Noche púrpura 2. No eres tú, soy yo, que no te aguanto
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2. No eres tú, soy yo, que no te aguanto

NO ERES TÚ, SOY YO,

QUE NO TE AGUANTO

-D isculpa, tengo que ir al servicio.

Persi recogió su bolso y se levantó, dejando a un sorprendido Sabatier con la palabra en la boca. Una vez en el baño se encerró en una cabina y llamó a Enaire:

— ¿Qué ocurre? ¿Sigues en el aeropuerto? ¿Y qué es ese ruido? —añadió su amiga cuando alguien tiró de la cadena en una de las cabinas adyacentes.

—Estoy en el baño —abrevió Persi, enrollando y desenrollando un mechón de pelo castaño en el índice—. El presidente de Infra está aquí.

— Persi, todo el mundo con más de seis cifras en su cuenta bancaria está en Irisada .

—No, Ena. Aquí. ¡Aquí mismo!

La línea quedó en silencio un instante.

— ¿En el baño ?

Persi resopló y narró el encuentro con el ejecutivo. No le llevó mucho, su amiga ya estaba al tanto de los correos.

— Deberías escuchar su oferta. ¿Quién sabe? A lo mejor te paga más que tu madre .

Era bastante probable, ya que su madre no le pagaba.

Perséfone entraría en la firma de moda con una beca de formación y, si lo hacía bien durante la temporada, conseguiría un puesto al terminar.

El dinero no era un problema; la tarjeta que llevaba en el bolso tenía acceso casi ilimitado a los fondos de Celandia.

Por desgracia, eso permitía a su madre controlar todos sus movimientos y Persi sabía por experiencia que lo hacía.

—¿Quieres que Celandia me arranque la cabeza?

— No exageres. No te arrancaría la cabeza, quiere que trabajes para ella por tu cara bonita. A Celandia le gusta preservar sus inversiones .

Persi esbozó una mueca, pero no lo discutió. Era verdad. Celandia no estaba interesada en sus capacidades profesionales.

—Estamos hablando de Infra. Por mucho que quiera tener un salario que gastarme con privacidad, Infra no es una opción —respondió.

No era, al menos en sentido estricto, la competencia, ya que Infra vendía runotecnia: artilugios que ponían las habilidades mágicas de las diferentes castas al alcance de cualquiera; de cualquier altari, para ser precisos, puesto que su venta a humanos estaba prohibida.

Transporte, industria, ocio… La compañía introducía sus productos en cualquier sector, incluso en el de la moda.

Y que los últimos rankings de gente estúpidamente importante hubieran puesto a Sabatier sobre Celandia solo lo empeoraba.

No mencionó los otros motivos para desconfiar de él: los rumores que relacionaban a Infra con la explotación laboral de humanos y otros asuntos bastante turbios, pero Ena pareció captar el mensaje de todas formas, porque le dijo:

— No ha habido rumores desde que la lidera el hijo .

—Será mejor ocultándolos que su padre.

— Podrías usar el dinero para continuar la investigación .

—Uno, no sería capaz de seguir investigando sola. Dos, necesito a la Ena realista.

— De acuerdo —rio—. ¿ Es guapo ?

Persi puso los ojos en blanco.

—¿Quieres que le dé tu número?

— Deja, mujer, ya he encontrado una foto. Hay que ver lo que ayuda el dinero, eh. ¿Has visto a algún rico feo? Seguro que esos dientes tan perfectos no son de nacimiento. Anda, aquí dice que estudió en la Universidad Autónoma de Embra, ¿no estuviste un año ?

—Un semestre. Ena, por favor, es una emergencia —rogó.

— Persi, te has levantado sin darle oportunidad de hablar. No va a estar cuando vuelvas .

Seguro que Ena tenía razón, pero Persi no las tenía todas consigo.

—Parecía muy decidido a hablar conmigo —dudó.

— Perséfone . —Su amiga solo usaba su nombre completo cuando la situación era trágica o cuando se burlaba de ella.

Estaban en el segundo caso—. Tienes que superar tu trastorno de personalidad evitativa.

Si no estás interesada, le dices: «No, gracias».

Ya está, no es un drama. Además, seguro que ya se ha ido .

—Deja de diagnosticarme cosas raras. No tienes ni idea de psicología.

— Ya, pero lo he leído en Prismanet. Y no me hace falta ser psicóloga; lo evitas todo. Tía, que estás en un váter .

Dioses. Sí que era lo único que hacía. Cogió aire.

—Está bien. Voy a intentarlo. —Se despidió con un suspiro—. Tú y yo, Ena...

— Siempre —completó ella—. No va a estar, pero avísame cuando llegues al piso, ¡quiero fotos ! —se despidió.

Para su desgracia, Sabatier sí seguía en la cafetería, con infusión y todo. Persi pidió otro latte .

—¿Tengo pinta de ir drogándole la bebida a la gente?

—Estaba frío. —Evitó la pregunta.

—Lo pediste con hielo —le recordó con sequedad—. Mira, no hace falta que me mientas. Sé la reputación que tengo, pero…

—No puedo mentir, soy hada por parte de madre —lo interrumpió ella, tomando asiento y guardando las gafas de sol en el bolso.

De hecho, ese era el único «poder» que había heredado de la casta feérica: no poder mentir.

Así de afortunada era—. Y a pesar de tu reputación de mierda, te aseguro que no es personal.

Siempre cambio la bebida si la pierdo de vista.

—Reglas de supervivencia que había aprendido por las malas—.

Así que ¿puedes decirme ya lo que sea que hayas venido a decirme?

Sabatier se mordió el interior de la mejilla, molesto. El fauno dejó un nuevo latte helado sobre la barra que Persi no tardó en llevarse a los labios.

—Felicidades —dijo Sabatier.

—¿Perdona?

—Es tu cumpleaños, ¿no?

Persi dio unos toquecitos sobre la barra con sus uñas de gel.

—Y tú sabes eso, ¿por?

A modo de respuesta, Sabatier se sacó el teléfono del bolsillo y comenzó a trastear.

Se había remangado la chaqueta y en su antebrazo izquierdo eran visibles tres líneas negras, como brazaletes.

¿Un tatuaje común o marcas de algún pacto mágico?

Persi lo observó con más atención, aprovechando que él no la miraba.

Algunas hadas podían causar esa clase de marcas cuando lanzaban un geis : más que una promesa.

Era un maleficio, un pacto mágico que se enredaba en las fibras del destino, capaz de maldecir o bendecir a su portador.

Una vez pronunciados, los geasa se cernían como una red invisible sobre el destino de los contrayentes.

Era un poder que estaba reservado solo a las hadas más poderosas.

Perséfone, por descontado, no era una de ellas.

—Acabas de publicar una foto. —Sabatier se la enseñó, poniéndole la pantalla delante de la cara: era ella, sonriente en el baño del aeropuerto.

Ah, cierto. La foto. Estaba en su perfil.

—No sabía que fueras un seguidor.

De hecho, sabía que no lo era. A pesar de lo que pensase la gente, sí se fijaba en las cuentas que la seguían, sobre todo si tenían millones de seguidores.

Sabatier sonrió con ironía.

—A lo mejor quería evitar que te relacionasen con mi reputación de mierda.

Anda, así que eso lo había fastidiado.

—Tranquilo, no pensaba seguirte de vuelta —replicó ella, con un tono tan encantador como el que había usado él.

—Lo tendré en cuenta la próxima vez que visite tu perfil.

Persi miró hacia la entrada de la cafetería. ¿No estaba tardando mucho Kara?

«Bravo, ya estás pensando otra vez en huir.»

—¿Qué quieres? —repitió, esforzándose por mantener el culo pegado al asiento.

—No has respondido a ninguno de mis…

—No —confirmó, un poco sorprendida de que los hubiera escrito él mismo.

—Cualquiera de las condiciones puede negociarse. Si es por el horario, o el salario…

—Me dan igual las condiciones —lo cortó—. No quiero y punto.

Sabatier soltó el aire entre dientes, exasperado. Saltaba a la vista que no estaba familiarizado con recibir negativas. Abrió la boca para replicar, pero Persi se le adelantó.

—Si vas a decirme cuánta gente mataría por trabajar para Infra, te lo puedes ahorrar.

—Iba a decirte que ya me has interrumpido tres veces en solo veinte minutos.

Persi contuvo la sonrisilla que pugnaba por asomarle en los labios. Indignación al primer contratiempo. Típico de un hombre que no está acostumbrado a ser cuestionado.

—Al menos escucha mi oferta —dijo él, sin sonar tan indignado como Persi esperaba.

—No reseño runotecnia.

Nada que tuviese que ver ni remotamente con el Prisma. Ahora su canal se centraba en moda: maquillaje, ropa, perfumes, ese tipo de cosas. Cosas seguras, de las que no hacían que acabases bajo tierra. Se mordió la lengua antes de hablar de más.

Por suerte, en ese momento vio a Kara haciéndole señas desde fuera de la cafetería. Se puso en pie, dejando el latte a medias sobre la barra. Sabatier la imitó, como si estuvieran despidiéndose tras una conversación amigable. Sacó una tarjeta y se la tendió.

—Ponte en contacto conmigo si necesitas cualquier cosa.

Persi recogió la tarjeta de mala gana.

—Eres la última persona de la lista a la que llamaría si necesitase algo —le aseguró.

Él le dedicó una sonrisa ladeada.

—Pero ahora estoy en la lista.