sabía si sentirse fascinada o asustada por su eficacia.

Después de comer en un restaurante prohibitivamente caro a expensas de Celandia Cerys, Kara le enseñó el centro: las altas torres en espiral que albergaban las oficinas más relevantes de Irisada; las enormes fuentes de mármol del mayor parque de la ciudad, donde un grupo de nereidas llevaba a cabo un espectáculo creando enormes burbujas…

Persi grabó vídeos para su vlog , pero, aparte de eso, apenas prestó atención a la visita.

No paraba de consultar el teléfono. Rob seguía sin responder y su paciencia se agotaba.

Kara la llevó al centro comercial más grande que había visto. Irisada era con diferencia la mayor de las siete ciudades de Onyria. En comparación, Meridol, donde Persi había crecido, era un pueblo modesto y sin pretensiones.

—Compra lo que quieras. Es el regalo de cumpleaños de Celandia.

El detalle no la conmovió: era el mismo regalo de todos los años, uno que su madre ni se molestaba en comprar ella misma.

Una vez, cuando tenía diecinueve años, Persi había ido a un concesionario y había comprado un coche en un intento por provocarla.

Celandia se había limitado a matricularla en una autoescuela para que pudiera conducirlo.

Persi no había ido y el coche seguía en el garaje de su padre.

Esta vez decidió aprovechar el regalo. Después de una tarde pasando la tarjeta de Celandia sin mirar el precio y abarrotando el maletero de Kara con bolsas de diferentes marcas de lujo (y un portátil nuevo con el que trabajar mientras su maleta seguía desaparecida), se convenció de que se sentía mucho mejor.

Su teléfono no sonó hasta la noche, mientras cenaba fideos instantáneos sentada en el suelo de su nuevo apartamento.

Persi agradecía el esmero que había puesto Rob en la decoración y estaba segura de que él le agradecería a ella que se guardara su opinión sobre el estilo (precioso, si uno soñaba con vivir en la sala de espera de una clínica dental).

A su alrededor seguían esparcidas las bolsas de las compras; no había tenido ganas de vaciarlas.

Se estiró para alcanzar el teléfono: su prometido por fin daba señales de vida. Consultó la hora antes de responder, pasaba de la medianoche.

—¿Robi? —Había mucho ruido en la línea.

— Perséfone, corazón. Qué ganas tenía de hablar contigo .

La conversación duró un minuto escaso. Sí, sentía mucho no haber ido a buscarla. No, claro que no había olvidado su cumpleaños. Sí, estaba feliz de que ya estuviese en casa.

— No te enfades. Ya ha sido un día bastante complicado .

Persi se obligó a ponerse en su lugar. No estaba enfadada. Sonaba agotado y había pasado toda la tarde trabajando mientras ella iba de compras con Kara.

—El trabajo se ha complicado, lo entiendo. ¿Vienes ya para aquí?

Tuvo que esperar mientras Rob contestaba a alguien que «ahora volvía adentro».

— Todavía no puedo . —Hizo una pausa—. Es mejor que no me esperes despierta .

Perséfone dejó lo que quedaba de sus fideos a un lado, ya sin apetito.

—Vale.

— ¿Seguro que no estás enfadada ?

—Seguro. —No lo estaba, pero tampoco significaba que estuviera bien.

— Mañana te lo compensaré —prometió—. Te quiero .

—Y yo —respondió Persi, aunque Rob ya había colgado.

Se metió en la cama. Dormir sola no era lo que había tenido en mente para esa noche, pero trató de no darle demasiadas vueltas.

Su móvil vibró en la mesilla: Rob le había enviado un mensaje de buenas noches. Sonrió, deseándole un «buenas noches» a su vez. La conversación con Enaire estaba detenida donde la habían dejado a la hora de la cena. Miró el último mensaje, dejándose embargar por un sentimiento agridulce.

La gente a menudo tomaba a Persi por una persona desapegada, independiente de una manera que les resultaba difícil de entender.

«Es propio del carácter de las hadas», explicaba ella, pero, en el fondo, no estaba tan segura: estar sola no había sido nunca su elección.

Su padre, el único que la había querido de niña, hacía años que padecía una condición que lo mantenía postrado en la cama de un hospital.

Las largas conversaciones con Enaire eran el único testigo de la verdadera personalidad de Persi.

Aunque fuera de aquella manera imperfecta, al releer las respuestas de su amiga casi podía convencerse de que estaba con ella en Irisada.

Tardó en dormirse. Se quedó mirando la pantalla de su móvil en la oscuridad del dormitorio, pasando fotos y vídeos sin fijarse en ellos.

Después abrió el navegador. Escribió «cómo ser feliz» y le dio a buscar. Una costumbre estúpida. Sabía que ningún resultado iba a ayudarla, pero, quizá, hacer preguntas retóricas sobre la vida en un buscador se había convertido en su nueva forma de expresión.

Antes de que dejase a un lado el móvil, una última notificación apareció en su pantalla:

«H. Sabatier ha empezado a seguirte».

Dejó el móvil en la mesilla de noche y cerró los ojos.

~ ~ ~

Rob cumplió su promesa: se lo compensó al día siguiente.

Cuando Persi se despertó, lo encontró sentado en una mecedora a pocos pasos de la cama. No la había despertado. Rob se movía en silencio y el oído de Persi no era mejor que el de un humano. Vestía una camiseta que podría haber pasado por un pijama, aunque Rob no dormía; ningún vampiro lo hacía.

Persi se incorporó, esbozando una sonrisa perezosa.

El sol cubría la habitación de líneas horizontales al entrar por la persiana.

Había tulipanes sobre la mesilla de noche y una bandeja de desayuno.

Persi pensó que no le importaría despertar así cada día.

Y así sería, si su compromiso seguía adelante. Si ella no huía y lo echaba a perder.

Alargó un brazo hacia la mesilla y Rob estuvo junto a ella en un momento. A veces se movía tan rápido que a Persi le costaba captar los detalles. La besó en los labios.

—Buenos días —susurró ella en respuesta.

Rob nunca fallaba en robarle el aliento.

El día que lo había conocido, Persi había pensado que era el joven más atractivo que había visto.

Seguía pensándolo, casi tres años después.

Enaire solía burlarse de ella por caer rendida ante unos encantos tan básicos; todos los vampiros tenían un aura que los hacía irresistibles.

Era cierto, pero a Persi no le importaba.

Rob era hermoso y era completamente suyo.

Se inclinó para besarlo de nuevo y Rob soltó una risita.

—Se te va a enfriar el desayuno.

Cierto. El desayuno.

—Espera —dijo ella, alcanzando el móvil de la mesilla—. Déjame sacar una foto.

Rob compuso una mueca exasperada, pero no se lo impidió: una concesión de cumpleaños.

Persi volvió a besarlo y salió de entre las sábanas.

De pie sobre la cama, hizo varias fotografías: a las flores, al café, al desayuno…

Sabía por experiencia que la foto tendría más alcance si ella también aparecía, pero todavía no se había hecho su rutina facial ni se había maquillado. Y la paciencia de Rob tenía límites.

Se sentó en la cama unos minutos después, con el estómago rugiendo.

Dio un sorbo al café. Con cuidado de no mancharse, se llevó uno de los brioches a la boca.

Todavía se sentía incómoda en presencia de Rob en situaciones tan…

domésticas: recién levantada y hambrienta, en lugar de perfectamente peinada y maquillada.

Sí, se habían conocido hacía tres años, pero hacía menos de uno que salían.

Rob no comentó nada sobre su aspecto, se limitó a mirarla mientras desayunaba.

El cabello negro le brillaba bajo el sol.

La luz no lo dañaba, gracias a las pastillas que Infra comercializaba desde hacía años.

Era otro de los logros de la compañía: la runotecnia no solo era capaz de proporcionar las capacidades mágicas de otras castas a cualquier altari, también podía anular cualquiera de sus peculiaridades.

Y aunque Persi detestaba Infra, por momentos como aquel reconocía los beneficios a regañadientes.

—¿Tú has desayunado ya?

La mirada de su novio se detuvo en su garganta antes de alcanzarle los ojos. Ambos sabían cuál era su fuente favorita de sustento. Y en ocasiones, Persi le daba el gusto.

—Estoy bien —raspó. Rob se alejó de ella, dejándose caer sobre la mecedora. Estaba haciendo un esfuerzo por contenerse. Por ella. Porque mientras las parejas de vampiros intercambiaban sangre, a Persi le resultaba molesto que la mordiese—. Hoy es tu día.

Persi asintió, indecisa. Apreciaba el gesto, pero la asustaba que sus constantes negativas lo hiciesen pensar que no encajaban.

Persi se desabrochó un par de botones de la camisa de raso blanca, la única prenda que llevaba sobre la ropa interior.

Quería demostrarle que lo quería, parte vampírica incluida.

Y en cuanto a sus reticencias… Estaba segura de que pronto se acostumbraría y encontraría el intercambio tan placentero como él.

Rob le recorrió la garganta expuesta con la mirada. Negó con la cabeza.

—No quiero que se te enfríe el…

Ella se levantó y se sentó sobre las piernas de su prometido. Ya había comido bastante el día anterior, en soledad. Lo que quería era tenerlo cerca.

—Perséfone —le advirtió Rob.

Ella le acarició el pelo y Rob le hundió la cabeza en el cuello. Le recorrió la garganta con los labios, oliendo la sangre bajo la piel.

—Dioses —susurró.

Persi lo besó, rodeándole el cuello con los brazos. Rob respondió al beso con pasión. Se inclinó sobre ella y la besó en el pelo, en la oreja, en el cuello.

La mordió. Persi se estremeció cuando los colmillos le atravesaron la piel. No era doloroso. Al menos no después del pinchazo inicial; la ponzoña le adormecía la zona.

Rob la atrajo hacia sí. Persi quería derretirse bajo el contacto; lo habría hecho si la tensión del mordisco no le impidiese entregarse del todo al placer. Notó cómo los miembros le cedían. Que le extrajera sangre la hacía sentir ligera. Flotaba, aturdida y lánguida.

Él gruñó con satisfacción, saboreando la sangre… Y estaba perdiendo la noción del tiempo. Persi le dio unos golpecitos cariñosos pero firmes en el hombro.

—Suficiente —consiguió decir, pero no intentó apartarse.

Era peligroso interrumpir a un vampiro mientras se alimentaba.

Tras penetrar la piel, los colmillos apresaban al donante; vestigios de su pasado como depredadores, le había explicado Rob.

La evolución los había dotado de medios para evitar que sus presas escaparan.

Si trataba de apartarse antes de que los retirara, le desgarraría el cuello.

Y esa tarde tenía una sesión de fotos en Fugaz, la firma de Celandia.

Rob tardó unos segundos en extraer los colmillos. Soltó un jadeo entre el placer y la frustración. Persi rio por lo bajo.

—¿Decepcionado? —bromeó.

—Tu sangre nunca decepciona, como un buen vino —dijo satisfecho.

Persi arqueó las cejas.

—Como un buen vino.

—Como el mejor que he probado en la vida —enmendó él con una sonrisa, mostrando unos caninos manchados de sangre. « Mi sangre», pensó Persi.

Sintió que un hilillo cálido le resbalaba por la clavícula y manchaba la tela de raso blanco. Miró a Rob con intención.

—Mira lo que has hecho.

Él sonrió con malicia y besó el rastro.

—Te compraré otra —prometió, antes de lamer las pequeñas punciones para cicatrizarlas con su saliva. Ella se estremeció.

Rob miró con intención hacia la bandeja sobre la mesilla de noche.

—Que le den al desayuno —bufó ella, siguiendo su mirada.

En un momento estuvieron tendidos sobre la cama, tan rápido que la habitación se convirtió en un borrón. Rob permitió que lo desnudase de cintura para arriba y luego comenzó a desabrocharle los botones de la camisa con una lentitud frustrante.

—Puedes hacerlo mucho más rápido —protestó Persi, rodeándole la cintura con la pierna.

—Puedo —coincidió él, deteniéndose en el siguiente.

—¿Y bien? —Ella lo miró hasta que el azul verdoso de los ojos de Rob ocupó su campo de visión por completo.

Rob cedió, quitándole la prenda y arrojándola a un lado. Se situó sobre ella y la besó, hasta que, beso a beso, Persi obtuvo el primer regalo de ese año que realmente quería.