Noche púrpura 1. ¿Problemas? Haz las maletas y lárgate
3%

1. ¿Problemas? Haz las maletas y lárgate

¿PROBLEMAS?

HAZ LAS MALETAS Y LÁRGATE

Dos años y nueve meses después

C uánto tiempo tenía sentido esperar viendo cómo la cinta transportadora giraba vacía antes de aceptar que la maleta no iba a salir? Perséfone habría jurado que diez vueltas eran suficientes, pero estaba dispuesta a aguardar unas cuantas más antes de reconocer que su equipaje se había extraviado.

El teléfono móvil le vibró en el bolsillo de la gabardina. Lo desbloqueó y abrió el hilo de conversación «Ena MAPS ❤ ». Su Mejor-Amiga-Para-Siempre, Enaire, era el único contacto de su larga lista con el que mantenía una conversación constante.

«Persi», había escrito, llamándola por el diminutivo que la madre de Perséfone detestaba.

Celandia Cerys, además de un hada completa, era una de las figuras más influyentes en la industria de la moda y presumía en las entrevistas de haber escogido el nombre de Perséfone en honor a la Diosa.

Según predicaba el Acervo, Perséphonia era una de las dos divinidades primordiales de Onyria, una mitad de la dualidad eterna que sostenía el equilibrio del mundo.

Perséphonia representaba la feminidad, la creación y los sueños, mientras que Haidas, su contraparte masculina, personificaba lo que esperaba a los mortales al otro lado del Río: la muerte y el olvido.

Irónicamente, su nombre se había convertido en la única señal de amor que Persi había recibido de su madre en sus veintidós años de vida.

Un nuevo mensaje apareció bajo el anterior:

¿Has llegado ya?

¡Acabo de desembarcar! Creo que me han perdido el equipaje…

¿QUÉÉ? ¡No puede ser! ¿¿Has preguntado en la ventanilla de la aerolínea??

Persi tecleó un «Ahora voy» y se guardó el móvil, ignorando los cientos de notificaciones pendientes. La cinta se había detenido, vacía sin remedio. Era la única persona de su vuelo que esperaba. Frunció el ceño bajo las enormes gafas de sol y se dirigió a la salida.

Envió dos corazones a su padre, informándolo de que ya estaba en Irisada.

El mensaje se unió a la decena sin respuesta.

Recorrió las caras que esperaban ante las puertas, pero no vio a Rob.

Comprobó el teléfono móvil: pasaban veinte minutos de la hora de aterrizaje.

Estaría a punto de llegar. El día anterior la había avisado de que podría retrasarse.

Le escribió mientras las escaleras mecánicas la llevaban hacia el piso donde estaba la ventanilla de la aerolínea:

Acabo de llegar. ¿Vas a tardar mucho?

Ena MAPS envió un nuevo mensaje:

Tienes las etiquetas con el código de las maletas, ¿no?

Persi las tenía, aunque no recordaba dónde.

Después de un minuto frenético rebuscando en el bolso las encontró en la cartera, junto al billete de avión que la había llevado a Irisada.

Trató de no pensar en él como un recurso de huida ni en cuánto tardaría en comprar el siguiente.

No lo era, y no habría siguiente. Esta vez no.

Ya había huido bastante, cambiando de ciudad cada vez que algo no marchaba según lo previsto.

Esta vez sería diferente: había ido para quedarse, se casaría con Rob y todo saldría bien.

La azafata que atendía la ventanilla era, al menos en parte, dríada, lo que explicaba que estuviese bebiendo tan seguido de una botellita de agua mineral.

A las castas de Fehu, las más afines a la tierra y la naturaleza, no les sentaba bien volar, ni navegar ni estar lejos de la tierra, en general.

Solo el Prisma sabía por qué aquella chica había elegido esa profesión.

La dríada le tendió un formulario y la informó con mucha amabilidad de que la avisarían si localizaban su equipaje en los próximos días.

Persi le dio las gracias y abandonó la ventanilla, esforzándose por no hundir los hombros.

No era para tanto: la mayoría de sus cosas habían sido trasladadas al nuevo piso una semana antes.

Pero varias de sus prendas favoritas iban en esa maleta, junto a su recién adquirido título universitario, su cámara y su portátil.

Eso último era lo que más la fastidiaba: tenía dos vlogs ya editados.

Había perdido un montón de material y horas de trabajo.

Tendría que avisar a sus seguidores de que esa semana se retrasaría con la publicación o…

Su teléfono vibró con la recepción de un nuevo correo electrónico.

Persi hizo una mueca al ver el remitente y lo envió directo a la papelera.

No quería saber nada de la Corporación Infra.

Aprovechó que tenía el teléfono en la mano para confirmarle a Enaire la mala suerte con el equipaje.

Rob seguía sin contestar. Estaría de camino.

Su prometido sabía que Persi odiaba que utilizase el móvil estando al volante.

Buscó el baño más cercano y se retocó el maquillaje.

Se sacó una foto y la publicó. Leyenda: «Nueva ciudad, nueva aventura.

¿Qué mejor regalo de cumpleaños?». Al salir, habló con la cámara de su teléfono, grabando un vídeo que formaría parte de su siguiente vlog : «Me mudo por tercera vez en lo que va de año: ¡Irisada, allá vamos! ».

Y Rob seguía sin llegar. Tampoco había visto sus mensajes.

Lo llamó, vacilante, pero comunicaba. Suspiró.

Pensó en escribir a su padre, pero descartó la idea: lo último que necesitaba leer cuando despertara (si alguna vez lo hacía) era a Persi criticando a Rob; ya lo tenía bastante cruzado.

Aunque, claro, a Julen Alcaris rara vez le caía bien nadie que no fuese del todo humano, a excepción de la propia Persi, y Rob era vampiro de nacimiento.

Llamó a Enaire.

—¿ Te ha dejado plantada en el aeropuerto? Vaya capullo —resumió esta.

—Tenía una reunión —lo justificó, retorciéndose un mechón entre los dedos.

Se había acercado a las tiendas del aeropuerto para distraerse con los escaparates.

La visión de un enorme cartel de Infra, con un primer plano del recién nombrado presidente ejecutivo, la hizo alejarse en dirección a otro comercio—. Creía que llegaría a tiempo, pero…

No añadió nada más; era evidente que no lo había conseguido.

— ¿Y si llamas a tu madre ?

Persi no se molestó en contestar.

— Ya… —convino Enaire tras unos segundos de silencio—. Oye, Persi, ahora tienes una secretaria. Dijo que la avisases si necesitabas cualquier cosa, ¿no ?

Ella dudó. La presencia de Kara en su vida todavía le parecía irreal.

La espectro era más que una secretaria: organizaba su agenda, reprogramaba sus citas, buscaba información para ella…

hasta se había encargado de la mudanza. Kara estaba asociada a la junta directiva de Celandia y no le cabía duda de que se la había asignado para tenerla vigilada.

Persi lo aceptaba a cambio de que le ahorrara tratar directamente con ella.

No era que tuviese ningún problema con su madre, más allá de que hubiera renunciado a su custodia y se hubiera desentendido de ella tras divorciarse.

A fin de cuentas, había cumplido en lo necesario: había pagado sus estudios, incluyendo sus idas y venidas entre universidades, y, a cambio, solo se metía en la vida de Persi de forma ocasional.

Al menos, así había sido hasta que había ganado notoriedad en redes.

Entonces Celandia había recordado que tenía una hija, puesto a Kara a su disposición y cubierto la mudanza para que modelase para la campaña de primavera de su firma.

Al principio, se había negado, pero Rob la había convencido: Irisada era una gran oportunidad para ambos.

—Supongo que podría llamarla —aceptó al fin.

Hizo la llamada mientras buscaba una cafetería; los tacones empezaban a pasarle factura.

Antes de que le sirvieran un latte , Kara lo había solucionado todo: recogería a Persi, le enseñaría la ciudad y la acercaría al apartamento de Robian (en teoría, también el de Persi a partir de ese día).

El hada le había asegurado que no era necesario que perdiese el día con ella, pero solo había obtenido un: «Perfecto. En veinte minutos te recojo».

Vaya día le esperaba.

No por culpa de Kara, claro. Sencillamente había pensado que sería Rob el que la acompañaría en su primer día y, ya puestos, en su cumpleaños.

El fauno que atendía la barra le trajo su pedido. Persi aprovechó para responder las notificaciones pendientes. Iba por el décimo «gracias» cuando un carraspeo la interrumpió.

—¿Te importa si me siento?

—Claro —contestó Persi sin apartar la vista del móvil.

—¿Claro que te importa o claro que puedo sentarme?

—Ajá.

El joven tomó asiento. Persi olió un perfume amaderado, quizá crema de afeitado, y distinguió el borde de una chaqueta oscura que no era barata.

Le echó una mirada de reojo. Era alto, aunque no tan grácil como un hada; fuerte, pero no como un hombre lobo; desde luego tenía un tono demasiado dorado para ser un vampiro, hasta los vampiros de piel oscura se las apañaban para tener un color mortecino.

El rostro le era familiar, aunque no estaba segura de qué.

¿Sería modelo? Con aquellos ojos tan separados tenía más de raro que de guapo, pero era una de esas caras memorables que salían a veces en las revistas.

Persi se centró otra vez en la pantalla del móvil sin dejar de intentar recordar dónde lo había visto. ¿Habría hablado con él por redes? Contestó un par de mensajes más mientras el joven hacía su pedido: una infusión. ¿Una infusión? ¿Sería deportista?

El fauno dejó la taza humeante sobre la barra y Persi encontró al recién llegado sonriéndole con amabilidad. Estaba a punto de devolverle la sonrisa cuando captó otro de aquellos odiosos anuncios de Infra al fondo de la cafetería.

Y entonces lo supo. Se quedó muy quieta, con el amago de sonrisa extinguido.

No era deportista, tampoco modelo.

Era el jodido H. Sabatier, presidente ejecutivo de la Corporación Infra.

Y ella llevaba dos semanas ignorando sus mensajes.